Morirse por un crucero (Misterios de Rachel Prince 4) Capítulo 4
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Capítulo 4

Sarah fue una de las primeras del equipo médico en llegar al lugar de los hechos, junto con Brigitte y Alex. Una gran multitud de pasajeros, en su mayoría ancianos, bloqueaba la entrada a la biblioteca.

—Permiso, por favor, personal médico —anunció Sarah, e inmediatamente se formó un pasillo entre la gente para dejarlos pasar, que volvió a cerrarse en cuanto hubieron cruzado.

Sarah reconoció de inmediato la corpulenta figura de la señora Flanders.

Las iniciales DTC estaban ahora manchadas de sangre, lo que hacía que la ropa de marca pareciera un tanto irónica.

La anciana yacía en el suelo, con largos mechones de pelo formando un abanico de alheña sobre su cabeza, como una especie de diosa de la mitología antigua, pero era evidente que no era ninguna diosa y que estaba bien muerta.

Un frágil anciano que llevaba un turbante rosa y lucía una llamativa barba y un bigote de color gris plateado interrumpió su intento de reanimación y se volvió hacia ellos, negando con la cabeza.

La frente perlada de sudor sugería que no estaba acostumbrado al esfuerzo y su rostro, rojo como el fuego, preocupó a Sarah.

Alex y Brigitte evaluaron la situación rápidamente, pero el tono malva alrededor de los labios de la mujer, visible a través del pintalabios morado, junto con la palidez general y la mirada fija, les dijo todo lo que necesitaban saber.

Por si fuera poco, el charco de sangre que se coagulaba en el suelo de mármol confirmaba la inutilidad de cualquier intento de primeros auxilios.

Alex le tomó el pulso en la carótida y negó con la cabeza, lo que provocó que entre la multitud, cada vez más numerosa, se oyeran exclamaciones ahogadas y murmullos.

Aliviada al ver llegar a los guardias de seguridad, encabezados por Jason, Sarah se volvió hacia el anciano mientras el equipo de seguridad despejaba la zona y se ponía a levantar rápidamente un cordón para acordonar la macabra escena.

Sarah le entregó una toallita antiséptica para que se limpiara la poca sangre que tenía en las manos y lo condujo hacia la parte trasera de la biblioteca, donde le sugirió que se sentara en uno de los muchos sillones de lectura.

—Voy a buscarle algo de beber. ¿Tiene alguna preferencia?

—Coñac —respondió él con voz temblorosa.

Sarah salió de la biblioteca y llamó a uno de los camareros. —¿Podría traer té, agua y un coñac doble lo antes posible? —le pidió.

—Enseguida, enfermera. —El camarero se dio la vuelta y se dirigió hacia el Plato Lounge Café.

El nuevo jefe de seguridad, que entró en la biblioteca y tomó el mando enérgicamente, casi arrolla a Sarah.

—¿Qué hace esta gente aquí? —espetó.

—Son posibles testigos, señor —oyó Sarah que respondía Jason mientras ella volvía junto al hombre que atendía.

Apenas se había sentado en el sillón junto al hombre cuando llegaron las bebidas. Vio a lo lejos que Graham y Bernard se habían unido ya a los sanitarios, y el grupo de oficiales hablaba alrededor del cuerpo.

—Soy Sarah Bradshaw, señor, oficial y enfermera a bordo del barco —dijo Sarah, entregándole el gran vaso de coñac al hombre.

Se sintió agradecida de que hubiera recuperado su color normal y de que se secara el sudor de la frente con un pañuelo.

Sus dedos, largos y finos, agarraron el coñac y le dio un sorbo.

—Manandeep Janda.

—Señor Janda, ¿está usted en el mismo grupo turístico que la desafortunada dama? —Llevaba la chaqueta blanca abotonada, probablemente para ocultar la ridícula camiseta que llevaba debajo.

—Formo parte del viaje de la lista de deseos, sí. —Esta vez dio un buen trago al coñac.

—¿Vio usted lo que pasó?

—No, había quedado con Florence en la biblioteca. Íbamos a elegir un libro para un evento del club de lectura. Cuando llegué, estaba sentada en un sillón con el pecho cubierto de sangre; un cuchillo yacía en el suelo. —Volvió a secarse la frente.

—¿Sentada en un sillón? —inquirió Sarah.

—Sí. Lo siento, grité pidiendo ayuda y la arrastré al suelo para intentar contener la hemorragia y permitir que la sangre le llegara al corazón y al cerebro.

Fui médico, ¿sabe? En fin, ya era demasiado tarde para todo eso.

Hice lo que pude, pero ya estaba muerta.

—Gesticuló con las manos como para enfatizar lo inútil que había sido su intento.

—Yo me encargo ahora, enfermera, gracias. —Una voz grave y ruda hizo notar la presencia del jefe de seguridad.

—Siento la conmoción que ha sufrido, señor Janda.

Si necesita cualquier cosa, no dude en pasarse por una de las consultas que tenemos por la mañana y por la tarde, o solicite una visita en su camarote.

—Sarah le dio una palmadita en la mano al hombre antes de apartarse y dejar que el brusco jefe de seguridad siguiera interrogándolo.

—Janda, ¿dijo? —le oyó espetar, y sintió lástima por el hombre, que ya había sufrido un trauma y que probablemente se sometería ahora a una entrevista similar a un interrogatorio, a juzgar por la fugaz impresión que le había causado el jefe de seguridad.

Cuatro guardias de seguridad, ayudados por los sanitarios, estaban izando del suelo el pesado cuerpo de la señora Flanders para colocarlo en una camilla. Habían puesto una sábana bajo el cuerpo para tener la palanca necesaria para levantar el peso muerto hasta la camilla que esperaba.

—Uno, dos, tres, ya. —Graham tomó el mando.

Tras unos cuantos gruñidos, consiguieron levantarla con éxito y subieron las barandillas de la camilla, aunque parte del cuerpo sobresalía por los huecos. Cubrieron el cadáver con una sábana limpia.

Mientras se marchaban, Jason le susurró a Sarah: —Nadie más vio lo que pasó, el tipo sij fue el primero en llegar. El resto de los testigos llegaron después y no supieron qué hacer.

—El asesino vio lo que pasó. Esto no puede estar ocurriendo, Jason —dijo Sarah con gravedad—. Te veo luego.

—Encontraremos a quien lo hizo, Sarah. —Le apretó la mano.

—No es eso… es que es típico que resulte que Rachel está a bordo otra vez y haya un asesinato. ¿Cómo voy a mantenerla al margen?

—No tendrás que hacerlo. Lo hará él. —Jason señaló con la cabeza al formidable jefe de seguridad, que seguía interrogando al pobre señor Janda mientras ladraba órdenes.

—¡Goodridge, para cuando quiera! —gritó el jefe.

Sarah resopló.

—El jefe me llama, hablamos luego. —Jason se encogió de hombros, sonrió con mansedumbre y se dio la vuelta.

Tras asegurarse de que todos los pasajeros eran desviados lejos de la escena, el equipo médico empujó la camilla hacia un montacargas y la transportó hasta el depósito de cadáveres, adyacente al centro médico. Sarah los siguió.