Capítulo 3
Rachel y Sarah encontraron el camarote de Rachel en la cubierta nueve.
Le habían asignado un camarote con balcón a cambio de dar conferencias a bordo del Coral Queen , y era sorprendentemente grande, con un cuarto de baño que tenía bañera además de ducha.
En la entrada había un armario para colgar abrigos y la zona de estar constaba de una cama de matrimonio con un televisor de pantalla plana colgado en la pared, un gran armario con espacio suficiente para dos, una salita con un sofá cama, dos sillas, una mesa y un escritorio con espejos.
Sobre la mesa, había utensilios para preparar té y café cuidadosamente dispuestos.
Un frigorífico bien surtido se encontraba a un lado del escritorio, y una pequeña caja fuerte en el armario era lo bastante grande como para guardar el ordenador portátil de Rachel.
Unas grandes puertas correderas daban al balcón, donde había dos sillas y una mesa.
El camarote estaba a estribor del barco, hacia la proa.
—No es tan lujoso como las suites de la cubierta quince, pero servirá —declaró Rachel.
—Ya lo creo. Te estás malacostumbrando —rio Sarah—. ¿Por qué no elegiste la suite?
—La compañía de cruceros me ofreció este camarote como parte del paquete por las conferencias, junto con la comida gratis.
Utilicé la compensación para los vuelos y las excursiones en lugar de malgastarla en un camarote.
Además de la comida gratis, también tengo las bebidas incluidas.
—Rachel llenó el hervidor con agua limpia y lo encendió—. ¿Un té?
—Sí, por favor, estoy sedienta. Parece que ha pasado una eternidad desde el desayuno.
—Porque así es, y ya hemos pasado la hora de comer.
Sarah Bradshaw, tienes que cuidarte más.
—Rachel percibió un movimiento por el rabillo del ojo y se dio cuenta de que el barco estaba zarpando.
Probablemente lo habían anunciado, pero los altavoces de su camarote aún no estaban encendidos, así que tomó nota mental de hacerlo más tarde.
Las salidas silenciosas siempre eran fascinantes, al ver cómo el enorme buque se alejaba del muelle con tal elegancia.
La única vez que Rachel era plenamente consciente de zarpar era cuando estaba en la cubierta doce, donde siempre había una fiesta de despedida y música animada para celebrar la partida del barco de cada puerto.
Miró su reloj.
—Puntualísimo, como siempre. ¿Sigues de guardia?
—No, ahora está Brigitte hasta mañana por la mañana, así que, a menos que haya una urgencia, solo tengo que pasar la consulta de la tarde.
—Bernard me ha estado hablando del grupo de la lista de deseos. ¿Sabes qué significa «DTC» en sus camisetas?
—No lo sabía, pero la señora Flanders, la líder del grupo y una mujer de armas tomar, me informó de que significaba ‘Dying to Cruise’ (‘Locos por ir de crucero’).
Se rio a carcajadas cuando me lo dijo; las camisetas son un reclamo que se le ocurrió para fomentar que el grupo congeniara y para que pudieran reconocer quién más estaba en su grupo.
—¿No me digas que tienen que llevar esas camisetas durante todo el crucero?
—Yo también me lo temí, pero no, me informó de que ha mandado hacer chapas con las mismas letras, ‘branding’ lo llamó, ¡así que tendrán que llevarlas puestas! —Sarah puso los ojos en blanco y las cejas de Rachel se arquearon con diversión.
—Aun así, creo que es una gran idea; no lo del DTC, sino lo del crucero de la lista de deseos. Me gusta su aspecto. ¿Un grupo con carácter, me imagino?
—¡Y tanto! Y si la señora F (por cierto, me dijo que la llamara así) sirve de ejemplo, también serán muy exigentes.
Me soltó un sermón sobre sus requisitos dietéticos, necesidades de lavandería, sesiones de actividades —Sarah sacó un itinerario del bolsillo y lo agitó en el aire— y sus exigencias en las excursiones.
Después de abrumarme con información, me regañó por no tomar notas.
—¿Y qué tiene que ver todo eso contigo?
—Absolutamente nada. Pero ¿crees que pude hacerle entender que el equipo médico solo era responsable de sus necesidades sanitarias? Para nada.
Rachel rio a carcajadas al ver aflorar la exasperación de Sarah. Ser enfermera en un crucero era una profesión exigente en el mejor de los casos; aunque a su amiga le encantaba el trabajo, tenía sus inconvenientes.
—Pobre Sarah, seguro que el doctor Bentley la pondrá en su sitio.
—Eso espero, porque si el señor Golding no recibe su plato vegano y a la señora Chambers no le atienden la colada a diario, se me considerará a mí la responsable.
—Sarah imitó la voz de la formidable señora F, lo que las hizo reír a ambas a carcajadas—.
De verdad espero que a los pobrecillos les dejen disfrutar, porque los que conocí que sí tenían problemas médicos parecían muy agradables.
—Seguro que se lo pasarán en grande. Tu señora F, supongo que es la del pelo teñido de alheña, no puede ser la guía oficial, ¿verdad?
—No, por lo visto ese es su hijo —el señor F, me permite llamarlo—, su nuera ¡y la hija de su hijo!
No los conocí porque estaban en la oficina del sobrecargo ayudando a los que tenían joyas caras a guardarlas a buen recaudo.
¿Te fijaste en ella entonces? Todo depende de si consiguen meter baza con su mami mangoneándolos.
El hijo tiene cincuenta y siete años, me informó, y su mujer es un modelo nuevo; no creo que la señora F le dé el visto bueno.
Ella acaba de cumplir treinta y la hija de él tiene veintitantos.
—Una dinámica interesante, me pregunto qué pensará la hija. ¿Hay un señor F sénior?
—No me atreví a preguntar por si implicaba una larga historia o más exigencias dietéticas, y todavía no he revisado todos sus historiales. Si hubiera preguntado, es el tipo de mujer que me habría acusado de sexismo o de entrometida. No iba a correr ese riesgo.
Rachel sonrió mientras le daba el té a Sarah y se sentaba a su lado en el sofá, dejando el café sobre la mesa. —Qué bien verte, Sarah, y te veo muy bien.
—Y tú también, ambas cosas. Echo de menos tenerte por aquí; los cruceros no han sido tan interesantes sin ti.
—Eso es lo que dijo Bernard. Seguro que tú, de entre todas las personas, ¿no quieres otro asesinato a bordo?
—¡Desde luego que no! Pero no me importaría un pequeño misterio criminal, ya nos hemos acostumbrado.
A Rachel le gustó el brillo en los profundos ojos marrones de su amiga: parecía feliz.
—Enfermera Bradshaw, estoy escandalizada.
¿Es esto influencia de Jason? —Sarah llevaba unos meses saliendo con uno de los guardias de seguridad, Jason Goodridge, un exmilitar que Rachel había conocido durante su último crucero.
—Para nada, él preferiría que todo transcurriera sin contratiempos, sobre todo ahora que Waverley está fuera un mes.
—Me he enterado. Qué desilusión, esperaba conocer a la mujer que le ha devuelto la felicidad.
—Ahora que lo pienso, no queremos ningún crimen a bordo, porque el nuevo no aceptará tu intromisión…, bueno, tu ayuda en absoluto, por lo que he oído.
—Bernard también me lo ha dicho. Parece todo un personaje, pero no tienes que preocuparte por eso. Esta vez no habrá ningún asesinato.
—¡CÓDIGO AZUL CUBIERTA SEIS BIBLIOTECA. REPITO, CÓDIGO AZUL CUBIERTA SEIS! —La radio de Sarah cobró vida con un chirrido y las chicas cruzaron las miradas brevemente antes de que ella saliera a toda prisa del camarote.