Morirse por un crucero (Misterios de Rachel Prince 4) Capítulo 2
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Capítulo 2

Rachel pasó el control de seguridad, ignorando las sonrisas cómplices y las miraditas burlonas en los rostros de algunos miembros de la tripulación, que revelaban que su reputación de detective de crucero la había precedido y se había extendido más de lo que había previsto.

Aunque este era solo su cuarto viaje, los asesinatos en los tres anteriores y su participación en la resolución de los mismos le habían granjeado, obviamente, cierta notoriedad.

Algunas caras conocidas la hicieron sentir como en casa y la rutina de embarque ya no la sobrecogía. Incluso era capaz de distinguir a los pasajeros primerizos que subían a bordo, que miraban maravillados el opulento entorno del atrio principal.

El atrio era siempre un hervidero de actividad y hoy no era una excepción; la zona bullía de energía con la llegada de los pasajeros, llenos de emoción y expectación.

Los cruceristas experimentados se dirigían directamente a los camareros que los recibían con bandejas de champán, mientras que los novatos se contenían, sin saber si las bebidas eran gratis o no.

Rachel observaba y escuchaba acentos de todo el mundo, entreteniéndose en adivinar a cuántos camareros reconocería mientras esperaba a que preparasen su camarote.

Los niños correteaban emocionados, explorando la zona que abarcaba dos cubiertas, mientras sus padres intentaban mantener a raya su propia emoción.

—¡Rachel! —la llamó una voz familiar desde el otro lado de la sala.

Ella saludó con la mano al hombre filipino de baja estatura que se dirigía hacia ella. Ataviado con su impecable uniforme blanco de oficial, la abrazó.

—Hola, Bernard, ¿cómo estás?

—Encantado de verte a bordo, las cosas han estado demasiado tranquilas por aquí. —Se inclinó y susurró—: Ni un asesinato.

Ella le dio un golpecito en el brazo. —Y esta vez tampoco los habrá, estoy decidida. ¿Dónde está Sarah?

Sarah, la mejor amiga de Rachel desde la infancia, y Bernard eran enfermeros a bordo del Coral Queen .

—Está terminando en la sala de pasajeros, fuera del barco; no tardará en llegar. Me ordenaron que te buscase. No entro de servicio hasta dentro de unas horas. ¿Te importa si te acompaño?

—Estaré encantada —respondió ella, ofreciéndole el asiento de enfrente con un gesto de cabeza—.

Me alegro mucho de estar aquí por fin, pero tengo un jet lag espantoso.

—Rachel había volado a Adelaida desde Heathrow, vía Singapur, el día anterior y se había alojado en un hotel de la zona pagado por Cruceros Queen: todo parte de la compensación del crucero anterior.

Esta vez incluso le pagarían por hacer el crucero, al ser conferenciante invitada.

Había atravesado numerosos husos horarios y no estaba muy segura, pero creía que iba un día por delante de cuando se fue de Inglaterra.

—No me extraña que tengas jet lag , esos vuelos de larga distancia son matadores. Aunque no es que se te note, estás tan guapa como siempre. Nosotros vinimos por el camino largo, obviamente. Los cruceros de medio mundo pasan factura, pero aun así prefiero navegar a volar.

Unas voces muy altas desviaron su atención de la amigable conversación.

Rachel se giró y vio a un nutrido grupo de personas mayores conducidas por una mujer robusta con el pelo teñido de alheña, que le caía en largos y finos mechones sobre los hombros.

La mujer lucía, además, una combinación de lo más inusual: un borrón de pintalabios morado y una sombra de ojos de un rojo chillón, y ninguna de las dos cosas pegaba con el pelo.

Bernard se echó a reír. —Rachel, tienes la boca abierta.

Se dio cuenta de que se había quedado mirando boquiabierta a la mujer, que debía de rondar los ochenta y que no paraba de dar órdenes a cualquiera del grupo que la escuchara.

El resto de la gente que se congregaba a su alrededor llevaba camisetas de varios colores y tallas, adornadas con las grandes letras DTC, que destacaban en sus pechos.

—¡Uy, perdona, Bernard! Es que ese pelo es hipnótico. ¿Qué significa DTC?

Bernard pareció confuso por un momento y luego se dio una palmada en la cabeza. —Ah, ya sé quiénes son. Nos avisaron de que embarcarían; muchos problemas médicos —susurró de nuevo, con una sonrisita burlona.

—¿Y?

—Forman parte de un grupo turístico que cumple su lista de deseos pendientes y que nunca antes ha estado en un crucero.

Por lo que recuerdo de la reunión informativa de Graham de esta mañana, tienen entre setenta y cinco y noventa y cinco años.

Creo que se esperan cuarenta y tres, si es que llegan todos. —Volvió a reírse.

—Bernard, un día de estos ese sentido del humor tuyo te va a meter en un lío.

—Oh, ya lo ha hecho, muchas veces, Rachel, pero nunca voy a ser políticamente correcto. Salgo airoso porque puedo fingir diferencias culturales y hacer como que no entiendo el problema.

—Todavía no me has dicho qué significa DTC.

—Eso es porque no tengo ni idea. A lo mejor es su agencia de viajes.

—Se recostó en la silla y ambos observaron al variopinto grupo mientras se iba reuniendo cada vez más gente.

Rachel vio cómo se congregaban en pequeños grupos.

Parecían de varias nacionalidades, pero distinguió muchos acentos británicos y algunos australianos.

La mujer de aspecto excéntrico intentaba organizarlos de alguna manera, pero la mayoría no le seguía el juego.

—Espero que ninguno «estire la pata» en el crucero de sus últimos deseos.

—No has podido resistirte, ¿verdad? —Rachel soltó una carcajada de buen humor; ella había pensado lo mismo—. En realidad, parecen todos muy sanos desde aquí.

—Pues me alegro, porque creo que algunos se han apuntado a tus clases de defensa personal.

Rachel gimió, nerviosa al pensar en sus responsabilidades como conferenciante del crucero. Tras observar al grupo un poco más mientras se reunían los últimos miembros, vio a Sarah caminando junto a los rezagados mientras escribía enérgicamente en un cuaderno.

Sarah levantó la vista del cuaderno y vio a Rachel. Se le iluminaron los ojos y sonrió de oreja a oreja, pero, cuando iba a reunirse con ella, fue interceptada por la mujer del pelo peculiar que originalmente había llamado la atención de Rachel.

—¡Enfermera! —le ordenó—. Necesito hablar con usted. —Lanzándole una mirada de disculpa a Rachel, Sarah fue apartada del numeroso grupo ya reunido.

Rachel frunció el ceño, pero luego le sonrió con picardía a Bernard. —Vais a estar ocupados si esa mujer se sale con la suya.

Ahora le tocó gemir a Bernard al mirar hacia arriba.

Era agradable estar a bordo del crucero al que tanto cariño había cogido, y el recorrido por Australia y Nueva Zelanda prometía ser la oportunidad de su vida.

—Hay que reconocerlo, es una elección de destino fantástica para su lista de deseos pendientes.

Bernard sonrió y la pareja charló animadamente, mientras él ponía a Rachel al día de los últimos cotilleos del barco.

—El minidoctor ha estado saliendo con Greta, una alemana que trabaja en Atención al Pasajero. Parece que la cosa va en serio.

Alessandro Romano era el médico subalterno a bordo del Coral Queen , conocido como Alex, o el minidoctor para la tripulación. Rachel lo había visto varias veces, tanto de manera informal como en su calidad de médico a raíz de las lesiones sufridas en cruceros anteriores.

—Me alegro, espero que les vaya bien. Aunque, por lo que he oído, los romances entre la tripulación a bordo de los cruceros son demasiado frecuentes y no suelen durar.

—No tanto entre los oficiales. Nosotros tenemos que portarnos bien.

Rachel enarcó una ceja, sabiendo perfectamente que Bernard no conocía el significado de la palabra «portarse». Aunque no era infiel a su mujer, era un simpático travieso.

—Parece que todo el equipo médico está emparejado, excepto Graham, que dice que no volverá a casarse nunca, Brigitte y Gwen.

—La enfermera jefa Gwen Sumner había salido escaldada de una relación en su último barco—.

En realidad, eso es solo la mitad del equipo, ¿no?

—Contó a los miembros del equipo con los dedos—.

¿Te puedes creer que soy el único casado?

Dice mucho de la vida en un crucero. No creo que Gwen se haya casado nunca.

Rachel sabía del idilio de Gwen con el jefe del servicio médico de un barco anterior, pero no sabía mucho sobre el pasado del doctor Graham Bentley.

El doctor Bentley, a quien no se atrevía a llamar Graham, era el jefe del servicio médico, o JSM, y estaba al mando del equipo médico.

Gwen, una mujer australiana de unos cuarenta años a la que Rachel había llegado a conocer y apreciar, dirigía directamente a los enfermeros, y luego estaba Brigitte, una joven enfermera francesa de la misma edad que ella y Sarah.

—¿Por qué no volverá a casarse el doctor Bentley? ¿Tuvo un divorcio desagradable?

—No, ni mucho menos, adoraba a su mujer, que murió de cáncer. No habla de ello, pero creo que por eso sigue trabajando en cruceros. Casi nunca vuelve al domicilio conyugal, pero tampoco quiere venderlo.

—Qué triste, no lo sabía. ¿Tiene hijos?

—Cuatro. —Bernard se rio—. ¡Y yo que pensaba que con los míos tres ya era suficiente! De hecho, puede que conozcas a sus dos hijos menores: se unen al barco en Melbourne junto con sus mujeres y sus hijos.

—¿Alguno de ellos es médico?

—El hijo menor lo es. Es cirujano traumatólogo, de tal palo, tal astilla, según me han dicho; no es que entienda muy bien lo que significa.

Creo que el otro es dentista. También tiene dos hijas.

La mayor es abogada, pero no estoy seguro de la otra hija.

Graham no la menciona mucho, lo que sugiere que podría ser la oveja negra de la familia.

—«De tal palo, tal astilla» significa que es parecido a su padre —explicó Rachel—. ¿Cómo está Waverley? Estaba prometido la última vez que supe de él. Supongo que le aterra que yo esté a bordo, ¿no?

—Pues le aterraría, pero está de luna de miel. Tenemos a un jefe de seguridad temporal del Jade Queen y te lo digo desde ya, mantente alejada de él. Es un hombre muy desagradable.

—No es que tenga intención alguna de conocerlo, pero ¿por qué dices eso?

—Tengo un amigo a bordo del Jade y dice que están todos de celebración. El segundo está al mando temporalmente allí y es mucho más agradable trabajar con él.

—¿Por qué no pudo el segundo de este barco hacerse cargo del Coral ? No será porque es mujer, espero.

—No, aunque hay muy pocas mujeres en altos cargos de oficiales fuera de restauración y servicio de pisos, así que puede que hayas dado en el clavo.

Por lo visto, no tiene suficiente experiencia, lo que me sorprende; Charlotte Franks es una oficial superior muy capaz.

A decir verdad, aún no conozco al tipo nuevo, así que debería darle un voto de confianza.

Estoy seguro de que el novio de Sarah nos pondrá al corriente.

—¿Qué pasa con mi novio? —Sarah apareció por detrás de Rachel y las dos mujeres chillaron y se abrazaron—. Qué alegría verte, Rachel.

—Y a ti, te he echado de menos. Estás radiante.

—El amor está en el aire —bromeó Bernard.

—Calla, anda. ¿Y qué decías de mi novio?

—Rachel te lo puede explicar. Tengo que ir a comer antes del simulacro de seguridad. Nos vemos luego, chicas. —Bernard dejó a las dos mujeres para que se pusieran al día.

Como el nivel de decibelios del grupo de la lista de deseos iba en aumento, Sarah miró a Rachel. —Vamos, busquemos un sitio tranquilo.

En ese momento, el anuncio por los altavoces del barco informó a los pasajeros de que sus camarotes estaban listos.

—¿Mi camarote? —sugirió Rachel. Sarah asintió.