Morirse por un crucero (Misterios de Rachel Prince 4) Capítulo 1
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Morirse por un crucero (Misterios de Rachel Prince 4)

Morirse por un crucero (Misterios de Rachel Prince 4)

Por Dawn Brookes

© inepub.com

Capítulo 1

Florence Flanders metió a toda prisa las últimas pertenencias en la maleta y luego cerró el portátil que había estado mirando fijamente durante los últimos veinte minutos.

Este mensaje era más amenazador y considerablemente más tóxico que los otros que había estado recibiendo durante los últimos seis meses.

El primer correo electrónico había llegado a finales del otoño del año anterior.

Lo recordaba con claridad porque fue por la misma época en que se había puesto en contacto con el amor de su vida, el que se le escapó.

Ahora volvería a verlo, por primera vez en más de sesenta años, y a pesar de sus ochenta y un años, el mismo revoloteo en el estómago, un recuerdo de tiempos pasados, aparecía cada vez que imaginaba su reencuentro.

Mientras Florence guardaba el portátil en su maletín, pensó en todos y cada uno de los rencorosos mensajes que habían llegado de una dirección de correo electrónico desconocida que no admitía respuesta.

Aquello, por sí solo, sugería que la persona podía enviarlo desde un servidor cifrado.

Al principio se había reído, pensando que el primer correo era una especie de broma o una venganza de algún antiguo empleado descontento.

Había tenido muchos de esos durante su larga carrera, algunos de los cuales la habían amenazado con hacerle daño, pero a la hora de la verdad no eran más que unos cobardes.

Creía que siempre había sido una jefa justa, aunque algo formidable, pero había que serlo siendo mujer de negocios en aquellos tiempos; incluso ahora había leído en alguna parte que las mujeres tenían que trabajar el doble para que se las considerara la mitad de buenas que los hombres en los puestos altos.

Había muchos tiburones en el mundo de los negocios y Australia no se había librado del todo de los machitos ni de los comportamientos estereotipados.

Florence no toleraba ni a los tiburones ni a los vagos.

Los anónimos en forma de correos electrónicos se habían vuelto más frecuentes y amenazadores con el paso de los meses.

Al principio solo eran desagradables y personales, pero ahora eran más oscuros y retorcidos, y describían con detalle cómo la persona que firmaba como Z iba a disfrutar matándola por los pecados del pasado.

Florence estaba a punto de averiguar quién era Z, pues los correos se habían vuelto torpes, refiriéndose a sucesos pasados que ella recordaba, y se dio cuenta con horror de que era alguien a quien había conocido.

Cuando le habló a su antiguo amor de las amenazas y de lo siniestras que eran, él accedió a reunirse con ella para el Crucero de los Últimos Deseos: un crucero que ella había inventado para engatusar a gente con dinero para que hiciera el viaje de su vida antes de estirar la pata.

Resultaba conveniente que los correos se hubieran vuelto más amenazantes, pero lo habría atraído de una forma u otra y, aunque de verdad empezaba a temer que el psicópata que enviaba los mensajes iba en serio, era un precio que merecía la pena pagar por el encuentro con el hombre al que nunca había dejado de amar.

Pero la dura realidad de quién podría estar enviando los correos era demasiado horrenda para contemplarla.

Su hijo, Joe, se había puesto furioso cuando le dijo que iba a venir al viaje.

—¿Por qué no puedes dejarme gestionar el negocio a mí, mamá? Dijiste que ibas a empezar a pasar a un segundo plano y a dejarme a mi aire. Sabes que ya no eres ninguna jovencita.

Florence había observado a su hijo, de cincuenta y siete años, débil y aun así belicoso, y todavía intentando abrirse paso a codazos hasta la cima.

—He cambiado de opinión, vendré te guste o no. Además, puede que me divierta. Hace tiempo que no voy de crucero. No me entrometeré.

—Sí lo harás, mamá, siempre lo haces. Por favor, no vengas, solo quiero poder pasar algo de tiempo con mi familia —sus suplicantes ojos azul cielo normalmente habrían funcionado, pero no esta vez.

¡Estúpido! Sus comentarios fueron como agitar un trapo rojo ante un toro. Le gruñó, apenas capaz de contener su genio.

—YO SOY TU FAMILIA, mucho más que esa fulana con la que te has casado.

Ya es hora de que te mires al espejo, Joseph —sabía cuánto odiaba que lo llamara Joseph—.

Estás arruinando tu vida y la de tu hija.

Casi nunca ve a su madre. No tienes ni idea de cómo llevar tu «autodenominada» familia, y mucho menos un negocio. Ahora, lárgate y déjame en paz.

Él se marchó, dando un portazo tras de sí, y obviamente fue directo a ver al «último modelo», más generosa de pechos que de carácter, pero Florence no subestimaba a la rival por el afecto de su hijo.

La joven, de casi la mitad de la edad de su hijo, era astuta y ya se las estaba apañando para desplumarlo del fondo fiduciario que le había dejado su difunto padre.

Florence no la descartaría como remitente de los correos, pero no creía que tuviera la imaginación ni las agallas.

Además, si estaba en lo cierto y era alguien de su pasado, Chloe Flanders no encajaba en el perfil.

Sin embargo, por ahora, seguiría en la lista.

Resultaba difícil delimitar la búsqueda, pero Florence estaba segura de que tanto el malicioso autor de los correos anónimos como su antigua llama estarían a bordo del Coral Queen . Tendría que andarse con mil ojos y estar en alerta máxima.