Morir por tu amor es la condena a mis mentiras (Gemelas 2) (Costa Serena 5) Epílogo 3
98%

Epílogo 3

Jaime

Estaba inmerso en la precisión de mis movimientos, concentrado en la estimulación de los músculos correctos que aliviarían la tensión acumulada, cuando un gemido de Emma rompió mi enfoque de manera abrupta.

—¿Te duele? —le pregunté analizando su expresión.

—Un poco —admitió ella con voz suave. Movió la pierna que le estaba masajeando y esta se rozó con cierta parte de mi anatomía que solía tener vida propia cuando de ella se trataba—. Aunque sigue, por favor. No pares.

Tragué saliva al notar que lo que cargaba su voz no era el dolor, sino algo mucho más íntimo. Un detalle que en otro momento habría pasado por alto.

Antes, las emociones eran para mí un campo lleno de variables impredecibles, algo que prefería evitar en favor de la certeza de los hechos.

Entonces apareció Emma.

Y su mera presencia lograba que el escudo que había construido alrededor de mi independencia pareciera… innecesario.

Al principio, lo que sentía por ella era difícil de categorizar; no se parecía a nada que hubiera experimentado antes.

Mi instinto siempre fue descomponer lo que estaba sucediendo y analizarlo, y con el tiempo me di cuenta de que no era necesario entenderlo todo.

Que podía, simplemente…, estar con ella.

Sin diagramas ni predicciones.

Me froté las manos para calentarlas y reanudar el masaje, esta vez con intenciones muy diferentes, pero justo en ese instante una risa estruendosa y el sonido de varias voces interrumpieron el ambiente.

Nos miramos y giramos la cabeza hacia atrás, donde el bullicio de nuestros hermanos rompía con la quietud de la montaña donde nos habíamos conocido.

A veces me resultaba fascinante la forma en que mi mundo interior podía estar en completa calma, mientras el exterior seguía su propio caos.

Y, con familias como las nuestras, el caos era un factor constante e inalterable de la ecuación.

Observamos por encima del respaldo del balancín en el que estábamos la parte trasera del porche de la masía, lugar donde Rachel y Diana celebrarían su boda al día siguiente.

Emma había insistido en que debía hacerse allí, donde comenzó todo, para completar de alguna manera el círculo.

Para mí no tenía un fundamento claro, pero hacía tiempo que había comprendido que no todo tiene que ser racional para tener valor.

Y en este caso la razón no residía en la lógica, sino en lo que ese lugar, y su conexión con Diana, significaba para Emma.

—No me toques las narices —soltó Guillermo con la cara congestionada por el esfuerzo—. Tu tronco era más endeble.

Mi hermano Thiago soltó otra carcajada.

—Venga ya… No me digas que no puedes con esa ramita, Remo…

—«Ramita» mis huevos —masculló el otro—. Además, solo estaba calentando. Prepárate para aprender cómo se hace de verdad.

La bravuconería no le sirvió de nada, pues tan solo consiguió que el hacha rebotara en el tronco una vez más.

—Te vas a hacer daño —le advirtió mi suegro.

—No te metas, papá.

—Uhhh —soltó Diana picando al benjamín de su familia—. ¿Ahora es cuando os vais a quitar las camisas y a aporrearos el pecho a lo unga unga ?

—No te daré ese gusto, que mañana te casas y la tentación sería muy grande para ti —respondió Thiago.

—Oh, sí. Enorme —ironizó ella.

Elevé una ceja cuando mi cuñada le sonrió con intención y, aprovechando que todos observaban cómo Guille probaba suerte con un nuevo tronco, besó con ganas a Rachel, su futura mujer, y luego le sacó el dedo corazón a mi hermano.

Él sonrió e hizo un gesto aceptando su derrota.

—¿Los paramos o dejamos que sigan? —me preguntó Emma.

Me levanté y le tendí una mano. Ese simple gesto, el de pasar de ser un observador distante a unirme a los demás y tolerar el ruido y las bromas, decía mucho de cómo me sentía: menos vacío y solo.

Y, aunque seguía valorando mi independencia y mi espacio, también había aprendido a dejar que los demás se me acercasen.

O yo a ellos, como era el caso.

Me sonrió cuando le besé el dorso de la mano y nos aproximamos al lugar justo cuando mi suegro le quitaba el hacha de las manos a su hijo y la sopesaba.

—Papá, ¿qué haces? —dijo Bruno.

—Yo esto no me lo pierdo —añadió su mujer, África, acercándose un poco más a aquel espectáculo improvisado.

—No queremos ningún lesionado, por favor.

—No seas aguafiestas, suegra, que tu marido sabe lo que hace —insistió África.

—Mi familia está dando un espectáculo —se quejó Emma a mi lado—. Mira la cara de tu padre. Está alucinando…

Busqué con la mirada hasta dar con él. Efectivamente, parecía no dar crédito a semejante situación. Sin embargo, mi madre reflejaba todo lo contrario; tenía pinta de estar disfrutando como la que más.

Miré a mi chica y me encogí de hombros con una sonrisa torcida.

—No le vendrá mal acostumbrarse. Así no lo pillará por sorpresa cuando vengan a pasar el verano a Costa Serena.

—Aún no me puedo creer que vayan a comprar una casa allí —respondió mi preciosa chica a la vez que me envolvía la cintura con los brazos—. Casi me eché a llorar anoche al ver la emoción de tu madre al contárnoslo.

—Me di cuenta. —Sonreí y le besé el pelo—. Y eso que a ti no te mencionó a los nietos…

Su cabeza se elevó de golpe.

—¿Nietos? —El tono agudo de su voz me dejó claro que el comentario la había sorprendido—. ¿Qué nietos?

—Los que imaginan que tendrán en un tiempo y querrán visitar a menudo.

—¿Por nuestra parte?

Apreté los labios para no echarme a reír.

—Teniendo en cuenta que soy el único que vive en Costa Serena… Sí. Juraría que se referían a nuestros hijos.

Emma se quedó callada un momento. Luego se giró hacia mí, hasta hacer que quedáramos el uno frente al otro.

—¿Quieres tener hijos? —me preguntó en un susurro—. Aún no hemos hablado de ello.

Era cierto. No nos lo habíamos planteado antes, aunque, desde que mi madre los había mencionado la noche anterior, la hipótesis no dejaba de dar vueltas en mi cabeza.

Antes de Emma había estado demasiado centrado en mis investigaciones y mis estudios como para siquiera malgastar tiempo en un supuesto caso tan lejano y con tantas variables.

Sin embargo, en ese momento, teniéndola a mi lado y considerándola como la madre potencial de mis hijos…

No. ¿A quién quería engañar? Aquello no era solo una cuestión genética.

Se trataba de construir algo juntos, algo duradero que incluso desafiara mi necesidad de espacio y orden.

Una idea que, para mi sorpresa, no me asustaba.

—No me lo he planteado aún. ¿Quieres tú?

—Quizá más adelante. Somos demasiado jóvenes.

—Bueno… Desde un punto de vista biológico, los hombres podemos ser fértiles durante mucho tiempo, pero las mujeres alcanzan su pico de fertilidad en su veintena y comienza a disminuir después de los treinta.

Ella arqueó una ceja.

—¿Estás tratando de darme una clase rápida de ciencia y reproducción mientras nuestra familia participa en una competición de leñadores? —preguntó divertida.

—Solo digo que…

—Sé lo que estás diciendo, cariño —me interrumpió—. Pero no pretendo confeccionar una hoja de cálculo para hallar el mejor momento para reproducirnos. Cuando estemos listos, lo sabremos. —Abrió los ojos al analizar mi expresión—. No… Jaime, dime que no tienes un Excel ya para eso.

—No tengo un Excel ya para eso —repetí pillado en mi propia trampa.

Le sonreí con inocencia, y ella soltó una preciosa carcajada al tiempo que se acurrucaba más contra mí.

—Bueno… Solo para que lo sepas, tu conejillo de indias está dispuesto a hacer unas cuantas prácticas de laboratorio para perfeccionar la técnica —dijo en tono juguetón, y yo tuve que cerrar los ojos unos segundos para calmar la reacción natural de mi cuerpo.

—¿Estás sugiriendo que…?

— Sí . Justo eso —respondió sin necesidad de que acabase la frase.

—¿Ahora?

—¿Por qué no? —Me miró fijamente y se mordió el labio inferior—. Están todos entretenidos, ¿no? ¿O es que tu ética no te permite hacer algo tan…?

Su discurso terminó con un pequeño chillido de sorpresa cuando la levanté en peso y comencé a caminar hacia la casa.

—¿Sabes? Es la propuesta más lógica que he escuchado en mucho tiempo, considerando las variables involucradas y los datos disponibles —respondí dejando entrever una sonrisa, mientras aceleraba el paso para escapar de la algarabía, los ecos del hacha y las apuestas.