Morir por tu amor es la condena a mis mentiras (Gemelas 2) (Costa Serena 5) Epílogo 4
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Epílogo 4

Rachel

Miré hacia abajo, donde las manos de Emma y su suegra, Rebeca, se movían mientras terminaban de ayudarme a vestirme. Los últimos meses habían sido tan surrealistas que apenas podía creer que ese día, el día de mi boda, hubiera llegado.

Estaba nerviosa, sí, pero también emocionada. No había nada que deseara más que ver a Diana esperándome en el altar.

Subí la mirada y la imagen que me mostró el espejo me dejó aturdida. El vestido de gasa blanco me abrazaba con delicadeza, acentuando cada curva. Y los delicados apliques de flores se movían conmigo como una nube ligera a mi alrededor que le añadía un toque idílico a todo.

Aquella era la visión de un sueño que nunca supe que quería tener… Hasta que Diana lo materializó.

Todo lo que me estaba ocurriendo me parecía tan perfecto, tan ajeno a mi ayer, que no sabía cómo había sido capaz de llegar hasta allí.

Había momentos en que no sentía que mereciera que la vida me concediera por fin el placer de disfrutar de tantas alegrías.

Había estado demasiado tiempo atrapada en mi pasado y en mis propias reglas y expectativas, por lo que a veces me parecía que el último año y medio no podía ser real.

—¿Todo bien? —me preguntó Rebeca ajustándome el tirante derecho con una sonrisa amable.

Asentí, a pesar de que los nervios seguían allí, formando un pequeño revoltijo dentro de mí.

No era solo el deseo de que todo saliera perfecto, de que no hubiera nada que pudiera arruinar el momento…

Era la conciencia de que, por fin, me estaba permitiendo ser feliz y dejarme llevar.

Incluso aunque esa misma felicidad me desconcertase un poco.

Emma me sonrió desde el otro lado del espejo.

—Mi hermana se va a morir cuando te vea.

Me sentí halagada, aunque no me dio tiempo a contestar cuando la puerta se abrió sin previo aviso y, al girarme, la vi.

Diana.

Ma chatte … Mi preciosa gata. Con un vestido que era todo lo que me había imaginado y más. El encaje tipo malla se le pegaba al cuerpo como si lo hubieran cosido entretejiéndolo con su piel y se le entallaba hasta más allá de la cadera, realzando cada curva de su irresistible cuerpo.

Los ojos se me desviaron a la abertura que recorría su torso, casi hasta el ombligo, y a la espalda al aire que dejó a la vista cuando se giró para cerrar la puerta.

Estaba tan sexi y despampanante que se me cortó la respiración.

Me sonrió y me observó con intensidad, como si supiera perfectamente lo que estaba pensando.

—¿Qué haces aquí? —dijo su gemela tratando de interceptarla.

—No empieces tú también. Con mamá, Sofía y Alana ya he tenido suficiente… Esto de ser la primera en casarse no es tan divertido, después de todo.

—Da mala suerte ver a la novia antes de la boda, ma chatte —le advertí tras encontrar mi voz.

Diana levantó una ceja y caminó hacia mí, ignorando las quejas de Emma.

—La racha de mala suerte se rompió hace dieciocho meses, cuando me perdonaste. Además, esa regla no se aplica cuando hay dos novias —argumentó, y sonreí. Me miró de arriba abajo y negó con la cabeza con consternación—. ¿Cómo puedes ser tan preciosa?

Mi respuesta fue una sonrisa nerviosa.

El corazón me latía a mil por hora… Diana tenía ese poder sobre mí, siempre lo había tenido. Me encendía con solo mirarme y tenía que recurrir a todo mi autocontrol para no derretirme allí mismo.

Cómo lo hacía seguía siendo un misterio para mí.

Pero lo que realmente me desconcertó al principio fue no haberme dado cuenta de que aquella chica a la que le abrí la puerta un mediodía de febrero no era quien decía ser.

Debí haberlo hecho, porque jamás había sentido algo así con Emma.

Aquella tensión, las ganas de querer dejar a un lado mis inhibiciones y ser la persona que nunca me había permitido ser…

—¿Podéis dejarnos solas un momento, por favor? —pedí sin mirar a nadie más que a mi futura mujer.

Un momento después, la puerta se abrió y cerró, y el silencio entre nosotras fue de una profundidad embriagadora.

Diana se acercó a mí con una lentitud que me hizo tensar el vientre y, cuando estuvo a solo un paso, recorrió con los dedos el contorno de mi rostro. Yo la imité y aparté un mechón de su cabello, suelto y rizado para la ocasión, y lo metí tras su pequeña y perfecta oreja.

—Estás muy guapa —susurré.

—No tanto como tú —me contradijo y cubrió el espacio que quedaba entre nosotras con un paso más.

El roce de nuestros labios fue suave, como si estuviéramos midiendo la magnitud de lo que estamos a punto de hacer, de lo que ya habíamos hecho. Me separé antes de profundizar el contacto, pues sabía que no llegaríamos nunca a pisar el jardín si eso ocurría.

—¿Estás nerviosa?

—No —contestó con seguridad—. Estoy ansiosa por ser tu mujer y poder quitarte ese bonito vestido.

Reí y negué con la cabeza.

—Diana…

—¿Cómo estás tú? —Su tono fue más serio esa vez, y la respuesta se me quedó atascada en la garganta.

¿Cómo estaba? La pregunta parecía simple, pero la respuesta incluía todo un torrente de emociones. Ella lo sabía. Sabía que la ausencia de mi madre siempre me pesaba y que su falta se acrecentaba en momentos importantes como este.

—La echo de menos.

—Lo sé.

—Hoy tendría que estar aquí, sonriéndome y diciéndome que me ve hermosa, que todo va a salir bien. —Cerré los ojos y tragué saliva, tratando de recuperar la compostura.

Diana puso ambas manos en mis mejillas y, cuando la miré, mi corazón retumbó al ritmo de su nombre.

—Estoy segura de que está aquí, en la masía, aunque no la podamos ver… Y también sé que se siente muy orgullosa de la mujer en la que te has convertido.

—Gracias —mascullé a punto de romperme.

—Te amo. —Me agarró las manos y se las llevó al pecho—. Y nunca más voy a permitir que te sientas sola. Sí, no me mires así… Es una amenaza en toda regla y me encargaré personalmente de que se cumpla.

Su tono me hizo reír de forma suave.

—Yo también te amo, Diana.

Me besó de nuevo, suave, sin prisa. Cuando se separó y me miró, sentí cómo me enamoraba un poquito más de ella.

—Te espero en el altar, francesa mía.

Me guiñó el ojo y se marchó por la misma puerta por la que yo saldría minutos después, con el corazón en un puño y con la serenidad de quien sabe que está haciendo lo correcto.

Recorrí el pasillo sola, al igual que ella, con la compañía de su familia a ambos lados como apoyo. Y durante toda la bonita y emotiva ceremonia nos mantuvimos agarradas de la mano.

Fede, mi suegro, nos sorprendió subiendo al altar justo antes de darnos el «sí, quiero». Miré de reojo a Diana, que no le quitaba la vista de encima a su padre, e inspiré hondo cuando este carraspeó antes de hablar:

—Sé que a veces la vida nos pone a prueba de maneras que no entendemos.

Que nos lleva por caminos difíciles donde la pérdida, las mentiras o la oscuridad nos parecen imposibles de superar —comenzó su discurso, y a nadie le pasó desapercibido el temblor de su voz—.

Pero también sé que desde que os encontrasteis la una a la otra todo eso cambió.

—Papá… —murmuró Diana en una voz tan baja que solo yo pude escucharla.

Fede hizo una pausa, y mi chica me apretó la mano con fuerza. Contuvo el aliento cuando su padre se limpió una lágrima.

—Perdón. Debe de ser el clima de la montaña —bromeó y, poniéndose serio de nuevo, centró su mirada en mí—.

Rachel, cuando llegaste a la vida de mi hija no solo recuperé a mi oveja descarriada, también gané una hija más.

Una mujer, fuerte y hermosa, que ha sabido dar a Diana lo que necesitaba.

—Desvió la vista unos centímetros, hasta ella—.

Hija… No sé si alguna vez podré encontrar las palabras para describir lo feliz que me siento de verte así, amada, completa, en paz…

Desde que estás con Rachel has recuperado tu sonrisa, tu luz.

No dejes que nada ni nadie la vuelva a apagar nunca.

—Joder —masculló Diana a mi lado.

Supe qué era lo que estaba recordando, por lo que le besé la mejilla, y ella miró al cielo para evitar que las lágrimas arruinaran su maquillaje.

Fede terminó su discurso con una sonrisa amplia, mirándonos a las dos con una ternura infinita.

—Solo me queda daros las gracias. Gracias, hija, por volver a ser tú misma; y gracias, Rachel, por querer formar parte de nuestra peculiar familia. Vive les mariées! [23]

La familia estalló en aplausos cuando nos besamos, y supe que no habría podido elegir mejor. Porque, como había dicho mi mujer, ya no estaría nunca más sola, porque ahora tenía una enorme y ruidosa familia que me había abierto los brazos y a la que podía llamar hogar.

Los Remo Delgado serían mi refugio para siempre.