Morir por tu amor es la condena a mis mentiras (Gemelas 2) (Costa Serena 5) Epílogo 2
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Epílogo 2

Diana

El horizonte parecía un lienzo pintado con la mezcla perfecta de tonos anaranjados y rosas, los mismos que envolvían todo el paisaje con una calidez casi mágica.

Frente a nosotras, el faro se alzaba majestuoso en medio del mar.

Inmutable, como una promesa de que, ocurriera lo que ocurriese y pese a las inclemencias del tiempo o la furia del mar, él seguiría ahí, de pie, combatiendo vientos y mareas, como nosotras.

El mar estaba tranquilo en aquel momento y reflejaba los últimos rayos del atardecer con un brillo suave que acariciaba la piel de mi francesa favorita.

Y ella estaba… Dios, qué bonita estaba.

El vestido rojo, mi vestido rojo, ese que ella me ayudó a elegir para aquella cita falsa, le sentaba como si hubiera sido hecho para ella. La tela vibrante contrastaba con la delicadeza de los colores del cielo e iluminaba su piel con un brillo alucinante.

Pero lo que me tenía completamente cautivada eran sus ojos. Esos ojos verdes y rasgados que siempre me habían recordado al filo del amanecer, justo cuando la noche se retira y el primer rayo de sol empieza a asomar tímido, trayendo consigo la promesa de un nuevo día.

Un día tan importante como aquel…

Tomé aire, cerré los ojos un segundo para intentar calmar los latidos acelerados de mi corazón y me dije a mí misma que podía hacerlo.

«Mira cómo te sonríe. Todo va a salir bien», me tranquilicé.

La hice girar una vez más. Su risa cristalina llenó el aire, tan contagiosa que hasta los pájaros posados en el árbol cercano alzaron el vuelo, como si no pudieran soportar la belleza de su alegría.

Le acaricié la cintura al acercarla de nuevo a mí y sentí cómo su cuerpo encajaba perfecto contra el mío, como si todas esas piezas sueltas que éramos antes por fin hubieran encontrado su lugar.

—¿Qué? —me preguntó con esa mirada traviesa—. ¿Por qué me miras así? ¿Estoy demasiado ridícula bailando sin música?

—Nunca —susurré incapaz de apartar los ojos de ella.

Le solté la cintura. «Es ahora o nunca», me dije.

—¿Qué te pasa? —El hoyuelo que me volvía loca se desvaneció al darse cuenta de mi expresión.

Me observó con curiosidad y preocupación, aun así, no le contesté. Tan solo di un paso atrás, con el corazón en la garganta, y me arrodillé frente a ella.

—Rachel… —La voz apenas me salió del cuerpo, aunque ella lo oyó.

Siempre me escuchaba, incluso cuando ni yo misma podía hacerlo—.

No quiero que haya un solo atardecer más sin saber que vas a estar conmigo para siempre.

—Esos preciosos ojos verdes estaban abiertos de par en par, llenos de sorpresa, emoción y, tal vez, una pizca de miedo—.

Desde la primera vez que te vi, supe que eras diferente.

Que ibas a ser la persona que haría temblar mis cimientos y lo pondría todo patas arriba.

—No te equivocaste —murmuró.

—No. —Sonreí—. No lo hice. Pero no solo trastocaste mi mundo. También me enseñaste lo que es el amor. Me demostraste que podía ser yo misma y que no tenía que pedir perdón por serlo.

—Eres perfecta.

—No. —Reí. El escozor en los ojos comenzó a ser insoportable—. Las dos sabemos que no lo soy. Tú misma has sido testigo de muchas de mis cagadas y de las veces que no sabía ni qué hacer con mis propios sentimientos. Y, a pesar de todo eso, tú…, tú has estado ahí.

—Siempre.

—Siempre —repetí—. ¿Sabes? Hubo momentos en los que pensaba que no me acostumbraría a ti.

Pero ahora no concibo la vida sin esas mañanas en las que me despierto y tú estás tarareando alguna canción francesa en la cocina.

—Hice una pausa, pues necesité respirar hondo—.

No me imagino abrir los ojos y no verte junto a mí, llena de energía, mientras yo solo quiero seguir durmiendo.

O las tardes en las que te pierdes en un libro, y yo me tumbo en tu regazo para que me acaricies el pelo.

Una lágrima le rodó por la mejilla, aunque su sonrisa no se desvaneció, sino que lució más preciosa y genuina que nunca.

—Diana…

—No sé cómo he llegado hasta aquí. Cómo he hecho para conseguir que sigas a mi lado. Pero lo que sí sé es que quiero quedarme contigo todos los días de mi vida.

Ella soltó un gemido tembloroso y, antes de que pudiera decir algo más, se lanzó a mis brazos. Tuve que luchar contra la gravedad para no acabar las dos en el suelo.

—Sí. Mi respuesta es sí.

Me dolieron las mejillas cuando la sonrisa se me ensanchó.

—Pero si aún no te lo he preguntado…

Nos reímos, y nuestras carcajadas se mezclaron con las lágrimas que no pudimos contener. Me separé un poco de ella, lo suficiente para poder mirarla a los ojos. Sus pupilas reflejaban mil emociones y confirmé que no había nada más bonito en el mundo que mi francesa.

—Pídemelo —exigió.

—Rachel Marie Dubois Beaumont, ¿me concederías el honor de casarte conmigo?

—Sí… —respondió con un hilo de voz—. Oui et dix mille fois oui [22] .

Uní mi boca a la de ella en un beso que lo dijo todo, pues hablaba de los años por venir, de planes, de vidas entrelazadas, de días soleados y noches lluviosas.

Fue un beso que selló todas las promesas presentes y futuras, que borró nuestros errores superados y que afianzó el amor que habíamos construido juntas.

— Je t’aime —susurré contra sus labios.

—Te amo, Diana.

Y supe que no importaba cuántos atardeceres más nos quedaran por compartir, porque viviría cada uno como si fuera el último, solo para hacer que se enamorase de mí un poquito más.