Epílogo 1
Emma
Me había aficionado a tocar la guitarra en el pequeño balcón de aquella habitación, especialmente los días en los que la brisa traía consigo el olor a mar. Aquel rincón de la casa, que antes pertenecía a su hermano y que ahora Jaime compartía conmigo, se había convertido en mi refugio favorito.
Había algo casi mágico en el aire que se respiraba allí, una calma especial que envolvía el final del día, dándole un toque de serenidad que hacía que me sintiera completa y feliz.
Estaba inmersa en las suaves notas que salían de la guitarra cuando escuché la puerta de la casa abrirse y el sonido familiar de los pasos de Jaime subiendo las escaleras.
Sonreí, aunque no dejé de rasgar las cuerdas.
—Hola —me dijo con voz suave al apoyarse en el marco de la puerta.
Tenía el gesto cansado, pero le brillaron los ojos al mirarme.
—Hola —le respondí—. ¿Qué tal el día?
Mi chico soltó un suspiro mientras se acercaba a mí y se sentaba en la silla de al lado. Lo miré con atención y dejé la guitarra a un lado.
—Muy largo… —murmuró llevándose las manos a la cara y el cuello—. Estoy intentando dejarlo todo listo antes de que lleguen mis padres.
Sabía lo importante que era para él que todo estuviera perfecto, sobre todo porque sería la primera vez que Santi, su padre y socio, vendría a la sede que él dirigía.
Esa preocupación llevaba días rondando su cabeza y, aunque los demás no notaban nada raro en su actitud ya de por sí peculiar, yo sí podía apreciar la tensión en su cuerpo, el leve fruncir de su ceño cuando pensaba que nadie lo miraba o las vueltas que daba en la cama sin poder conciliar el sueño.
Me levanté y me senté en su regazo. Le masajeé la nuca con los dedos y cerró los ojos con una mueca de placer.
—Todo va a salir bien —le dije con suavidad—. Tu padre está orgulloso de ti, Jaime.
Él abrió los párpados y me miró con esa expresión que tanto adoraba, la que me decía que, detrás de aquella fachada de chico grande, listo e independiente, se escondía una pequeña criatura asustada.
—Es solo que… quiero que todo esté perfecto —admitió abrazándome por la cintura—. Que vea que puedo con esto.
Me acurruqué en su pecho.
—Claro que puedes.
—A veces dudo de estar a la altura —musitó.
Me separé un poco y lo miré con cariño. Sabía que esas expectativas tan altas no provenían de Santi, sino de las que él mismo se había impuesto.
Lo conocía lo suficiente como para saber que siempre había tenido esa necesidad de demostrar que podía con todo, que no necesitaba ayuda y que no había barreras que no pudiera derribar.
Pero no contaba con un detalle: que era humano, por muy inteligente y capaz que fuera.
—Yo creo en ti —le dije con firmeza—. Y tu padre también, Jaime. Estás realizando un trabajo increíble. Llevas meses haciéndolo. Y me da mucha rabia que no seas capaz de ver todo lo que has logrado.
Él suspiró, y yo lo besé. Y sentí cómo su cuerpo se relajaba al instante.
—Gracias —murmuró contra mi boca—. Tendría que haber venido a casa mucho antes.
Reí, y él sonrió.
—He llegado hace menos de una hora —le aclaré—. Ya es oficial, tenemos concedido el permiso de obra.
Su expresión cambió de inmediato y me miró expectante, como si de repente mi día y las novedades de Gemini Sound pudieran ser la clave para quitarle algo de peso al suyo.
—¿En serio? —Asentí, y su gesto se dulcificó—. Me alegro mucho, Emma. ¿Cómo te sientes?
Me mordí el labio, porque la verdad era que estaba un poco abrumada. Llevábamos varios meses trabajando en el proyecto y parecía que pronto empezaría a tomar forma.
—Emocionada…, aunque, ¿asustada? —Me encogí de hombros—. Diana dice que las visitas a la página web van muy bien, pero no sé yo…
Me abrazó, y dejé la vista perdida en el horizonte mientras mi mente comenzaba a darle vuelta a todas las complicaciones que podían surgir con la academia.
Habíamos dado un paso importante, aunque las dudas nunca habían dejado de estar ahí, acechándome, porque no sabía si nuestro proyecto, un taller de musicoterapia para niños, tendría el éxito que esperábamos en un pueblo como el nuestro.
¿Y si era una idea absurda?
¿Y si mi hermana y yo habíamos cometido un error al lanzarnos de cabeza sin tener ninguna certeza de que podía funcionar?
Sí, sabía que ella se había encargado de hacer el estudio previo y todo parecía apuntar a que podría ir bien; pero sentía que estábamos poniendo demasiado en juego, no solo tiempo y energía, sino también las esperanzas de todos los que nos rodeaban.
Jaime besó mi cuello y su gesto me trajo de vuelta.
—Mi madre me dijo una vez, justo antes de montarme en un avión para darte la sorpresa de venirme a vivir a más de ochocientos kilómetros de mi familia, que, si no nos arriesgamos, nunca sabremos qué podría pasar.
Inspiré hondo.
—Pero ¿y si no funciona?
Se movió y me instó a colocarme en otra posición, mucho más cerca, mucho más expuesta a su cuerpo. Me acarició la mejilla y retiró un mechón de pelo que el viento no hacía más que revolverme.
—¿Me lo pregunta la misma chica que se montó en un avión, recorrió el país y se plantó frente a un friki al que desarmó nada más saludarle con un beso en los labios?
—Me miró con una sonrisa, y yo asentí—. ¿La misma que lo cautivó cuando, estando a punto de morir congelada bajo la nieve, le regaló un recuerdo imborrable al ponerse a dar vueltas mientras lloraba y reía al mismo tiempo?
—Dicho así, parece que el friki se enamoró de una loca —admití con diversión.
—Solo para que me quede claro… ¿Nos estamos refiriendo a la misma preciosa, talentosa y dulce chica que, pese a no tener datos que avalasen si le darían o no con la puerta en las narices, cruzó de nuevo el país y se plantó frente a ese mismo tipo rarito y algo inseguro, y nada la detuvo hasta que él le dio una nueva oportunidad?
Me sonrojé, aunque no pude evitar emocionarme a la vez.
—Bueno. Esa chica sí que tiene datos que avalan que ese experimento fue el mejor que pudo haber hecho en su vida… Porque consiguió todo lo que necesitaba: a ti.
—Te quiero —me dijo en un susurro, a punto de besarme.
—Yo también te quiero, frikinovio mío.
—Pasas demasiado tiempo con tu hermana Diana.
Mi carcajada murió en su boca.
Y en ese momento sentí que todas las dudas, sobre el proyecto, sobre el futuro o sobre todos los miedos que pudieran acecharnos en cualquier momento, serían más llevaderas a su lado.
Porque, pasara lo que pasase, había encontrado lo más importante en la vida: alguien que me quería a pesar de todo, con quien compartir cada incertidumbre, cada éxito y fracaso y, sobre todo, cada kilómetro hacia lo desconocido.