30 – Tú
Los finales felices no existen porque las buenas historias nunca terminan
Mi padre me hizo un gesto con la cabeza, invitándome a unirme, cuando puso una nueva bandeja de carne a la brasa en la mesa y varias manos se lanzaron a por ella.
Le dediqué un leve asentimiento y seguí observando a Emma, que se movía entre los invitados con una sonrisa de oreja a oreja sin soltar a Jaime de la mano. Él la seguía como si fuera el centro de su universo, y la complicidad entre los dos era tan evidente que todos sonreían al verlos.
Aquella celebración era todo lo que Emma habría elegido, y lo sabía porque era justo lo contrario a lo que solíamos hacer.
Nuestros cumpleaños nunca habían sido así.
Yo siempre quería más: más ruido, más amigos, más de todo; pero, este año, todo lo que me importaba era que ella fuera feliz.
Así que dejé de lado mis propios caprichos y le regalé algo sencillo e íntimo o todo lo íntimo que podía ser teniendo en cuenta nuestra enorme familia.
Me apoyé en la barandilla del porche y observé a mi alrededor. La terraza y el jardín estaban llenos de gente; el murmullo de las conversaciones se mezclaba con las risas de mis sobrinos, a los que Bruno estaba entreteniendo con sus payasadas, acompañado por Hans, que le hacía los coros.
Negué con la cabeza. «Vaya par…».
—Parece que has hecho algo más que mover el culo.
Sonreí.
—¿Acaso lo dudabas? —No me moví de mi sitio. Mi hermana Carolina soltó una risa suave y se puso a mi lado, imitando mi postura.
Cuando eché un vistazo por encima del hombro, ella también miraba a la gente.
—¿Cómo estás? —me preguntó tras unos segundos de silencio.
—Bien. No me puedo quejar.
Se giró hacia mí y le dio un sorbo a la cerveza.
—Te veo diferente.
—Me siento diferente, así que supongo que tienes razón… Otra vez.
—Siempre la tengo.
Puse los ojos en blanco y le di un leve empujón con el hombro.
—Por supuesto. Olvidaba que eres perfecta.
—No sé si alguna vez te lo he dicho, pero estoy orgullosa de ti.
La sorpresa casi me hizo derramar el contenido de mi botellín. Carolina no solía decir este tipo de cosas solo para hacerte sentir mejor. La observé. Mi hermana mayor mantenía la vista fija en el jardín, aunque tenía la boca curvada en una pequeña sonrisa.
—Gracias —le dije entre incrédula y emocionada.
—No me las des. Te lo has ganado.
No supe quién se sorprendió más con mi siguiente movimiento, si ella o yo, pero antes de darme cuenta la estaba envolviendo con mis brazos.
Fue un gesto algo torpe, como si no supiéramos movernos la una contra la otra, aunque, cuando sentimos el impacto de un tercer cuerpo que nos rodeaba con energía, ambas nos echamos a reír.
—¿Qué me he perdido? —preguntó Emma.
Nos separamos cuando la barandilla se me clavó en el costado. Carolina me dedicó un guiño disimulado antes de contestarle.
—¿Dónde te has dejado a tu pegatina? —le preguntó para desviar su atención.
—Papá lo ha reclutado en la barbacoa.
—Uh… Eso son palabras mayores —exageré y eché un vistazo al jardín hasta dar con ellos—. ¡Hostia! ¡Le ha dado la pinza del poder!
Emma soltó una risita.
—Creo que le gusta —admitió y se giró hacia nuestra hermana—. Te robo a Diana un momentito, ¿vale?
Me agarró del brazo con gesto decidido, como si tuviera algo urgente que decirme, y no esperó la respuesta de Carolina.
Mientras me arrastraba hasta el lateral del jardín, temí que Jaime hubiera revelado la última sorpresa antes de tiempo.
La tensión en su cara cuando nos detuvimos solo aumentó mi preocupación.
—¿Qué pasa? —le pregunté intranquila.
Emma respiró hondo, se relajó un poco y una ligera sonrisa le asomó en los labios.
—Quería darte las gracias en privado —comenzó casi en un susurro—. Por todo esto. La fiesta, Jaime… Y por haber hecho que todo fuera tan especial. Es justo lo que necesitaba, de verdad.
Los ojos le brillaban, y a mí me comenzó a picar la garganta.
—No tienes que darlas. Ya sabes que haría cualquier cosa por ti.
Ella se acercó y me rodeó el cuello con los brazos. Cerré los ojos al devolverle el gesto.
—Te quiero —murmuró y se separó unos centímetros—. ¿Sabes? Yo también tengo un regalo para ti.
—¿Otro? —le pregunté divertida—. No hacía falta, Em… Ya te dije que las libretas y el material de papelería me encantaron.
—Pues esto te va a gustar aún más. —Su expresión me hizo mirarla con curiosidad—. Necesito que cierres los ojos.
Alcé las cejas. Parecía tan ansiosa por darme lo que fuera que había comprado para mí que empecé a sospechar.
—No sé si fiarme de ti. —Sonreí al ver su gesto enfurruñado.
Finalmente, accedí. Me tapé los ojos con una mano y con la otra me dejé guiar por ella, que me hizo caminar unos cuantos pasos más en línea recta.
—Ya casi estamos. Cuidado con la manguera… —me advirtió y, un momento después, me detuvo poniéndome las manos en los hombros—. Vale. Aquí está bien. Ahora deberás contar hasta diez antes de abrir los ojos. Y, recuerda, yo también te quiero.
Resoplé divertida. ¿Qué jugarreta me habría preparado?
Temí por la integridad de mi ropa nueva si le daba por lanzarme agua o algo peor, porque esa sonrisa tan pícara me dijo que algo tramaba.
Esperé un poco, no supe si más o menos de los segundos que me había dicho. Dejé caer la mano a mi costado.
—Te advierto que como me… —El corazón me dio un vuelco cuando parpadeé y procesé lo que tenía frente a mí—. No…
No podía creerlo.
Noté un hormigueo en las piernas y la boca seca de repente.
Eso no podía ser real, no era posible que…
—Hola, ma chatte .
Me recorrió un escalofrío cuando me dedicó una leve sonrisa que me perforó el alma de lado a lado.
No pude reaccionar. Solo fui capaz de quedarme allí plantada, contemplándola y procesando el hecho de que la mujer que se me había grabado en la piel sin pretenderlo, y a la que había perdido antes siquiera de tenerla, estaba frente a mí, mirándome con esos ojos rasgados que me habían desarmado desde el primer instante en que se posaron sobre mí.
Por un momento pensé que estaba soñando de nuevo y que desaparecería en cuanto me acercase a ella, como tantas otras veces, pero fue ella la que dio un paso adelante. Y no desapareció. Seguía ahí, esperándome, con una expresión serena, aunque cargada de emociones, y dándome tiempo para reaccionar.
Tenía el estómago del revés.
—Francesa…, ¿eres real? —susurré frunciendo el ceño.
Ella sonrió, y ese hoyuelo en su mejilla me hizo gemir de angustia.
—Tanto como tú.
—¿Qué…, qué haces aquí?
Dio otro paso hacia mí.
—Lo he leído todo —comentó en un susurro que me apretó el pecho—. Y tengo que decirte que no apruebo muchas de las cosas que has hecho.
—No esperaba que lo hicieras.
—Lo sé. —Asintió para reforzar sus palabras—. Querías que te entendiese un poco mejor.
—Y que me creyeras cuando te dije que nunca quise hacerte daño de forma deliberada.
Levantó una mano con cautela, como si temiera que la fuese a apartar; jamás sería capaz de hacer algo así. Cuando me tocó la mejilla, un temblor me recorrió de arriba abajo y me di cuenta de que me estaba limpiando una lágrima.
Inspiré hondo, y Rachel desvió la mirada hacia mi espalda, desde donde nos llegó un coro de risas, ajenas a lo que ocurría entre nosotras.
—Gracias por compartirlo conmigo —se limitó a decir.
Asentí. Sus ojos parecían decirme algo más, pero mi mente estaba tan dispersa que no era capaz de entenderlo. Cuando suspiró, y evitó mis ojos, me temí lo peor.
¿Era posible que esa conversación lo zanjase todo?, ¿era eso?
Me negué a aceptar que lo nuestro acabara ahí o que estuviera allí, frente a mí, porque el destino la había arrastrado de vuelta como un regalo tardío y cruel de cumpleaños, solo para estrujar los pedazos que quedaban de mi corazón hasta hacerlo añicos.
—¿Quieres pasar? —le ofrecí sin importarme que mi voz sonara cargada de esperanza.
Vi cómo apretó los labios en una línea tensa antes de negar con la cabeza.
No me sorprendió, aunque me dolió como si una daga afilada me atravesara el costado y me dejara sin aire.
Forcé una sonrisa.
—Está bien.
La mentira me quemó por dentro. Porque no, nada estaba bien, claro que no. ¿Cómo iba a estarlo?
Lo único que quería en ese momento era que se quedara conmigo, joder. Sabía que no podía forzar las cosas, de verdad que lo sabía; pero, si había ido hasta allí en persona a zanjar aquello, tenía que significar algo más, ¿no?
Fijé la mirada en sus ojos y supe que no podía seguir conteniéndome. Ya no. Después de todo lo que había vivido, después de todo lo que había aprendido, ya sabía lo que quería. Y lo que no.
Lo que estaba dispuesta a arriesgar por conseguirlo.
Porque la Diana que tenía delante no tenía nada que ver con la que saludó aquel trece de febrero en su puerta. Y no quería que se fuera. No podía dejar que se marchara sin más.
—Rachel, no quiero que te vayas —repetí en voz alta—. De verdad, no quiero que te vayas.
—Diana…
Sabía que le estaba pidiendo mucho, probablemente más de lo que me merecía, aunque ya no me importaba.
Prefería arriesgarme a quedarme callada.
—Sé que no se trata solo de lo que yo quiera o no.
Sé que te he hecho daño y que no todo se arregla con palabras.
—Di un paso hacia ella—. No espero que me perdones todavía ni que lo olvides…
Solo te pido una oportunidad. Una sola. Para demostrarte que puedo ser mejor, que quiero ser mejor. Por ti, por mí… Por nosotras.
Tragué saliva cuando no dijo nada y me forcé a seguir respirando cuando sus ojos, siempre tan expresivos, se cerraron un par de segundos.
—¿Es cierto? —murmuró, y fruncí el ceño—. Lo que escribiste en el capítulo treinta y uno, ¿es verdad?
Mi corazón se saltó un latido al mencionar ese capítulo. Sabía exactamente qué me estaba preguntando. Eran las palabras más crudas y verdaderas que había escrito en mi vida, unas que ni siquiera estaba segura de haber sido capaz de saber plasmar hasta que las vi marcadas en el papel.
Claro que era verdad. Lo había sido desde el principio, pese a que me hubiera costado una eternidad darme cuenta.
Todo mi cuerpo se tensó.
—Sí. Todo lo que escribí es verdad, Rachel.
Cada palabra —respondí sin vacilar, porque no podía mentirle más.
Ella no apartó los ojos de mí—. Es verdad que rompiste todos mis esquemas cuando te conocí.
Es verdad que me escondía tras un muro para no sufrir, hasta que llegaste tú, como un maldito huracán, y lo hiciste pedazos.
Es verdad que, en algún momento entre cocinar para mí y hacerme gemir de placer, te convertiste en más que una persona que pasaba por mi vida.
Te metiste bajo mi piel, Rachel. Empezaste a importarme de una forma que me asustó, y eso me hizo actuar como una idiota.
Me dejé llevar por el miedo… y te perdí.
—Me detuve para coger aire, porque sabía que cada palabra me acercaba más al abismo, pero ya no podía parar.
No quería retroceder… Nunca más—. Te quiero, Rachel.
Creo que estoy enamorada de ti, incluso sin entender cómo ha pasado.
Y, aunque lo he arruinado todo, sigo queriéndote.
Y deseo ser la persona que te mereces. He cambiado, he aprendido…
Y estoy dispuesta a hacer lo que sea para que me des la oportunidad de demostrártelo.
Esperaré lo que haga falta, me quedaré debajo de tu ventana cruzando miradas si eso es todo lo que necesitas, aunque no me voy a rendir. Estoy decidida a luchar por nosotras y…
No sabía qué esperar de ella. Tal vez lucha, puede que desdén o indiferencia. Lo que por supuesto no esperaba era que diera un paso hacia mí, me sujetara por la nuca y me acallase con un beso.
Su boca chocó contra la mía con una urgencia que me tomó por sorpresa y por un segundo me quedé en blanco. Todo lo que había dicho, todo lo que sentía, se encontraba en ese beso.
Cuando la agarré por la cintura dejó de haber espacio para nada más en mi mente. Solo tenían cabida el calor de sus labios, la presión de su mano en mi cuello y el latido frenético de mi corazón.
Respondí al beso con una necesidad desesperada. Como si toda la contención, todo el miedo que había acumulado durante semanas, encontrara finalmente su liberación en ella.
Y Rachel no me soltó.
Me sujetó con una firmeza que me ató a ella y a su cuerpo, y confirmé lo que ya sabía: besaba como una puñetera diosa.
Cuando nos separamos, ambas estábamos sin aliento.
Sentí sus dedos temblar sobre mi piel mientras nuestros labios aún se rozaban. Y ahí nos quedamos, respirando el mismo aire un poco más.
—¿Sabes? —susurró—. Me ganaste desde el momento en que me llamaste «francesa» por primera vez.
Un sollozo escapó de mi pecho, porque esas eran las palabras exactas que la Rachel de mi historia le decía a la protagonista de mi libro cuando se reencontraron.
Apoyé la frente contra la suya.
—Dime que no estoy soñando, por favor. Porque, si me despierto y me doy cuenta de que no estás aquí, me muero.
Ella cerró los ojos y rio bajito. Y ese sonido, cargado de ternura, fue suficiente para que me derrumbara del todo.
—No quería irme —murmuró deslizando la mano por mi espalda—, aunque necesitaba escuchar todo esto de ti.
La apreté contra mí, como si el solo hecho de soltarla significara perderla otra vez, pero no la perdería. No ahora que la tenía allí, frente a mí, radiante y sonriente.
—Eres preciosa —susurré y hundí la cara en su cuello. Ella se estremeció—. Te quiero, ¿te lo he dicho ya?
—Sí. —Soltó otra risa baja—. Pero no me cansaré de escucharlo.
Gemí y le besé el hombro antes de mirarla solemne.
— J’adore ton sourire, ton regard et toute toi. Et je veux être avec toi pour toujours. —Se me escapó una carcajada temblorosa cuando vi su cara de sorpresa—. ¿Impresionada?
—Mucho —admitió—. ¿Has estado practicando?
—He tenido algo de ayuda.
—Ah, ¿sí? —Se pegó un poco más a mí, y gemí cuando me mordió el labio inferior—. ¿Alguien te ha ayudado a decirme que te encanta mi sonrisa, mi mirada y toda yo, y que quieres estar conmigo para siempre?
—Sí. —Le tomé la cara con las manos y la besé en los labios—. Tener un cuñado tan listo y políglota tiene sus ventajas.
Ella se echó a reír y, al momento, me miró con el hoyuelo en su mejilla en su máximo esplendor.
— Je suis folle de toi, ma chatte… —Alcé una ceja, y ella me miró muy pagada de sí misma—. Ya le preguntarás a Jaime qué significa más tarde.
Se me ensanchó la sonrisa.
—Qué chulita eres, ¿no? —Dio un pequeño grito cuando la agarré por el trasero—. No va a hacer falta, porque yo también estoy loca por ti, francesa.
Y borré la sorpresa de su cara con un beso que selló aquella locura a la que llamaríamos amor.