29 – Sorpresa
Bienvenido a la familia. Coge sitio para el carnet de locura grupal y sobrevive como puedas hasta la próxima barbacoa
El aeropuerto estaba a reventar. A mi alrededor, el ruido de las maletas contra el suelo y las voces de los viajeros me tenían a punto de explotar. Sí, estaba de los nervios.
Tamborileé con los dedos en mi antebrazo y miré el reloj sobre la puerta de llegadas. ¿Por qué demonios tardaba tanto?
Justo en ese momento, el teléfono vibró en el bolsillo trasero de mis pantalones. Lo saqué y contesté sin demasiada ceremonia.
—¿Qué quieres, pesado?
—¿Ya?
—No. Te dije que te avisaría, ¿no? —respondí, exasperada—. Aún no ha salido.
—Tráelo a…
—Tu casa, ya lo sé —lo interrumpí y rodé los ojos, pese a que no podía verme—. Estarás allí esperando.
—Vale, fierecilla —contestó con ese tono que últimamente usaba para tocarme las narices.
—¡Deja de llamarme así, idiota!
Colgué con una sonrisa y suspiré nerviosa.
Era un día importante, lo que estaba a punto de suceder iba a cambiarlo todo… o, al menos, eso esperaba. Llevábamos semanas planeándolo y la clave de que nuestro plan saliese bien estaba en que ese condenado avión aterrizara ya.
Volví a mirar el reloj. El vuelo llevaba veinte minutos de retraso.
Me moví de un lado a otro, incapaz de quedarme quieta, hasta que lo vi. Apareció entre la multitud, arrastrando la maleta como si no tuviera ninguna prisa en el mundo.
Era alto. Más que Thiago. Y guapo. También más que Thiago.
Moví la mano para llamar su atención.
—¡Jaime!
Él alzó la cabeza de su teléfono, nuestros ojos se cruzaron y me sonrió ligeramente. Caminó por el pasillo de salidas con la misma calma con la que había salido y, al llegar a mí, extendió la mano.
Levanté una ceja.
Me puse de puntillas y le di un par de besos rápidos en las mejillas que parecieron tomarlo por sorpresa.
—Bienvenido —le dije con una mueca de diversión al ver su cara.
—Gracias —respondió con una leve vacilación—. Perdón por la demora.
Recordé las palabras de Thiago sobre lo estirado que era y las de Emma, que llevaba todo ese tiempo pintándomelo como un príncipe encantador.
Verlo en persona era diferente, aunque su formalidad no me pilló por sorpresa.
—Así que tú eres el famoso Jaime que tiene loquita a mi gemela —comenté y lo miré de arriba abajo como si lo estuviera evaluando—. No te imaginaba tan… impecable. Eres de los que doblan la ropa interior antes de meterla en la maleta, ¿verdad?
Lo vi arquear una ceja, como si no estuviera seguro de si debía reírse o no.
Me encogí de hombros. Después de todo, si iba a ser mi cuñado a tiempo completo, tendría que acostumbrarse a mí.
—Sí… ¿Eso es malo?
Apreté los labios y le di un toquecito en el hombro.
—Anda, vamos, que se nos echa el tiempo encima.
El trayecto en coche fue raro al principio. Jaime guardaba silencio y miraba por la ventana como si estuviera en otro mundo, y yo, mientras tanto, mantenía las manos sobre el volante y no dejaba de lanzarle miradas.
La segunda vez que nuestros ojos se cruzaron, no me pude resistir.
—¿Qué ocurre? ¿Te pasa algo?
—No, nada —respondió demasiado rápido para que le creyera.
—¿Estás nervioso? —insistí—. Ya casi hemos llegado, no te preocupes.
Soltó una risa nasal.
—Estoy bien.
—Vale. —Señalé al final de la calle—. Mira, es ahí.
Jaime siguió la dirección de mi dedo y supe el momento exacto en el que vio a Thiago en el porche. Su cuerpo se tensó al instante.
—¿Mi hermano?
—Claro —respondí como si fuera lo más obvio del mundo—. Sin él, esto no hubiera sido posible. Ha estado ayudando con todo. Son las manos detrás del cerebro del plan, por así decirlo.
—El cerebro eres tú —dedujo.
—Bingo. Y él será tu compañero de piso.
—Es una casa.
—Lo mismo da…
Aparqué justo frente a la vivienda y apagué el motor. Fui la primera en bajar, y Thiago me dedicó una sonrisa ladeada.
—Hermano —lo saludó Jaime manteniendo las distancias.
—Ey —respondió Thiago, y supe que estaba haciendo un esfuerzo por mostrarse amable—. ¿Ha ido bien el vuelo?
No hubo ningún gesto de cercanía entre ellos, lo que me sorprendió un poco. Sabía que tenían una relación tensa, pero esperaba que eso cambiase pronto.
—Sí, gracias por preguntar —respondió el mayor.
—¿Por qué no entras a dejar la maleta mientras Thiago y yo cambiamos las cosas de coche? —le sugerí, y Jaime asintió.
El pequeño le tendió las llaves.
—Bienvenido a casa, hermano.
—Gracias —musitó Jaime y se perdió dentro de la vivienda unos segundos después.
—¿Siempre es así de formal? —le pregunté, y Thiago bufó.
—O más.
Di media vuelta, y él me siguió.
—Con Emma no es así —comenté mientras abríamos su maletero. Agarré la bolsa de carbón—. Lo he visto más de una vez cuando hacen videollamadas o hablan por teléfono y no es tan soso.
Thiago abrió las manos como si estuviera mostrando una evidencia.
—Y por eso todos nos hemos compinchado para que esté aquí… —concluyó, y mis labios se curvaron hacia arriba—. ¿Crees que tu hermana se lo huele?
—No. Alana y África se la llevaron al parque con los niños hace veinte minutos. Así que tenemos, no sé, media hora más, como mucho. Hay que darse prisa.
Thiago asintió y, al escuchar la puerta cerrarse, le repitió la información a su hermano, que nos ayudó a terminar de trasladar las cosas sin que tuviéramos que pedirle nada.
—¿No viene? —preguntó Jaime cuando se abrochó el cinturón de seguridad.
Negué con la cabeza.
—Tiene cosas que hacer —le expliqué, aunque la realidad era que Thiago había decidido no robar protagonismo. Sabía que Jaime estaría más cómodo sin él por allí.
No tardamos mucho en llegar a casa. Dejamos el coche junto a la cancela de entrada, y Jaime bajó detrás de mí. Aunque intentaba aparentar calma, vi cómo apretaba los puños.
Mi padre fue el primero en cruzarse con nosotros cuando entramos.
—¡Hola! —exclamó y extendió la mano libre para estrechársela mientras con la otra sujetaba una silla—. Bienvenido.
—Gracias, señor.
—Nada de «señor», ¿recuerdas?
Jaime asintió y le dedicó una sonrisa a mi madre, que se acercó al escucharnos. El novio de mi hermana no tuvo tiempo de reaccionar antes de que mi progenitora lo abrazara.
—Hola, cariño —le dijo mamá, y tuve que aguantarme la risa al ver cómo él, tan alto y tieso, le devolvía el abrazo—. Me alegro mucho de verte.
—Es recíproco —respondió apartándose un poco—. Gracias por participar en la sorpresa. Mis padres os mandan saludos.
Mi madre le sonrió con calidez y, tras un poco más de charla, bloqueé el teléfono, me disculpé y agarré a Jaime de la mano.
—Ya vienen. Me lo llevo a la habitación de Em. —Él soltó una disculpa mientras me seguía. Subimos y nos encerré en el cuarto de mi hermana. Me apoyé la mano en el pecho, que palpitaba a mil por hora—. Vale, ahora sí. Estoy atacada.
—Si te sirve de consuelo, yo siento como si mi sistema límbico y mi hipotálamo estuvieran montándoselo a lo bestia en mi cerebro.
Lo miré con asombro y me eché a reír tan fuerte que casi me quedé sin aire. Jaime me miró un poco preocupado, como si no supiera si lo que había dicho era apropiado.
—Ahora entiendo por qué Emma está tan pillada por ti —admití limpiándome una lágrima de la risa—. Eres raro, pero de una forma… adorable.
Me observó extrañado.
—¿Gracias?
—No me las des. Y métete en el armario.
—¿Qué?
—Métete en el armario —insistí abriendo la puerta sin darle tiempo a reaccionar.
Escuché voces en la planta baja y supe que acababan de llegar.
—Diana…
—Confía en mí.
—Podría entrar en acidosis respiratoria por acumulación de dióxido de carbono y… —Le hice un gesto para que bajase la voz y entrase. Obedeció—. ¿Estás segura de esto?
—Sí. Soy tu cuñada, no voy a dejar que mueras asfixiado.
—Pero apenas hay espacio para moverme —explicó apretujándose contra las prendas colgadas.
—Solo será un momentito. —Lo empujé un poco más para conseguir cerrar la puerta y abrí la contigua justo cuando el picaporte de la habitación giró.
Inspiré hondo. «Allá vamos».
—¡Eh! —se quejó Emma al verme rebuscar entre sus cosas—. ¿Qué estás haciendo? ¡Lo ordené todo ayer!
—¡Ay, Em…! No encuentro el mono negro que te pusiste para el cumpleaños de la tata… ¿Lo has visto? Dime que sabes dónde está, por favor… —respondí concediéndome a mí misma un óscar por mi estupenda actuación—. ¿Quizá está para lavar?
Sabía exactamente dónde estaba. Y, por suerte, ella también, porque llegó hasta mi lado y abrió la puerta con tanta energía que pensé que la descolgaría.
—Ahí lo…
Se quedó petrificada cuando su novio asomó la cabeza. Contuve una carcajada, tenía toda la pinta de haber salido de una estampida del mismísimo corazón de Narnia con esos pelos.
Emma cerró rápidamente y me miró con los ojos abiertos como platos soperos.
—¿Lo has visto?
—¿A tu frikinovio, al que, seguramente, le hayas roto la nariz? Sí, lo he visto.
Miró hacia la madera, volvió a abrir y se lanzó a sus brazos.
—¡Jaime!
Él la recibió con una sonrisa nerviosa antes de desaparecer hacia dentro, empujado por el abrazo del koala en el que se había convertido mi hermana.
Miré hacia la entrada del dormitorio, donde más de la mitad de mi familia asomaba la cabeza para no perderse ningún detalle.
—Mejor os dejamos un poquito de privacidad —dije al aire al tiempo que los encerraba.
—¿A qué hora los sacamos de ahí? —preguntó África.
—Dales diez minutos. No creo que la cosa dure mucho…
Llevan casi dos meses sin verse —respondió mi hermano Bruno, agarrándola por los hombros para bajar juntos la escalera—.
Oye, arpía… ¿Aprovechamos el ratito libre para perdernos tú y yo en el baño de mis padres?
—le susurró, aunque nos enteramos todos.
—Qué asco, por favor… —se quejó Zahara.
—Sigo diciendo que hay demasiadas hormonas descarriadas en esta casa —protestó mi hermano Guille con cara de no haber roto un plato—. Luego os quejáis de mí, pero a ver cómo esperáis que uno se mantenga célibe con todo esto pululando por el aire.
—Guillermo… —le advirtió mi padre, que caminaba justo detrás de él con mi madre de la mano.
Salí la última de la habitación y sonreí al agudizar el oído y escuchar las risas y sollozos de Emma, mezclados con las respuestas cortas de Jaime. Encajé la puerta con suavidad y me dije que la fiesta podría esperar un poquito más.
Sin embargo, a medida que pasaban los minutos y todos se dispersaban por la casa, riendo y charlando, una sensación extraña se apoderó de mí. Miré a mi alrededor, pero todo parecía en su lugar.
Lo que no sabía era que el destino acababa de empezar a mover sus piezas para la jugada final…