28 – Siguiente #2
—Le conté a Marina todo lo que hice durante estos últimos dos años —comentó en voz baja con la mirada fija en el suelo—. Me sirvió para darme cuenta de todas las tonterías que he hecho. Creo…, creo que me estoy enamorando de ella.
—Eso suena bien.
Y entonces vino la pregunta inevitable.
—¿Y tú?, ¿sales con alguien?
—Es complicado —me limité a decir.
Él levantó una ceja con su típica expresión traviesa.
—¿Necesitas que le abra los ojos? Los tíos a veces parecemos ciegos.
Sonreí y negué con la cabeza.
—No es un tío.
Se detuvo en seco y me miró con una cara un tanto cómica. Abrí la boca para explicarme, pero él se me adelantó:
—¿En serio? —se quejó con exageración—. Vamos, no me jodas… ¿Una chica?
—Sí. Con su vagina y todo —respondí conteniendo la risa—. ¿Qué haces?
—Preguntarle a ese de ahí arriba qué he hecho yo para merecerme tal castigo. ¿Por qué no lo dijiste antes? Aquí hay Thiago para dar y regalar, hubiéramos arreglado algo.
—Siempre tan humilde y modesto —le respondí con ironía y le di otra colleja.
Nos desviamos hacia una pequeña plaza en la que había unos bancos en forma de círculo. Me senté en uno de ellos, y Thiago me imitó.
El ambiente había cambiado; la tensión del principio se había desvanecido dando paso a una sensación más tranquila y cómoda.
Thiago me habló un poco más de la chica con la que estaba saliendo, de cómo la había perdido la primera vez y de la forma en la que se habían vuelto a encontrar.
Y lo vi ilusionado, tanto como yo debí de lucir al contarle solo una pincelada sobre Rachel.
—Bueno —dijo de pronto y estiró los brazos hasta apoyarse en el respaldo del banco—, se acabó el hablar de ellos. Parecemos dos idiotas enamorados… —Me observó de reojo—. Y, hablando de panolis, ¿te dijo tu hermana que mis padres y yo los pillamos en pelota picada montándoselo frente a la chimenea?
Lo miré alucinada, y él puso cara de sabiondo.
—¿Es coña?
—Qué va. Fue divertido, aunque en ese momento quise matar a Jaime con mis propias manos.
Me reí, pero su expresión no cambió. Estaba hablando en serio.
—¿Por qué?
—¿Porque se estaba tirando a mi novia? —preguntó como si fuera obvio.
Rodé los ojos y suspiré.
—No se estaba tirando a tu novia, porque ella no era yo, Thiago. Además, yo nunca fui tal cosa. Sabías que no teníamos nada serio.
Él hizo un ademán con la mano, como restándole importancia a ese dato.
—Bueno, sabes a qué me refiero.
—¿A que has heredado la sordera selectiva de tu padre? —lo piqué, y él me miró confundido—. ¿Lo habéis arreglado?
—¿Jaime y yo? —Asentí, y él hizo el movimiento contrario con su cabeza—. La verdad es que nunca nos hemos llevado demasiado bien. Se supone que son los hermanos mayores los que deben sentirse mal cuando nacen los pequeños, pero en nuestro caso no ha sido así nunca.
Me fijé en su expresión y creí notar algo en él que me hizo ir un poco más allá.
—¿Tienes celos de él?
—No son celos, es solo que desde que éramos críos Jaime siempre lo hacía todo bien. Era buen estudiante, buen hijo, buen primo. Nunca se metía en líos…
Vamos, que estaba más celoso que un mono viendo a otro con todo el racimo de plátanos.
—Me suena demasiado. Con Emma también era un poco así.
Thiago mostró indiferencia con un gesto.
—Me he pasado toda la vida intentando competir con alguien que me saca tres pueblos de ventaja en coeficiente intelectual. Es bastante frustrante, la verdad.
Lo miré con atención.
—¿Tan listo es?
—Sí. Técnicamente lo es. Aunque es un tema que no se menciona mucho en casa. Cuando entendí que nunca podría estar a su altura en ese sentido, opté por el camino fácil.
—¿El de ser un poco gilipollas?
Él soltó una carcajada corta.
—Más o menos —admitió—. Supongo que siempre pensé que, si no podía ser mejor que él en lo bueno, al menos podría ser el que más se divirtiera en lo malo.
Me lo quedé mirando un segundo, intentando valorar si merecía la pena decir lo que estaba pensando.
—¿Y te ha funcionado? —pregunté intuyendo la respuesta.
Levantó la cabeza y frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Pues eso. —Me encogí de hombros—. Ser el rebelde, el que hace todo mal a propósito… ¿Te ha hecho sentir mejor? ¿Te hace sentir orgulloso de quién eres?
Los ojos se le oscurecieron un poco y la mandíbula se le tensó; había tocado algún punto sensible. Sabía lo que eso significaba, yo misma lo había sentido con Paloma.
—No se trata de eso —murmuró, aunque no sonaba convencido—. Es… Bueno, tampoco es necesario que siempre se crea el mejor, ¿no?
Tomé aire y traté de controlar mi tono. No quería parecer demasiado dura, pero sí quería ayudarle a abrir los ojos. Yo habría agradecido que alguien lo hubiese hecho conmigo.
—Thiago, no creo que Jaime se levante cada mañana pensando en lo perfecto que es o en lo mucho que te supera. Una cosa que he aprendido de todo esto es que las personas que parecen tenerlo todo bajo control suelen ser las más inseguras por dentro.
—¿Jaime, inseguro? —repitió, incrédulo.
—No digo que lo sea en todo. No lo conozco, pero estoy segura de que también tiene sus propias taritas. —Me detuve y sopesé mis palabras—. Y estoy convencida de que las sobrellevaría mejor si su hermano pequeño no se comportase como un capullo inmaduro con él.
Sabía que podría haberme mandado a la mierda, a fin de cuentas, no éramos amigos. Sin embargo, su expresión cambió. Inspiró hondo, como si hubiera aceptado cosas que llevaba tiempo evitando, y se acercó a mí.
—Hay algo sobre mi hermano que no te he contado y que afecta directamente a tu hermana.
Me quedé inmóvil y mis sentidos de alerta se dispararon de inmediato.
—¿El qué? —pregunté. El inspiró hondo, y me temí lo peor.
—¿Hasta qué punto sabes guardar un secreto?