28 – Siguiente
No existe el ciclo sin fin…, pero sí el que lo envuelve todo
Me detuve frente a la puerta de Rachel con el corazón a mil por hora y las manos sudorosas.
Había pasado un tiempo desde nuestra última conversación y, aunque lo que sentía por ella seguía siendo un lío, algo en mí se había asentado.
Me había pasado semanas intentando poner en orden mi cabeza, cosa que nunca había sido mi punto fuerte, y la conclusión era bastante simple: me moría de ganas por volver a verla.
Era raro, porque no es que hubiésemos pasado tanto tiempo juntas.
Apenas compartimos unos cuantos momentos, conversaciones sueltas y varios orgasmos.
Pero, joder, cada vez que pensaba en ella sentía ese cosquilleo, como si mi interior se despertara con solo imaginar su risa, sus silencios o la forma en que me miraba.
No era el típico tonteo de siempre; había más, y no lo terminaba de entender. Era como si todo encajara sin tener que pensarlo mucho. Como si, de alguna manera, simplemente fuera .
Me había recreado en las últimas páginas de mi manuscrito; más concretamente en la coprotagonista.
Había capítulos enteros conectados con ella: nuestros encuentros, las diferencias y esos silencios llenos de tensión.
No me olvidé de las escenas subidas de tono, que me dejaron despierta hasta que se me pasó la calentura.
Escribir todo eso me había ayudado a procesar lo que sentía y también me había empujado a afrontar verdades como templos. Estaba muy pillada por la francesa, tal y como Sofía había vaticinado. Y tenía que hablar con Rachel, aunque no de cualquier manera.
Necesitaba una nueva estrategia, una forma más efectiva que una conversación para llegar a ella. Así que decidí que mi manuscrito sería la manera más sincera de mostrarle lo que llevaba dentro.
Mentiría si dijera que no estaba acojonada por cómo reaccionaría cuando le dejara ese trozo de mí en su puerta.
Había empapado las últimas páginas de la ficción más absoluta, porque no podía enfrentarme a un final incompleto como el que teníamos.
Así que tuve que disfrazarlo con la historia que me habría gustado vivir con ella.
En esas últimas páginas, las palabras no se me quedaban atrapadas en la garganta, no la cagaba de nuevo, y todo salía a la luz en diálogos cargados de emoción y en miradas que decían más que cualquier palabra.
Sí, me había convertido en una moñas . Era un hecho.
Me agaché frente a su puerta con el manuscrito en las manos, sosteniéndolo como si fuera algo valioso y frágil. En cierto modo, lo era. Era mi vida, desnuda y expuesta, envuelta en unas palabras que me habían costado sangre, sudor y lágrimas.
Respiré hondo y cerré los ojos durante unos segundos.
Era la primera vez en semanas que estaba tan cerca de ella y, aunque me había repetido que esto solo era un paso en el camino, sentía una ligera presión en el pecho.
Ese era el gesto más honesto que había dado en mucho tiempo, y no tenía ni idea de cómo reaccionaría Rachel cuando encontrara ese pedazo de mí.
El miedo amenazaba con paralizarme, aun así, le ganaba la emoción.
Sacudí las manos cuando dejé la carpeta en el suelo, justo frente a su puerta. Me puse en pie y, sin darme tiempo para pensarlo dos veces, toqué el timbre y corrí a esconderme en la escalera.
Los segundos que pasé allí, con el pulso acelerado y la mente a mil por hora, me parecieron interminables. Y, cuando por fin escuché la puerta abrirse y un rayo de luz se filtró hacia la escalera, el corazón se me detuvo y me mordí el labio.
Me moría por salir de mi escondite, correr hacia ella y ponerme de rodillas si hacía falta para pedirle perdón; pero me quedé ahí, pegada a la pared, conteniendo las emociones.
El sonido de la puerta al cerrarse me sacó del trance. Me asomé con el corazón en un puño y sonreí al ver que no había nada en el suelo.
—Gracias… —susurré al vacío y dejé escapar un suspiro de alivio.
Sin más, saqué el móvil del bolsillo para mirar el reloj y bajé las escaleras.
Era hora de irse.
Salí del edificio y me dirigí al coche con las llaves en la mano, pero, justo cuando me disponía a abrir la puerta, un cosquilleo en la nuca me hizo detenerme y elevar la vista.
La reconocí al instante. En el segundo piso, tras la ventana del salón.
Rachel me observaba desde la distancia, con los ojos fijos en mí y el manuscrito pegado al pecho.
El aire se me quedó atrapado en los pulmones mientras nos mirábamos, y me quedé allí, unos segundos más, sin moverme, solo observándola. Ella tampoco apartó la vista.
Cuando sentí que los labios empezaban a curvárseme, rompí el contacto visual, tomé una última respiración profunda y me subí al coche. Aunque me habría pasado horas intercambiando miradas con mi Julieta particular, tenía una cita a la que acudir.
La calle estaba viva con la gente que iba y venía, las risas y el ruido del tráfico. Mis ojos recorrieron el lugar y se posaron en una figura familiar que destacaba entre la multitud.
Mi cita estaba allí, apoyada en la fachada de un edificio, con el pelo algo más largo y revuelto y luciendo esa sonrisa que siempre me había derretido.
Cuando llegué a su lado, noté cómo algunas chicas que pasaban se giraban a contemplarlo. No pude evitar reírme entre dientes.
—Dichosos los ojos… —me dijo cuando llegué a su altura.
Me fijé bien en él y no tardé en darme cuenta de que la chispa que alguna vez había sentido ya no estaba.
Ya solo sentía admiración por su físico, como se contemplaría a algo bonito: el corte de su mandíbula, la manera en la que su pelo le caía desordenado sobre la frente, pero ya no había nada más.
Solo una figura familiar que me traía recuerdos, aunque no emociones.
—Hola, Thiago. —El saludo me salió de los labios con mucha menos pesadez de la que esperaba.
Su sonrisa se amplió y dio un paso hacia mí, como si estuviera a punto de jugar la misma carta de siempre.
—Hola, fierecilla.
Su voz resonó con esa familiaridad que antes me hacía sentir un cosquilleo en el estómago.
Tampoco pasó nada. No me sentía la misma chica que le había pedido a su hermana que fuese en su lugar para cortar con él.
Había cambiado, y ese cambio me daba una nueva perspectiva, como si me hubieran graduado la vista.
Emma me había contado el trato al que habían llegado y me había insistido varias veces para que quedase con él, pero hasta ese momento no me había sentido preparada.
Le había dado largas, tratando de esquivar un encuentro que, en su momento, me había parecido demasiado complicado.
Sin embargo, ahora que estaba ahí, frente a él, todo era diferente.
—¿Damos un paseo? —me preguntó, y yo asentí.
Comenzamos a caminar por la acera. Temí que la conversación no fluyera entre nosotros, básicamente porque solíamos hablar poco, ya que manteníamos las bocas ocupadas en otros menesteres. Sin embargo, para mi sorpresa, el movimiento ayudó a relajar el ambiente.
—Hace calor, ¿eh?
Su carcajada sobresaltó a un par de señoras que venían de frente.
—¿En serio? ¿Vamos a hablar del tiempo?
Me encogí de hombros con una sonrisa torcida en los labios.
—Alguien tenía que romper el hielo. —Le di unos segundos, esperando a que sacara el tema. Al ver que lo único que avanzaban allí eran nuestras piernas, me decidí a hablar—. Siento haber enviado a Emma —solté de golpe—. Fue una decisión cobarde por mi parte.
Sus ojos buscaron los míos.
—No entiendo por qué lo hiciste…, pero vale. —Se encogió de hombros con las manos en los bolsillos—. Acepto tus disculpas.
—No quise que terminara así —continué—. Aunque sabía que, si me presentaba en Barcelona, saldría de allí con un anillo y un contrato prematrimonial debajo del brazo.
Él se rio ante mi intento de broma.
—No. —Hizo una pausa y luego añadió—. La cosa no hubiese acabado así. ¿Te contó Emma por qué no fui al aeropuerto a buscarla?
Negué con la cabeza.
—Solo dijo que fue Jaime en tu lugar.
Él respiró hondo, como si estuviera a punto de soltar una bomba.
—Estaba con otra chica —dijo, y yo elevé ambas cejas—. Una ex. Me la encontré dos noches antes de tu llegada y, sin darme cuenta de lo que estaba haciendo, me acosté con ella. Varias veces.
Fruncí los labios y asentí lentamente.
—Quizá tendría que estar molesta, pero no es así —expuse, y él se rio con complicidad—. No creo que hubiésemos terminado bien.
—Estoy saliendo con ella ahora —admitió, y sonreí, más para mí que para él.
—Siempre es la misma historia, ¿verdad? Uno se encuentra en situaciones que nunca imaginó…
—Y, a veces, la persona que está justo delante de tu puerta es la más complicada —terminó por mí.
La risa que salió de mis labios fue suave, casi un suspiro. Esa chispa de complicidad que surgió entre nosotros me hizo sentir que tal vez, solo tal vez, podríamos incluso ser amigos.
—La hemos cagado a lo grande. Y lo peor es que arrastramos a nuestros hermanos con nosotros —murmuré justo cuando girábamos una calle.
—Sí —admitió—. Aunque al final no han salido tan mal parados, ¿no?
—Cierto… Su historia es un buen ejemplo de que a veces la mayor mierda puede dar lugar a algo especial.
—Eres toda una poeta —bromeó, y le di una colleja—. ¿Te has parado a pensar en que somos familia?
— Sip .
—Concuñados.
—Eso parece —confirmé sonriendo.
—Si lo de Jaime y Emma prospera…, ¿les diremos a nuestros sobrinos que, durante un tiempo, nos dimos como contraventana abierta en un día de tormenta?
Solté una carcajada que alivió lo poco que quedaba de los nervios por el encuentro.
—Eres imposible.
—Lo sé. Y a ti te va la marcha. —Se rio cuando lo miré con una ceja alzada, pero me agarró del brazo para detenerme. Nos quedamos mirándonos unos segundos, más serios que un momento antes—. Diana, siento haberme comportado como un niñato.
—Yo también lo siento, pelirrojo —le respondí con sinceridad.
Continuamos en silencio unos cuantos pasos más.