Morir por tu amor es la condena a mis mentiras (Gemelas 2) (Costa Serena 5) 27 – Nuevas páginas
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Perdónate por las veces que pusiste en duda tu capacidad o tu fuerza

Mi psicóloga se llamaba Paloma.

Decidí buscar ayuda profesional el mismo día que volví de casa de Rachel. Había demasiadas cosas que no entendía, emociones que no sabía cómo procesar y varios frentes abiertos por resolver.

Era obvio que estaba completamente fuera de mi zona de confort.

Había soltado parte de lo que me retenía y me sentía rara; no mal, pero sí como si hubiera entrado en un terreno desconocido sin mapa ni brújula.

Sabía que era normal, todo estaba cambiando; aun así, no tenía claro hacia dónde debía ir sin ayuda.

Paloma me escuchó durante varias sesiones, me dejó desahogarme y tratar de comprender todo lo que pasaba por mi cabeza. Y en un momento dado me hizo una sugerencia que jamás se me habría ocurrido: escribir.

Al principio me pareció una chorrada. No veía cómo eso podría ayudarme. Sin embargo, una tarde me senté delante del ordenador y empecé a teclear.

Lo que pasó fue totalmente inesperado, porque no solo estaba escribiendo sobre mi dolor, mis miedos o mis frustraciones, sino que las palabras me ayudaban a ordenar mi cabeza y a enfrentarme a las emociones de una forma más sana.

¿Quién lo hubiera dicho?

«Paloma. Ella lo dijo… Y se merece un monumento por ello».

Lo que empezó como un simple diario terminó transformándose en algo más profundo. Era una especie de novela autobiográfica donde volqué mis experiencias y reflexiones, y que me ayudó a conocerme mejor, a darme cuenta de todos los errores que había cometido y a ser más honesta conmigo misma.

No sabía si esa historia —mi historia— valía la pena ser contada, pero algo dentro de mí me empujaba a seguir adelante.

Y lo hice.

Las palabras se derramaban desde un lugar profundo dentro de mí que no sabía que existía y por primera vez en mucho tiempo disfruté de verdad de algo.

Pese a que en algunos momentos me ahogaba en las emociones que describía, y terminaba llorando a moco tendido, escribirlo hacía que la carga fuera más ligera.

Conforme avanzaba, empecé a replantearme otras cosas, como la carrera que llevaba años cursando y que nunca me había apasionado.

Me di cuenta de que, durante demasiado tiempo, la había utilizado como una excusa, una forma de seguir adelante sin una dirección real.

Y, cuanto más escribía, más claro tenía que no quería dejar de hacerlo.

Necesitaba explorar esa nueva parte de mí, la que disfrutaba haciendo algo del todo inesperado.

No sabía a dónde me llevaría eso, pero entendí que lo importante no era tanto el destino final, sino el viaje en sí. Y no quería continuar por un camino que no me hacía feliz.

—Me parece una decisión muy valiente, Diana —me dijo Paloma cuando le conté que iba a dejar la carrera—. Reconocer lo que realmente quieres y lo que ya no tiene sentido para ti es un gran paso. Seguir adelante por inercia es fácil. Parar y ser honesta contigo misma requiere mucho valor.

—Pues estoy cagada —le respondí sin más.

Ella sonrió.

—Lo sé, aunque es importante que sientas que avanzas en la dirección correcta, pese a que el camino no esté del todo despejado aún.

Asentí, aun así, no pude evitar pensar en cómo se lo tomarían mis padres.

Efectivamente, la conversación con ellos no fue fácil, pero tampoco tan dura como había imaginado.

—¿Estás segura de que es lo que quieres? —me preguntó mi madre con su característica preocupación.

—Estoy segura de lo que no quiero —respondí con firmeza—. Y necesito tiempo para descubrir qué es lo que realmente quiero hacer con mi vida.

Mi madre miró a mi padre, que hasta entonces se había mantenido callado. Cuando cruzamos la mirada, noté más comprensión de la que había esperado. Y, cuando por fin habló, sus palabras significaron más de lo que él mismo se imaginaba.

—Queremos verte feliz, Diana.

—Gracias… —murmuré sin saber qué más decir.

Un momento después, algo tocada por las emociones, me levanté para dar por terminada la conversación. Sin embargo, antes de que pudiera girarme, sentí la mano de mi padre en el hombro. El contacto me sorprendió, pero más lo hizo el abrazo en el que me envolvió cuando me giré.

Fue un abrazo fuerte, protector. Y yo cerré los ojos y me dejé sostener durante unos segundos. Me permití sentir el calor del gesto y, poco a poco, el resentimiento que había retenido durante años empezó a desvanecerse.

—Estoy orgulloso de ti —susurró mi padre con una voz que apenas reconocí, llena de emociones.

Me recorrió un hormigueo en la garganta y cuando nos separamos vi a mi madre secándose las mejillas—.

Te queremos, Diana. Siempre te hemos querido y siempre te querremos.

Y, aunque a veces no lo hiciéramos del todo bien como padres, estamos aquí, pase lo que pase.

—Siempre, mi vida —añadió mamá.

Estaba sobrepasada, pero no lo oculté. No me refugié tras mi habitual muro de frialdad o cinismo. Simplemente me permití sentir, ser.

—Yo también os quiero —les dije con los ojos anegados en lágrimas—. Y siento no decirlo ni demostrarlo tanto como debería.

Mi madre abrió los brazos y, justo cuando me iba a acercar a ella, la puerta de entrada se abrió, y Emma apareció llorando.

Sin pensarlo, cambié de rumbo y la envolví en un abrazo protector.

—¿Qué ha ocurrido? ¿A quién tengo que matar? —le pregunté con voz suave, esquivando las pocas ruinas que quedaban del muro que había existido entre nosotras.

Soltó una pequeña risa en medio del llanto y se refugió en mi hombro.

—Relájate, Kill Bill… —bromeó papá.

—¿Qué pasa, cielo? —preguntó nuestra madre.

Me eché un poco hacia atrás, lo justo para que levantase la cabeza sin soltarla de mi agarre.

—Jaime no va a poder venir para nuestro cumpleaños —explicó Emma, y fruncí el ceño.

—¿Por qué? —indagué.

—Están hasta arriba en el laboratorio y no va a poder escaparse esta vez.

Sentí rabia y a la vez tristeza por ella. Sabía cuánto se había estado aferrando a la idea de volver a ver a Jaime y, aunque me dieron ganas de despellejarlo vivo por hacerla sentir así, me mantuve tranquila y a su lado.

—Em… —la llamé mientras le acariciaba la espalda.

Mis padres se apartaron un poco mientras ella volvía a hundir la cabeza en mi cuello—.

Oye, ¿qué te parece si dejamos la fiesta para cuando pueda venir tu frikinovio , y ese día nos vamos tú y yo a que nos mimen y luego al cine?

Nos pillamos un cubo gigante de palomitas y plantamos los pies en la butaca de delante, con la pedicura recién hecha.

—Le di unos segundos, y ella se separó y me observó—. ¿Qué me dices?

Le aparecieron unas arruguitas en la frente.

—¿Lo dices en serio? —preguntó con una pizca de desconfianza—. Sé lo mucho que te importa celebrarlo todos los años y que quieras retrasarlo me hace sospechar que…

—¡Oye! —la interrumpí fingiendo indignación—. No bromearía con una manipedi y un cubo gigante de palomitas.

Emma esbozó una sonrisa, tímida al principio, pero lo bastante sincera como para iluminar su cara apagada por las lágrimas. En ese momento entendí lo gratificante que era estar presente para ella, para nosotras.

—¿Y puedo elegir la peli?

Alcé una ceja e intenté mantenerme seria.

—No te pases…

La carcajada que soltó eliminó la tensión que quedaba.

—Me parece un plan perfecto…, pero hay que sellarlo de alguna forma. —Se chupó el dedo y lo tendió en mi dirección—. ¿Promesa de meñique?

Fue mi turno para reír. Enlacé su dedo con el mío y sellamos el pacto con nuestro gesto de siempre, el mismo que llevábamos grabado en la piel desde hacía años. Un tatuaje que insistí en hacernos, a pesar de que Emma no quería nada permanente.

En cambio, una vez más, logré convencerla.

¿Cuánto le debía? A veces me parecía imposible calcularlo. No sabía cómo podría devolverle todo lo que había hecho por mí, cada gesto, cada sacrificio… La apreté más fuerte y me dije que tendría toda la vida para compensarla.

Y, aunque las cosas no fueran perfectas, supe que ese era el camino. Quería estar ahí para quienes me necesitaban, de corazón. Y ese pensamiento me llevó de vuelta a Rachel, porque supe que estaba lista para dar el siguiente paso hacia ella.

Próximo destino: barrio pijo.