26 – Sin máscaras
El camino correcto, en ocasiones, no es el más fácil
Los siguientes días después de la conversación con Emma me sentí como si me hubieran quitado un enorme peso de encima.
Era como si, de repente, todo hubiera hecho clic dentro de mí y la tensión constante que siempre me acompañaba hubiera desaparecido.
En su lugar había quedado espacio para algo nuevo, una especie de calma quizá.
Todavía estaba tratando de entender qué implicaba exactamente esa sensación, pero me gustaba. Era refrescante y esperanzadora.
En casa también noté algunos cambios sutiles.
No es que hubiera tenido una charla profunda con mis padres, aunque las cosas estaban más tranquilas.
Había gestos que no se notaban mucho, pero estaban ahí: miradas más amables, comentarios menos cargados de reproches.
Incluso los silencios no eran tan incómodos.
Y, lo más importante, ya no los evitaba, en especial a mi padre.
Sabía que él estaba haciendo un esfuerzo por respetar mi espacio. A veces me dirigía una sonrisa tímida, como si buscara un acercamiento sin saber muy bien cómo dar el paso sin despertar a la bestia. Yo, por mi parte, se la devolvía, haciéndole entender que aceptaba aquella tregua.
No obstante, todo eso se esfumó en cuanto abrí la puerta del coche y empecé a caminar hacia el bloque de pisos blanco con terrazas de cristal.
De repente, esa presión familiar volvió a instalarse en mi pecho, como una vieja conocida.
Rachel no iba a ser compasiva. Y no tenía por qué serlo.
Le había mentido, la había cagado y, por mi culpa, había levantado un muro tan alto que ni la persona más paciente y experimentada podría escalarlo.
El daño que le hice fue real. Yo lo sabía.
Ella lo sabía. Y esta vez no había excusas que valieran.
Estaba allí para asumir mis errores sin justificarme ni echar balones fuera. Sabía que lo único que me quedaba era afrontarlo y aprender a perdonarme.
Mientras subía las escaleras, mi mente voló a una de las últimas veces que estuve en ese sitio. Recordé cómo Rachel me miró, con esos ojos que solían dejarme sin defensas, pero que esa vez solo transmitían decepción.
Ese recuerdo me dejó sin aire, como si me hubieran dado un puñetazo en el abdomen. Cerré los ojos al llegar al descansillo. Sabía perfectamente lo que me esperaba al cruzar la puerta, aunque no pensaba echarme atrás.
Toqué la madera con los nudillos y escuché sus pasos al otro lado.
Me iba a estallar el corazón. Joder.
La puerta se abrió lentamente, y ahí estaba ella, con el pelo castaño recogido en un moño bajo, tan bonita como siempre. Agarraba un libro, uno de esos de tapa dura que solía llevar consigo.
En el instante en el que sus ojos se encontraron con los míos, y registró quién estaba al otro lado de la puerta, se le entreabrieron los labios y el libro casi se le cayó de las manos.
Lo sujetó rápidamente, recuperando el control en el último segundo, aunque no lo suficiente para ocultar el breve temblor de sus dedos.
En un abrir y cerrar de ojos, se le endureció la expresión. La vulnerabilidad que creí ver desapareció, como si nunca hubiera existido.
Ahí estaba. Esta era la versión de Rachel que yo misma había creado con mis mentiras, la que no me debía nada y, aun así, no me había cerrado la puerta en las narices. Todavía.
—Hola —dije en voz baja.
—Diana —respondió con los nudillos blancos de tanto apretar el libro.
Entendido: la incomodidad era parte del castigo; lo aceptaba.
Nos quedamos así, en un tenso silencio, hasta que tomé aire y reuní todo el valor que pude.
—¿Puedo pasar? Será solo un momento.
Rachel tardó en contestar. Su rostro se mantuvo impasible, sin embargo, algo en su mirada titubeó.
Parecía estar evaluando cada palabra, cada gesto.
Finalmente, tras lo que pareció una eternidad, dio un paso atrás y abrió la puerta lo justo para que pudiera entrar.
No dijo nada ni falta que hizo. Su gesto bastaba para saber que me escucharía, pero no prometía nada más.
Entré y me giré hacia ella, que se cruzó de brazos y me observó con los labios apretados.
—Habla.
Sabía que no sería fácil, así que no intenté adornarlo.
—Sé que no tienes por qué escucharme, así que gracias por hacerlo —empecé con voz suave, pero firme—. Y también sé que la cagué. Te mentí y te utilicé, cuando no me diste ni una sola razón para hacerlo. Y creo que probablemente nunca me perdonarás.
Un destello en sus ojos me dio esperanzas, aunque al segundo volvieron a endurecerse.
—Crees bien —respondió con frialdad.
Noté cómo se me cerraba la garganta, aun así, carraspeé y seguí adelante.
—No estoy aquí para pedirte que las cosas vuelvan a ser como antes.
—Las manos no paraban de temblarme y no me importó.
No iba a esconderme más—. Solo quería decirte que lo siento.
De verdad. Te fallé por mis miedos y traumas.
Y sé que pedir perdón no cambia lo que hice, pero quiero que sepas que soy consciente de lo cobarde que fui. Fue una guarrada por mi parte.
Rachel apretó los labios y vi cómo los brazos se le tensaban más, como si se estuviera sujetando a sí misma para no saltarme encima y desgarrarme viva.
Sin embargo, de repente desvió los ojos a mi derecha, hacia un punto específico del pasillo.
Seguí su mirada y me di cuenta de lo que estaba observando.
Era el lugar exacto donde, aquella vez, me había dejado caer con sus manos entre mis muslos y las bocas entrelazadas, enredadas en un deseo que en ese momento me parecía dolorosamente lejano.
—¿Y qué esperas que diga? —Su tono estaba cargado de demasiados matices.
—Nada, en realidad. —Desvié la vista al suelo un segundo antes de volver a sus ojos—. Te merecías saber que soy consciente de que lo que hice estuvo mal. No fui justa contigo ni conmigo misma.
Rachel frunció el ceño.
—No. No fuiste justa —confirmó y, al ver su gesto, inspiré hondo y me preparé para lo que vendría a continuación—.
¿Sabes cómo me sentí cuando descubrí la verdad, Diana?
¿Te haces una idea de lo que fue darme cuenta de que la persona en la que más había confiado en años, a la que le conté cosas de mi madre y de mi vida, no era más que una mentira con cara bonita?
Podía ver la lucha interna en su rostro, ese enfado mezclado con una decepción que, por desgracia, conocía demasiado bien. No era la primera vez que intentaba disculparme, aunque esperaba que esta vez sonara más sincero.
Pero ¿qué más podía decirle?, ¿que lo sentía?, ¿que nunca quise hacerle daño? Ninguna de esas cosas iba a bastar. Rachel me había dado más de lo que me merecía, y yo lo había arruinado, y le debía algo más que silencio.
—Nunca quise hacerte daño, te lo juro. No pensé que esto fuera a llegar tan lejos. Fue estúpido y egoísta, lo sé, sin embargo, cuando empezamos a hablar y vi cómo eras, lo que me hacías sentir…, me asusté. No supe gestionarlo.
—«¿Me asusté?» —Se rio sin ganas—. ¿De qué tenías miedo?, ¿de que alguien te viera como eres de verdad? No estabas asustada, Diana. Elegiste mentir porque era lo más fácil.
Y tenía razón.
Asentí.
—Es verdad. Lo hice por inercia y seguí porque no sabía cómo lidiar con lo que sentía por ti.
Aun así, aunque me escondiera tras el nombre de Emma, siempre fui yo.
Mi forma de ser, mi aspecto, mi manera de hablar…
. Todo era real. —Me detuve un segundo—.
Y lo que sentía por ti, lo que siento por ti, también lo es.
Rachel cerró los ojos un segundo y soltó el aire lentamente, como si con esa exhalación intentara deshacerse de algo más profundo. Cuando volvió a mirarme, la dureza en sus ojos se había suavizado un poco. Seguía ahí, aun así, también había más.
—Me abrí contigo y me dejaste expuesta —repitió en un susurro que me hizo cerrar los ojos con pesar un par de segundos.
—Lo sé —le dije en el mismo tono—. Sé que te fallé, y lo siento.
Rachel se cruzó de brazos y no supe si lo hacía para protegerse a sí misma o para mantener la distancia entre nosotras. Sabía que estaba dolida y con razón. Me merecía ese desdén y más.
—Sí. Lo hiciste.
El silencio que vino después fue insoportable. En cambio, por primera vez no intenté llenarlo. Me quedé ahí, frente a ella, sintiendo el abismo que se había abierto entre nosotras, como si estuviera de pie en un campo de batalla después de una guerra que ya sabía perdida.
Pero no lo estaba. No del todo.
La había perdido a ella, sí. Aunque, en el proceso, me había encontrado a mí misma. Había un punto reconfortante en no intentar esconderme, en no salvar la situación con promesas vacías o excusas fáciles.
—¿Sabes? Me he pasado toda la vida huyendo —le dije con una calma que ni yo me esperaba—.
De los demás, de mí misma, de todo lo que me hacía sentir expuesta.
Tenía miedo de no ser suficiente, de que la gente descubriera mis puntos débiles y los utilizara en mi contra.
Y luego llegaste tú, y me hiciste sentir…
Y después mi vida se fue a la mierda. Pero todo esto me ha servido para darme cuenta de que ya no quiero seguir corriendo.
El pecho de Rachel subió con una respiración profunda, más lenta de lo habitual. Me observó y, aunque no dijo nada, pude ver cómo su gesto se suavizaba. Descruzó los brazos y los dejó caer a cada lado de su cuerpo, en una postura menos defensiva.
El ambiente cambió entre nosotras. Fue entonces cuando vi cómo abría la boca, solo para cerrarla al segundo siguiente.
Me dio la impresión de que estaba al borde de ceder, de dejarse llevar por lo que ambas sabíamos que todavía existía entre nosotras, pero esa no era la razón por la que yo estaba ahí.
No había vuelto para enredarnos en un mar de piernas y brazos de nuevo.
Lo que yo buscaba era una realidad que no pudiera desmoronarse con un pequeño soplido.
Supe que era el momento de marcharme.
Por mucho que deseara quedarme, sabía que no podía.
Esta vez, sin embargo, no se trataba de escapar ni de darme por vencida.
Me di cuenta de que todo lo que había pasado entre nosotras era solo una parte de algo más grande, más profundo.
Tenía que ver con enfrentarme a mí misma, dejar que el presente fluyera y soltar ese pasado que había estado arrastrando durante tanto tiempo.
Y, solo cuando estuviera en paz conmigo misma, volvería a intentarlo.