Morir por tu amor es la condena a mis mentiras (Gemelas 2) (Costa Serena 5) 25 – Liberarse #2
80%

25 – Liberarse #2

—Eso no es cierto —me rebatió sacudiendo la cabeza—. Diana, yo nunca me he sentido así… Siempre he pensado que eras tú la que lo tenía todo bajo control, la que sabía qué hacer en cada momento. Yo solo me escondía detrás de ti porque no me veía capaz de ser tan valiente como tú.

Negué con la cabeza y me dejé llevar por una sonrisa amarga.

—¿Podemos ser más idiotas? —traté de bromear, pero el intento fracasó cuando me sobrevino un sollozo.

—Creo que… —Inspiró hondo y sonrió entre lágrimas—. Creo que nunca nos hemos dado la oportunidad de conocernos de verdad.

Y supe que era cierto, que hasta ese momento no nos habíamos tomado la molestia de comprendernos la una a la otra.

—Es verdad. —Puse los ojos en blanco cuando ella abrió los suyos con asombro—. No pongas esa cara, idiota, que solo te estoy dando la razón.

Sonrió y ese gesto me hizo darme cuenta de las pequeñas líneas de cansancio alrededor de sus ojos.

—Tal vez sea hora de ser nuestra mejor versión, ¿no te parece?

—Suena aterrador —me estremecí, y ella me empujó con cariño.

—Calla, que estoy intentando ser valiente.

—Pues lo estás haciendo genial —la animé y extendí las manos a cada lado de mi cuerpo.

Ella me miró fijamente durante un momento, como si no pudiera entender lo que estaba viendo.

—¿Me…, me estás pidiendo un abrazo?

—Pues sí.

—¿Tú? ¿La increíble Diana necesita cariñitos?

—Eso parece —respondí con la sonrisa más sincera de mi repertorio—. Todos los héroes necesitan un hombro sobre el que llorar de vez en cuando.

Sin decir nada más, se inclinó hacia mí y me rodeó con sus brazos. Fue un gesto cálido, lleno de cariño, pero también de algo más… De una especie de entendimiento silencioso, un «estoy aquí» sin necesidad de palabras.

Cerré los ojos y el vértigo que me había estado revolviendo el estómago comenzó a desaparecer y a ser sustituido por una extraña sensación de alivio. Ya no éramos las mismas, lo supe en lo más profundo de mi ser. Y eso, más que nada, era lo mejor que nos podría haber pasado a las dos.

—Gracias —susurré sin soltarla del todo.

—No tienes que darlas —respondió en voz baja—. Estamos juntas en esto.

Y, en ese momento, lo supe: ser vulnerable no me hacía débil ni me alejaba de la persona que quería ser. Al contrario, me acercaba más a ella.

Cuando nos separamos, mi gemela me limpió las mejillas y me miró con esa expresión que conocía tan bien, mezcla de curiosidad y prudencia.

—¿Sabes de qué tengo ganas? —me adelanté.

—¿De contarme lo que has hecho en Sevilla? —probó suerte y negué—. ¿De preguntarme por Jaime? —Volví a negar.

—De pizza .

Emma puso los ojos en blanco.

—¿Cómo no lo he adivinado? —se lamentó con un ademán exagerado—. Tú y la comida… ¿Barbacoa con doble de carne?

Moví la cabeza de un lado a otro de nuevo, y ella me miró confundida, pues sabía perfectamente que esa era mi pizza favorita, la que se me antojaba en los momentos más inoportunos.

—Mejor una hawaiana.

Esperé su reacción y no tardó en aparecer. Su ceño se frunció de inmediato y su cara pasó de la incredulidad a un horror absoluto.

—Vale, ¡ahora sí que estoy preocupada de verdad! —exclamó—. Repito: ¿quién eres y qué has hecho con Diana? Porque mi hermana odia la pizza con piña casi tanto como que le digan qué hacer.

Me reí, incapaz de mantener la compostura mucho más tiempo.

—Vale, sí. Me he pasado —admití—. Me da un asco terrible solo de pensarlo. Pero ¿sabes qué? Que por ti me comería hasta ese engendro culinario de satanás.

Emma se llevó la mano al pecho e hizo un puchero demasiado infantil.

—Eso ha sido muy mono…

—Cállate —respondí entre risas—. En verdad escupiría la piña cuando no mirases.

Emma se echó a reír conmigo, y ese sonido cálido y familiar hizo que todo pareciera un poco mejor; un poco más en su sitio.

Aunque la calma duró poco, porque un segundo después, con un tono más suave y cargado de curiosidad, me lanzó una pregunta tan esperada como temida.

—¿Y Rachel?

Mi risa se desvaneció y el latido en mi pecho sonó como un redoble de tambores.

—¿Rachel? Esa maldita francesa debe de ser una experta en jugar a la diana, porque se me ha clavado justo en el centro del corazón —admití, acojonada—. Y lo peor de todo es que sé que no tengo muchas posibilidades de arreglarlo.

Ella me observó un momento, en silencio, procesando lo que acababa de decir. Luego asintió, comprensiva, y una sonrisa tierna se le formó en los labios. No dijo nada más, no hacía falta. Me envolvió en otro abrazo que sentí más cálido, más protector.

—Rachel es especial —susurró sin soltarme—. Igual que tú.

Apreté el agarre de su cuerpo, incapaz de describir con otras palabras lo que Rachel significaba para mí. Era complicado, intenso y me aterraba, pero también me hacía sentir viva de una manera que no había experimentado antes.

—Te quiero, Emma —reconocí en voz alta.

Esa vez, el peso de mis palabras fue real, tangible.

—Y yo a ti, tontita. —Sorbió por la nariz—. Y si necesitas ayuda con ella…

—Creo que no me perdonaría ni peregrinando de rodillas hasta la Torre Eiffel con una pancarta que le declarase mi amor eterno. —Se le escapó una risa por la nariz—. Pero gracias.

—Bueno… Yo no lo daría todo por perdido. —La miré con el ceño fruncido, y ella contuvo una sonrisa—. Ya van dos veces que me llama por tu nombre…