25 – Liberarse
Recordar para sanar y otras formas de madurar
Emma captó el cambio en mi tono y se sentó frente a mí, imitando mi postura.
—Vale.
La atmósfera mutó y tuve que respirar hondo un par de veces para calmar los latidos de mi corazón.
Estaba a punto de abrirme en canal y la sensación de vértigo no era muy agradable, a decir verdad.
Sentía que estaba a un paso de cruzar el muro invisible que me había mantenido a salvo durante años, mazo en mano y dispuesta a no retroceder, y estaba acojonada.
—Hace años que… —titubeé.
Emma me puso una mano en la rodilla.
—Respira —me animó con voz suave.
Volví a intentarlo, aunque las palabras parecían atoradas en mi cerebro y no se ponían de acuerdo para dejarse paso las unas a las otras de manera ordenada.
—Es que… siento un montón de cosas que todavía no sé cómo manejar —reconocí y me pasé la mano por la cara—.
Sé que ahora mismo hay un enorme agujero entre nosotras, pero tienes que saberlo todo.
Si después de que te lo cuente no quieres que siga en tu vida, lo aceptaré y no insistiré más. Te lo prometo.
Emma asintió de forma lenta y su mirada se volvió más profunda, más atenta.
—Te escucho —susurró.
Inspiré hondo una vez más. Ya no había vuelta atrás.
Había destrozado mi relación con ella, con mi propia familia, y ya estaba harta de tratar de coserme las heridas con las manos sucias.
Además, había algo liberador en ese cambio, una sensación extraña de que, tal vez, ceder no era una señal de debilidad, sino de aceptación.
De madurar.
—Tendría que haberte contado esto hace mucho tiempo, pero no pude…
Fui incapaz —confesé con el peso de mis decisiones pasadas haciéndose notar sobre los hombros—.
Sé que siempre he sido una egoísta, aunque la cosa empezó a irse a la mierda del todo el día en el que me pediste que cortase con Manu haciéndome pasar por ti…
Mi hermana frunció el ceño, en cambio, no me interrumpió. La explicación comenzó a deslizarse por mis labios como si tuviera filos cortantes que me rasgaran al salir, aun así, no me detuve.
Le hablé de todo lo que ocurrió aquel día en el parque cuando me encontré con él y seguí narrándole otros episodios que había enterrado en lo más profundo de mi memoria.
La voz me tembló mientras las imágenes de esos momentos tan oscuros volvían a mí y las lágrimas empezaron a caer sin que pudiera hacer nada por detenerlas cuando vi que Emma también lloraba en silencio.
—¿Qué hiciste para salir de ahí? —me preguntó cuando pudo articular palabra.
Me pareció que tenía miedo de la respuesta que podía darle.
Entrelacé las manos entre mis piernas, las malditas no me dejaban de temblar.
—Conseguí información. —Los labios se me curvaron en una sonrisa amarga—. Sabes que siempre he sido buena enterándome de lo que nadie quiere que se sepa, así que no descansé hasta confirmar que Manu no era ese chico encantador que se empeñaba en aparentar ser.
—¿Qué información?
—Estaba aquí, en Costa Serena, por una denuncia. Una chica lo acusó de haber abusado de ella, pero lo enterraron todo. Su padre movió hilos, tapó la historia y se mudaron aquí para que todo se olvidara. Me costó descubrirlo, aunque lo hice. Tiré de cada hilo hasta que el pastel se me cayó encima.
—Diana…
—Y luego cambié las reglas del juego. —Se me escaparon unas cuantas lágrimas de rabia y no me importó.
Quería contárselo todo, soltarlo de una maldita vez—.
Le dejé claro que tenía todo lo que necesitaba para destrozarlo y que se lo haría llegar a las personas necesarias para que su nombre y el de su padre, que, para colmo, era juez, estuviesen en todos lados.
Manu estaba a punto de cumplir los dieciocho, así que le hice sentir un poco del miedo que él me había provocado durante más de dos meses.
Le dije que, si intentaba joderme a mí, a ti o a cualquiera de los nuestros de alguna manera, lo pagaría caro. Esa vez no se iría de rositas.
—Por eso desaparecieron de la noche a la mañana, ¿verdad?
—Sí. —Me encogí de hombros—. Huyó como el cobarde que siempre fue. Y eso no fue todo. Le envié todas las pruebas a la chica para que pudiera reabrir el caso.
Ella cerró los ojos y dejó escapar un sollozo ahogado. El pecho se me contrajo al verla así, pero no podía arrepentirme, necesitaba saber la verdad.
—¿Cómo…? —Inspiró hondo, en un intento por calmarse—. ¿Cómo has podido vivir con todo esto, Diana? ¿Con todo lo que te hizo?
—Sabía cosas sobre mí que podían dañar a toda la familia. Tenía fotos.
—¿Qué…? ¿De qué?
—De mí y de Daniel. —Mi hermana me miró sin entender—. El profesor de Música de secundaria.
Emma abrió los ojos de par en par cuando recordó la historia, aunque al momento frunció el ceño.
—Eso le habría perjudicado más a Daniel que a ti. —Su voz sonaba desconcertada, como si no pudiera comprender la magnitud de lo que le estaba diciendo.
Cerré los ojos y tragué saliva con dificultad. Poner en voz alta por primera vez todo lo que pasó no estaba siendo nada fácil.
—Iba a decir que fuiste tú. —Las palabras me quemaron en la boca—.
Que tú eras la que estaba con Daniel. Si Manu sacaba esas fotos a la luz, y te señalaba a ti, te habría destrozado, Emma.
Sabes que la gente siempre nos ha confundido; nadie habría dudado de su historia.
Tú, la alumna perfecta, la que todo el mundo respetaba…
Habrías perdido todo por lo que luchaste.
Emma parecía horrorizada. No era para menos.
—¿Por qué…? —preguntó con el gesto contraído por la angustia—. ¿Por qué no me lo dijiste? Me tenías aquí. Podrías haberte desahogado conmigo. Yo te habría ayudado, no tenías que haber pasado por eso sola.
—Porque sabía de lo que Manu era capaz. No podía arriesgarme. —Quise mirar hacia otro lado, pero me forcé a mantener el contacto visual y enfrentarme a la verdad—. Y porque, en el fondo, siempre te culpé por lo que ocurrió, Em.
Emma retrocedió, como si la hubiese golpeado, y vi el impacto de mis palabras en su cara, como si una grieta se abriera en su interior.
La pena se transformó en un dolor profundo y el silencio que cayó entre nosotras fue pesado, como si una niebla fría y espesa se colase por debajo de la cama hasta rodearnos para robarnos el aire.
—¿Me culpas a mí? —Quiso asegurarse.
—Lo hice. —Asentí—. Durante todos estos años, lo hice.
Tú habías ignorado mis advertencias sobre aquel imbécil, y yo tuve que salir en tu defensa una vez más.
Y después, cuando todo eso pasó, seguí culpándote.
Me decía que, si no hubiera tenido que hacerlo en tu lugar, él no me habría chantajeado y nada de eso habría ocurrido.
Emma se quedó callada con los labios apretados y la mirada clavada en el suelo.
—Pero yo no tuve la culpa. —Se encogió un poco más en su postura—. No tenía ni idea de lo que te estaba haciendo. ¿Cómo iba a ser responsable de algo así si ni siquiera lo sabía?
—Lo sé. Ahora lo entiendo, Em. Y lo siento.
—Tragué con fuerza y luché por mantenerme entera el tiempo suficiente para terminar la conversación—.
Estaba tan cegada por mi propio dolor, tan envenenada por el rencor, que no podía ver más allá de mí misma.
Te hubiera hecho lo mismo, y eso es algo que no he pensado hasta hace poco.
—La miré con intención—. No me arrepiento de todo lo que hice.
Lo haría otra vez si con eso pudiera evitar que te ocurriera a ti.
Aunque sí me pesa haberte tratado así, porque te mereces a alguien mejor que yo a tu lado.
—Diana… No sé qué decir, aparte de gracias. Gracias por protegerme… —murmuró con la voz quebrada—. Lo siento tanto…
Las lágrimas caían por la cara de Emma sin cesar.
—No. Tú no tienes que pedir perdón —la interrumpí con firmeza y agarré una de sus manos—.
No voy a dejar que cargues con esto. Me aferré a una culpa que no te pertenecía, pero estas últimas semanas he empezado a entender que eso no me estaba ayudando.
No era la forma de avanzar ni de enfrentarme a las cosas, porque ser así solo me ha hecho perder lo poco bueno que tenía. Y ya no quiero ser esa persona…
Emma se secó las lágrimas con las manos y su mirada se volvió más profunda mientras procesaba lo que acababa de decirle. Me examinó como si me estuviera viendo por primera vez en años e hice lo mismo; me dio la impresión de que ella tampoco era la misma de siempre.
—Toda mi vida he envidiado tu valentía —reconoció, y por un momento sentí que el aire se detenía a medio camino de mis pulmones, porque esa no era la frase que había esperado escuchar—.
Para mí, siempre ha sido más fácil adaptarme a lo que los demás querían, a lo que tú querías, y evitar los problemas.
Sin embargo, estando en la masía con Jaime…
—Hizo una pausa y bajó la mirada un momento antes de volver a encontrarse con la mía de nuevo—.
Me di cuenta de que no quería seguir comportándome así.
Estoy cansada de ser la que se queda callada, la que dice que sí a todo.
Llevaba mucho tiempo harta de ser tu sombra.
No pude evitar sonreír de orgullo, a pesar de todo lo que estaba pasando. Y, aunque mi instinto o la inercia me gritaba que si bajaba la guardia correría más riesgos, pues sería otra muestra de debilidad, lo ignoré y, por una vez, me permití ser completamente honesta.
—Yo he sentido celos de ti durante toda mi vida.
La expresión de Emma se congeló. Su desconcierto fue en parte cómico, ya que parecía que esa frase no tuviera ningún sentido para ella.
Hizo un mohín y abrió la boca para decir algo.
—¿Qué…?
—Que estaba celosa de ti.
Me miró incrédula.
—¿Es una broma?
Negué y me crují los dedos por puro nerviosismo.
—No, no lo es. Tú siempre has sido tan tranquila, tan equilibrada… Parecía que todo te salía bien sin esfuerzo, mientras yo tenía que luchar por todo. Además, tú tenías algo que yo nunca podía conseguir: paz.
Emma me miró como si acabara de decirle que había cambiado nuestro coche por un unicornio alado con cola de reptil.