Morir por tu amor es la condena a mis mentiras (Gemelas 2) (Costa Serena 5) 24 – Llora
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24 – Llora

Sabes que el camino es el correcto cuando pierdes el interés por mirar atrás

Emma estaba llorando.

Llevaba un buen rato escuchando sus sollozos desde mi habitación, justo desde que había vuelto del aeropuerto.

Al principio intenté mantenerme al margen.

La Diana de antes habría pensado que era lo mejor, que no debía meterme en sus asuntos, sobre todo después de lo que había ocurrido entre nosotras.

Aun así, ya no podía seguir siendo esa persona.

Quería hacer algo. Por ella. Por mí.

No era tonta. Sabía que aquello iba a ser mucho más complicado que lo de mi padre en las escaleras. Lo tenía claro. Mi hermana llevaba semanas evitándome y con razón. No estaba muy segura de si iba a aceptar mi ayuda.

Aunque una chispa dentro de mí, una corazonada o tal vez esa intuición que las hermanas gemelas compartimos y a la que yo no le había hecho mucho caso a lo largo de mi vida, me decía que moviera el culo.

Salir de mi habitación me costó más de lo que esperaba.

Con cada paso que daba hacia la puerta de Emma el corazón me latía más y más rápido, como si mi cuerpo estuviera intentando advertirme del peligro, pero no iba a dejar que el miedo o la incomodidad me ganaran esa vez.

Si algo había aprendido después de todo lo que había pasado era que ya no podía seguir huyendo.

Me paré un momento con la mano a medio camino de su puerta. Respiré hondo y, antes de que mi cabeza pudiera convencerme de darme la vuelta, llamé con suavidad.

—Emma… —Mi voz sonó más suave de lo previsto, aun así, fue suficiente para que me escuchara, porque dejó de llorar—. ¿Puedo pasar?

Durante unos segundos no hubo respuesta. Llegué a pensar que estaba ignorándome otra vez, pero, justo cuando estaba a punto de marcharme, la escuché.

—Entra.

Solté el aire que no me había dado cuenta de estar conteniendo.

Giré el pomo con cuidado y abrí la puerta. La habitación estaba en penumbra por las cortinas cerradas. Todo el ambiente parecía estar envuelto en una tristeza tan densa que casi se podía tocar.

Ella estaba tumbada en la cama, de lado, con las rodillas recogidas contra el pecho y los ojos hinchados de tanto llorar. Apenas desvió la mirada cuando entré, como si estuviera demasiado agotada emocionalmente para reaccionar a nada.

Me acerqué despacio.

—¿Puedo sentarme? —le pregunté manteniendo la distancia. No quería invadir su espacio sin permiso.

No contestó. En su lugar, se tapó la cara con las manos y sollozó de nuevo. Me moví casi por instinto sin pensarlo demasiado. Me senté a su espalda, despacio, intentando no avasallarla.

Sabía que lo que necesitaba en ese momento no era una disculpa ni una conversación profunda. No era el momento para hablar de lo que había pasado entre nosotras ni de pedirle que me perdonara. Lo único que quería era estar ahí, por y para ella.

No dije nada cuando me tumbé a su lado. Y ella no dijo nada cuando la abracé.

Su cuerpo se sacudía con esos sollozos entrecortados, como si el dolor viniera desde lo más hondo y no pudiera contenerlo.

No tenía ni idea de qué implicaba tener una relación a distancia como la suya, aunque no parecía una experiencia demasiado positiva, pues, a pesar de que no habían terminado, aquella despedida parecía justo eso, como un final.

Traté de imaginar cómo sería si mi francesa y yo estuviéramos juntas, y ella se marchara una y otra y otra vez. Estar tan cerca, solo para luego sentir que se alejaba de nuevo.

Eso tenía que doler…

Y ahí estaba yo, abrazándola. Yo, que había sido una hermana de mierda durante tanto tiempo, con mis líos, mis errores y mis decisiones egoístas.

Y ahí estaba ella, llorando a moco tendido. Ella, que había aguantado todo eso y más, y que se merecía una tregua. Se merecía ser feliz.

Una parte de mí se moría por abrir la boca y decirle lo que sentía.

Decirle que quería arreglarlo todo, que siempre fue la fuerte, y yo, la débil.

Sin embargo, en vez de eso, me quedé en silencio y esperé.

Esperé a que fuera ella quien marcara el ritmo, a que se desahogara sin que sintiera que tenía que hablar o darme respuestas.

Deseé que eso fuera suficiente, porque estar ahí, en silencio, sin hacer ni decir nada, me sacaba completamente de mi zona de confort.

Nos quedamos así durante unos minutos. Emma seguía llorando, y yo le acariciaba el pelo, como hacía mamá cuando éramos pequeñas y nos cogía en brazos. Poco a poco, los sollozos fueron bajando de intensidad, espaciándose más.

—Lo odio —murmuró de repente con la voz rota.

La apreté contra mí.

—¿A Jaime? —le pregunté sin querer parecer sorprendida.

No esperaba algo tan fuerte, porque siempre pensé que mi hermana no sabía odiar; de saber hacerlo, yo habría sido la candidata perfecta.

—No… A él no. —Sorbió por la nariz—. Odio tener que despedirme. No sé si voy a acostumbrarme a hacerlo una y otra vez. Es como vivir en una cuenta atrás constante. Duele demasiado.

No me equivoqué en mi suposición. Esa impotencia, ver cómo alguien se aleja y no poder hacer nada para evitarlo…

—Debe de ser muy duro.

Emma no dijo nada, pero se movió y se giró hacia mí. Nos quedamos mirándonos en silencio. Tenía los ojos rojos y la cara congestionada.

—Lo es. Y lo quiero tanto, Di…

Me estremecí, no solo por su llanto, sino por cómo me había llamado.

—Em… —le dije cuando se tapó de nuevo la cara—. Ven aquí.

La atraje hacia mí y la abracé una vez más. Ella se refugió en mi pecho, y cerré los ojos mientras sentía cómo sus lágrimas empapaban mi camiseta.

No podía hacer desaparecer su angustia ni darle las respuestas que necesitaba, pero, por absurdo que pudiera parecer, me sentí útil.

Estar allí para ella, sosteniéndola, apoyándola, sin esperar nada a cambio, era todo lo que podía ofrecerle.

Y en ese momento parecía ser suficiente para ella también.

Mientras sus sollozos volvían a intensificarse, recordé algo que me dijo papá una vez. Su voz, tan serena y segura, resonó en mi cabeza, y aquellas palabras, que en su momento me había negado a analizar, cobraron un nuevo sentido.

—Llora, Em… —susurré con la barbilla temblando—. Llora todo lo que necesites. Aceptar ayuda no te hace menos fuerte.

Mi discurso tuvo un efecto inesperado, pues Emma levantó la cabeza lo justo para mirarme. Ya no lloraba, más bien parecía como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar.

—¿Qué…? —preguntó confundida—. ¿Quién eres tú y qué has hecho con mi gemela?

Entonces ocurrió.

Me eché a llorar a mitad de una risa. Una carcajada que brotó de lo más profundo de mi pecho, como si todas las emociones que había estado guardando se desbordaran y no pudiera hacer nada por evitarlo.

Y me sentí tan bien…

—Soy yo, Em. —Me sequé las lágrimas que seguían cayendo por mi cara. La abracé con fuerza, porque en ese momento yo era la que lo necesitaba. Ella me rodeó la cintura con un brazo—. Soy yo, solo que en una versión mejorada… O eso espero…

Emma apretó su agarre, y supe que, aunque aún teníamos muchas cosas por resolver, estábamos más cerca de escribir un nuevo capítulo en nuestra historia.

Había tanto por hablar, tantas emociones que procesar…

Me prometí que, pasara lo que pasase en mi vida, siempre encontraría el camino de vuelta a las personas que eran mi hogar.

El sol, ya cercano al mediodía, se filtraba por la pequeña rendija de las cortinas, iluminando la habitación en penumbra. Emma y yo seguíamos en la cama, en silencio, después de haber soltado más lágrimas que en mucho tiempo.

Estábamos tan juntas que nuestras respiraciones se habían sincronizado. Hasta sentía el peso de su cansancio en mis propios huesos, como un reflejo del mío, como si las emociones nos hubieran dejado vacías y, a la vez, un poco más ligeras.

Ambas sabíamos que estábamos al borde de algo importante, algo que no podíamos aplazar mucho más. Aunque las dos parecíamos necesitar un momento para respirar antes de seguir adelante, y esa pausa nos la brindó el sonido de su teléfono, que rompió el silencio.

Emma lo sacó de debajo de la almohada y miró la pantalla. Se mordió el labio inferior y soltó un pequeño suspiro.

—Es Jaime —murmuró y me miró un segundo.

Hice el amago de levantarme, pensando que sería mejor dejarles hablar en privado, pero su mano en mi brazo me detuvo.

—¿Qué…?

—No te vayas —me rogó casi como si temiera que, si me movía, algo se rompería entre nosotras. Me quedé quieta mientras ella deslizaba el pulgar por la pantalla para contestar—. Hola…

—Hola. —Desde donde estaba, pude escuchar perfectamente la voz de Jaime, grave y formal—. Acabo de aterrizar.

—¿Ha ido bien el vuelo? —preguntó Emma.

Cerró los ojos y apoyó la cabeza en la almohada; no me pasó desapercibido el ligero temblor de su barbilla. Jaime tardó un segundo en contestar.

—Sí… El noventa y ocho con siete por ciento del viaje fue estable. —Alcé una ceja cuando Emma me miró con una sonrisa tímida—. El uno con tres restante estuvo lleno de turbulencias, que, honestamente, preferiría no haber experimentado.

—Vaya. Lo siento —dijo mi hermana sin dejar de sonreír.

—Aunque lo más perturbador es que creo que estoy sufriendo un caso agudo de mal de altura emocional.

—¿Sí?

—Sí —confirmó él, solemne, y yo fruncí el ceño.

—¿Cuáles son los síntomas? —indagó Emma con un tono tierno y divertido a la vez.

Flipé. ¿Qué demonios le parecía tan adorable como para mostrarse así?

—Distorsión del tiempo y percepción alterada —respondió él.

Miré a mi hermana, que entendió perfectamente mi gesto de «vaya tío más rarito» y achicó los ojos al ampliar la sonrisa—.

Las horas sin ti pasan el doble de lento, lo cual es científicamente imposible…

, aunque mi cerebro parece no atender a razones.

Además, aún tengo que confirmar esta teoría, pero creo que he desarrollado una dependencia severa a tus besos.

Los niveles de dopamina se me disparan cuando cierro los ojos y me acuerdo de esos labios tan morfológicamente perfectos contra los míos.

Emma soltó una risita y se tapó la cara con la mano libre mientras yo la miraba alucinada. No pude evitar sonreír con incredulidad. ¿De dónde había sacado a semejante friki?

—Yo también te echo de menos —dijo Emma con la voz amortiguada por la mano que aún cubría su cara.

—Mi padre te manda recuerdos.

Mi hermana se descubrió la cara y se quedó en shock con los ojos abiertos de par en par.

—¿Ha escuchado la conversación?

—¿Sí? —respondió él, dudoso—. Al menos mi parte… Estoy en su coche, me ha recogido del aeropuerto.

—Jaime… —se quejó ella.

—He metido la pata —afirmó, y yo apreté los labios para no soltar una carcajada ante el gesto avergonzado de mi hermana—. Papá, ¿puedes hacer como si no hubieras escuchado nada? —Pasó un segundo—. Ha afirmado.

Emma se rio y el sonido fue música para mis oídos. Eso hizo que el frikinovio me cayese un poco mejor.

—Mi hermana también ha escuchado nuestra conversación —admitió—. Está conmigo en la cama.

No se escuchó nada durante un par de respiraciones.

—¿Diana?

—Sí. —Emma me miró algo más seria, y me removí inquieta. Sabía que teníamos mucho que solucionar y sentí una punzada de nerviosismo—. ¿Hablamos luego?

—Claro.

—Te quiero —susurró, y abrí los ojos con asombro.

«¿Ya están en este punto?», pensé.

—Yo también te quiero. Y, tranquila, la sordera selectiva de mi padre también le ha impedido escuchar esto. ¿Verdad, papá? Sí, ha vuelto a afirmar.

Emma soltó una carcajada y se despidió de él. Cuando dejó el teléfono sobre el colchón entre nosotras, me miró, y yo me sentí un poco aturdida por haber estado ausente en algo tan importante de su vida como enamorarse.

—No se parece a Thiago, ¿verdad?

Solté una risa seca.

—No —negué rotunda.

La mención del hermano pequeño de su novio trajo consigo un torrente de emociones. Me había sentido como una intrusa en su momento de felicidad telefónica, pero quería que supiera que podía contar conmigo, a pesar de las mierdas que había entre nosotras.

—Cuidó de mí cuando me acompañó a Barcelona para recuperar a Jaime —explicó, y sentí cómo la garra que comprimía mi pecho se apretaba un poco más—. No creo que sea un mal chico.

Supe que había llegado el momento de abrirme, pero la inseguridad me retenía la lengua. ¿Cómo iba a soltarle todo lo que había estado guardando tanto tiempo?

—No lo es, pero tiene que madurar. Ambos tenemos que hacerlo —respondí seria y me senté en el colchón con las piernas cruzadas—. Em… Hay algo de lo que tenemos que hablar.