Morir por tu amor es la condena a mis mentiras (Gemelas 2) (Costa Serena 5) 23 – Paso a paso
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23 – Paso a paso

Amarse a uno mismo es el principio de una historia que durará toda la vida

Me desperté sintiendo una presión extraña en el costado. Algo no andaba bien. Al abrir los ojos, noté una fuente de calor pegada a mi espalda, demasiado «viva» para ser las sábanas o el colchón. Tardé unos segundos en procesarlo, aunque, cuando lo hice, un escalofrío me recorrió la columna.

—Pero ¡¿qué cojones?! —exclamé apartando de un manotazo la mano que estaba aferrada a mi teta izquierda.

El cuerpo a mi lado se removió y soltó un gruñido adormilado. Me incorporé hasta quedar sentada sobre la cama. Giré la cabeza hacia él y cerré los ojos con una mueca de asco.

«Esto no puede estar ocurriendo».

Le di un empujón, y él parpadeó, adormilado.

—¡¿Por qué demonios estás en mi cama?!

—¿Eh…? —Su mirada recorrió la habitación y se incorporó lentamente, frotándose los ojos con una mano—. Esta es mi cama.

—Me la cediste anoche —le recordé, y la mueca confundida en su cara se transformó en una de comprensión cuando conectó los puntos—. ¡Dijiste que estabas bien en el sofá!

—Me estaba partiendo el cuello… —replicó con voz ronca.

—¡Pues ahora estabas prácticamente encima de mí, idiota! —me quejé y sacudí la cabeza, como si así pudiera evitar el trauma psicológico—. ¡Y me estabas agarrando una teta!

—¡¿Qué?! —Se enderezó de golpe y se miró la mano como si fuera la única culpable—. Estás de coña.

Salí de la cama y me quedé de pie pegada a la pared; Guille hizo lo mismo. Nos miramos con el colchón como parapeto entre ambos.

—Esto jamás ha ocurrido —dije frotándome el pecho en un intento por borrar la sensación.

—Jamás podré volver a hacer la cucharita con ninguna tía —se quejó en un murmullo, más para sí mismo que para mí.

—Tápate eso, por lo que más quieras. —Señalé su entrepierna y fruncí la nariz.

«Dios, qué puto asco». Él se cubrió con las manos sobre el pantalón del pijama.

—¡No pienses cosas raras! —exclamó—. Me levanto así siempre.

Lo fulminé con la mirada y apreté los labios para contener las ganas de soltarle alguna barbaridad. Su expresión pasó de la impresión a una risa nerviosa que me hizo poner los ojos en blanco.

—Esto no ha ocurrido.

Guille asintió, y nos quedamos en silencio unos segundos, mirándonos.

—Voy a ducharme con lejía para tratar de borrar esto que jamás ha ocurrido de mi piel. Y luego, quizás, a tirarme de un puente. ¿Tú qué tienes planeado hacer en esta soleada mañana de lunes? —me preguntó.

—Había pensado en ir a hacerme una lobotomía, pero lo del puente también suena bien —bromeé, y él sonrió.

Antes de que entrase en el baño, lo llamé, y él se giró.

—¿Qué? —arrastró mucho la palabra.

—Gracias por acogerme anoche.

—Una y no más —respondió. Se giró y desapareció tras la puerta del baño.

Negué con la cabeza y reí por lo bajo.

Me vestí con la ropa del día anterior y guardé el pijama en la mochila que había traído de casa de Carolina. Había llegado la noche anterior, agotada tras el viaje y, aunque me hubiese encantado subir a mi habitación y meterme en mi cama, supe que no podía hacerlo.

Desde el camino de la entrada vi a Emma y al que supuse que sería Jaime en el jardín trasero.

La expresión de mi hermana me provocó una sensación extraña; me pareció frágil y más vulnerable que nunca.

Y supe que no podía interrumpir con mi llegada.

No era el momento, y mucho menos después de cómo habían terminado las cosas entre nosotras.

Me quedé unos segundos observándolos. Estaban sentados bajo las luces que papá había colgado hacía un par de meses y parecían enfrascados en una conversación profunda. Un rato después, gracias a Guille, supe que estaban despidiéndose, pues al día siguiente Jaime se marchaba a Barcelona.

Suspiré mientras me aseguraba de que lo llevaba todo y miré una vez más hacia la puerta del baño, desde donde se escuchaba correr el agua de la ducha.

Guille había sido mi salvación la noche anterior, aunque después todo había acabado en un desastre incómodo y repugnante.

Cuando abrí la puerta que conectaba el apartamento con la vivienda principal, la casa parecía tranquila, no obstante, se notaba que alguien había estado allí recientemente. El olor del pan tostado aún flotaba en el aire e imaginé que todos habían salido ya para sus respectivas obligaciones.

Comencé a subir las escaleras con la firme intención de darme una ducha y cambiarme de ropa, pero, al girar el primer tramo, me encontré de frente con mi padre.

—Diana —dijo con un tono sorprendido, aunque suave, como si no supiera si debía estar contento o preocupado por verme allí.

Me tensé un segundo, pues esperaba que la habitual sensación de incomodidad que solía venir asociada con nuestros encuentros llegase, sin embargo, esta vez fue diferente.

Quizá se debiera al cansancio o a que el tiempo en Sevilla me había hecho reflexionar sobre muchas cosas. Me di cuenta de que no quería comportarme como lo había hecho en el pasado… Quería ser la mejor versión de mí misma o al menos intentarlo.

Lo miré a los ojos.

—Hola, papá —le respondí en el tono más cordial que pude.

Una pequeña sonrisa se abrió paso en mi cara y me sorprendió lo fácil que surgió. Mi padre me devolvió el gesto.

—Hola. Bienvenida a casa.

Asentí, incapaz de decir nada más. Supe que ese pequeño paso había sido importante, pues la mezcla de alivio y cariño en su expresión no era algo habitual cuando me miraba. Y, lo más significativo, fue la primera vez que no había sentido la necesidad de agarrar el escudo para enfrentarme a él.

Pasamos unos segundos en silencio, ambos un poco desubicados, pero sin la tensión habitual, hasta que él rompió el momento señalando hacia abajo.

—Hay café preparado, por si te apetece.

Asentí, agradecida, y él se apartó un poco para dejarme pasar. Al cruzar el umbral de mi habitación, me di cuenta de que la sonrisa seguía en mi cara.

Tenía mucho con lo que lidiar aún y algo me decía que poco a poco podía conseguirlo. «Pequeños pasos», me dije con una sensación más ligera en el pecho.

—Pequeños pasos —repetí en un susurro.

No iba a solucionarlo todo en un día ni en una semana. Tampoco quería, porque deseaba hacer las cosas bien, pero al menos había comenzado a moverme y parecía que iba en la dirección correcta.

Inspiré hondo y dejé caer la mochila en el suelo. No tenía claro cuál sería mi próximo movimiento, aunque pronto lo averiguaría.