Morir por tu amor es la condena a mis mentiras (Gemelas 2) (Costa Serena 5) 22 – Sevilla #2
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22 – Sevilla #2

—¿No me vas a decir nada más?

—¿Realmente qué esperas que te diga, Diana? —Su tono era firme, pero no agresivo—. ¿Quieres que te consuele y te diga que todo va a ir bien?, ¿qué Rachel te va a perdonar, y Emma lo va a olvidar todo?

—No… Sé que ninguna de esas cosas va a pasar —murmuré mientras me frotaba las sienes—. Pero quiero arreglarlo, Caro. Necesito que me perdonen.

Ella sonrió, aunque el gesto no le llegó a los ojos. Me dio la impresión de que estaba conteniéndose, pero no supe si era porque no quería gastar energía en algo que ya estaba perdido o porque no quería aplastarme del todo.

Se inclinó hacia adelante y apoyó los codos en las rodillas.

—¿Por qué le pediste a Emma que fuera a Barcelona?

—Para cortar con Thiago —respondí sin tener que pensar.

—Eso es el «para qué». Te estoy preguntando el «por qué».

Fruncí el ceño, tratando de entender a dónde quería llegar, y me obligué a responder con sinceridad.

—Porque no quería tener que hacerlo yo —admití.

—Y, cuando conociste a esa chica, ¿por qué le hiciste creer que eras Emma?

—No lo sé… No fue algo que planeara. Simplemente no la saqué del error y… se me fue de las manos.

—¿Y tuviste oportunidad de decírselo?

—Sí.

—¿Más de una vez?

Tomé aire.

—Sí.

Sus gruesos labios se curvaron hacia arriba y se inclinó un poco más hacia mí, con esa mirada penetrante que siempre me ponía nerviosa. Supe que estaba a punto de soltar algo que me iba a doler.

—¿No lo ves todavía? —preguntó suavizando el tono—.

El problema es que todo el rato estás pensando solo y exclusivamente en ti misma.

«Yo necesito que me perdonen», «yo quiero arreglarlo», «yo no quería enfrentar a Thiago, así que mandé a Emma…

». Todo gira alrededor de ti, Diana. Crees que deben perdonarte solo porque ahora te sientes mal, justo cuando todo se ha ido a la mierda.

Es absurdo…, ¿no? Claro que no te van a perdonar.

Yo no lo haría. Pero, si lo hicieran, ¿de verdad crees que eso solucionaría algo?

—¿Sí? —respondí a la defensiva, aunque la verdad era que no estaba tan segura.

—Pues no. No lo haría. —Su respuesta fue tajante—. Y te lo diré solo una vez: deja de buscar el perdón de los demás como si eso fuera a arreglar tu vida.

—Entonces, ¿qué se supone que tengo que hacer?, ¿tirarme por un puente?

Carolina puso los ojos en blanco y me observó como si hubiera dicho la mayor estupidez del mundo.

—No digas gilipolleces. Tú no eres de las que se hunden en la autocompasión, así que no empieces ahora.

—No la corregí; no pensaba admitir que había estado a punto de hundirme, en el sentido más literal de la palabra—.

Lo que tienes que hacer es dejar de buscar la puñetera redención a través de los demás.

Nadie te va a dar la paz que necesitas. Y, desde luego, no van a aplaudirte porque te arrepientas ahora, cuando todo está roto.

—¿De qué hablas? —inquirí.

—De que sigues pensando que, si te perdonan, mágicamente todo va a estar bien. Ellas no están aquí para solucionar tu vida. Solo son personajes secundarios en tu historia.

Me quedé callada, tratando de procesar sus palabras. Fue como si su discurso tuviera el poder de atravesar las barreras que había levantado a mi alrededor.

Me froté la cara con las manos e inspiré hondo.

—No estoy segura de que esto me esté ayudando…

—Mira, sé que te castigas más de lo que dejas ver, pero si sigues en ese bucle nunca vas a avanzar —continuó haciendo caso omiso a mi tono rendido—.

Siempre has sido un poco egoísta, sin embargo, no eres una mala persona, Diana.

Lo que tienes que hacer es aprender a ponerte en el lugar de los demás.

A cambiar y a demostrarlo con hechos, no con palabras.

Y, para eso, tienes que asumir lo que hiciste y permitirte seguir adelante.

Con o sin el perdón de Rachel o de Emma.

Tuve que tragar saliva para no echarme a llorar allí mismo, en su reducido sofá.

Sabía que tenía razón. Mi egoísmo, mi miedo a enfrentar los errores, me habían llevado al desastre en el que estaba ahora.

Y ese muro tras el que tanto me había protegido me había aislado tanto que hasta a mí misma me costaba cruzarlo.

Levanté la vista hacia ella. Carolina y yo habíamos chocado mucho de pequeñas, pero siempre me había entendido mejor que nadie, porque en muchos aspectos éramos parecidas. Sabía lo que necesitaba escuchar, incluso cuando yo misma no quería oírlo.

—Puede que tengas razón —murmuré finalmente.

—Tengo razón —corroboró ella y me dedicó una leve sonrisa que comenzó a aligerar la tensión.

—¿Cuándo has madurado tanto? —Intenté bromear—. ¿Eso es lo que lees por las noches?, ¿un manual sobre cómo evitar que tu hermana se convierta en un auténtico desastre emocional?

—Casi —respondió con gesto hastiado—. Se aprende a base de aguantar gilipolleces. Alguien tiene que ser la voz de la razón, ¿no?

—Y tú nunca la cagas, ¿no?

—Qué va. Soy perfecta. —Su tono burlón me hizo reír por primera vez en días—. Y, hablando en serio, ahora te toca a ti decidir qué hacer. Puedes quedarte aquí, sintiéndote mal, o empezar a cambiar de verdad, pero no esperes aplausos por arreglar tu propia mierda.

Me miró en silencio, como si esperara que llegara a la misma conclusión por mi cuenta. Asentí despacio, y ella imitó mi gesto.

—Gracias, Caro.

—No me las des y empieza a mover el culo por los demás. —Se levantó del sofá—. Ve pidiendo algo de cenar, que estoy muerta de hambre.

Me eché a reír, y ella me acompañó con una amplia sonrisa.

Y por primera vez en mucho tiempo sentí que podía empezar a dejar el pasado atrás y escribir mi propia historia.

No sabía si Emma me iba a perdonar ni si podría volver a tener una oportunidad con Rachel; pero estaba dispuesta a enfrentarme a lo más difícil: a mí misma.