Morir por tu amor es la condena a mis mentiras (Gemelas 2) (Costa Serena 5) 22 – Sevilla
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22 – Sevilla

Lo importante no es saber, sino tener el teléfono del que sabe

Me sobresalté al oír una puerta cerrarse de golpe y noté una presencia detrás de mí. Se me puso la piel de gallina y el corazón empezó a latirme con fuerza. Llevaba todo el día en alerta, como si Manu estuviera ahí, respirándome en la nuca desde que lo había evocado.

Giré sobre los talones, lista para defenderme.

—Emma… —susurré aliviada.

Mi gemela me observaba seria, casi rígida. Aquello era una novedad, desesperanzadora, aunque novedad, al fin y al cabo.

Me quedé quieta mientras ella se retorcía las manos.

—Jaime viene mañana. —Su voz sonó extraña, distante, como si estuviera recitando un guion—. No… me gustaría que esto fuera incómodo para él.

Con «esto» se refería a mí, por supuesto. Yo era el problema, la incomodidad.

Me lo esperaba, pero me dolió igual. No por lo que había dicho en sí, sino por todo lo que implicaba. No podía culparla; había destrozado tantas cosas en su vida que le preocupaba que también arruinara su relación y la dejara en mal lugar delante de Jaime.

«Nunca piensa en nadie más que en sí misma».

Esa frase volvió a mi cabeza. La escuché por casualidad un día, cuando Emma hablaba con su novio por teléfono y la puerta estaba entreabierta. Fingí no escucharla entonces, pero en ese momento, frente a ella, esas palabras brillaron en mi mente como un cartel luminoso.

Algo dentro de mí se removió cuando un resquicio de orgullo, de dignidad, tal vez, quiso abrirse paso, sin embargo, me aferré a la necesidad de hacer lo correcto por una vez y darle forma a lo que llevaba días rondando por mi mente y no me había atrevido a hacer.

Quizá ya era hora de dar el paso.

—No te preocupes —dije en voz baja—. No lo será.

Emma me miró sorprendida, pero no dijo nada. Asintió y murmuró algo que sonó como un «gracias», aunque no estaba segura.

Cuando se marchó escaleras abajo, yo ya había tomado la decisión.

Tenía que desaparecer.

Nada más salir de la estación me cayó encima un chaparrón que me caló hasta los huesos.

Ni llevaba paraguas ni parecía ser la única, porque la ciudad estaba patas arriba: la gente corría en todas direcciones para refugiarse bajo marquesinas o portales, mientras que otros se cubrían la cabeza con lo primero que pillaban.

—¡Cuidado! —gritó alguien, y tuve que saltar hacia atrás para no ser atropellada por un patinete a toda velocidad.

—¡Idiota! —grazné, aunque mi insulto se perdió por el ruido del aguacero y los coches. Me quedé ahí, empapada y con el pelo pegado a la cara—. Qué gozada de recibimiento. Sí, señor… Gracias, Sevilla.

Decidí que lo mejor sería centrarme en llegar de una pieza al piso de mi hermana Carolina, así que eché a andar rápido por las aceras brillantes y me concentré en esquivar los charcos mientras seguía el GPS de mi teléfono.

Suspiré aliviada cuando llegué al edificio y me escurrí el agua del pelo al tiempo que pulsaba el botón del interfono.

—¿Quién? —preguntó una voz femenina.

—Hola. Soy la hermana de Carolina, la chica que vive en el piso de… —empecé a explicar con amabilidad, aunque me interrumpió el sonido metálico de la puerta al abrirse—. ¡Gracias!

Subí las escaleras, pero me detuve al encontrarme con una puerta entreabierta. Cuando me acerqué, lo primero que vi fue un enorme bulto rosa. Me quedé congelada al darme cuenta de que era una persona sepultada bajo una tela llena de lunares blancos.

—¡Ay, lo siento! —se disculpó la mujer, ahogada por los volantes—. Un momento, solo… ¡Lucas! —gritó, y al instante apareció un hombre alto y fuerte, con un uniforme de bombero a medio poner, que soltó una risotada al verla en aquella tesitura.

—Niña, pero ¿qué haces? —preguntó divertido mientras tiraba con cuidado de la tela para ayudarla. Me sonrió—. Perdona un segundo.

Le devolví la sonrisa, entretenida con la escena.

—¡Au! ¡Eso era mi pelo! —se quejó ella.

—Estate quietecita, Khaleesi… —dijo él riendo mientras intentaba desenmarañar la tela—. Mucho lidiar con dragones y te dejas engullir por un traje de flamenca.

Solté una risita, y él me dirigió otra mirada cómplice. Era guapo, muy guapo; de esos tíos que solían hacer que se me acelerara el pulso, pese a ser mayor que yo. Pero, contra todo pronóstico, no sentí nada. Ni un ligero cosquilleo siquiera.

—Muy gracioso —se quejó la mujer cuando, por fin, logró liberar la cabeza. Tenía el pelo rubio despeinado y las mejillas rojas; era tan atractiva como su novio. Y tampoco me despertó nada. Fruncí el ceño, confundida—. Disculpa el recibimiento. Soy Txell, y él, Lucas, mi marido. Eres Diana, ¿verdad?

Asentí aún en shock por toda la situación.

—Sí, encantada. Siento haberos pillado en mal momento.

—Te prometo que esto no pasa todos los días —bromeó él sin perder la sonrisa—. Bueno, tal vez cuando se acerca la Feria.

Txell le lanzó una mirada de reproche, en cambio terminó rindiéndose a él al percatarse de que le guiñaba un ojo.

—La llave… —se recordó a sí misma cuando, al escuchar mi carraspeo, reparó en que yo seguía allí. Se movió como una masa enorme y rebuscó en el bolso que había sobre el mueble de la entrada—. Aquí está.

Me entregó un pequeño manojo plateado y, tras otra disculpa, me despedí y seguí mi camino. Justo antes de que se cerrara la puerta, escuché a Txell gritarle: «¡Las manos quietas, que van al pan, dios sevillano!», a lo que él respondió con un gruñido claramente sexual.

Sonreí mientras giraba la llave en la cerradura de la puerta C, aunque algo me había dejado inquieta.

Normalmente esa escena —dos personas tan atractivas y ligeras de ropa— me habría provocado algún tipo de emoción, pero no había notado nada.

¿Estaría tan rota que era incapaz de sentir algo?

Podía ser, aunque sabía que no era solo eso.

Desde que cierta elfa francesa había aparecido en mi vida, algo había cambiado dentro de mí.

Esa mujer… Su sonrisa, su mirada y ese hoyuelo me tenían pillada de una forma que no entendía.

Sacudí la cabeza y entré en el piso de Carolina. El aroma a vainilla me transportó a su habitación en la casa de nuestros padres y me fijé en que el lugar era pequeño y acogedor.

Después de echar un vistazo a las pocas estancias, me deshice de la ropa empapada, me di una ducha y me puse algo seco.

Justo salía al salón cuando mi hermana llegó a casa.

No la veía desde el cumpleaños del abuelo, hacía casi dos meses y, aunque seguía igual de guapa y despampanante, parecía mucho más agotada.

—Hola. Bienvenida a casa —la saludé.

—¿Eso no debería decirlo yo? —me respondió y me dio un breve abrazo—. ¿Hace mucho que has llegado?

Negué y decidí dejar para después la odisea de las llaves y los vecinos.

La observé mientras guardaba las cosas en el armario de la entrada y me explicaba lo complicada que había sido su mañana en el hospital en el que estaba haciendo la residencia.

—Se te nota —le dije, y ella elevó una ceja en mi dirección.

Decidió ignorar mi pulla y se fue a duchar. Un rato después, caminábamos juntas por las estrechas calles del barrio donde vivía en dirección a una tienda de comida casera para comprar nuestro almuerzo.

Terminé por memorizar el camino, pues mi hermana mayor no perdía el tiempo en absurdeces como meterse en la cocina con todo lo que tenía que hacer en su día a día, entre las prácticas en el hospital, los seminarios y las interminables noches de estudio.

Su horario era una puñetera locura, pero Carolina siempre había sido una máquina imparable con poca vida social, así que decía que lo llevaba bien.

Al principio, no mencionó nada sobre por qué había ido a su casa. La tregua se rompió unos días después mientras volvíamos de la lavandería. Mucho había tardado, la verdad.

—¿Vas a contarme ya qué ha pasado o prefieres seguir escurriendo el bulto un poquito más?

Sonreí a medias. Esa era ella: directa, sin paños calientes. El tipo de persona que si te ve tirada en el suelo te pregunta por qué narices no te has levantado ya, en lugar de compadecerse de ti.

—La he cagado a lo grande, Caro.

Ella asintió, como si ya lo supiera.

—Me mudé hace diez meses y no habías venido ni una vez. Así que si estás aquí ahora es que el desastre debe de ser épico.

Me reí, aunque no tenía nada de gracioso. Carolina nunca intentaba endulzar las cosas y justo por eso era la única persona con la que me sentía capaz de hablar sin filtros.

—Me acosté con una compañera de trabajo de Emma —solté de golpe.

—¿Y? —Bebió de la botellita de agua que llevaba consigo—. No creo que el problema sea que te gusten las chicas, Diana. Eso ya lo sabemos todos.

—Le hice creer que era Emma —añadí y sentí algo viscoso retorcerse en mi estómago.

Carolina se quedó en silencio más tiempo de lo normal, como si su cerebro tan sobreestimulado estuviera procesando el nivel de desastre a la velocidad de un ordenador con demasiadas pestañas abiertas.

—¿Cómo puedes ser tan gilipollas?

Me reí, seca.

—Gracias. Yo también te quiero.

—¿En qué leches estabas pensando? —Me miró con incredulidad—. Espero que al menos tengas una excusa decente.

—No. No la tengo.

Bufó, aun así, no añadió nada más mientras cruzábamos la calle hasta su edificio.

Una vez dentro, me dejé caer en el sofá y le conté todo, sin filtro.

Desde que le pedí a Emma que me cubriera en Barcelona para cortar con Thiago, hasta cuando, con el rabo entre las piernas, fui a pedirle perdón a Rachel a la escuela, y ambas me mandaron a pastar.

No me dejé ni un detalle fuera, como si soltar todo de una vez pudiera aliviar el peso que llevaba encima.

Carolina me escuchó sin interrumpirme. Sabía que necesitaba que alguien me diera una bofetada de realidad. Y ella, como siempre, estaba dispuesta a ser esa persona.

—Enhorabuena. Te has superado.

—Gracias por tu empatía —respondí, sarcástica, aunque en el fondo sabía que no lo hacía para herirme, sino para que abriera los ojos.

—No la mereces. Y lo sabes.

Asentí en silencio y apreté los labios. Ella se echó hacia atrás en el sofá y cruzó los brazos mientras me observaba.