21 – Perdón
Si tropiezas más de tres veces con la misma piedra, te convalidan el primer año de cantera
Cuando Rachel empezó a caminar hacia uno de los laterales del edificio, la seguí. Ella me ignoró, aunque era evidente que sabía que iba detrás de ella, porque tenía la espalda más recta de lo normal.
—No tienes derecho a estar aquí —me soltó sin detenerse—. Deja de seguirme.
—¿Podemos hablar?
—No.
Negó con la cabeza para reforzar su respuesta, y a mí se me encogió el corazón.
—Rachel, por favor… Necesito que me perdones.
Se giró para encararme.
Sus ojos, esos preciosos ojos verdes como el interior de un frondoso bosque, ya no mostraban ni rastro del cariño que una vez vi en ellos.
—¿Tú necesitas que te perdone? —Soltó una risa cínica—. Quel culot… [20] . Ya te dije que no sirve de nada que pidas perdón. No sirve de nada —repitió más fuerte con una intención que se me clavó en el pecho.
Intenté ignorar la punzada. No estaba dispuesta a rendirme sin luchar. De verdad que necesitaba arreglarlo, joder, pero ella no me lo estaba poniendo fácil.
Di un paso hacia Rachel.
—Sé que no basta con pedir perdón —admití intentando controlar el temblor de mi voz—. Pero, por favor, Rachel… No era mi intención hacerte daño. No me paré a pensar en lo que estaba haciendo.
Sus ojos brillaron, aunque no por las lágrimas, sino por algo más jodido: pura furia contenida. Apretó los puños a los costados y soltó otra risa, amarga y seca.
— Non mais j’hallucine [21] —murmuró para sí misma—. Sabías perfectamente lo que hacías, Diana —escupió mi nombre con asco—. Sabías que te estabas aprovechando de lo que sentía hacia ti, de mi deseo, y lo hiciste de todas formas. Así que no me vengas ahora con monsergas e inocencia.
Sus palabras fueron como cuchillos y cada uno me dio de lleno. Me forcé a mantenerme firme, aunque por dentro solo quería desaparecer. Estaba perdiendo el control. Otra vez.
Respiré hondo.
—Lo sé. Sé que la he cagado y no sé cómo arreglarlo —admití. Sentí que una ola gigantesca me iba a devorar antes siquiera de haber empezado a nadar hacia la orilla—. Entiendo que lo que había entre nosotras…
—¿Nosotras? —me interrumpió frunciendo el ceño—. No hay un «nosotras», Diana. Lo que ocurrió nunca fue real, y tú misma lo arruinaste.
Ese golpe fue mortal.
Me quedé sin palabras, sin excusas. Me sentí pequeña, perdida y culpable. Había tenido la esperanza de que aquel intento funcionara, pero estaba claro que había fracasado.
¿Qué cojones se suponía que iba a hacer si ni siquiera pedir perdón servía? ¿Cómo se solucionaba aquello entonces? ¿Debía ser más contundente? ¿Repetirlo hasta quedarme sin voz?
Justo cuando pensé en insistir, una voz se me adelantó.
—¿Qué haces aquí?
Me di la vuelta y vi a Emma a unos metros, con una mirada fría que iba de Rachel a mí.
—Em… —empecé a punto de desmoronarme. Ella levantó una mano para detenerme.
—No deberías haber venido. Hoy no —me soltó con firmeza. Su tono era protector, pero no hacia mí. Estaba protegiendo a Rachel y eso me dolió más de lo que estaba dispuesta a admitir—. Rachel no necesita esto ahora. Y tú tampoco.
La aludida dio un paso atrás, aliviada por la intervención de mi gemela. Era como si la pared que había levantado entre nosotras se volviera aún más impenetrable con su presencia.
—Emma tiene razón —dijo Rachel sin mirarme esta vez—. Lo mejor que puedes hacer es marcharte.
Durante unos segundos me quedé allí, congelada, sin saber qué más decir o hacer.
—Por favor, Diana —insistió Emma—. No lo empeores.
Sentí el ardor en los ojos, pero me negué a llorar delante de ellas. No podía hacerlo. Y tampoco podía forzarlas a perdonarme o hablar conmigo. Ni retroceder en el tiempo, estaba claro.
Así que, ¿qué demonios se suponía que debía hacer entonces?
Miré una última vez a Rachel. Sus ojos ya no me veían como antes, parecía que no había significado nada en su vida, como si fuera un estorbo, alguien que sobraba en aquel escenario.
Emma me observaba más o menos igual, con una frialdad que nunca había visto en ella, como si lo de ser gemelas no fuera más que un recuerdo borroso.
Me sentí como una intrusa, atrapada en un lugar al que ya no tenía derecho a acceder. Di un paso atrás y, aunque sentía como si el vacío me estuviera engullendo, me obligué a mantener la compostura. Pese a que lo único que quería era dar marcha atrás al tiempo para no haberme presentado allí.
Comencé a caminar en dirección contraria, alejándome de ellas. Y, mientras lo hacía, sentí que algo dentro de mí se rompía. Un crujido seco resonó en mi mente, como el de una rama al quebrarse.
La idea de que tal vez no había forma de arreglarlo me recorrió como un rayo. Tragué saliva y aceleré el paso. No quise mirar atrás, no podía hacerlo. Porque, si lo hacía, tendría que aceptar lo inevitable: lo había perdido todo.
Y ya me sentía lo bastante sola…
Los días que siguieron fueron densos, eternos.
Mi familia me trataba como si fuera un fantasma.
Mi padre apenas me dirigía la palabra y, cuando lo hacía, lo acompañaba de esa mirada de decepción; así que al final decidí dejar de cruzármelo.
Mi madre, para no perder la costumbre, intentaba mantener la paz, pero su silencio era casi peor que cualquier bronca.
Y luego estaba Emma…, la que siempre había sido mi compañera de todas las locuras y ya no me daba ni los buenos días.
Había intentado acercarme a ella varias veces, aunque siempre se las arreglaba para desaparecer o, directamente, ignorarme.
Con cada intento fallido, sentía que la desesperación se me iba agarrando en el estómago, porque ni siquiera me daba la oportunidad de arreglar las cosas.
Era como si ya no existiera en su vida, como si de verdad me hubiera borrado de un plumazo.
No sabía de qué manera llegar a ella ni por dónde comenzar a arreglar todo ese desastre.
Quería que entendiera que todo lo que pasó fue una cadena de errores y que, si podía empezar a reparar algo, tenía que ser por ella.
Sinceramente, no tenía ni puñetera idea de qué hacer.
Y para colmo no solo se trataba de Emma. Rachel también había dejado claro que no quería saber nada de mí y, joder, eso dolía como una condena a muerte.
Por primera vez en mi vida, Costa Serena me parecía una cárcel. Todo lo que antes me resultaba familiar en ese momento me asfixiaba. Cada paso que daba me hundía un poco más. No podía respirar y no me quedaban fuerzas para entender cómo había sido capaz de cagarla tanto.
Así que una noche, después de pasar horas arrastrándome por el pueblo y deambulando sin rumbo fijo, con la vaga esperanza de que todo se esfumara al final del día como en una pesadilla, acabé en un bar.
Bebí más de lo que debía en un intento por acallar la cansina voz en mi cabeza que no paraba de recordarme lo sola que estaba. Y, cuando un idiota intentó pasarse de listo en el baño, le solté una bofetada que resonó hasta en el último rincón del local, pero ni eso me alivió.
No sé en qué momento decidí que no podía vivir sin Rachel, sin su perdón, sin sus ojos, sin esa condenada sonrisa.
Sin ese hoyuelo que me volvía loca o sus frases en francés mientras me llevaba a sitios donde nadie me había llevado antes y en los que sentía que tocaba el cielo con la punta de los dedos.
No me acuerdo de cómo llegué a la zona pija ni cuánto tardé.
Lo que sí sé es que, cuando intenté levantarme después de subir las escaleras a gatas, mi cuerpo me dijo basta.
Me derrumbé allí mismo y lloré frente a su puerta, tirada como pura basura en el descansillo de aquel edificio de lujo, envuelta en la inconsciencia del alcohol y con el cerebro desconectado de los sentimientos.
Horas después, abrí los ojos y una luz blanca me taladró el cerebro. Los cerré otra vez, aun así, la claridad seguía colándose entre mis pestañas. Traté de ubicarme mientras el mundo daba vueltas y más vueltas, y el zumbido en mis oídos hacía que todo empeorara.
—¿Hola? —farfullé con la voz rasposa, como si hubiera pasado días sin hablar.
Nadie contestó.
Me armé de valor y abrí de nuevo los párpados. Lo hice poco a poco, acostumbrándome a la luz, y, cuando por fin pude enfocar a través de las lágrimas que mis ojos habían creado como defensa, fruncí el ceño.
¿Qué coño hacía en esa casa?
Un fogonazo de recuerdos desenfocados y caóticos de la noche anterior me golpearon de repente. Me quedé quieta, tratando de encajar las piezas. No llegué a entender cómo había acabado en aquel sofá.
—Joder —maldije y me aclaré la voz—. ¿Rachel?
Silencio. Una vez más me respondió un enorme y acojonante silencio.
Me levanté despacio, sintiendo cada músculo protestar como si hubiese corrido una maratón.
Al alzar la vista, vi el reloj en la estantería.
Con suerte, aún me daba tiempo de ir a clase de Contabilidad Financiera y dormir un rato antes de enfrentarme al mundo.
Ni loca iba a ir directamente a casa; no tenía fuerzas para aguantar el interrogatorio de mi padre a esas horas.
Busqué por la casa y terminé de confirmar lo que ya sabía: Rachel no estaba. No era de extrañar, pues siendo un día laborable ya estaría en la escuela, ocupada en su papel de maestra recta y estricta, mientras yo intentaba reconstruir las últimas horas de mi vida.
Dormité en el autobús y en clase no me enteré de nada. Mi cuerpo estaba allí, aunque mi mente andaba a kilómetros de distancia. Tanto que en algún momento me quedé dormida y acabé babeando la mesa.
Me despertó el ruido de la gente recogiendo. Me intenté recomponer, como si no pasara nada. Sin embargo, al salir, una escena me rompió un poco más por dentro.
Porque aquella pareja besándose contra un árbol reventó todas mis defensas y me arrastró sin piedad a ese pasado que nunca debió existir, pero que ocurrió.
Lo vi todo con una claridad brutal: Manu empujándome contra un árbol similar, sus manos atrapándome los brazos con fuerza, esa respiración fétida en mi nuca que me revolvía el estómago.
Cerré los ojos y aquello solo lo empeoró. Porque de repente estaba allí de nuevo, reviviendo el momento exacto en el que todo se fue a la mierda…