Morir por tu amor es la condena a mis mentiras (Gemelas 2) (Costa Serena 5) 20 – Oportunidades
65%

20 – Oportunidades

La vida no espera, así que no dejes escapar las oportunidades

Camino a la redención.

Había perfeccionado el arte de escabullirme durante años y esa mañana no fue una excepción.

A pesar del bullicio de la casa a primera hora, conseguí salir sin ser vista.

Mi madre seguramente pensaría que seguía durmiendo, y mi padre estaría demasiado ocupado siendo el don perfecto de siempre como para notar mi ausencia.

En cuanto a Emma… Bueno, ella no me había dirigido la palabra desde que volví, así que no esperaba que se diera cuenta tampoco.

Llevaba dos días en casa, agotada y con la mente hecha un lío.

Mi madre había sido la primera en verme cuando entré.

No hizo preguntas, solo vino hasta mí, me abrazó fuerte y la sonrisa que me lanzó casi me rompió allí mismo.

No había estado preparada para ese calor, no después de tanto tiempo rodeada de frío.

Desde entonces, había intentado pasar lo más desapercibida posible escondida entre las cuatro paredes que me vieron crecer. No le di mucha información a mi padre cuando me preguntó dónde había estado con Sofía todos esos días y traté de no desmoronarme cuando Emma me rehuyó la mirada.

Me evitaba como si no pudiera soportar verme y apenas nos cruzábamos. Era como si estuviera pendiente de mis movimientos para hacer justo los contrarios. Y eso me dolía mucho más de lo esperado.

Pero esa mañana todo era distinto. Era el cumpleaños de mi abuela y, aunque sabía que mis abuelos vendrían a comer a casa, no podía soportar la idea de sentarme a la mesa con toda la familia y fingir que todo iba bien cuando, por dentro, nada lo estaba.

Así que tenía que escaparme de casa. Otra vez.

No necesité pensarlo mucho antes de que mi cuerpo se moviera solo.

Salí de la habitación en silencio y me deslicé por el pasillo sin hacer ruido.

En lugar de bajar al piso inferior, donde se escuchaba a mi familia preparándose para empezar un día normal, subí un tramo más hasta la habitación de mis padres.

Una vez me aseguré de que no había nadie, me colé en el baño.

El olor del gel de ducha de mi padre flotaba en el aire y la humedad del vapor todavía se notaba cargante.

Abrí la ventana y una ráfaga de aire fresco me golpeó en la cara.

A la izquierda estaba la azotea, que solía ser el rincón favorito de mi tía Alicia cuando vivía en el garaje.

Me acordé de cómo la espiábamos Emma y yo siendo niñas, y deseábamos tener una relación como la suya.

Ella y mi tío Adriel siempre se veían felices en el diván, con sus miraditas y sonrisas cómplices.

A veces, él le susurraba algo al oído, y ella reía y lo besaba.

Otras se tumbaban juntos a ver las estrellas y terminaban uno encima del otro, haciendo cosas que en ese momento no entendíamos.

Sacudí la cabeza para salir de los recuerdos. Me impulsé y salté con agilidad.

Al aterrizar, noté el crujido de las hojas secas bajo mis pies, como si el lugar me diera la bienvenida después de tanto tiempo.

La mesita de metal estaba cubierta de polvo, y el diván, abandonado en una esquina, se encontraba sin cojines.

Una guirnalda de luces descolorida y enredada colgaba triste de la barandilla, olvidada como todo lo demás.

No me detuve a observar más. Fui directa a la escalera de metal y esquivé las plantas trepadoras.

Mientras bajaba, oía las voces de mi familia saliendo por las ventanas.

Al llegar abajo, moví unas cajas que me bloqueaban el paso y luego lo dejé todo como estaba, para que nadie descubriera mi ruta de escape.

Encontré a mi abuela en la cocina de su casa cuando llegué, preparando el té para mi abuelo como cada mañana. Cuando me vio, su cara se iluminó con esa ternura que solo una abuela sabe dar.

—¡Diana! Qué sorpresa verte tan temprano —me dijo mientras me abrazaba, aunque en su tono noté una chispa de preocupación que no pudo disimular.

—Feliz cumpleaños, abuela —le respondí al separarnos.

—Gracias, cariño. Pasados los setenta una debería dejar de celebrarlo.

—Anda ya, no digas bobadas —le dije sonriendo y le tendí una cajita—. Es para ti. Es una tontería, pero pensé que te gustaría.

—Oh, no hacía falta que me regalaras nada, cielo —me regañó mientras lo abría. Era una pulsera sencilla con una pequeña piedrecita de su color favorito—. ¡Es preciosa! Muchas gracias, me la voy a poner ahora mismo.

Me abrazó otra vez y por un momento me permití relajarme entre sus brazos.

—¿Tenemos visita? —Se escuchó la voz de su marido y me giré hacia él.

—Hola, abuelo.

—¿Para mí no hay achuchón? —se quejó, y se me escapó una risita. La primera en días. Lo abracé mientras él seguía refunfuñando—. ¿Te ha mandado tu madre para recordarnos la hora de la comida? Esta mujer se piensa que estamos seniles.

Negué con la cabeza.

—No. Solo quería felicitar a la abuela. No estaré a mediodía.

Ella me miró como si quisiera preguntar algo, aunque no dijo nada. En cambio, mi abuelo sí que habló.

—¿Tú tampoco? —protestó.

—Toño…

—¿También vas a la comida de tu hermana? —preguntó ignorando a mi abuela.

Me quedé pillada. ¿Hermana? ¿Qué hermana?

—Emma nos contó que hoy es su último día en el colegio y va a comer con sus compañeros para despedirse —aclaró mi abuela.

Mi estómago dio un vuelco. ¿Emma dejaba el colegio? Joder, ¿cómo no me había enterado de algo tan gordo?

Disimulé como pude e intenté que no se me notara demasiado.

—Ah, sí… La comida —dije en un intento de sonar casual, aunque mi cabeza iba a mil por hora—. No sé si podré pasarme, tengo algunas cosas que hacer hoy.

Mi abuela me observó con esa mirada de «sé que detrás de esa excusa hay más» y no insistió. Mi abuelo, en cambio, decidió que aquel era un momento estupendo para someterme a un interrogatorio, como buen expolicía que era.

—¿Qué cosas? —preguntó cruzándose de brazos—. ¿Qué puede ser más importante que la despedida de Emma o el cumpleaños de tu abuela?

Me sentí acorralada, pero mantuve la calma. O al menos lo intenté.

—Un examen superimportante —mentí sin pestañear.

No había ningún examen o quizá sí, porque llevaba semanas sin pisar la facultad, sin embargo, necesitaba salir de esa conversación cuanto antes.

—Toño, deja de investigar a la niña —le dijo mi abuela.

Le sonreí agradecida cuando cambió de tema hablándole de unos vecinos mientras le servía el té. Aproveché la distracción para despedirme y salir de allí sin mirar atrás.

La visita había sido corta, pero ahora solo tenía una cosa en la cabeza: la despedida de Emma. Y Rachel… Porque ella era una de sus compañeras más cercanas y dudaba mucho que su manual de «cómo ser la francesa perfecta» le permitiera faltar a esa comida.

Sentí como si alguien hubiera asustado a una bandada de palomas y estuvieran tratando de salir de mi estómago.

Rachel se había paseado por mi mente más veces de las que quería admitir, pero me obligué a no pensar demasiado en ella hasta saber cómo arreglarlo.

Seguía sin tener ni idea de por dónde empezar, qué decir o hacer para reparar todo lo que había roto.

Y varias veces me había descubierto con el teléfono en la mano, a punto de escribirle o llamarla, aunque algo siempre me detenía; un nudo en el pecho, un miedo acojonante que me mantenía a distancia.

Y es que Rachel me afectaba de una manera en la que nadie lo había hecho nunca.

Sabía que tenía un poder sobre mí que me aterraba y a la vez era consciente de que esa oportunidad que se me había presentado en bandeja era un golpe de suerte.

O quizá una cagada muy gorda.

De cualquier modo, no me quedaba otra opción que enfrentarla. Tenía que ir; no podía esconderme toda la vida, temiendo lo que pudiera suceder. Debía moverme, porque si no lo hacía la oportunidad se me escaparía.

O también podía quedarme allí, al margen, observándola. Solo para saber cómo estaba y verla una vez más, aunque solo fuera un segundo.

Suspiré y miré el reloj.

Pude sentir cómo las ideas se atropellaban en mi cabeza, como si no hubiera espacio suficiente para tanta información.

Lo fácil sería salir corriendo. Escaparme, como siempre había hecho.

Dejar que las cosas siguieran su curso y que la vida decidiera por mí.

No obstante, por primera vez en mucho tiempo, no quería eso.

No quería seguir siendo la persona que había sido.

La que prefería esconderse detrás de tretas y excusas en lugar de enfrentarse a la verdad.

Porque, joder, no era solo la mierda que había pasado con Rachel.

Tampoco era únicamente lo de Emma, que me evitaba como si fuera un fantasma.

Era todo. Era yo. Era el puto caos en el que se había convertido mi vida de un tiempo a esta parte y del que yo había sido la única responsable.

No podía seguir así.

El resto de la mañana me resultó una tortura lenta y agónica. Los minutos apenas avanzaban en el reloj de mi habitación.

Me levanté de golpe cuando vi que ya faltaba media hora para que acabaran las clases.

Por un momento me quedé plantada en mitad de la habitación, arreglada, calzada y maquillada desde hacía demasiado rato.

Debía intentarlo. No sabía si mi hermana me volvería a mirar a la cara o si Rachel alguna vez me perdonaría, pero lo que sí tenía claro era que no podía seguir así.

No podía seguir cargando con la culpa y la vergüenza de haberme convertido en alguien que ni yo misma soportaba.

Llegué a la puerta del colegio sin saber muy bien qué hacer a continuación. Me quedé apoyada en una farola a cierta distancia, como una imbécil ansiosa. El corazón me iba a mil por hora. ¿Y si no me dejaba ni acercarme? ¿Y si Rachel me mandaba al carajo delante de todos?

Mierda, no estaba preparada para eso.

«Venga, Diana. Por una vez en tu vida, haz lo correcto», me dijo una voz en mi cabeza.

Asentí justo cuando las puertas se abrieron y comenzaron a salir los estudiantes.

Si Rachel me rechazaba, al menos lo habría intentado. Y no era como si no pudiera intentarlo de nuevo. Otro día. De otra forma. Con más ganas.

Me separé de la farola en cuanto la vi.

No importaba cuántas veces la hubiera visto antes, cada vez que mis ojos se posaban en ella, el mundo parecía ir a cámara lenta, aunque solo fuera un segundo. Y ahí estaba, caminando con esa forma tan suya, tan segura y tranquila, como si nada ni nadie la pudiera alterar.

Desde que la conocí había sido así, como un puto remanso de paz en medio de mi caos.

Llevaba el pelo recogido en una coleta baja y un conjunto sencillo, pero elegante.

Me quedé embobada observándola, porque había algo en la manera en la que llevaba la ropa, en su forma de moverse, que me hacía pensar que no necesitaba nada más para ser perfecta.

Ni el maquillaje ni las prendas de marca ni nada más.

Rachel era auténtica, y eso fue lo que me atrapó desde el primer día.

Eso y el hoyuelo.

La jodida sensación de estar a punto de saltar al vacío me cortó la respiración. O puede que fueran sus ojos rasgados cuando se encontraron con los míos.

Se detuvo durante un momento, y yo sentí que me faltaba el aire.

Rachel tenía esa capacidad: la de hacerme sentir transparente, como si pudiera ver a través de mí.

Aunque la forma en la que me miraba en ese momento, sin un atisbo de sorpresa, solo con esa tranquilidad que me ponía de los nervios, me hizo sentir pequeña.

Pequeña y estúpida.

Y lo peor de todo era que sabía que tenía todo el derecho a odiarme.

El corazón me latía tan fuerte que sentía que se me iba a salir del pecho. No supe si ir hasta ella y pedirle perdón, gritarle que la echaba de menos o, simplemente, dejar que me mandara al carajo.

Lo único que sí sabía era que no podía irme de allí sin intentarlo.