19 – Sofía
Las malas influencias no existen. Cada uno sabe lo que hace con su vida
El día del desastre.
Las olas chocaban con fuerza contra las rocas, pero hacía rato que había dejado de oírlas. En mi cabeza solo resonaba una voz que me decía que lo hiciera ya, que terminara con todo; sin embargo, algo más fuerte, más profundo y casi enterrado bajo capas de rabia y resentimiento, se negó a ceder.
Era esa misma fuerza que me había mantenido en pie durante años. Esa cabezonería y orgullo que me habían traído tantos problemas, pero que habían sido fieles compañeros de la rabia que me había sostenido cuando todo lo demás falló.
Me aferré a ellos y, con una respiración profunda que me llenó los pulmones de aire frío y salado, me alejé del borde reculando hacia atrás. No podía ni ponerme en pie.
«No hoy». Apreté los puños con fuerza hasta que el dolor por los cortes se hizo insoportable. Justo lo que necesitaba. No me rendiría ese día.
Las manos me temblaron cuando saqué el móvil del bolsillo trasero del pantalón y pulsé sobre la pantalla. Seguían sacudiéndose mientras me llevaba el teléfono a la oreja y escuchaba los tonos de llamada.
—Dime que me llamas para salvarme del gilipollas de mi padre y de su insoportable novia, por favor.
Cerré los ojos y traté de hablar por encima del ruido de mi cabeza.
—Sofía…
Las lágrimas me detuvieron, y ella, que me conocía lo suficiente como para entender que algo muy grave pasaba, tomó las riendas.
—¿Dónde estás? —Su tono cambió por completo y la urgencia en su voz me atravesó. No pude contestar. Mierda, ¿por qué no podía hablar?—. Diana, envíame la ubicación y no te muevas de allí, ¿me oyes?
Le respondí con un sonido que debió de interpretar como una afirmación, colgué e hice lo que me había pedido.
Y me quedé allí, en ese punto intermedio entre el abismo y la supervivencia, incapaz de moverme ni de calmar los latidos desbocados de mi corazón, que aún martilleaban con una violencia brutal.
Un rato después, escuché la voz de Sofía que me llamaba. No había pasado mucho tiempo, pero para mí fue como una pequeña eternidad. Me encontró sentada en el suelo, a unos metros del borde del acantilado.
Su expresión cambió en cuanto me vio. Sabía que la persona frente a ella no era la Diana fuerte y resistente que conocía desde el colegio. Esa versión de mí ya no estaba allí, solo quedaban fragmentos rotos desperdigados por el suelo.
Sin decir nada, se agachó a mi lado y me rodeó con los brazos. Lo hizo con una suavidad que me sorprendió y no me pidió explicaciones; tampoco trató de consolarme con palabras vacías, solo estuvo allí, conmigo, sosteniéndome en silencio mientras dejaba que el llanto me desgarrase por dentro.
—Vámonos de aquí —me susurró tras lo que me parecieron horas.
Con cuidado, me ayudó a levantarme. Su mano en la mía fue lo único que me dio algo de seguridad. No protesté ni intenté resistirme, solo dejé que me guiara por un camino mucho menos empinado que el que había tomado para llegar hasta el acantilado.
La puerta del conductor estaba abierta, como si hubiese salido corriendo sin prestar atención a ese detalle. Me subí al asiento del copiloto en silencio, mientras Sofía se acomodaba tras el volante y ponía el coche en marcha.
—No puedo ir a casa —murmuré. Subí los pies al asiento y me rodeé las piernas con los brazos.
Ella apoyó una mano en mi rodilla, en un gesto cálido y protector.
—Tranquila, te vienes conmigo, ¿vale? —Me sonrió y, aunque quise devolverle el gesto, solo me encorvé un poco más—. Yo me encargo de tus padres.
Asentí, sin fuerzas para decir nada más. Cerré los ojos y me dejé llevar por el sonido del motor a la vez que intentaba calmar la tormenta que seguía rugiendo dentro de mí.
Los siguientes días pasaron en una especie de niebla densa. Apenas distinguía uno de otro. Me levantaba tarde, ignoraba los mensajes y llamadas que seguían llegando a mi teléfono, del que se hacía cargo Sofía, y me limitaba a seguir respirando, lo cual ya era un esfuerzo considerable.
Sofía respetaba mi espacio y, pese a saber que tenía mil preguntas, no intentaba obligarme a hablar ni a enfrentar la situación.
Su presencia era como un bálsamo, aunque no podía decir lo mismo de su padre.
Él no escondía lo poco que le agradaba mi estancia allí y cada vez que nos cruzábamos por los pasillos me lanzaba miradas que lo decían todo: no era bienvenida ni en su casa ni en la vida de su hija.
Mi amiga hacía lo que podía por amortiguar la tensión y no siempre era suficiente.
La incomodidad crecía con cada encuentro y provocaba que cada segundo en aquel lugar se volviera más y más asfixiante.
Me refugiaba en la pequeña habitación de Sofía, un espacio que apenas daba para las dos; pero, más allá del tamaño físico, me sentía atrapada en mi propia cabeza, pues no sabía cómo procesar todo lo que me había ocurrido.
No estaba preparada aún para abrirme a nada ni a nadie; en el fondo, todavía me aferraba a esa rabia, a ese dolor, porque sin ellos no sabía quién demonios era.
Las palabras de todos aquellos a los que había herido no dejaban de dar vueltas en mi cabeza, como un eco interminable.
Mi hermana, mis padres, Rachel… Sobre todo Rachel.
Su voz y sus reproches eran los más fuertes.
Cada vez que cerraba los ojos, las imágenes de lo que había sido mi vida desfilaban frente a mí en una repetición cruel y constante de mis errores.
Una tarde, aprovechando que el padre de Sofía se había ido, me senté en el salón, frente al gran ventanal.
Con las piernas cruzadas, me puse a observar a la gente que caminaba por la calle y dejé que sus pasos me hipnotizaran.
Sin darme cuenta, empecé a jugar a lo que Emma y yo solíamos hacer de pequeñas: inventar vidas para los desconocidos.
—Ese señor con maletín es un espía —le había dicho a Emma una tarde, con la seguridad de alguien que cree que lo sabe todo de la vida—. Va a entregar información secreta a una agencia enemiga, pero en realidad trabaja para los buenos. Es todo una tapadera…
Recordé cómo Emma me miró alucinada y luego asintió, fascinada por mi historia. Y yo traté de agarrarme a ese recuerdo, al eco de nuestras risas y a la conexión que teníamos antes…, aunque fue como intentar atrapar humo con las manos.
—¿Quieres que veamos algo? —me preguntó Sofía acercándose a mí.
No le respondí con palabras. Me limité a negar con la cabeza—.
¿Segura? Te prometo que no pondré Emily en París .
—Volví a negar. Ella se quedó callada un segundo antes de soltar lo que llevaba dentro—.
Di… No puedes seguir así, tía. Habla conmigo.
Sabes que no tienes que cargar con todo sola. No tienes que ser siempre la fuerte.
Esas palabras me golpearon como un mazazo.
—No soy fuerte —murmuré, sorprendida de escucharme decirlo en voz alta.
Mi amiga suspiró y se sentó a mi lado en el suelo, tan cerca que nuestras piernas se rozaron.
—No sé cuánto tiempo más van a creerse que seguimos de viaje —anunció con voz suave—. Jamás hemos estado más de una semana por ahí, y tus padres saben que las dos somos más pobres que las ratas.
—Lo sé —respondí con un hilo de voz sin apartar la vista de la ventana.
La verdad es que no sabía nada.
—¿Cómo puedo ayudarte? —me preguntó como si hubiese elegido cada palabra con mucho cuidado—. No sé qué hacer. Siempre has sido tú la que me ha consolado a mí… Y no puedo decir que este cambio de roles me mole demasiado, por cierto.
Me mordí el labio con fuerza tras su intento de broma, pues estaba decidida a no llorar otra vez.
El problema era que ni yo misma sabía qué hacer.
Todo lo que había reprimido durante años —el dolor, el odio y la culpa— era lo que me había derrumbado en ese acantilado.
Y, aunque hubieran pasado ya varios días desde entonces, seguía sintiéndome al borde del precipicio.
Solo que esa vez la caída no tenía nada que ver con las rocas o el mar, sino con el hecho de enfrentarme a las consecuencias de lo que había provocado.
Giré la cabeza y la miré. Parecía verdaderamente preocupada.
—No sé cómo solucionarlo —solté al final rompiendo el silencio que se había hecho hueco entre nosotras—. He engañado a todo el mundo. A mi familia, a mi hermana… He mentido, manipulado, he hecho daño a personas que me importaban. Lo he destrozado todo tanto, Sofi…, que no sé cómo arreglarlo.
Ella enlazó una mano con la mía y me sonrió con cariño. No había ni rastro de juicio en sus ojos.
—¿Y si pruebas a ir poco a poco? —me sugirió sin profundizar en lo que le había confesado, sin cuestionar nada.
—Ni siquiera sé por dónde empezar.
—¿Rachel? —murmuró. El nudo en la garganta se me apretó con solo oír su nombre. Fruncí el ceño sin saber cómo había llegado a esa deducción—. La llamas mientras duermes —aclaró, y no me hizo falta ponerle voz a mi duda—. Lo que haya pasado entre vosotras no se va a resolver si sigues escondiéndote.
—Ella no quiere volver a verme —admití en voz baja.
—¿Y eso?
—Me echó de su casa.
—Un detalle menor… —le restó importancia.
—Me acosté con ella haciéndole creer que era Emma —confesé y sentí que la última palabra me quemó al salir—. No me va a perdonar.
Sofía me miró como si lo que acababa de soltar no la hubiera sorprendido lo más mínimo.
Ni una pizca de asombro o shock , como si supiera de sobra hasta qué punto era capaz de liarla.
No es que le diera igual lo que hacía, simplemente me conocía tan bien que ya sabía qué caminos torcidos había llegado a tomar en mi vida.
Y, aun así, seguía a mi lado, incluso con todo ese caos, seguía eligiéndome como su amiga.
—Puede que no —concedió—, pero no lo sabrás si no lo intentas.
—Es más complicado que eso…
—Tenía una amiga a la que no le asustaban los retos —me picó—. Además, que sea complicado no significa que no merezca la pena intentarlo, ¿no?
Días después, mientras la charla con Sofía seguía rondándome como un eco lejano que no desaparecía de mi mente, supe que había llegado el momento de largarme de allí.
Desde el principio fui consciente de que no era bien recibida por su padre, pero no fui capaz de tomar la decisión hasta que tuvo lugar la discusión que la precipitó.
Una tarde cualquiera, tirada en la cama mientras trataba de distraerme con uno de los libros de Sofía, empecé a escuchar voces y me acerqué a la puerta.
—No entiendo por qué sigue aquí. —La voz grave del padre de mi amiga resonó a todo volumen.
Me quedé quieta, atenta a cada palabra.
—Ya te lo he dicho, papá. Es mi amiga y no lo está pasando bien.
—Esa chica siempre ha sido un problema en tu vida. ¿No te das cuenta de que no te trae nada bueno? Se arrastra por aquí como un fantasma y te consume. No puedes salvarla.
—Papá…
—No es tu responsabilidad, Sofía. Y mucho menos la mía —continuó él—. Siempre ha sido una mala influencia para ti. Te lo decía tu madre antes de…
—No hables de ella —le advirtió cortándole en seco.
Ese comentario fue como una bofetada. Sabía lo que le dolía a Sofía hablar de la muerte de su madre.
—¿Cuántas veces más vas a dejar que te arrastre con ella?
—Ella no me arrastra a nada —replicó Sofía. Pude leer la rabia y la determinación en su voz—. Es mi amiga, y los amigos están para ayudar cuando las cosas van mal. Ella me ha ayudado muchísimo.
Se hizo el silencio durante unos segundos.
—Pues ayúdala haciendo las maletas —espetó él antes de que se escuchara un portazo.
Respiré hondo e intenté calmarme. Lo último que quería era que Sofía tuviera más problemas con su padre, con el que la relación no iba nada bien desde hacía tiempo.
Ella no le perdonaba que, dos meses después de la muerte de su madre, apareciera en casa con su nueva novia y con una niña de tres años que era clavadita a él.
Solo había que sumar dos más dos…
Aun así, yo no quería ser la razón por la que discutiera aún más con él. Y, aunque Sofía intentó convencerme de lo contrario, supe que no podía seguir allí.
Le dejé una nota en su escritorio una noche, escrita rápido y con un mensaje corto: «Gracias por todo.
Por estar siempre ahí y no darme por perdida.
Eres la mejor, te quiero, Sofi». Sabía que no era suficiente, pero en ese momento no tenía fuerzas para decir nada más.
Lo entendería. No quería que me viera hecha polvo, escapando otra vez.
Mientras me marchaba, no pude quitarme de la cabeza las palabras de su padre: «No puedes salvarla».
A lo mejor tenía razón.
Quizá nadie podía salvarme, pero no iba a ser él quien decidiera eso.