Morir por tu amor es la condena a mis mentiras (Gemelas 2) (Costa Serena 5) 18 – La verdad
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18 – La verdad

Hay batallas que solo se ganan huyendo

El día del desastre.

Con cada paso que daba, la realidad se me caía encima y amenazaba con asfixiarme.

Con cada paso era más consciente de mi incapacidad para estar a la altura de lo que se esperaba de mí: como hermana, como hija, como amiga y como persona.

Y, con cada maldito y jodido paso que me acercaba a la zona pija, sentía que me hundía un poco más en la realidad de lo que había hecho.

La conversación con Emma se repetía en mi mente como una letanía dolorosa. Sabía que tenía que enfrentarme a Rachel, de hecho, iba hacia su piso a decirle la verdad, sin rodeos ni distracciones. Pero, con cada metro que me acercaba a ella, la presión en mi pecho se hacía más y más fuerte.

Cuando me planté en su puerta, me sentí como si estuviera a punto de enfrentarme a una ejecución. No tenía escapatoria. No podía volver atrás ni cambiar lo que había hecho, así que tocaba apechugar con las consecuencias e intentar salir lo más indemne posible.

La puerta se abrió, y Rachel apareció en el umbral. Sus ojos se abrieron con sorpresa al verme, aunque pronto noté cómo esa expresión se transformaba en preocupación al darse cuenta de mi cara tensa.

—¿Qué pasa? —me preguntó y se apartó para dejarme entrar.

La sensación de invadir su espacio, su hogar, me hizo sentir aún más incómoda. No quería que aquel lugar se convirtiera en el escenario de mi caída, pero sabía que tenía que hacerlo ya. No podía seguir dando vueltas ni buscando excusas.

—Tenemos que hablar —le dije con firmeza y me coloqué frente a ella.

Asintió y suspiró.

—Ya. Sé que no debería haberte besado, me dijiste que en el colegio no… —empezó a decir. No la dejé continuar.

—No, Rachel. No es por eso.

—¿Entonces? —me preguntó y pude ver la confusión en sus ojos—. Emma, me estás asustando.

Dejé escapar una risa amarga, casi cansada, mientras tomaba aire para enfrentar el momento que tanto temía. La miré a los ojos y traté de mantenerme firme.

—Esa es la cuestión —admití y tuve que carraspear para que mi voz no se quebrara—. Emma no es la persona con la que estuviste anoche. La amiga que supuestamente vino a ayudarte con la mudanza hace dos semanas y con la que te has estado liando, no es quien tú creías que era.

Rachel frunció el ceño.

—¿Qué? —preguntó en un susurro.

«Díselo. Ahora».

—Me llamo Diana. Soy la hermana gemela de Emma y ha sido conmigo con la que has estado todo este tiempo fuera de clase.

Rachel dio un paso atrás, como si mis palabras la hubieran empujado físicamente. El silencio que siguió a mi revelación fue asfixiante, porque pude ver cómo su rostro cambiaba de la sorpresa a la incredulidad y luego al dolor.

Cuando el color abandonó su cara, supe que el daño ya estaba hecho.

—¿Diana? —preguntó como si quisiera asegurarse.

—Sí. Eso he dicho —le respondí parapetándome detrás del muro que me había mantenido en pie durante tanto tiempo—. Al principio no fue más que un juego, una pequeña omisión que…

No esperó a que terminara de hablar. Dio un paso hacia la puerta y su gesto me dejó claro que no había lugar para la discusión.

—Fuera de mi casa —me dijo con una calma contenida que resultaba mucho más aterradora que los gritos que podría haber esperado.

—¿No piensas dejarme hablar?

—Vete —repitió sin perder las formas.

Por un instante me quedé paralizada. Había imaginado algunos escenarios antes de enfrentarme a ella. En ninguno su rechazo era tan categórico, tan visceral.

—Rachel, déjame explicarte… —intenté hablar. Ella me volvió a cortar.

—¿Explicarme qué? —preguntó, ahora sí, levantando la voz, aunque su tono seguía siendo contenido, como si el verdadero estallido estuviera aún por venir—.

La honestidad es uno de mis pilares fundamentales, y tú has fallado en lo más básico.

Ya me ha quedado claro que todo este tiempo he estado con la persona equivocada y que he sido una ingenua por no darme cuenta de que me estaba obsesionando con alguien que no era quien decía ser.

Cada una de sus palabras fue como una bofetada, y me vi obligada a defender lo indefendible.

—No lo he hecho con maldad, Rachel —me justifiqué—. Al principio me limité a no sacarte del error y luego fue demasiado tarde para volver atrás. Lo mantuve bajo control hasta que se nos fue de las manos.

Ella soltó una risa amarga e incrédula.

—¿Bajo control? —repitió—. ¡Te metiste en mi vida!

¡Te metiste en mi cama, Emm…! ¡Diana! —se corrigió rápidamente—.

Me hiciste creer que eras tu hermana. ¿En qué país eso no es una violación total de la confianza de una persona?

¿Cómo puedes decir que no lo hiciste con mala intención cuando todo está mal lo mires por donde lo mires y desde cualquier ángulo?

No tenía derecho a decir nada más, pero me sentía completamente desbordada. Estaba atrapada en mis pensamientos, y la única manera que supe de lidiar con todo aquello, la única que conocía, fue atacar, aunque en el fondo sabía que eso solo nos estaba hiriendo más a las dos.

—¡Lo siento! ¿Vale? —repetí por enésima vez en el día, aunque aquel perdón sonó vacío incluso para mí.

Cuando las palabras salieron de mi boca me di cuenta de lo poco que significaban.

—No. No lo sientes —me contradijo—. Si de verdad lo sintieras no habrías permitido que esto llegara tan lejos. No habrías continuado con la mentira. Decir «lo siento» no es suficiente cuando lo que has hecho es tan desagradable, egoísta e incorrecto.

El silencio que siguió fue peor que cualquier otra cosa.

Por primera vez sentí que Rachel me miraba como si fuera una completa desconocida, alguien aborrecible e imperfecta.

Me desgarró.

Y ese dolor fue el punto de no retorno para mí.

—Fuera —dijo una vez más y, esta vez, abrió la puerta del todo

Me miró con una frialdad que hizo eco con la temperatura que sentía en mi interior.

No dije nada más. Sabía que ya no tenía sentido, así que me di la vuelta, caminé los pocos pasos que me separaban de la salida y me marché de su casa, dejando tras de mí un silencio aplastante.

Una furia primitiva guio mis pasos durante un buen rato, hasta que llegué a un desvío del camino. El terreno era duro y escarpado, lo justo para mantener alejados a los curiosos.

Perfecto para lo que necesitaba.

La ira impulsó mi cuerpo en el ascenso. Las rocas duras y ásperas me hicieron daño en las manos. No me detuve ni un segundo, ni siquiera cuando la quemazón en los dedos me hizo gemir de frustración y dolor.

La rabia era mi única y más fiel compañera, la que siempre me había dado fuerzas para seguir adelante a pesar de todo.

Me dejé caer en una roca plana al terminar de subir. Resollé por el esfuerzo y, durante unos minutos, me dediqué a mirar el cielo mientras recuperaba la respiración. El silencio que me rodeaba era tan abrumador que intensificaba los sonidos del mar al chocar contra las rocas unos metros más abajo.

Pero ese mismo silencio también me dejaba sola con mis pensamientos.

Mi mente comenzó a buscar culpables por inercia. Repasé cada pequeño detalle que me había llevado hasta el punto en el que me encontraba: las palabras que había dicho, las decisiones que había tomado o los motivos que me habían guiado.

Me aferré a cada fragmento, tratando de encontrar una justificación, una razón que no me dejara sola con mis errores. Pero en lugar de encontrar vías de escape, lo único con lo que me topé fue con una enorme culpa que me golpeó sin descanso y que me taladró el cerebro.

Las voces de conversaciones pasadas retumbaron en mi mente, crueles y exactas:

«Tu madre está preocupada, está convencida de que algo te pasa».

«No voy a consentir que entorpezcas mi vida y mi felicidad otra vez».

«No estás siendo justa».

«Fuera de mi casa».

«Vete a la mierda, Diana».

«¿Otra vez me toca a mí arreglar tus problemas?».

«Has fallado en lo más básico».

«A partir de ahora, tú y yo estamos mejor separadas».

Todo aquello estaba impregnado de preocupación, rechazo, decepción y falta de confianza. Y por primera vez fui del todo consciente de que no había nadie más a quien culpar que a mí.

Por mucho que me pesara.

Por mucho que lo odiara.

No podía seguir escudándome en el pasado. Tampoco en que todo había sido un accidente o en que no quise hacerles daño, porque la realidad era que hacía años que había perdido el control.

Justo desde que le pagué a Manu con su propia moneda y la venganza dejó de ser el sentimiento que me guiaba, para dar paso a algo más oscuro y corrosivo.

Porque la satisfacción momentánea que sentí cuando lo vi marcharse para siempre de Costa Serena no me hizo sanar; en su lugar, mi alma se envenenó con una mezcla tóxica de resentimiento y desilusión.

Me observé las manos ensangrentadas y llenas de cortes, y me di cuenta de que yo era la que lo había roto todo, como la piedra había desgarrado mi piel sin pedir permiso ni perdón. Y ese miedo, ese temor a que todo lo que había sufrido en el pasado no hubiera servido de nada, me consumió.

Gruñí al apretar los puños.

¿Cómo demonios iba a superar aquello? ¿Cómo podía dejar de sentirme así? ¿Qué tenía que hacer para dejar de provocar daño a los demás?

La respuesta no llegó, por supuesto.

Lo que sí llegaron fueron las lágrimas, que empezaron a brotar con una fuerza que me pilló desprevenida.

Había aguantado durante tanto tiempo, acumulando capa tras capa de dolor y rencor en los rincones más ocultos de mi interior, que al final no pude más y estallé.

Me sentí asqueada de quién era y de lo que había perdido por mi egoísmo. Y, a pesar de saber que no tenía derecho a llorar, las lágrimas cayeron libres y pesadas por mi cara.

El cuerpo se me sacudió con cada sollozo, como si se desgarrara al liberar toda la angustia y la culpa acumulada. Y el dolor me arrasó como una ola gigante que lo destroza todo a su paso. Solo pude quedarme allí, con la vista borrosa y la cara empapada, aguantando el oleaje.

Me abracé las rodillas en busca de un poco de consuelo, pero no sirvió de nada.

El vacío que sentía seguía ahí y me devoraba por dentro como una sombra imposible de iluminar.

Y mientras me rompía un pensamiento cruzó mi mente.

Uno que ya había tenido antes, años atrás, pero al que siempre me había aterrado darle forma.

Sin embargo, esa vez fue distinto. No lo aparté y no solo me permití pensar en ello, sino que me pregunté qué pasaría si, sin más, me dejase caer al vacío desde allí.

Cómo de tranquilos estarían todos si desaparecía.

Dudé si el mar, con su fuerza implacable, sería capaz de tragarse toda la angustia que llevaba dentro y limpiar los errores y las malas decisiones que me hacía sentir tan sucia. Tan rota.

Aquella idea se deslizó por mi mente como una tentación suave y seductora. Y dejó de parecer una fantasía lejana e impensable que sabía que nunca se iba a cumplir, para pasar a parecerme la solución que más sentido tenía. El final que parecía más adecuado.

La paz que tanto necesitaba.