Morir por tu amor es la condena a mis mentiras (Gemelas 2) (Costa Serena 5) 17 – El beso
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17 – El beso

Si todo vuela por los aires, solo tú decides si quieres quedar sepultado o bailar sobre los escombros

El día del desastre.

Llegué a casa de madrugada y, tras cruzarme con una somnolienta Emma en el pasillo, que no hizo preguntas ni me dirigió la palabra, me encerré en mi habitación y me tiré en la cama.

Aún tenía el pelo un poco húmedo después de la ducha que me había dado con Rachel, pero no me importó.

De hecho, me provocó una absurda satisfacción saber que mi almohada iba a oler a su champú de miel y lavanda durante unos días, haciendo que la sintiera cerca, a pesar de saber que no debía pensar más en ella.

Me desperté intranquila poco después, tras escapar de un sueño bastante agobiante.

En él estaba atrapada en una habitación con todas las personas a las que había mentido a lo largo de mi vida, y tenía que darles explicaciones a todos y cada uno de ellos mientras me lanzaban tartazos en la cara y el cuerpo.

La última en dar en el blanco había sido Rachel.

Rachel…

Sabía que lo nuestro no podía ser. Tenía que sacarla de mi cabeza, pero era imposible.

Su cara, su sonrisa y sus gemidos seguían clavados en mi cerebro, dando vueltas y vueltas en él desde que la conocí.

La cosa había empeorado cuando habíamos llegado a mayores y me había sentido más conectada que con nadie en toda mi jodida vida.

¿Cómo cojones iba a solucionar aquello?

Me levanté de la cama en cuanto dejé de escuchar ruido en la planta baja.

Necesitaba salir de casa, porque si me quedaba allí no haría más que darle vueltas a lo mismo e iba a acabar desquiciada.

Por un momento pensé en llamar a Sofía y confesarle mis pecados, aunque la idea de involucrarla en mi historia con la francesa me parecía mal de algún extraño modo.

Me vestí rápido: unos vaqueros, una sudadera oversize y las botas de siempre.

Decidí ir a la facultad, no porque me apeteciera especialmente, sino porque necesitaba hacer acto de presencia si quería graduarme alguna vez en esa década.

A lo mejor me encontraba con alguien con quien pudiera distraerme lo suficiente como para dejar de pensar en todas mis mierdas durante unas horas.

Cuando llegué, me fui directa a la cafetería y me pedí un café bien cargado. El sabor de aquel brebaje era tan horrible que parecía que lo habían infusionado con calcetines sucios, pero lo necesitaba para empezar a sentirme humana de nuevo.

Entré a la clase de Contabilidad Financiera y me dejé caer en una de las sillas del fondo para pasar desapercibida. La sala ya estaba medio llena cuando el profesor empezó a hablar sobre el análisis horizontal de los estados financieros.

Estaba a punto de abrir con desgana la libreta para tomar apuntes cuando noté una vibración en el bolsillo. Mi primer impulso fue ignorarlo, pensando que sería Thiago una vez más, aunque algo me hizo sacar el móvil justo cuando la llamada se cortó.

Mi estómago se encogió al ver el nombre en la pantalla. Un segundo después, me llegó el aviso de un mensaje entrante. Era ella de nuevo: Emma.

Emma:

Cógeme el teléfono ahora mismo.

El aparato vibró de nuevo y supe que tenía que contestar. Me hundí en la silla mientras el corazón me martilleaba con fuerza en el pecho y deslicé el dedo por la pantalla. Le susurré que estaba en clase, pero ella me exigió que saliera de allí y supe que algo malo había ocurrido. Algo muy malo.

—Estoy fuera —le dije cuando me escabullí del aula, tratando de que no notara el temblor en mi voz—. ¿Estás bien?

—¡No! —me chilló, y me temí lo peor. Joder.

Joder, joder, joder…—. No estoy bien. No estoy en absoluto bien, Diana.

¿Y sabes por qué? Porque mi compañera de trabajo, una de las pocas personas que me ayudan en el colegio y a la que consideraba una buena amiga, me ha comido la boca en la sala de profesores y me ha dado a entender que anoche hicimos algo juntas que no ha podido olvidar.

Dime que no tienes nada que ver en esto. Dímelo, Diana.

El aire se me escapó de los pulmones como si me hubieran dado un puñetazo directo en el estómago. Me quedé paralizada, sin saber qué decir, con la cabeza dando vueltas y el corazón latiéndome en los oídos.

Supe que no podía hacer otra cosa más que decirle la verdad.

—No puedo —reconocí sin tiempo para procesar lo que estaba pasando—. Pero puedo explicártelo.

La carcajada fría que soltó me hizo apretar la mandíbula, y cuando me dijo que nos veríamos en una hora y media allí mismo, en la facultad, supe que no había vuelta atrás.

Se había ido todo a la mierda.

Todo.

«¿Y qué esperabas, imbécil?».

Fui incapaz de entrar de nuevo en clase. Aguardé a que todos se hubieran ido para recoger mis cosas, y la esperé sin fuerzas ni ganas de inventarme ninguna coartada o excusa que me salvara de lo que estaba a punto de ocurrir.

Me quedé en la entrada del edificio, observando cada coche que pasaba con el corazón acelerado hasta que la vi acercarse por el final de la calle y aparcar.

Fui hacia ella y no dije nada cuando se bajó del coche, tampoco cuando caminamos juntas hasta el pequeño parque donde solían fumar los profesores.

—¿Estás liada con Rachel? —me soltó de golpe, directa como una flecha.

—Sí —admití.

No podía mentir más. No podía seguir engañándola.

Ella se giró y me encaró. Supe que debía mantener la calma, aunque verla así, con esa decepción y rabia en su mirada tan poco propias en ella, me hizo querer salir corriendo.

«No puedes esconderte de lo que has hecho».

—¿Haciéndote pasar por mí? —preguntó, y el dolor en su voz apretó mi podrido corazón hasta hacerlo gritar.

—Sí —le dije mirándola a los ojos.

No podía apartar la vista, aunque sabía que estaba a punto de romper lo poco que quedaba entre nosotras.

Emma estaba al borde de las lágrimas, y yo tuve que tragar el nudo que tenía en la garganta.

—Me prometiste que no ibas a volver a cruzar esa línea.

Su voz temblaba. Estaba enfadada y con razón.

—En realidad, lo que te prometí fue que no volvería a pedirte que te hicieras pasar por mí —intenté aclarar, pero, al ver su reacción, supe que no podía echar más leña al fuego. Retrocedí, tanto física como metafóricamente—. No fue premeditado, Em.

Ella soltó una risa cargada de desdén y giró la cabeza, como si necesitara espacio para procesar que su gemela era la reencarnación del mal. No le quitaría la razón.

—Premeditado o no, te has liado con ella haciéndole creer que eras yo.

—No pasó exactamente así —empecé—. Sí que ha habido algo entre nosotras, pero…

No me dejó terminar.

—Pero ¡nada, joder! ¡Me ha besado! —Su voz se rompió y vi cómo sus ojos se llenaban de lágrimas.

El tono que empleó, impregnado de dolor, fue insoportable y se me desgarró un poco más el alma—.

Me ha besado creyendo que la que estuvo ayer por la noche en su casa fui yo.

¿Cómo se supone que voy a poder mirarla a la cara cuando sepa la verdad?

—Sus palabras eran como golpes directos a mi pecho—.

¿Otra vez me toca a mí arreglar tus problemas?

¿De nuevo la idiota de tu hermana tiene que salir al rescate y tapar tus meteduras de pata?

Supe que esa vez no habría vuelta atrás.

Podía sentir cómo su confianza se desmoronaba ante mis ojos, y no había nada que pudiera hacer o decir para frenarlo.

No era eso lo que había buscado cuando pensé en hacerle pagar por lo de Manu, ni se me había pasado por la cabeza que podría perderla al liarme con Rachel.

Porque yo siempre había dado por hecho que ella seguiría ahí, soportando mis movidas y recibiendo mis mierdas sin perder la sonrisa.

Y me había equivocado de pleno.

—Lo siento —fue todo lo que pude decir.

Sabía que no era nada, no significaba nada ni tenía ningún valor llegados a ese punto, sin embargo, era la verdad. Era la puta verdad, joder.

Lo sentía mucho.

Por supuesto, ella no lo aceptó y, después de decirme que no iba a volver a confiar en mí, se marchó sin mirar atrás.

Su última frase se me quedó grabada a fuego en el corazón, porque al escucharla había sentido cómo algo dentro de mí se rompía de forma irreparable.

«No voy a consentir que entorpezcas mi vida y mi felicidad otra vez. A partir de ahora, tú y yo estamos mejor separadas».

Tenía que irme de allí. Necesitaba alejarme de todo el bullicio de mi alrededor, sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, no hice lo que yo quería o prefería, porque Emma me había dicho que buscara la manera de arreglarlo, y la única forma de solucionar aquella historia era ir a la mismísima fuente del problema: Rachel.