Morir por tu amor es la condena a mis mentiras (Gemelas 2) (Costa Serena 5) 16 – GANAS #3
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16 – GANAS #3

—Déjame ponerme arriba —me pidió y me mordió el pezón con tal intención que me hizo mirarla con los ojos entrecerrados, en una muda advertencia—. Es mi casa. Son mis reglas.

Le borré esa sonrisa desafiante con un beso, sin embargo, me dejé caer hacia un lado y permití que Rachel tomara el control de nuevo.

En un movimiento ágil, como el de una gata en celo, se colocó encima de mí utilizando uno de mis muslos como apoyo, y su pelo cayó en cortinas oscuras alrededor de sus pequeñas y gloriosas tetas.

Abrí un poco más las piernas y flexioné la rodilla de la que tenía libre.

—¿Ya está contenta la señorita? —murmuré arqueando una ceja.

—No del todo —respondió con esa sonrisa traviesa antes de hacer un movimiento con la cadera que me arrancó un gemido.

Verla allí, sentada sobre mí, utilizando mi pierna como su montura y moviéndose en un vaivén lento, pero certero, que hacía que nuestros clítoris se rozaran, me llevó a la locura.

—Necesito correrme otra vez —gimoteé y traté de moverme para encontrar mayor fricción, aunque ella me lo impidió sujetándome el abdomen con firmeza.

—No tengas prisa —susurró y me agarró una teta para pellizcarme el pezón.

Llevó la mano a la unión entre mis muslos, hurgó con esos deditos del demonio y luego se los llevó a la boca y los lamió.

—Oh, joder… —me quejé, entregada, y Rachel me observó desde arriba.

—¿Te has quedado con hambre? —arqueé una ceja en respuesta y bajo mi atenta mirada se los llevó a su sexo y los impregnó de su propia humedad. Cuando me los tendió, se los limpié sin dejar de mirarla a los ojos—. Te gusta.

—Me vuelves loca —admití.

Me sonrió.

Y aquel hoyuelo fue mi perdición, una vez más.

Esa mano inquieta volvió a colarse entre nuestros cuerpos hasta encontrar mi clítoris en un toque preciso y perfecto, y un momento después se movió para acoplarse en el punto exacto.

Cuando comenzó a imprimir más intención al movimiento de sus caderas supe que nada de lo que hubiese hecho antes con otras personas se podía comparar con aquello.

Aceleraba y frenaba el ritmo de su cabalgada mientras yo intentaba, sin demasiado éxito, mantenerme cuerda.

No lo conseguí.

La tensión creció entre nosotras mientras ella me llevaba al borde una y otra vez.

—Rachel… —la advertencia me salió de los labios en un lamento ahogado, y ella gimió. Comenzó a hablar en francés, a murmurar una letanía que me hizo rodar los ojos y gemir—. Tú quieres matarme… Mierda… Sí. Dios… No pares.

Las tetas comenzaron a rebotarme al ritmo de sus embestidas cortas y rápidas, el sonido de nuestros muslos chocando llenó la habitación y todo lo que pude hacer fue elevar la cadera para buscar el ángulo justo.

El calor se hizo insoportable.

—Vas-y, lâche-toi… [19]

—Voy a… —traté de terminar la frase, pero el orgasmo me interrumpió.

Todo se contrajo dentro de mí en una explosión de placer que me hizo temblar bajo ella. El cuello se me arqueó sobre la cama, las uñas se me clavaron en su piel y por un segundo perdí la capacidad de respirar.

Rachel no tardó en acompañarme, y yo no dejé de mirarla con la respiración entrecortada.

Cada detalle de su rostro quedó grabado en mi mente: esos ojos entrecerrados de puro placer, los labios ligeramente separados mientras jadeaba, toda ella convulsionando mientras se aferraba a mí y se perdía en la maravilla de nuestros cuerpos juntos.

Qué locura.

Qué jodida locura.

Cuando su orgasmo terminó, se dejó caer sobre mí, temblando y con la respiración entrecortada. Yo la rodeé con mis brazos, atrayéndola hacia mí, como si no hubiésemos compartido la mayor intimidad posible y necesitara tenerla aún más cerca.

Sentí su corazón desbocado contra mi pecho, el calor de su piel que se mezclaba con el mío y el cosquilleo de su pelo enmarañado que me rozaba la clavícula y me hacía cosquillas.

Permanecimos así unos minutos, envueltas en el momento postorgasmo, hasta que Rachel se incorporó unos centímetros y una sonrisa ladeada iluminó su cara.

—¿Grado de satisfacción?

Solté una risa baja y le acaricié la espalda con suavidad.

—Digamos que, si esto fuera un restaurante, te dejaría propina y volvería todos los días.

Rachel se carcajeó y hundió la cara en mi cuello.

—¿Lo valorarías con una estrella entonces? —murmuró, juguetona.

—¿Una? —contesté sonriendo mientras enredaba los dedos en su pelo—. Al menos te mereces tres por el esfuerzo. Reconozco que el servicio a mesa ha sido un poco lento, pero el resultado ha sido exquisito.

Rachel levantó la cabeza y me miró de reojo.

—Tal vez deberíamos pedir un plato más, solo para asegurarnos de que todo queda al gusto del comensal.

Levanté una ceja, sorprendida por lo rápido que me seguía el juego, y ella me devolvió la mirada con complicidad. Maldición, ¿podía gustarme más aquella mujer?

—¿Invita la casa?

Asintió con firmeza.

—En mi restaurante, la satisfacción del cliente es lo más importante. Y, además, ya sabes: mi casa…

—… tus reglas —completé sin poder contener la sonrisa.

La tensión entre nosotras creció, pero ya no fue solo una cuestión de deseo. Había algo más, algo que me hizo preguntarme, con una mezcla de emoción y pánico, qué coño iba a hacer con mi vida después de Rachel Dubois.