Morir por tu amor es la condena a mis mentiras (Gemelas 2) (Costa Serena 5) 16 – GANAS #2
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16 – GANAS #2

Abrí los ojos y la vi mirándome con una sonrisa tensa, como si disfrutara viéndome perder el control.

Y, entonces, mis piernas decidieron traicionarme.

Dejaron de sostenerme, y me deslicé por la pared, cayendo a cámara lenta hasta el suelo, enredada con ella.

Su cuerpo, pequeño, pero implacable, seguía pegado al mío y no se detuvo.

Estaba fundida conmigo y me empujaba al borde del precipicio sin que pudiera hacer nada por impedirlo.

—No voy a parar. No hasta que te vea romperte —me dijo con la respiración tan acelerada como la mía.

Yo nunca cedía el control así, pero, aquella vez y no sé ni cómo, me aceleró el pulso que fuera ella quien lo tuviera.

Llegados a aquel punto, lo único que pude hacer fue aferrarme a su cuello, desesperada, como si ella fuera lo único que me mantenía conectada a la realidad mientras todo se desmoronaba a mi alrededor.

Elevé la cabeza con los labios abiertos en un gemido ahogado cuando mi cuerpo empezó a temblar sin control, y un increíble orgasmo me golpeó con fuerza.

Sentí cómo todo se liberaba dentro de mí, y ella gimió, como si estuviera contemplando una obra maestra y no a la mentirosa que, tarde o temprano, iba a desatar el caos en su vida.

—Qué… maravilla. Qué. Puta. Maravilla… —logré murmurar con la frente apoyada en su cuello. Ella ralentizó el vaivén de sus dedos, y yo me concentré en recuperar la respiración—. ¿Dónde…? ¿Dónde has aprendido eso que haces con los deditos, francesa?

Sin embargo, no contestó. Sus planes eran otros. Antes de que pudiera procesar lo que acababa de pasar, se apartó de mí, se levantó del suelo, y la miré alucinada cuando comenzó a desnudarse sin ningún pudor.

La sudadera, el sujetador… Todo iba cayendo al suelo sin que le prestara atención. Pantalones, bragas… Cada prenda fuera hasta que quedó completamente desnuda frente a mí, con la piel brillante bajo la luz del pasillo.

Era perfecta, joder.

La respiración se me aceleró de nuevo al ver cómo, sin decir nada y con esa expresión tan segura de sí misma, se acercó a mí y abrió una pierna en cada lado de mis hombros.

Se abrió sobre mí, justo encima de mi cara de gilipollas pasmada.

—Dios de mi vida y de mi corazón —farfullé.

—Cómeme, ma chatte —murmuró con los ojos fijos en los míos mientras descendía los escasos centímetros que me separaban de su cuerpo.

El olor de su excitación llenó mis sentidos, y ya no me quedaron neuronas sobrias que pudieran pensar en las consecuencias de lo que estábamos haciendo. ¿Quién en su sano juicio iba a detener aquello? Yo no, por supuesto.

No tenía otra opción. No quería tener otra opción.

Apoyé las manos en sus caderas, abrí mis dedos en su trasero y la pegué a mí para devorarla entera.

Lamí, succioné y me entregué por completo a lo que ella exigía. No había espacio para el remordimiento ni para cualquier otra cosa que no fuera ella y su cuerpo, sus muslos apretados contra mí, y yo perdida bajo el contoneo de sus caderas.

—Así… —murmuró entre gemidos con los dedos enredados en mi pelo mientras se movía contra mi rostro—. Justo así…

Sus palabras me hicieron redoblar los esfuerzos, y aquel pasillo se llenó de su respiración entrecortada y los sonidos de mi boca contra su clítoris, hasta que la sentí arquearse en una postura imposible y romperse en mil pedazos.

No dejé de mover la lengua ni de mirarla. Mis manos temblaban contra su piel mientras los gemidos de ambas llenaban el aire y sentía cada espasmo de su cuerpo. Cuando sus jadeos empezaron a disminuir, y la ola de placer comenzó a retroceder, no pude aguantarlo más.

Ignoré su jadeo sorprendido cuando, con mis manos, la insté a desplazarse hasta que su espalda tocó el frío suelo del pasillo. Me lancé sobre ella sin darle tiempo a protestar, y le recorrí el cuello con los labios y la lengua.

¿No me había dicho que quería saciarse de mí? Pues de perdidos al río. Si lo íbamos a complicar todo, lo haríamos a lo grande.

—¿Qué estás…? —logró murmurar con la voz entrecortada cuando le di un mordisco en un pezón.

Todo mi cuerpo gritaba porque diera un paso más. Lo de mi cabeza era otra cosa, pero antes necesitaba saber si aquello era algo que podíamos hacer sin consecuencias. Bueno, sin las consecuencias que harían que me preocupase por mi salud al acabar.

—¿Podemos subir de nivel? —Frunció el ceño—. Yo estoy limpia, pero si tú…

—No —dijo rotunda interrumpiéndome—. Hace mucho desde la última vez y todo está bien. No tienes de qué preocuparte.

Sonreí, me incorporé y le tendí la mano.

—¿Crees que podemos buscar algún lugar un poco más cómodo que el suelo de tu entrada?

El colchón hinchable del cuarto de invitados fue la superficie más cercana a la que pudimos llegar antes de que nuestras manos volvieran a enredarse en el cuerpo de la otra, desesperadas por recuperar el contacto.

Una vez que la tuve tumbada, me puse en pie y me aparté un poco, lo suficiente para mirarla de arriba abajo y recrearme en sus delicadas y suaves curvas. Rachel me observó con el pecho agitado y las piernas entreabiertas.

—Dame un segundo —le susurré, y ella me regaló una sonrisa expectante.

No me dejó de observar ni un momento mientras deslizaba las prendas por mi cuerpo. Empecé por los pantis y el tanga, que cayeron en algún punto tras de mí como una masa de tela negra, y continué por el vestido y el sujetador.

Sus ojos felinos recorrieron cada centímetro de mi cuerpo.

Una chispa de placer me recorrió de pies a cabeza cuando me di cuenta de cómo le afectaba verme desnuda.

Pude ver la sorpresa y el deseo mezclándose en su mirada al fijarse en los pequeños anillos de metal que adornaban mis pezones, y la forma en la que se mordió el labio inferior, como si estuviese ante un manjar nuevo y excitante, hizo que la humedad de mi entrepierna alcanzase cotas preocupantes.

—¿Te gusta lo que ves? —le pregunté mientras me acercaba lentamente a ella.

—Mucho —respondió estableciendo contacto visual con mis ojos.

Le sonreí, me agaché y me incliné hacia delante, lo que hizo que mi cuerpo se rozara con el suyo. Gemimos al unísono, mi piel contra su piel, mis labios buscando los suyos en un beso ardiente.

Aquello era una jodida y gloriosa locura.

Sin dejar de observarnos, me coloqué sobre ella y sus manos se aferraron a mis caderas cuando entrelazamos las piernas y nuestros sexos se rozaron. Encajamos con una facilidad acojonante, como si el cuerpo de una fuese el molde contrario al de la otra y hubiésemos encontrado nuestra mitad perfecta.

—¡Viva Francia! —susurré, y ella soltó una risotada que murió cuando me moví una vez más, frotándome contra su cuerpo.

Apretó los dedos contra la carne de mis caderas e hizo que me pegase un poco más a ella. Giré la pelvis y apoyé las manos en su abdomen, lo que hizo que el placer nos sacudiese a ambas.

Gemí cuando me apresó una teta con la mano y sus dedos engancharon el piercing para jugar con él.

—Los tenías muy bien escondidos —murmuró, y yo la miré con los labios entreabiertos sin poder ni parpadear—. ¿Puedo?

Asentí a su petición y me desplacé hacia arriba, colocando el pecho a la altura de sus labios. Rachel no tardó en atraparlo con la boca, tirando del arete con tal delicadeza y a la vez fuerza que gemí como una posesa.

Su lengua jugueteó con el metal mientras colaba una mano en el hueco entre nuestros cuerpos hasta toparse con mi entrepierna. Dibujó el contorno de mis curvas con delicadeza y me apretó más contra ella, ansiosa de más contacto, de más cercanía.

—Si sigues apretándome contra ti, te voy a aplastar —jadeé incapaz de controlar las oleadas de placer que me atravesaban con cada lametón.

Sentí el frescor de su aliento al reírse.