Morir por tu amor es la condena a mis mentiras (Gemelas 2) (Costa Serena 5) 16 – GANAS
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16 – GANAS

Aquí estoy… ¿Cuáles eran tus otros dos deseos?

El lunes fui a la facultad, sin embargo —para sorpresa de nadie—, no presté atención en ninguna clase.

Emma había vuelto al trabajo después de una semana de baja, y yo sabía que cualquier movimiento en falso podría hacer que todo volara por los aires.

Mi cuerpo estaba allí, pero mi cabeza… Bueno, esa estaba en otra parte. Concretamente en el regazo de Rachel.

El martes, la cosa seguía en calma. No una calma normal, no.

Era esa calma tensa y chunga, como la que hay antes de una gran tormenta.

Esa calma que no te da paz, sino una tregua antes del desastre.

Y yo sabía que cada minuto que pasaba sin decirle la verdad era como estirar de una cuerda que estaba a punto de romperse.

El miércoles me decidí.

Me estaba volviendo loca. No podía concentrarme en nada: ni en el trabajo con África ni en los estudios ni en las conversaciones que mantenía. Todo me pasaba por delante sin enterarme de nada. Así que, con el corazón a cien, me planté en la puerta del piso de Rachel.

Tenía que terminar con eso de una vez. Iba dispuesta a decirle la verdad, toda la verdad. Sin dejarme nada. Iba a confesarle que me había hecho pasar por Emma mientras ella me abría las puertas de su casa y las piernas, aunque eso significara perderla. Y es que ya no aguantaba.

No. Podía. Más.

Iba a…

Las cosas no salieron como pensaba. Porque cuando Rachel abrió la puerta y me recibió con esa sonrisa suya, tan jodidamente honesta, segura y a la vez tan… humilde, se me atascaron las palabras.

Lo que tenía que hacer era fácil y rápido, pero ¡joder! ¿Por qué no podía?

Me quedé quieta, absorta en el brillo de sus ojos, y de repente todo lo que tenía ensayado en mi cabeza se esfumó y mi interior empezó a arder.

«Confirmado: soy la peor persona del mundo».

—Me alegra que hayas venido —me dijo con esa suavidad suya, mientras daba un paso hacia mí y acortaba la distancia entre nosotras.

«Díselo ya. No esperes ni un segundo».

Intenté abrir la boca para responder, para detener su discurso y borrarle esa bonita sonrisa que me estaba matando, no obstante, mi cuerpo y mi cerebro decidieron no obedecerme.

Y, antes de que pudiera hacer nada, Rachel se inclinó hacia mí y me besó. Y ahí fue donde la cagué del todo.

Su boca encontró la mía con una urgencia que me pilló completamente desprevenida, y la voz de mi cabeza, que me decía que tenía que parar aquello antes de que fuera demasiado tarde, empezó a perder volumen.

—Rachel…

Inspiró hondo y se separó unos centímetros.

—Mira, no me importa si no sientes lo mismo que yo —dijo, directa—. Pero sé que te atraigo y con eso me vale. Necesito sacarte de mi cabeza de una vez. Lo ocupas todo, y ya no puedo más.

—Bienvenida al club…

Tres palabras.

Tres putas palabras fueron mi condena, porque Rachel me agarró de la nuca y, sin darme opción a réplica, me atrajo hacia ella y me metió en su piso, cerrando la puerta tras de mí.

—¿Qué haces? —murmuré a un centímetro de sus labios.

—Sacarte de mi cabeza. Tenemos que zanjar esto.

—¿Comiéndonos la boca? —pregunté, alucinada, mientras ella, con su cuerpo pequeño, pero decidido, nos desplazaba hasta que mi espalda chocó contra la pared del pasillo.

—Solo necesito saciar estas ganas que tengo de ti —aclaró con la respiración entrecortada—. Sé que tú también notas esta tensión. Esta conexión.

«No es que la note, es que vivo de ella».

—Rachel… —rogué una vez más, intentando recuperar el control.

Su cuerpo estaba pegado al mío, y la pared fría del pasillo contrastaba con el calor que empezaba a encenderse entre nosotras.

Mi cabeza gritaba que la frenara, me exigía que no cediera, porque no podía seguir alimentando aquella jodida mentira. Aunque mi cuerpo…, mi cuerpo era un traidor que iba por libre y respondía a ella sin pedir permiso.

—No podemos seguir así, ma chatte —me interrumpió a la vez que deslizaba los dedos por mi cuello—. No pienses y déjate llevar.

Ese era el puto problema, que no pensaba. No había pensado desde el primer minuto. Desde que me abrió la puerta aquel mediodía, y yo, obnubilada, me dejé arrastrar, mintiendo y perdiéndome en algo que sabía que estaba mal.

Y lo normal es que no me hubiera importado. No era la primera vez que mentía en mi vida y lo había hecho sin despeinarme. Lo hacía para salir del paso, para conseguir lo que quería o para evitar consecuencias que, la verdad, ya ni me quitaban el sueño.

Hasta que la conocí.

Porque con ella…, con Rachel, la culpa me consumía.

No por el miedo a ser descubierta, sino por algo más profundo, más jodido.

Porque ella confiaba en mí, porque me miraba con esos ojos llenos de algo que no merecía para nada…

Y yo sabía que cuando todo saliera a la luz su mirada cambiaría. Todo cambiaría.

Con Rachel todo era diferente, y eso me aterraba.

—Espera, escu… —insistí intentando frenar lo inevitable, pero ella no me dejó terminar.

Su boca encontró la mía y me besó como si perderse en mis labios fuera lo único que le importara en ese momento. Y yo, por supuesto y como la egoísta que era, cedí.

Porque, siendo honesta conmigo misma, no quería perderla.

No quería perder lo que me había dado en tan poco tiempo, el soplo de aire fresco que significaba para mí, porque, ¿qué me quedaría si no la tenía?

No podía imaginar una realidad donde esa sonrisa no fuera para mí, donde ese hoyuelo que tanto me desarmaba no me diera la bienvenida.

Pese a que todos esos gestos, esos detalles, estaban construidos sobre una mentira que me ahogaba.

Gemí cuando sus manos, pequeñas y firmes, me apresaron las tetas.

Aquel duende con ojos de gata iba en serio. Quería comerme. Entera. Tal y como yo había hecho con ella hacía diez días, cuando su cuerpo se rindió a mi boca, y yo salí espantada por la magnitud de lo que sentí.

—Joder —me lamenté con la voz rota por el deseo y la culpa—. No me hagas esto, por favor.

Contuve la respiración cuando se separó unos centímetros, me miró y exhaló en mi boca.

—¿Quieres que pare? —Me sonrió como si supiera cuál sería mi respuesta.

«Díselo y se detendrá».

—Sí —mentí mientras me acariciaba las caderas—. No te convengo, francesa.

Ella soltó una risa baja que me erizó la piel.

—Deja que eso lo decida yo —rebatió desafiándome—. Además, ya te dije que esto solo es para sacarte de mi cabeza. No te voy a pedir amor eterno, solo me voy a cobrar el favor del otro día y listo.

—Creí que estábamos en paz.

—Mentí.

«Bienvenida al lado oscuro. ¿Por casualidad traes una linterna?».

Eché la cabeza hacia atrás cuando su mano me levantó el vestido de lana que le había robado a Sofía y, con una precisión que me dejó temblando, deslizó los dedos hasta la cara interna de mis muslos, donde me acarició por encima de las medias.

—Francesa… —jadeé—. No despiertes a la bestia, por lo que más quieras.

Su risa suave y peligrosa se coló por mi torrente sanguíneo como un veneno adictivo.

—No me vas a asustar.

—Pues deberías estar muerta de miedo. —«Como lo estoy yo», añadí en mi mente.

Ella me lanzó una mirada cargada de desafío antes de colar la mano entre mi abdomen y la licra, y la hundió hasta toparse con mi entrepierna, que estaba más que dispuesta; me había salido extrovertida la criatura, ¿qué le iba a hacer?

Cerró los ojos durante un segundo, centrándose en el ritmo de sus dedos mientras jugueteaba con mis pliegues, deslizándose con facilidad gracias a lo húmeda que estaba.

—Me gusta que estés tan suave —murmuró.

«Maravillas de la depilación láser, de nada», pensé, pero no me dio tiempo a verbalizarlo, pues algo mucho más honesto y peligroso se escapó de mis labios.

—Tú me gustas más a mí —solté sin filtro.

En cuanto las palabras salieron de mi boca, me di cuenta de que, joder…, era la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Y ¿no era esa la razón por la que había ido a su casa, para ser sincera?

«No cuela, mentirosa».

La besé, decidida a mantener la boca ocupada en otros menesteres y evitar que la muy cabrona siguiera soltando cosas que no debía. Rachel gimió contra mis labios, sorprendida por mi arrebato, aunque no tardó ni medio segundo en recuperar el control.

Con un tirón rápido, me bajó las medias hasta dejármelas a medio muslo y sus dedos, ágiles y despiadados, empezaron a moverse con una habilidad que me desarmó por completo.

Se hundió en mí, empapándose con cada caricia, trazando formas que me volvían loca hasta que, por fin, se concentró en el lugar exacto.

—Maldita se… Joder —jadeé cuando aumentó la presión y la intención de sus movimientos.

Mi cuerpo estaba tan tenso que pensé que me rompería. A aquellas alturas yo era incapaz de disimular el placer que me hacía sentir.

— Tais-toi, ma chatte. Les voisins [18] —susurró con una sonrisa que me hirvió la sangre.

Se la borré de un mordisco.

—No me hables en francés. —Intenté parecer firme, pero mis palabras se quebraron en el aire cuando combinó la penetración de uno de los dedos con la presión perfecta sobre mi clítoris. La espalda se me arqueó contra la pared mientras la odiaba y deseaba a partes iguales.

La maldita sabía exactamente lo que hacía, era toda una experta en el arte de dar placer a una mujer, y cada condenado movimiento me acercaba más y más al borde. Y yo, a pesar de todo, a pesar de seguir quejándome entre susurros, no iba a hacer nada por detenerla.

—Shh… —murmuró sin dejar de mover los dedos, cada vez más profundos, cada vez más rápidos—. Déjate ir.

Me aferré a su pequeña cintura, intentando no desmoronarme mientras mi cuerpo temblaba y cada músculo se tensaba bajo su toque. La pared era lo único que me mantenía en pie, pero incluso ese apoyo empezaba a ser insuficiente con lo que me estaba haciendo sentir.

¿Cómo podía volverme loca tan rápido con una sola mano? En serio, eso no me había pasado en la vida.

—No me… No lo… —gemí sin saber ni siquiera lo que estaba diciendo.