Morir por tu amor es la condena a mis mentiras (Gemelas 2) (Costa Serena 5) 15 – ELLA #2
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15 – ELLA #2

—Porque sé demasiadas cosas sobre tu obra y milagro para tenerme de enemiga. —Puse los ojos en blanco, y ella hizo un gesto con la mano sobre el sofá—. Anda, ven aquí y nos tumbamos un rato juntas. Tengo frío, y tú hueles muy bien a limpito. Total, no tienes prisa, ¿no?

—Eres una pesadilla —susurré resignada y me levanté para ocupar el sofá junto a ella—. Al menos podrías haberte cambiado de ropa.

Me observó con una sonrisa torcida, disfrutando de la situación, y agarró una manta gris para taparnos a ambas cuando me acomodé a su lado. Durante más de media hora nos quedamos en silencio, con la televisión de fondo, pero yo sabía que esa calma no duraría mucho. No con Sofía.

—Cuéntame más cosas de esa profesora de Francés—murmuró y giró la cabeza hacia mí.

—No hay nada más que contar.

Evité su mirada y me concentré en la pantalla, aunque no estaba prestando demasiada atención a nada de lo que pasaba en la serie.

—Vale…

El hecho de que se mostrara tan tranquila me puso aún más nerviosa. Sabía que no lo iba a dejar correr tan fácilmente.

«Siguiente movimiento en tres…, dos…, uno…».

Comenzó a deslizar la mano por mi muslo de forma casual, trazando círculos que subían un poco más cada vez. Sentí su calor, la familiaridad del gesto, pero, por primera vez, aquel contacto no despertó en mí ninguna sensación.

Cuando llegó al borde de mi —su— tanga, le agarré la mano y la detuve.

—Hoy no… —Me miró con una ceja alzada—. No tengo cuerpo para esto.

Sofía me observó durante unos segundos y su sonrisa no tardó en convertirse en una mueca de suficiencia.

Oh, no. Conocía demasiado bien esa cara.

—No me jodas, Di. ¿En serio?

Mierda, acababa de despertar a la cotilla que vivía dentro de ella.

—Estoy hecha polvo —me justifiqué, aunque supe que no la engañaba. Con Sofía no hacía falta hablar para que lo captara todo.

—Vale, no insistiré —aceptó levantando la mano en son de paz—. No nací ayer y sé que esa cara de apio revenido que traes tiene nombre de mujer y empieza por egge.

Traté de mostrarme indiferente ante sus palabras y su patética interpretación del acento francés. No sabía si negar lo obvio o inventarme alguna excusa ridícula, pero mi amiga me conocía lo suficiente como para saber que algo había cambiado. Algo gordo.

—Tú sí que tienes cara de apio revenido.

¿El culofino de tu ex te dejó tan insatisfecha anoche que otra vez has tenido que recurrir a tu amigo a pilas?

Te lo has dejado en la ducha, por cierto.

El pobre, ahí solito… —la piqué intentando desviar la conversación—.

No sé por qué te empeñas en tirarte a semejante inútil, si no sabe hacer una línea recta ni con una regla.

—Una salchicha al año no hace daño —se justificó y me sacó la lengua cuando la miré burlona.

—Donde se ponga una buena mariscada…

Su sonrisa se ensanchó y supe que la había cagado.

La había cagado bien.

—¿Eso fue lo que cenaste tú?

—Tienes un modo muy extraño de «no insistir».

—Solo dime sí o no.

—No.

—¿Pasó algo anoche entre la profesora de Francés y tú?

—No.

—¿De verdad? —Elevó una ceja.

—De verdad.

Entrecerró los ojos, y yo me mordí la lengua.

—¿No ha pasado nada entre vosotras? —insistió, porque de tonta no tenía un pelo.

—¿Anoche? No.

Dio un gritito absurdo y no pude evitar sonreír.

—Lo que quiere decir que sí ha ocurrido en otro momento.

Me levanté del sofá y estiré los brazos. Ella se sentó sin dejar de mirarme.

—Me largo.

Soltó una carcajada victoriosa.

—¡Lo sabía!

Rodé los ojos mientras me colocaba de nuevo la chaqueta.

—¿Dónde está mi teléfono?

—No te lo voy a dar —me chinchó—. ¿Cómo la tienes guardada en la agenda?

—A ti te lo voy a decir.

Rebusqué entre la mierda que había sobre la mesa.

—¿« Ma cherí »? No, demasiado obvio. ¿«Profe buenorra de Francés»?

—Yo no he dicho que esté buenorra —me burlé.

—No hace falta, tu cara me dice todo lo que te empeñas en ocultarme —rebatió mientras me terminaba de poner los zapatos—. Y que me hayas dicho que no cuando he intentado meterte mano, algo que, recalco, jamás has hecho antes, solo lo ha confirmado.

—Una cosa no tiene nada que ver con la otra.

—Oh, por supuesto que no —me dio la razón con burla y satisfacción.

—¿No te cansas de ser tan insoportable?

Por fin di con el teléfono bajo unas servilletas manchadas de vete a saber qué.

—Para nada. —Sonrió ampliamente—. Y menos si me vas a seguir dando este tipo de material. ¡Diana Remo Delgado enamorada! Esto no pasa todos los días…

—Deja de decir gilipolleces —la corté, pero en cuanto las palabras salieron de mi boca supe que solo le había dado más munición. Lo mejor hubiera sido ignorarla—. Te juro que no vuelvo a dirigirte la palabra si sigues por ahí.

—Vaaale, está bien… No te daré más la brasa con tu no enamoramiento hacia Rachel, la profesora buenorra de Francés —aceptó sin que el brillo divertido en sus ojos disminuyera. Me dirigí hacia la puerta, y ella se puso de rodillas en el sofá para mirarme—. ¿Cuándo me la vas a presentar?

—Paso de tu culo —bufé.

—¡Espero que sea antes de la boda! —me chilló justo antes de cerrar la puerta y dejarla allí dentro con sus estupideces.

Solté un suspiro aliviado una vez estuve fuera, aunque el eco de las palabras de Sofía seguía retumbando en mi cabeza, como si aquello fuera el chiste del año.

Sacudí la cabeza para alejar esa sensación incómoda y me metí en el autobús de regreso a casa. El trayecto se me hizo más largo de lo normal. Mi mente no paraba de dar vueltas a todo lo ocurrido y a la maldita charla con Sofía, y ya estaba harta de tanto pensamiento absurdo.

En cuanto llegué, subí las escaleras con toda la intención de ponerme algo de buena música y perderme en el ordenador un rato, pero algo me detuvo en seco al subir a la primera planta.

Risas.

Y provenían de la habitación de Emma.

Fruncí el ceño. ¿Había vuelto ya de Barcelona? Me acerqué más a su puerta y la abrí con cuidado, y me topé con mi hermana tumbada sobre la cama, con las piernas cruzadas y el teléfono pegado a la oreja.

Miró hacia mí, se incorporó y, cuando se dio cuenta de quién era la que había interrumpido su conversación, me observó con los ojos muy abiertos.

—Jaime, dame un segundo, por favor. —Se apoyó el teléfono contra el pecho y me miró—. Dime.

Apreté la mandíbula ante su tono distante.

—Perdona. Escuché ruido aquí dentro y me resultó extraño. No sabía que habías vuelto de Barcelona.

—Pues… sí —contestó con obviedad—. Aquí estoy.

No supe qué más decir, porque había tantas cosas agolpadas en mi mente que ninguna conseguía tomar forma.

Asentí y me despedí sin más. Cerré la puerta de su habitación y caminé hacia la mía con tal revoltijo en mi mente y en mi cuerpo que me paseé arriba y abajo en mi dormitorio para tratar de calmarme.

Sí, me alegraba que el tema entre ella y Jaime pareciera estar solucionado, pero eso no borraba el hecho de que las cosas entre nosotras seguían mal.

Su forma de evitarme desde hacía días y la manera en la que me había hablado lo dejaban claro: no quería saber nada más de mí.

Me dejé caer sobre la cama y miré al techo. Mi vida era un jodido caos constante, como si todo lo que tocaba se estuviera yendo a la mierda a cámara rápida y no tuviera ni idea de cómo pararlo.

Desbloqueé el teléfono que hasta ese momento había mantenido en silencio y la angustia creció dentro de mí, porque entre todas las notificaciones sin revisar había varios mensajes de Mario preguntándome si seguía viva, otro de Thiago, que borré, y uno de Rachel con una sola frase que puso mi mundo del revés: «No puedo sacarte de mi cabeza, ma chatte ».