15 – ELLA
Quien tiene una amiga tiene una mosca cojonera
Cuando volví a abrir los ojos la luz había cambiado y el olor a comida que se filtraba por la puerta entreabierta hizo que me relamiera.
Me incorporé y, para mi sorpresa, descubrí que me sentía mucho mejor.
—Pues al final sí que me vas a tener que dar la receta de ese brebaje milagroso —le dije a Rachel cuando salí y la vi sentada en el sofá.
La mesa estaba preparada para dos comensales, pero los restos de su plato y el hecho de que estuviera con un libro entre las manos me dejaron claro que ella ya había comido.
Levantó la vista de entre las páginas y me dedicó una sonrisa.
—¿Te encuentras mejor? —preguntó con tono amable, y yo asentí.
—Como nueva.
—¿Tienes hambre?
Asentí de nuevo, y ella cerró el libro y se levantó, a pesar de que le dije que no era necesario. Me mandó al sofá cuando se puso a apartarme comida en un plato y obedecí refunfuñando, aunque no dejé de observar cómo se movía por la cocina.
Era hipnotizante.
— Bon appétit —me dijo cuando colocó un plato de pasta humeante frente a mí. La boca se me hizo agua—. Los carbohidratos van genial para…
—La resaca —terminé por ella—. Lo he pillado. Estás en todo.
Ella sonrió con un gesto de suficiencia, y puse los ojos en blanco, sin embargo, en cuanto me metí una porción en la boca, me vi obligada a cambiar el gesto.
—Mira, francesa, tú a mí no me engañas. Admítelo, eras chef en otra vida.
Negó con seriedad.
—Qué va, era paleontóloga.
Lo dijo con tal convicción que dejé de masticar y la observé alucinada. Ella me sostuvo la mirada y luego se echó a reír pasados unos segundos.
—Eres buena. Ya te has quedado conmigo dos veces. —«¿Dos? Se ha quedado contigo entera y para siempre, idiota».
Carraspeé.
—Come.
Ahí estaba, esa vena mandona…
—Soy demasiado curiosa para no preguntarte cómo es que sabes tantos remedios para borrachas sin solución como yo.
Pinché más macarrones de la cuenta y tuve que taparme la boca para no enseñarle la comida al masticar. Ella se movió y se apoyó en el respaldo del sofá, cruzando los pies para sentarse sobre ellos. La miré de reojo y me di cuenta de que tenía la vista perdida.
Tardó unos segundos en volver a hablar y cuando lo hizo su tono era un poco más distante.
—Cuando vivía en Francia no solo tenía que cuidar de mi madre —empezó a decir, y yo supuse que Emma sabría parte de esa historia—.
Vivíamos con mi tío y, bueno, él volvía borracho todos los días.
Me pasaba las noches asegurándome de que mamá estuviera bien y tratando de calmar a mi tío para que no la despertara.
A veces, estaba tan cansada que ni siquiera podía dormir.
La sinceridad en su voz detuvo el movimiento de mi mandíbula. La miré, la miré de verdad, y vi el cansancio y el dolor en su expresión. Aquello era un relato de supervivencia y de responsabilidad, y me sentí una traidora por estar escuchando parte de su historia.
—Eso suena… —dije buscando las palabras adecuadas—. Eso suena muy duro. Lo siento.
—No pasa nada —le restó importancia—. No es algo de lo que hable mucho, la verdad. Pero tú eres mi amiga.
«No. No soy tu amiga, Rachel. Las amigas no se engañan de esta manera».
La forma en la que habló… Había una fortaleza increíble en su vulnerabilidad, aunque la conversación había tomado un giro tan profundo que no quise seguir alimentando aquella mentira en la que ella ni siquiera sabía que estaba metida.
—¿Me dejas usar tu teléfono? El mío se lo debió de quedar Sofía y tengo que llamar a casa para que al menos sepan que sigo viva. Norma número uno de los Remo Delgado: «Si no vienes a sobar, más te vale avisar».
Ella forzó una sonrisa y lo sacó del bolsillo de su sudadera.
Me lo tendió sin hacer preguntas, y yo me aparté un par de pasos hasta acercarme a la ventana.
Rachel volvió a acomodarse en el sofá y agarró el libro que estaba leyendo.
Me di la vuelta y no sé si fue cosa mía, pero sentí su mirada clavada en mi espalda mientras el teléfono daba el primer tono.
—¿Dígame?
—Mamá, soy yo —dije sin querer pronunciar mi nombre—. Oye, Sofi se quedó con mi teléfono ayer y no he podido avisarte de que no iba a dormir a casa. Lo siento.
—¿Estás bien? —me preguntó preocupada, como buena madre de polluelos que era.
—Sí, sí. Tranquila —le aclaré y estudié a Rachel a través del reflejo del cristal. Confirmado: me estaba observando—. Todo bien. Estoy con una compañera, ya voy para allá. Me pasaré antes a recoger mi teléfono, solo quería avisarte, ¿vale?
Un par de segundos de silencio.
—Vale, cielo. Te quiero.
—Y yo a ti, mamá.
Colgué y me volví hacia Rachel, que me seguía observando mientras se mordisqueaba el labio con una expresión seria. Me rehuyó la mirada cuando le tendí el teléfono.
—Gracias.
— De rien.
Sentí que tenía que decir algo más.
—Y gracias también por cuidar de mí. —Se encogió de hombros.
—Para eso están las compañeras —dijo con una sonrisa, aunque sus ojos mantenían una frialdad que me hizo sentir incómoda.
Asentí sin saber cómo continuar. Me daba la sensación de que el ambiente se había enrarecido demasiado.
«Huye. Huye mientras puedas».
—Bueno… —me aclaré la garganta—. Creo que ya es hora de irme.
Por un momento temí que insistiera en que me quedara un poco más, pero en su lugar asintió sin oponer resistencia.
—¿Nos vemos mañana?
—¿Ma… —Estuve a punto de cagarla. Se refería al colegio. Mierda—. Sí, claro. Supongo que sí.
—No te importa si no te acompaño a la puerta, ¿verdad?
No había ni una pizca de reproche en su tono, pero de alguna absurda manera a mí me dolió escucharla tan indiferente.
—Sin problema.
— Au revoir .
Fruncí el ceño mientras agarraba mi chaqueta y me dirigía hacia la puerta. Eché un último vistazo hacia atrás y lo único que vi fue su cabeza agachada en dirección al libro. Sabía que era lo mejor, aunque esa falta de reacción me dejó helada y con un regusto amargo en la garganta que no entendía.
Cogí el autobús de línea desde la zona pija hasta la casa de Sofía e ignoré las miradas que me dirigía la gente.
Cuando entré en la destartalada casa de mi amiga, los restos de la fiesta que se había montado la noche anterior aún estaban por todas partes.
Prendas tiradas por el suelo, algunos vasos en el recibidor y una mezcla de olor a sexo y tabaco impregnaba el ambiente.
Su padre debía de estar otra vez en casa de la nueva novia, porque aquello parecía un estercolero.
Sofía estaba tirada en el sofá, descalza, despeinada y con la camisa que llevaba la noche anterior su ex a modo de vestido, lo cual me dio una idea bastante clara de cómo y con quién había terminado su velada.
Me recibió con una sonrisa perezosa, como si no se sorprendiera de verme.
—Vaya, mira quién ha decidido honrarme con su presencia —comentó mientras se estiraba y hacía un gesto hacia el desorden del salón—. Te perdiste una buena fiesta privada anoche.
Sonreí y me quité la chaqueta, que dejé en el respaldo de una silla.
—Seguro que lo pasaste mejor que yo.
—¿Y eso? —Me miró extrañada—. Lo último que supe de ti es que te habías ido con tus dioses del sexo. ¿No dieron la talla?
Aparté unos calcetines usados del brazo del sillón antes de sentarme.
—Ya… Pues no. Me abandonaron en la cuneta como a un perro en verano —exageré—. He amanecido esta mañana con una resaca de la hostia en casa de una buena samaritana que me recogió y me dio cobijo.
Sofía soltó una carcajada y me dirigió una mirada de esas típicas suyas con las que conseguía hacer hablar hasta a un mudo. Me levanté con la clara intención de huir y darme una ducha.
—¿Tengo que ponerme celosa? —bromeó.
—Preguntó la que se trajo a casa a su ex y hoy está rellena como un pavo navideño.
—Si solo hubiera sido a mi ex… —Elevé ambas cejas y asentí con aprobación—. Ya te he dicho que te perdiste una buena fiesta.
—Ya veo, ya… Te pillo algo de ropa.
Ella asintió, y yo me escabullí al baño, donde esperaba que el agua caliente me despejara las ideas.
Sin embargo, la ducha no fue tan reparadora como me hubiera gustado, pues mi maldita mente volvía una y otra vez a Rachel.
A esa fragilidad cuando habló de su pasado, a esa despedida fría y casi indiferente que me había dedicado…
No hubo reproches, pero tampoco sentí la complicidad que habíamos compartido antes.
Solo estaba esa mirada vacía, como si de repente yo hubiera dejado de importar.
Y dolía. Joder que si dolía…
—¿Qué te pasa? —me preguntó mi amiga con el ceño fruncido cuando me dejé caer en el sillón de relax un rato después.
—Nada.
—¿Y por qué tienes esa cara?
—Aún tengo mal cuerpo de la resaca —mentí.
Sofía me observó un momento más, como si no creyese del todo mis palabras, aunque finalmente se encogió de hombros y se estiró de nuevo en el sofá. Cuando suspiré por segunda vez se incorporó como si algo le hubiera pinchado la espalda.
—¿Qué demonios te pasa, tía? —insistió.
Bufé.
—Qué pesadita eres —me quejé alcanzando el mando de la televisión—. ¿Vemos algo decente y no esta mierda de serie empalagosa?
—¡Emily Cooper [17] es genial y está buenísima!
Además, a mí no me engañas… —dijo alzando la botella de agua antes de dar un largo trago mientras yo buscaba la serie que solíamos ver juntas, con mucha más intriga y menos besos—.
¿Tiene que ver con esa buena samaritana?
Porque me da que no se trata de cualquiera.
Jodida Sofía. Qué puntería.
—No vas a dejar de dar por culo hasta que te lo diga, ¿verdad? —Asintió con una mueca de suficiencia—. Se llama Rachel, la conocí la semana pasada.
—Aja… —murmuró con tono interesado.
—Es una compañera de trabajo de Emma.
—¿Y qué más?
—Da clases de Francés.
—Interesante… Ahondemos en eso. —Se sentó con las piernas cruzadas—. Sé que detrás de esa mierda de explicación hay mucha más información que no me estás dando. Te conozco demasiado bien como para pasar por alto esa cara de perrito pachón que tienes.
—No sé por qué sigues siendo mi amiga —me quejé—. Eres como un grano en el culo.