Morir por tu amor es la condena a mis mentiras (Gemelas 2) (Costa Serena 5) 14 – Resaca
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14 – Resaca

La resaca es temporal. Las consecuencias de la borrachera son para siempre

Me despertó un pinchazo tan fuerte en la sien que pensé que el mundo entero se me había caído encima. Abrí los ojos despacio, intentando ubicarme, aunque todo lo que veía eran sombras borrosas y un poco de luz que se colaba entre las cortinas.

Tenía la boca seca como si llevara una semana perdida por el desierto y el sabor ácido que sentía en el fondo de la garganta me hizo contener una arcada. Estaba clarísimo: tenía la resaca del siglo.

Quise volver a cerrar los ojos y enterrarme viva bajo las sábanas. Intenté incorporarme, pero el mareo me pegó fuerte.

—¿Dónde coño estoy? —pregunté en voz alta mirando la cama.

Las sábanas estaban arrugadas y el edredón hecho un lío en los pies del colchón. Al otro lado no había nadie, aunque las marcas dejaban claro que no había dormido sola.

Me acerqué y olí la almohada.

Mierda, ese olor era más que familiar. Era ella. Mi francesa favorita.

Me apoyé en los codos para incorporarme, y en el proceso una cajita de lata cayó de la mesilla con un estruendo que me hizo apretar los párpados. Solté una maldición y justo en ese momento la puerta se abrió, y ella apareció en el umbral.

— Bonjour —me saludó mi tortura comestible con una sonrisa cálida, de esas que te joden la vida y las bragas—. ¿Cómo estás?

Entró, cerró la puerta y caminó hacia mí con pasos suaves, pero decididos. Mis ojos se fueron directos a su ropa: llevaba unos leggins que dejaban poco a la imaginación y una camiseta ajustada de manga larga pegada a su cuerpo sudado.

—¿De dónde vienes? —grazné con la voz ronca.

—He salido a correr —respondió, con la piel radiante y las mejillas sonrosadas.

Vale, confirmado: esa mujer y yo éramos como la noche y el día.

—¿Qué demonios le pasa al mundo con el deporte? —me quejé y me dejé caer otra vez en la cama.

Desde ahí tenía una nueva perspectiva de su perfil y se me secó un poco más la boca. «Bendito culo y alabados sean los fabricantes de fibras elásticas del mundo».

—Mantenerse activo es importante para llevar una vida sana, ¿lo sabías? —dijo demasiado alto para mi cerebro resacoso. Su tono llevaba una pizca de diversión y doble ración de sarcasmo—. Aunque no parece que te importe mucho teniendo en cuenta la borrachera que llevabas anoche.

Me apoyé en la frente, tratando de calmar el dolor.

— Ta gueule.

El silencio llenó la habitación unos segundos. Por fin.

—¿Me acabas de mandar a callar en francés? —me preguntó, alucinada.

Mierda.

—Me mata la cabeza —me quejé evitando responder.

Rachel se acercó, me retiró el brazo y me tocó con delicadeza la frente. Abrí los ojos para observarla de cerca, pero enseguida usó la otra mano para cerrármelos de nuevo. Fue extremadamente cariñosa, como si no quisiera que nada me molestase.

—Déjame cuidarte. Te voy a traer algo para el malestar —susurró con esa voz calmada que empezaba a ponerme de los nervios por lo que me hacía sentir.

Antes de poder recrearme en su contacto, este se desvaneció y me quedé sola en la habitación, enredada en un mar de sábanas desordenadas.

Fue entonces cuando me di cuenta de que tenía la vejiga a punto de reventar, así que me levanté a duras penas, tambaleándome como si el suelo se moviera bajo mis pies.

Llegué al baño de milagro y, después de liberar mi pobre vejiga, me miré en el espejo. Me sorprendió no tener pinta de zombi, teniendo en cuenta que me sentía como si acabara de resucitar de una muerte lenta y dolorosa, y mi cuerpo aún no se hubiera recuperado de su viajecito desde el infierno.

Me lavé las manos y la cara con agua fría, y traté de quitarme los restos del maquillaje corrido con una toallita. Cuando volví al dormitorio, Rachel ya estaba allí, con una sonrisa y un vaso en la mano.

—Es un remedio casero contra la resaca —aclaró al notar mi cara de desconfianza.

El líquido tenía un color naranja radioactivo, un olor poco apetecible y parecía denso.

—¿Qué lleva esto? ¿Me quieres envenenar o qué? —pregunté levantando una ceja.

—Zanahoria, naranja, limón y miel —enumeró. Me atreví a darle un primer sorbo y fruncí la nariz—. No está tan malo, n’exagère pas [15] .

—De esto no quiero media docena.

Rachel soltó una risita cuando me dio un escalofrío, y bebí de nuevo bajo su atenta mirada.

—Buena chica —me animó cuando le di el último trago—. Descansa un poco y te aseguro que te sentirás mejor.

Me dejé guiar por su mano en mi espalda, que me llevó de vuelta a la cama. Las sábanas, como por arte de magia, estaban bien estiradas y abiertas en un lateral para acogerme de nuevo.

—Qué maravilla —dije mientras ponía el vaso en la mesilla de noche y me tumbaba.

Gemí de placer cuando mi cuerpo volvió a estar en horizontal.

—¿Necesitas algo más?

Doble ración de arrumacos franceses.

«¡¿Qué?! ¿De dónde demonios ha salido semejante gilipollez?».

—¿Me vas a contar cómo he acabado en tu piso?

Las cejas se le dispararon.

—¿No te acuerdas?

—Pues parece que no.

—Me invitaste a una orgía.

Estuve a punto de regurgitar el zumo de naranja fosforito y escupirlo en las sábanas.

—¿Qué? —Tosí—. ¿Me estás vacilando?

—No —aseguró—. Saliste de un local con dos tíos, me explicaste que eran como dos dioses del sexo o algo así, y después me invitaste a unirme a vosotros.

Intenté recordar y me vino un flash rápido.

—¿Mario y Gustavo?

—Sí, creo que se llamaban así. Aunque a uno lo llamabas Gusgus.

Solté una carcajada.

—¿Y no me descuartizó allí mismo? —Me acurruqué con la manta bajo su atenta mirada.

—No. Te iban a llevar a casa, pero los convencí para que te trajeran aquí.

—Y me abandonaron en manos de una desconocida… —exageré—. ¡Qué majos! Sí, señor. Ahora mismo podría estar hecha cachitos en el fondo del mar, y ellos tan tranquilos.

—Claro que sí —me dio la razón como la loca que era.

Me eché a reír, intentando recordar lo que había ocurrido la noche anterior. Las imágenes eran borrosas, como luces distorsionadas, aunque algo de lo que me estaba contando me resultaba familiar, así que la creí.

Mario, Gustavo y mi brillante idea de invitar a Rachel a la fiesta… Sí, eso sonaba a algo que hubiese hecho estando borracha, efectivamente.

—Entonces, ¿no hubo orgía? —pregunté medio cerrando los ojos.

Rachel resopló, pero cuando la miré sus ojos estaban llenos de paciencia. ¿Es que nada de lo que hiciera podía sorprender a esa mujer?

—No. Solo acabaste en mi cama… Y, antes de que preguntes —añadió anticipándose—, te aseguro que no pasó nada entre nosotras. Tu honra está intacta.

—Qué decepción —me quejé de forma dramática, sin embargo, una parte de mí se alegraba. No por ninguna razón en particular, sino porque no recordaría nada. Y, bueno, también porque me había prometido a mí misma distanciarme de Rachel y dejar de cagarla, claro.

«Por supuesto, bonita. Porque invitarla a una orgía y acabar durmiendo a su lado es una buena y efectiva forma de no cagarla. Loca borracha…».

—No me va la necrofilia —dijo ella desde la puerta, y fruncí el ceño—. Estabas KO.

Me lanzó una mirada entre risueña y cargada de ese cariño que me seguía descolocando, y de repente sentí una incomodidad que nada tenía que ver con la resaca ni con la cagada de la noche anterior, sino más bien con el hecho de estar sola con Rachel, justo donde la había devorado entera hasta que se rompió de placer.

—Supongo que ahora te debo una —le dije.

—No es nada.

—Rachel —la llamé justo antes de que se fuera. Se giró—. Gracias.

Sonrió de medio lado.

— Je t’en prie [16] . Descansa. Estaré aquí cuando despiertes.

Me detuve a tiempo antes de decirle que me gustaría que estuviera para siempre.