13 – Olimpo
Necesito respiración boca a vodka
Dos días después, las cosas parecían empezar a enderezarse.
Emma ya estaba en Barcelona con Jaime y, por lo que escuché de pasada en una conversación de mis padres, la reconciliación iba viento en popa.
Y, aunque una parte de mí se alegraba por ellos, otra seguía atrapada en el limbo de mi propio tormento y resentimiento particular, y no ayudaba el hecho de que Thiago continuara enviándome mensajes intensitos que trataba de ignorar.
Era sábado, por lo que, cansada de aguantarme, busqué a algunas amigas con las que solía salir de fiesta cuando necesitaba un poco de distracción. No me costó demasiado tener plan para esa noche, recogería a Sofía y luego nos encontraríamos con el resto en un bar del centro.
—Hola, petarda —me dijo mi amiga cuando me encontró en su portal—. Dichosos los ojos.
Estaba deslumbrante, con el pelo moreno corto peinado en todas direcciones; ese cuerpo torneado, que había recorrido en numerosas ocasiones con las manos y la boca, embutido en un vestido negro corto, y los ojos rasgados, que me recordaron a los de cierta profesora en apuros.
«Joder… Que alguien apague de una vez la película francesa sin subtítulos, por favor».
—Hola, tú —la saludé con una sonrisa y me dio un pico rápido.
Lo recibí con naturalidad; al fin y al cabo, no eran pocas las veces que nos habíamos liado desde hacía cuatro años. Sin embargo, en cuanto nos separamos, mi mente traicionera proyectó una imagen que me descolocó por completo.
«Sal de mi cabeza, maldita sea».
—¿Y esas ojeras?
—La mala vida. —Le guiñé un ojo, y Sofía soltó una carcajada.
Sin decir nada más, le tendí el teléfono en un gesto habitual entre nosotras cuando salíamos, ya que no me gustaba llevar bolso, y ella lo guardó como si fuera lo más normal del mundo.
—Mejor no pregunto, ¿no?
—Mejor.
Enroscó el brazo alrededor de mi codo y se apoyó en mí para andar con mayor estabilidad sobre esos tacones de infarto que llevaba. Los míos, aunque igual de altos, tenían más base, así que me sentía más segura.
Dejé que parlotease sobre las últimas semanas y me pusiera al día mientras caminábamos y, cuando cruzamos la puerta del local, supe que la noche iba a ser buena.
La música retumbaba con fuerza desde los enormes altavoces y las luces de neón parpadeaban en un torbellino de colores.
El ambiente estaba cargado de una energía eléctrica que me arrancó una sonrisa.
Por todas partes había gente dispuesta a darlo todo y, sin pensar demasiado, me dejé arrastrar por la marea. Bebí más de lo que había planeado, pero el alcohol parecía una de mis mejores opciones para desconectar de todo, al menos por un rato.
Un par de horas después, mis amigas se habían dispersado.
Algunas estaban en la barra, coqueteando con los tíos que se les acercaban; otras bailaban en un rincón junto a un reservado.
Sofía, por su parte, estaba muy ocupada metiéndole la lengua hasta la campanilla a un viejo conocido, un compañero de instituto de ambas con el que había tenido una relación años atrás y que, en ocasiones, solía utilizar como consolador humano.
Me escabullí cuando el camarero me sirvió por fin otras dos copas y, tambaleándome, llegué hasta la pista de baile.
Allí me dejé llevar por la música comercial que poco a poco desdibujaba los contornos de mis preocupaciones.
Cada trago apagaba un poco más el ruido de mi cabeza, así que no paré de beber.
Entre tantos hits pegadizos, de repente sonaron los primeros acordes a piano y batería de Livin on a prayer , de Bon Jovi, y eso fue todo lo que necesité para liberarme del todo.
Al llegar al estribillo me lancé a cantar a pleno pulmón, moviéndome como si no hubiese decenas de personas a mi alrededor. El mundo se desvaneció en una neblina de luces y sonidos, hasta que sentí unas manos en mi cintura y el calor de un aliento en mi oreja izquierda.
—¡Diana Remo Delgado! —gritó una voz masculina que me arrancó de golpe de mi frenesí y me hizo fruncir el ceño.
Me di la vuelta y mi sonrisa se ensanchó al ver quién era.
—¡Mario! —exclamé lanzándome a sus brazos con efusividad.
Cuando me agarró por la cintura y me alzó en volandas pude notar el calor de su cuerpo y el peso de la bebida en mis piernas. Se movió conmigo por la pista y se detuvo a un lado.
—¡Separa tus manos de mi novio, lagarta! —gruñó otra voz de tío.
Solté una carcajada cuando Mario me devolvió al suelo y la cara sonriente de su chico me dio la bienvenida.
—¡Gusgus! —grazné, eufórica.
—No me llames así, perra mala del infierno, que no soy el ratón gordo de la Cenicienta —se quejó cuando lo abracé con fuerza, aunque su tono y esa sonrisa bonachona de dientes blancos no pudieron ocultar su diversión.
—¿Estás sola? —me preguntó Mario mientras me agarraba de la cintura en un gesto protector justo cuando trastabillé al dejar una de mis copas ya vacías en el poyete más cercano.
—No. —Observé alrededor, pero mi vista nublada por el alcohol me impidió encontrar a nadie—. O sí, no estoy segura. ¿Qué más da? Venid, os invito a otra copa.
Mario negó con la cabeza y miró a su novio con una expresión de resignación.
—Nos vamos ya. Gustavo está cansado, trabajó esta mañana. —Se me acercó al oído y alzó la voz por encima de la música sin dejar de mirarlo—. ¡Los treinta le han sentado fatal!
—Eso te pasa por buscarte un novio tan viejo —bromeé y se me trabaron algunas sílabas.
—Viejo… —soltó el aludido—. ¿Invitamos a Diana a tomarse la última en casa y os demuestro otra vez cómo de viejo estoy, muchachitos?
Giré el cuello hacia Mario, que lo miró con una ceja alzada. Debían de haber hecho el mismo cursillo que mis padres, porque fui incapaz de seguir el ritmo de su conversación silenciosa.
Apoyé la cabeza en el pecho mullido de Gusgus.
—¿Estás bien? —me preguntó, y yo asentí, refregando la mejilla contra su chaleco. Estaba tan suave…
—Mucho.
—Anda, vamos —dijo Mario, y ambos me ayudaron a caminar para salir del bar.
En el recorrido, escoltada por mi pareja preferida, me crucé con una de mis amigas, a la que le dije que me marchaba. Ella me guiñó un ojo, y yo solté una barbaridad sobre lo que pensaba hacer con los dos, aunque Mario me silenció con su mano y no pude terminar mi explicación.
Una vez fuera, me liberó de su mordaza, y yo me carcajeé apoyándome en los enormes brazos de su novio.
—¿Has venido en coche? —preguntó Gusgus. Negué con los ojos cerrados y la frente apoyada en su pectoral izquierdo—. ¿Si te suelto podrás mantenerte en pie?
—Claro —dije y traté de erguirme toda digna, aunque en cuanto me soltó me tambaleé un poco hacia un lado.
Mario me interceptó, y reí de nuevo, dejándome abrazar por él.
—Está más fina que un piano —comentó, y bufé burlona.
—¿Emma? —Me llegó una voz que me resultó demasiado familiar.
Fruncí el ceño.
—Y dale… No soy… —Me callé de golpe cuando eché el cuello atrás.
No pude creer lo que veía. ¿Lo estaría soñando? ¿Sería una ilusión provocada por todo el vodka y los chupitos de tequila que me había bebido? Tenía que ser eso, porque, ¿de qué otra manera iba a ser posible que Rachel estuviese allí, frente a nosotros, sola y preciosa?
Solté una risita absurda cuando pensé en que quizá Gusgus sí que era en realidad ese ratón del que tanto se quejaba y parecía haberse camelado al hada madrina para concederme mi primer y más preciado deseo.
—¿Estáis viendo a una elfa con los ojos más increíbles del mundo y un hoyuelo precioso cuando sonríe? —les pregunté con dificultad a mis amigos sin dejar de mirar a Rachel—. Me vuelve loca ese maldito hoyuelo que… ¡Ahí! ¡¿Lo veis?!
Rachel negó con la cabeza sin dejar de sonreír.
—Creo que vamos a llevarte a casa, «Emma» —dijo Mario con intención, y yo le sonreí y guiñé un ojo por seguirme el rollo.
—¿Estás bien? —preguntó mi tormento hecho mujer, acercándose un poco.
—Como un bebé tras dos horas de teta —balbuceé mientras me giraba hacia Mario con un esfuerzo titánico y le clavaba un dedo en el pecho—.
Y nada de llevarme a casa. Nos íbamos a tomar la última copa en tu piso, ¿te acuerdas?
Tu novio tiene que demostrar que no es un viejo.
—Torcí el cuello en dirección a nuestra espectadora y farfullé—.
¿Quieres venir? Donde caben tres caben dos…
No, espera. Donde caben dos caben tres. Mierda.
A ver, ¿cuántos somos? Dejad de moveros, joder.
Rachel detuvo mi patético discurso.
—No, gracias.
—¿Segura? —insistí y me desequilibré al cambiar el peso de pie—. Mis chicos follan como dioses y…
—¡Suficiente! —me interrumpió Gusgus. Me agarró por los hombros para girarme hacia él—. Cierra la boca.
—¿Por qué? —Solté una carcajada ante su cara de pasmo y la risa me hizo fruncir el ceño, pues pude sentir cómo se me movía el cerebro dentro de la cabeza—. Joder —me quejé—. Creo que he bebido demasiado.
—¿No me digas? Casi no nos habíamos dado cuenta —rebatió mi amigo el ratón mientras me sostenía por un brazo. Me lo imaginé cargándome a su espalda, tan grande como la de un gorila africano—. ¿Vas a por el coche?
—Que no lo he traído. Qué pesado… —le recordé alargando las palabras.
—Calla, coño —se quejó mientras intentaba mantenerme erguida—. Apoya la cabeza aquí y duérmete un ratito, anda.
Sentí la presión de su mano en un lateral de mi cabeza y luego el tacto suave de su jersey en mi mejilla. Ronroneé y me comporté como una chica obediente cuando cerré los ojos y gemí de gusto.
—Gusgus, ¿cómo puedes ser tan fuerte y blandito a la vez? —murmuré, aunque no estuve segura de haberlo dicho en voz alta, en realidad.
El murmullo de las conversaciones a mi alrededor no tardó en convertirse en un ruido lejano, como si me encontrara bajo el agua. En algún momento sentí que mi punto de gravedad cambiaba y me dio la impresión de que flotaba en una nube.
¿Me habría caído? No, no me dolía nada; era más bien la sensación de que alguien me movía como si fuera una muñeca de trapo con boca de camionero.
Lo siguiente que supe fue que me apoyaban en una superficie increíblemente blandita y acogedora. Imaginé que ese olor debía de ser lo que se respirara en el Olimpo.
—Ahora me desnudo —balbuceé con la cabeza embotada y los ojos cerrados—. Poned la música de la última vez, era muy sexi.
Las palabras parecían salir de otro planeta, no de mis labios.
—Shh…
Antes de poder decir algo más, sentí una mano suave sobre mi frente, y el gesto me tranquilizó de inmediato. Suspiré ante aquel contacto hipnótico y reconfortante y, con cada caricia, el mundo se volvió un poco más difuso.
Me prometí a mí misma que solo dormiría un poco para recuperar las fuerzas que me habían robado el señor Smirnoff y su colega, José Cuervo [14] . Otros dos que estaban demasiado buenos como para poder resistirme…
Dejé de pensar y me abandoné a los brazos de Morfeo. Y mi último pensamiento estuvo dedicado a la francesa.
¿La había visto en realidad o era otro de esos sueños que me atormentaban últimamente?
De algún modo supe que me dormí sonriendo.