Morir por tu amor es la condena a mis mentiras (Gemelas 2) (Costa Serena 5) 12 – Ayuda
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12 – Ayuda

Los remordimientos son asquerosos, y yo soy el refugio donde se alimentan

Me acerqué a las escaleras con la cabeza hecha un lío y los ojos hinchados como si me hubieran dado una paliza.

Después de pegarme toda la tarde encerrada en mi habitación, la noche no fue mucho mejor; me la pasé dando vueltas sin parar en la cama, atrapada entre pensamientos desagradables que no me dejaban en paz.

Mientras bajaba, intenté captar los murmullos que venían de la cocina y el corazón me dio un vuelco al reconocer la voz de Emma. Al principio no pude entender gran cosa, aunque, conforme me acercaba, las palabras empezaron a hacerse mucho más nítidas.

Estaba hablando de Jaime. Contaba cómo se conocieron en el aeropuerto, cómo cada encuentro se volvió más y más auténtico a la vez que él la hacía sentir protegida.

Explicó cómo el aislamiento provocado por la nieve los unió de una manera que nunca habría imaginado.

Y luego mencionó a Thiago y lo que yo le había pedido que hiciera por mí.

La culpa y el arrepentimiento la estaban devorando mientras lamentaba no haber sido del todo sincera con Jaime, aunque se justificaba diciendo que desde el principio se había mostrado tal cual era, olvidándose del papel que le había tocado interpretar.

Esa parte me golpeó con fuerza por la similitud con mi propia historia con Rachel, pero volví a concentrarme en la conversación cuando escuché un quiebro en su voz, lo que me dejó claro lo hecha polvo que estaba.

Alana la consoló y la animó a buscar a Jaime y hablar con él para explicarle su versión de la historia. Mamá, por su parte, le aconsejó que fuera sincera.

Mi conciencia me apretó tanto que me vi obligada a moverme. Salí de mi escondite y las vi alrededor de la isla de la cocina: mi madre, Alana, África, Fabiola y ella… Emma. Estaba destrozada, tenía una pinta horrible y la voz le salía entrecortada.

—¿Y cómo lo hago? No sé la dirección exacta de la masía. Además, ellos no viven allí, y no creo que sea buena idea quedarme en la puerta esperando a que decidan regresar a pasar el fin de semana, allí hace mucho más frío que aquí.

Inspiré hondo, con el corazón acelerado, y me detuve a unos metros de distancia.

Tenía que encontrar la forma de ayudarla.

Y la respuesta llegó con un nombre que había intentado borrar de mi mente junto a otros de mis errores: Thiago.

Sabía que él era una pieza enorme del problema, pero quizás también podía ser parte de la solución.

—Thiago —solté de golpe irrumpiendo en la conversación con tono firme—. Él puede ayudarte a encontrar a Jaime.

Todas se giraron hacia mí, sorprendidas. La última en hacerlo fue Emma, que alzó la cabeza despacio y clavó los enrojecidos ojos en los míos.

Traté de mantener el tipo.

—¿Cómo? —susurró, frágil.

«Eso. ¿Cómo?».

Di un paso más, ignorando el ambiente tenso y el nudo que se me había formado en el esófago.

—Él te llevará hasta Jaime —afirmé con una seguridad que no sentía en absoluto. Emma parpadeó, sorprendida por mi reacción—. Déjame ayudarte.

«Por favor», pensé.

No aparté los ojos de ella, a pesar de que pude notar por el rabillo del ojo que las demás intercambiaban miradas. Emma me observó unos segundos más, intentando encontrar algo en mi expresión, no supe qué, hasta que finalmente preguntó:

—¿Estás segura?

Asentí con determinación, aunque por dentro temblaba.

Y, una vez más, entendí por qué la gente siempre la prefería a ella. Incluso estando destrozada era capaz de preocuparse por mí, por cómo me podía afectar pedirle algo así a Thiago.

—Hablaré con él.

Le dediqué un último vistazo a mi hermana antes de darme la vuelta y subir de nuevo a mi habitación, que seguía sumida en la oscuridad. Cerré la puerta y me apoyé en la madera, tratando de recomponerme.

Había tomado una decisión y ahora no me quedaba otra que seguir adelante con ella, a pesar de todo.

«Puedes hacerlo», me dije.

Di pasos rápidos arriba y abajo con el teléfono en la mano. La pantalla iluminó mi cara al buscar su número. Y, cuando finalmente lo encontré, sonó varias veces hasta que, por fin, contestó con voz rasposa:

— Qui coi…? [13] —farfulló en catalán, claramente molesto por haberlo despertado.

No le di tiempo a terminar.

—Tengo que pedirte un favor.

Hubo un momento de silencio al otro lado de la línea, como si estuviera procesando quién demonios le estaba hablando a esas horas de un día festivo.

—¿Diana?

Nada de «fierecilla» ni ningún tono seductor. «Diana». Serio, desconfiado, a secas.

—La misma —confirmé—. ¿Estás en Costa Serena?

Thiago respiró hondo y pude escuchar el sonido de las sábanas mientras se movía en la cama.

—¿No me has cogido el teléfono en toda la semana, pero ahora me llamas para resolver tus problemas? —preguntó con un tono áspero y resentido.

Supe que estaba a punto de colgar. Lo detuve antes de que pudiera hacerlo.

—Escúchame —le dije con confianza sin dejarme afectar por su tono o reproche—. Esto no tiene nada que ver con nosotros. Te he llamado para pedirte ayuda con Emma.

—¿Emma?, ¿tu gemela, que se ha hecho pasar por ti y se ha follado a mi hermano para luego dejarlo tirado? —contestó cortante—. No sé qué te hace pensar que voy a mover un dedo por alguna de las dos.

Contuve la lengua cuando quise salir en defensa de mi hermana. Debía reconocer que en el fondo tenía razón.

Yo ya sabía que mi llamada no iba a ser bien recibida, pero no podía perder tiempo en tonterías.

—¡Justo esa! —dije, irónica—. A ver, no sé…

Creí que quizá recordarías que yo también te he sacado de varias mierdas.

Como aquella vez que cubrí tu bonito culo con el tipo aquel que te buscó para darte una buena paliza por tirarte a su novia.

O cuando intercambiamos sitios en el coche para que no perdieras los pocos puntos que te quedaban en el carnet después de que nos pillaran en pleno rodeo en la cuneta.

Un silencio incómodo se instaló en la línea, seguido de un resoplido cargado de resignación.

Sabía que Thiago no había olvidado esos favores y me alegré de tener algo con qué presionarlo. Si no hubiera sido así, me habría mandado a la mierda sin billete de vuelta.

—¿Qué quieres?

Sonreí victoriosa, aunque la alegría se esfumó al recordar la cara de Emma.

—Necesita encontrar a tu hermano —resumí sin entrar en detalles—. ¿Puedes arreglarlo?

Hubo una pausa antes de que hablara.

—Puedo —dijo al fin—. La llevaré a Barcelona, pero después de esto quiero que nos veamos.

—Asegúrate de que llegue hasta él sana y salva.

No esperé su respuesta antes de colgar. Sabía que cumpliría su palabra, porque en el fondo no era un mal tipo.

Desde la ventana me llegaron las voces de mi familia y las risas de los niños mientras terminaban de preparar las ofrendas para ir a la playa, pues era día festivo en el pueblo y se solían llevar al mar para agradecer a la patrona su protección a los pescadores y barcos durante el año.

No iba a ir, no necesitaba doble ración de malas caras y tampoco ser consciente de que les estaba arruinando el momento de felicidad familiar, así que cerré la ventana.

Cuando me guardé el teléfono en el bolsillo trasero de los pantalones, sentí una combinación de alivio y malestar.

Había conseguido lo que quería, pero odiaba tener que pedirle favores a la gente.

Me hacía sentir en desventaja, como si perdiera el control de la situación…

A pesar de todo, sabía que había hecho lo correcto: Emma necesitaba dar con Jaime, y yo había hecho lo posible para que se reencontraran.

El zumbido del móvil me arrancó de mis pensamientos. Al sacarlo de nuevo, y desbloquear la pantalla, vi que era un mensaje de Thiago:

Thiago:

Dile a tu hermana que la veo a las seis en La Rueda. ¿Cuándo quedamos tú y yo? Tenemos que hablar.

¿Hablar? Ya… No me creí ni una palabra. Lancé el teléfono a la cama y rebotó un par de veces antes de escurrirse por el lateral hasta desaparecer de mi vista. Me dejé caer sobre el colchón, cerré los ojos y deseé ser ese teléfono para desvanecerme por completo y que nadie me encontrara jamás.