11 – En contra #2
Cerré y caminé unos cuantos pasos. Cuando giré la cabeza él acababa de reanudar la marcha y movía la boca y una de las manos con vehemencia. ¿Estaría hablando solo o con Bella? Reí, en el fondo lo encontré un poco entrañable, a pesar de todo.
—En esta familia no estamos bien de la azotea —murmuré para mí misma, sacudiendo la cabeza antes de dirigirme hacia la casa.
Inspiré hondo cuando metí la llave y me preparé mentalmente para el próximo capítulo de mi drama particular.
Yo no tenía el problema de haber esparcido por ahí mi semillita, por suerte, pero, con Emma evitándome como si tuviera la peste y mi padre cabreado conmigo, ni un cirio del tamaño de un edificio podría salvarme de la situación.
Cuando empujé la puerta, la mezcla de voces desde el comedor y el ruido de cubiertos y platos me dio una pista clara de quiénes estaban allí: mis padres.
Estaban sentados a la mesa, almorzando solos mientras charlaban.
Mamá estaba impecable, como siempre que iba al estudio de interiores del que era socia y, aunque aún le quedaban unos meses para cumplir cincuenta, tenía un aspecto deslumbrante.
Papá, en cambio, iba vestido con su habitual ropa de deporte, por eso de dejarle claro al mundo que seguía siendo un tipo en forma capaz de romper cráneos si se lo proponía.
Y, de algún extraño modo, funcionaban juntos.
Ella levantó la vista, me interceptó y elevó las cejas con sorpresa mientras dejaba el tenedor en el plato.
—Hola, cielo. Perdona, no sabía que ibas a llegar para comer —se excusó con culpabilidad—. Ha quedado mucho guiso. Coge un plato y vente.
—No tengo hambre, gracias.
Traté de evitar la mirada inquisitiva de mi padre y me encaminé hacia las escaleras. La voz grave y profunda del jefe del clan me detuvo en seco.
—Diana, por favor.
No fue un mandato, pero había algo en su voz que no admitía réplica.
Rodé los ojos y me giré hacia ellos con una sonrisa forzada. Sabía que, cuando mi padre usaba ese tono, lo mejor era ceder y mostrarse ingeniosa para salir lo más rápido y mejor parada posible.
—Está bien… —acepté acercándome a la cocina.
Me serví un plato, cogí los cubiertos y me senté en mi lugar habitual en la mesa sin mucha ceremonia.
Al hacerlo, me di cuenta de algo curioso que normalmente no se notaba: había unas cuantas sillas vacías entre nosotros.
Eso hizo que la ausencia de mis hermanos se sintiera aún más fuerte, como si al guionista de una película se le hubieran olvidado los figurantes de la escena.
El silencio se instaló entre los tres durante unos segundos, solo roto por el sonido de sus cubiertos chocando con los platos. Estaba a punto de empezar a comer cuando mi padre me preguntó:
—¿Qué es lo que está pasando entre tu hermana y tú? —No necesitó aclarar a qué hermana de las cinco que tenía se refería, claro—. Sabemos que hay algo más que un simple resfriado que la mantiene dentro de su habitación.
Me recosté en la silla, sintiendo el peso de su mirada. Me fijé en mamá, que me observaba preocupada, y, sin pararme a pensar en lo que hacía, empecé a hablar mirándola solo a ella.
—No sé qué le ocurre —comencé con un titubeo—. Lo que sí sé es que el fin de semana pasado no se fue de casa rural con las amigas.
—¿Qué? —preguntó ella.
—¿A dónde fue? —añadió él en su papel de poli malo.
Suspiré y me pasé la mano por la cara.
—Cariño, por favor —rogó mi madre con los ojos teñidos de intranquilidad, lo que me hizo sentir un poquito más culpable.
—Le pedí que fuese a Barcelona para que me sacara de un tema un poco peliagudo —dije intentando no revelar demasiado.
Aquello fue un error, porque, por supuesto, se imaginaron lo peor.
—¿Un tema peliagudo? —repitió papá con expresión seria—. ¿Qué tipo de tema, Diana?
—Con un tío —aclaré tratando de tranquilizarlos—. No, no me mires así. No es nada raro.
Ellos intercambiaron una mirada rápida, y mamá se giró hacia mí.
—Por favor, dime que Emma no ha corrido peligro allí, por lo que más quieras.
Negué con la cabeza rápidamente, aunque una pequeña duda me saludó con su manita desde el fondo de mi cerebro.
A ver, ¿cómo podía saber lo que le había pasado si no quería hablar conmigo?
No, no tenía sentido pensar lo contrario, si me basaba en sus mensajes y tenía en cuenta cómo era Thiago, las probabilidades de que mi hermana hubiera sufrido algo realmente malo eran muy muy bajas.
«¿Qué demonios te ha pasado, Em?».
La preocupación, esa maldita preocupación en sus ojos me estaba matando. Mi padre se inclinó hacia delante con desconfianza, y sentí un resquemor familiar al ver cómo la inquietud por mi gemela no era comparable a la que pudieran tener por mí. ¿Acaso se habían planteado lo que yo estaba pasando?
Ya, la respuesta no me pillaba por sorpresa, aunque seguía sin ser fácil digerirlo.
—Y, si no era nada raro, ¿por qué ha vuelto así? —indagó él con desconfianza.
—He dicho que no lo sé, ¿no? —respondí a la defensiva—. Era muy sencillo. Solo tenía que montarse en el avión, hacerse pasar por mí y cortar con el tipo. Coser y cantar, vamos.
Negó con la cabeza en un gesto que rezumaba reproche, y yo apreté la mandíbula.
—Pues no la escucho cantar —rebatió—. Y por lo que parece tampoco ha sido tan sencillo si al volver te ha mandado a la mierda.
Su comentario fue como una bala que me impactó en la frente, me atravesó el cráneo y salió por detrás dejándome un zumbido sordo en la cabeza.
Me quedé paralizada, incapaz de contestar o estallar como habría hecho siempre.
Me fijé en que la mano de mi madre se posó en su brazo, y él inspiró hondo como si intentara calmarse. Lo imité, porque el escozor que notaba detrás de los párpados me advertía que no estaba preparada para continuar con la conversación sin exponerme demasiado.
Me levanté de mi silla.
—Lo arreglaré —dije mirando a la mesa.
—Gracias, cariño.
Mi padre no dijo nada, así que asentí, recogí mi plato y me di media vuelta para subir las escaleras.
Me encerré en mi habitación y, durante unos minutos, me esforcé por calmar mi respiración acelerada.
Una vez que recuperé el control de mis emociones, abrí el armario, retiré la ropa colgada y me acerqué a la pared que compartía con la habitación de Emma.
Apoyé la oreja en la superficie como tantas otras veces y la frialdad de la pared contrastó con el calor que aún me burbujeaba en el pecho después de la conversación.
Cerré los ojos e intenté bloquear todos los pensamientos para concentrarme solo en los sonidos del otro lado. Al principio, lo único que podía oír era el latido frenético de mi propio corazón; tras unos segundos de espera, el sonido que tanto temía empezó a colarse entre mis defensas.
Era el llanto desgarrador de mi gemela, uno que conocía demasiado bien y que siempre había intentado ignorar, porque me recordaba todas las veces en las que lo había provocado yo.
El impacto fue inmediato.
Sentí que las fuerzas me abandonaban y me dejé caer al suelo.
Las lágrimas intentaron salir, pero, una vez más, las contuve.
Mi malestar no solo era por ella, también era por mí, por la culpa y la rabia que me había tragado durante años y que últimamente me rebosaba por todos lados, arrasando con mis jodidos escudos.
No supe si sería capaz de superar toda la mierda que me estaba consumiendo.