Morir por tu amor es la condena a mis mentiras (Gemelas 2) (Costa Serena 5) 11 – En contra
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11 – En contra

Uno más uno son ¿seis?

Volví en mí cuando una etiqueta de cartón me dio en la frente y me sacó de mis pensamientos, que hasta ese momento giraban en torno a los últimos mensajes que había intercambiado con cierta francesa.

En ellos, Rachel volvía a preguntarme cómo me encontraba por tercer día consecutivo, pero yo, incapaz de enfrentar la verdad, me había escondido tras la excusa del resfriado de Emma para no verla ni hacer lo que sabía que era correcto.

—¿Y a ti qué demonios te pasa? —me preguntó mi cuñada África desde el otro lado de la mesa—. ¿Es la semana en la que los Remo Delgado os comportáis como si os hubieran abducido los extraterrestres o cómo va la película?

—¿Qué? —La miré confundida.

—Que estás igual de empanada que tu hermano.

—Con un leve gesto de cabeza, señaló la terraza de su pequeño apartamento.

Seguí su mirada y ahí estaba Bruno, sentado, acariciando a Bella, su enorme perra blanca, con movimientos lentos y casi mecánicos.

Tenía los ojos clavados en el horizonte y parecía perdido en algún lugar muy lejos de allí—.

Lleva un par de días así. Ayer se echó la crema del pañal de los gemelos en el cepillo de dientes y no sabes la que formó.

Esta mañana metió las llaves del coche en la nevera y no las encontrábamos por ninguna parte cuando tuvimos que salir para llevar a los niños al cole y a la guarde…

—¿En serio? —dije sin reprimir una sonrisa.

—Y eso no es lo peor. Hace un rato estaba convencido de que el mando de la tele era el móvil y se ha pasado cinco minutos hablándole a Siri para que llamara a tu madre. —Se me escapó una carcajada—. No sé qué leches le ocurre, algo le ronda la cabeza y no me lo quiere contar.

—Te enamoraste de un tío rarito de nacimiento, así que no le pidas peras al olmo.

—Si ya sabía yo que tendría que haber insistido con tu padre. ¿Te imaginas? Ahora tendrías de madrastra a un pibón de treinta y dos… —bromeó, y yo negué con un resoplido.

Intenté volver a concentrarme en el portátil, pero unos segundos después ella cerró la tapa y me miró curiosa.

—¿Qué haces? —protesté—. Estas referencias no se meten solas y después te quejarás de que no tienes la web lista para la venta privada.

—¿Y tú qué?

Me encogí de hombros.

—¿Qué de qué?

—También estás rara. Más de lo normal en ti, me refiero. —Abrí de nuevo el ordenador—. ¿Es por lo de Emma? ¿Aún no os habéis arreglado?

Le contesté sin mirarla.

—Las dos veces que he intentado entrar en su habitación para hablar con ella se ha hecho la dormida y si tiene que ir al baño espera a que yo no ande cerca, así que…

Ella silbó sorprendida.

—Vaya. Pues sí, parece que la cosa va en serio —dijo echándose hacia atrás en su silla y cruzándose de brazos—. Ahora me cuadra mucho más que hayas venido hoy.

—Me dijiste que viniera.

—Y tú siempre me das largas.

—Peeero… por desgracia eres mi jefa y, hasta que logre construir mi propio imperio, soy más pobre que la señal de tu wifi. Así que, aunque a veces seas como un grano en el culo, no me queda más remedio que mantenerte contenta —respondí forzando una sonrisa exagerada.

Ella agarró el teléfono y me apuntó con él.

—Repite esa última parte, lo de después de que soy como un grano en tu feo culo, por favor —me pidió—. Te lo pienso poner como tono de llamada.

Reprimí una sonrisa.

—Yo nunca te llamo.

—Pues ahora lo harás —sentenció—. Que para algo soy tu jefa. Lo que yo diga es ley.

—Deja de dar el coñazo o te aseguro que esta web no se actualizará hasta el próximo siglo —respondí, y ella me lanzó otra etiqueta—. Para.

La expresión se le suavizó y rehuí su mirada.

—Sabes que soy una tumba, ¿verdad?

—¿Lo dices por lo vieja que eres? —respondí con una sonrisa angelical.

África entrecerró los ojos, aunque una sonrisa se le escapó de los labios.

—Cuida esa boca, mocosa, o te busco un sustituto potentorro y te quedas sin trabajo.

—¿Dónde hay que firmar?

La puerta de la terraza se abrió en ese momento.

—Tú y yo no hemos acabado —me dijo señalándome con un dedo.

Luego echó un vistazo a la derecha y volvió a observarme con un gesto interrogante.

Movida por la curiosidad, desvié los ojos hacia el salón y me eché a reír al ver a Bella trotando detrás de mi hermano, con una zapatilla colgando de la boca, mientras él caminaba cojo.

—¿Qué haces? —le pregunté alucinada.

Él se detuvo, echó un vistazo a sus pies y luego observó a la perra.

—¿Cómo me la has robado, ladrona? —acusó al animal, que lo contempló con la cabeza ladeada.

África y yo cruzamos una mirada y estallamos en risas ante el gesto contrariado de mi hermano, que agarró la zapatilla de la boca de la perra y le sonrió mientras le rascaba detrás de la oreja.

—Siento robaros la diversión, pero me tengo que ir —anunció—. Tengo que pasarme por casa de Alba y Soto para recoger la ropa que nos dijo que nos guardaría para los gemelos y luego ir a trabajar. Con un poco de suerte solo nos tocará lidiar con otro jabalí en medio de la carretera. ¿Verdad, Bella?

—Tu trabajo es tan emocionante… —le dije con una sonrisa burlona.

—No se te ocurra volver con otra cría de zorro, Capullito —le advirtió África.

—No prometo nada —respondió él dedicándole una sonrisa traviesa antes de desaparecer en el pasillo camino a su habitación.

Mientras África se levantaba para recoger de la mesa todos los cachivaches que había estado utilizando para etiquetar la mercancía de su tienda de joyas artesanales, aproveché para cerrar el portátil y seguí a Bruno.

Lo encontré en su habitación, terminando de ponerse el uniforme informal de la brigada de bomberos de Costa Serena.

El azul oscuro del polo destacaba sus hombros anchos y su expresión, normalmente relajada, parecía tensa mientras se ajustaba el cinturón.

—¿Me acercas a casa?

—Claro, ningún problema —respondió, aunque su tono seguía siendo distraído.

No tardamos mucho en salir. El ruido del motor fue lo único que rompió el silencio durante unos minutos.

Miré a mi hermano y me pareció que nos separaban más de cuatro años.

Quizá era por su expresión preocupada o por la forma en la que, al igual que mi padre, conducía con una mano en el volante y la otra descansando en el borde de la ventanilla.

Cuando suspiró por millonésima vez, no pude contenerme más.

—¿Qué leches te pasa?

Él meneó la cabeza como despertando del trance, me echó un vistazo de reojo y soltó la bomba sin medias tintas.

—Creo que África está embarazada de nuevo.

Mis ojos se abrieron de par en par. Más prole Remo invadiendo el mundo…

—¿Qué? ¿Cómo?

—Pues verás…, papá pone una semillita en mamá y luego la empuja muy adentro con la po…

—Le di un manotazo en el brazo derecho para interrumpir su patético intento de broma.

Él se quejó, frotándose el lugar mientras Bella ladraba en el asiento de atrás—.

La noche de San Valentín se nos fue un poco la cabeza.

Fruncí el ceño tratando de recordar el calendario.

—Bruno, estamos a miércoles. De eso hace solo cuatro días.

—Lo sé.

—¿Crees que tu novia es una zarigüeya y en doce días te va a parir un cachorro o qué?

Él soltó una risa nerviosa, pero su expresión se mantuvo seria.

—No solemos tener muchos problemas para… ser eficaces —dijo, visiblemente incómodo—. En los dos embarazos ha sido cosa de un solo intento.

Me picó la curiosidad y, aunque sabía que debía dejarlo pasar, no pude evitar preguntar lo obvio.

—¿Y cómo puedes estar tan seguro de eso? ¿Es que solo folláis una vez al mes o qué? —Él me lanzó una mirada que lo decía todo—. ¿En serio?

—No siempre, joder. Con Abril aún no estábamos juntos de forma oficial.

Lo hicimos una noche después de una bronca, fue en su antiguo piso de Barcelona y…

, ¡boom!, embarazada hasta las trancas —explicó—.

Y con los gemelos… Bueno, en esa ocasión llevábamos todo el mes discutiendo por tonterías, estábamos agotados.

Mamá y papá se quedaron con la niña una noche para ver si la reconquistaba, y…

—¡Boom! —terminé por él—. Pillasteis la oferta del dos por uno.

—Exacto.

Me mordí el labio para no reírme, pero la situación era tan absurda que estallé en carcajadas.

—No tiene gracia, imbécil.

—A ver, a ver… —Levanté las manos en son de paz—. Está claro el patrón: discutís, folláis como animales en celo y se lía parda.

—Exacto —repitió.

—¿Y últimamente habéis discutido?

Él asintió repetidas veces, alzando ambas cejas con cara de circunstancias.

—Lo mejor es preguntar cuándo no discutimos.

—Estamos buenos —murmuré y me giré hacia él—. ¿Y las probabilidades de que…?

—Todas —me interrumpió, tenso—. Se me olvidaron los condones y le dije que yo controlaba.

Bufé y levanté la vista al techo del coche.

—Y no controlaste una mierda —deduje con tono sarcástico.

—Exacto.

Giró en la esquina de nuestra calle.

—Brillante. Solo un Remo Delgado con testículos podría convertir una noche romántica en una producción de humanos en serie.

—Agarré la mochila de la parte trasera del coche, acaricié a Bella detrás de la oreja mientras me examinaba con la lengua fuera y suspiré exagerada cuando mi hermano detuvo la marcha delante de la casa de nuestros padres—.

Mira, no te voy a engañar. Tenéis todas las papeletas, pero no te montes películas antes de tiempo…

No sé, compra unos cuantos test de embarazo y enciende unas cuantas velas.

—¿Velas?

—Para que alguien de ahí arriba te eche una mano —aclaré, él frunció el ceño, y yo abrí la puerta del coche—. Y si te sirve mi consejo: córtate la chorra. Se vive bien sin ella y no es difícil encontrar otras formas de satisfacer a una tía.

Él asintió, acostumbrado a mis salidas de tiesto.

—Gracias, un consejo muy valioso —respondió irónico.

—De nada. Y, en serio, compra muchas velas. Son mucho más baratas que una cuna nueva…

Amplié mi sonrisa antes de salir del coche.

—Piérdete de mi vista —me dijo, aunque su tono fue de todo menos hostil.

—Yo también te quiero, hermanito.