Morir por tu amor es la condena a mis mentiras (Gemelas 2) (Costa Serena 5) 10 – Decisiones
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10 – Decisiones

Después de la tempestad… llegan los problemas

La habitación estaba en silencio, solo se escuchaba el suave zumbido de la calefacción que la mantenía a una temperatura perfecta.

Rachel, todavía enredada entre las sábanas, parecía haberse quedado dormida a mi lado después de lo que acabábamos de compartir.

Yo, en cambio, no terminaba de estar cómoda mientras, pegada a su espalda, acariciaba de forma hipnótica su piel, tratando de perderme en el suave contacto de mis dedos en su costado.

La realidad era que no había ocurrido nada más después de que ella estallase en mi boca; de hecho, yo no me había quitado ni la ropa.

Y no era porque Rachel no se hubiese mostrado dispuesta a hacerlo, para nada.

Necesitaba un momento para procesar lo que había sucedido, y para eso tenía que poner algo de distancia entre nosotras.

Me moví con cuidado para no hacer ruido y la miré de reojo cuando se removió en la cama. Me detuve a mitad de un paso cuando abrió esos bonitos y somnolientos ojos y me miró directamente.

Mierda, estaba perdida.

—¿Te vas ya? —me preguntó estirándose.

Asentí mientras ella se incorporaba y se envolvía con la sábana.

—Es tarde —le dije y carraspeé para aclararme la voz.

— D’accord .

Me detuve un momento para juntar las palabras. Lo que quería decirle era algo que había planeado escribirle por mensaje al llegar a casa, aunque, ahora que estaba despierta —y desnuda—, prefería hacerlo en persona.

—Necesito pedirte un favor.

Frunció el ceño y sonrió con curiosidad.

—¿Ya quieres cobrarte lo de antes? —bromeó, y me forcé a sonreír de vuelta para no parecer demasiado seria.

—Mañana, en la escuela… —empecé a decir, y vi cómo su expresión cambiaba—. Será mejor que hagamos como si esto no hubiera pasado. No podemos complicar las cosas allí.

No quería que lo nuestro estropeara la dinámica en el trabajo de Emma; sabía lo que aquel empleo significaba para ella, aunque fuera temporal, y esa era la única manera que se me había ocurrido para mantenerlo todo bajo control.

Se quedó callada unos segundos antes de afirmar con la cabeza.

— D’accord .

Suspiré aliviada. Tenía que hacer todo lo posible para que mi hermana no notara nada raro entre ellas, al menos hasta que pudiera resolver aquel lío.

Por suerte, había aprovechado una de las veces que Rachel había ido al baño para cambiar el número de Emma por el mío en su agenda de contactos.

Sí, sabía que era una jugada desesperada e invasiva, pero necesitaba ganar tiempo para salir del embrollo en el que me había metido.

Rachel se levantó tal y como su madre la trajo al mundo, sin complejos ni vergüenza, y a mí se me secó la boca al instante. Una cosa era que hubiese reunido la fuerza necesaria para parar antes de seguir cagándola y otra muy distinta era que fuese de piedra al verla moverse tan desinhibida.

—Gracias por darme asilo esta noche —le dije y me mordisqueé el labio cuando pasó a mi lado de camino hacia la puerta. Me giré hacia ella y la vi descolgar una bata de seda de la percha—. Y perdona por haber aparecido sin avisar.

Soltó el aire en una especie de risa delicada.

—Ha sido un placer. —Se anudó la cinta alrededor de la cintura—. En todos los sentidos.

No pude evitar sonreír. Me acerqué a ella, que agarraba la puerta de la habitación para mantenerla abierta.

—Que descanses.

Inclinó la cabeza a modo de agradecimiento y se señaló la mejilla, exigiendo un beso de despedida. Mis labios se curvaron con incredulidad, pues era irónico que se mostrara tan moderada cuando hacía un rato me la había comido de arriba abajo.

—Buenas noches, Emma —dijo cuando me aparté.

«Eres un ser despreciable».

—Buenas noches.

Caminé por el apartamento con pasos apresurados y, al cruzar la puerta, una sensación de alivio me envolvió brevemente.

Sin embargo, esa paz se esfumó tan pronto como llegué a casa y miré a través de la ventana lateral: mis padres seguían despiertos y charlaban mientras se reproducía algo en la televisión.

—Joder —me quejé en un susurro y analicé mis opciones.

No tardé en llegar a la conclusión de que mi única salida —o entrada, en ese caso— era utilizar la misma táctica que cuando era pequeña. No tenía ganas de acabar el día con una bronca, así que lo mejor sería pasar desapercibida y colarme en casa sin que me vieran.

Sonreí con nostalgia mientras me dirigía hasta el jardín trasero, recordando aquellos días de rebeldía y libertad, pero la sonrisa se esfumó en cuanto empecé a trepar por la pared por la que solía escapar. El tiempo había oxidado mis músculos y el frío que me engarrotaba las manos tampoco ayudaba.

Con esfuerzo, logré llegar a la terraza de la habitación de mi hermana Alana y me detuve un momento para recuperar el aliento. Desde allí solo me quedaban un par de movimientos hasta la ventana de mi habitación, que, por suerte, siempre dejaba sin asegurar por lo que pudiera pasar.

Salvé la distancia y me asomé con cuidado para cerciorarme de que no se escuchara nadie cerca antes de deslizarme dentro. Aunque, en el último momento, el cordón de mi bota se enganchó en el saliente de la ventana y me pegué una hostia monumental contra el suelo de mi dormitorio.

Me quejé en silencio, haciendo aspavientos al agarrarme la espinilla que había chocado con el borde de la estantería.

—Me cago en… —siseé al tocarme la zona dolorida.

Caminé cojeando hasta el armario y agarré un pijama limpio del último cajón. Saqué la cabeza por la puerta para asegurarme de que todo siguiera en calma y me deslicé sigilosa al baño para lavarme un poco y cambiarme.

Al salir, me dirigí a la habitación pegada a la mía y abrí la puerta con cuidado.

Emma estaba allí, acurrucada en la cama en posición fetal y profundamente dormida.

Me colé dentro y me acerqué a su mesita de noche, pero cometí un error: la miré.

Eso fue lo peor que pude haber hecho, porque me pareció tan frágil, con ese gesto contraído incluso en sueños, que una punzada me atravesó el pecho robándome el aliento por un instante.

Su respiración era rápida y entrecortada, como si estuviera inmersa en una pesadilla, y me obligué a actuar para poder salir de allí lo antes posible.

Cambié el móvil de Emma por el mío, asegurándome de no hacer demasiado ruido, y justo cuando me quedaban un par de pasos para llegar a la puerta, ella soltó un sollozo bajo seguido de un «Jaime, no… » que me hizo contener la respiración.

Me quedé inmóvil hasta que deduje que seguía dormida y salí de la habitación sin perder un segundo.

—¿Diana? —susurró una voz que me hizo cerrar la puerta con más fuerza de la que pretendía.

—Mamá…

—¿Cuándo has llegado?

—Hace un rato —respondí lo más natural posible—. ¿Necesitas algo?

Mi madre frunció el ceño, y yo tragué saliva para tratar de mantener la calma.

—Venía a comprobar cómo estaba tu hermana —explicó con tono preocupado—. No se siente bien. No ha querido cenar nada de lo que le traje antes, decía que le dolía la cabeza y apenas tenía fuerzas para agarrar el vaso cuando se tomó la medicina.

«Gracias, mamá. Una información muy útil para no pegar ojo esta noche».

—Vaya…

—Necesita descansar —añadió—. No creo que mañana deba ir a trabajar.

—Yo me encargo —solté sin pensar.

Mi madre me miró con sorpresa, pero también con alivio. Asintió lentamente y su expresión se suavizó un poco.

—Gracias, cielo. ¿Tú has cenado? —Afirmé sin explicar que mi banquete lo había compuesto una francesa al punto y jugosa—. Bien.

—Ve a dormir tranquila, mamá. —«Por lo que más quieras», añadí en mi mente.

Cuando se marchó escaleras arriba, me encerré en mi habitación, cerré los ojos y me pasé la mano por la cara intentando desenredar el lío de pensamientos que tenía en la cabeza.

Porque sí, la idea de hacerme pasar por Emma en su trabajo me había rondado la mente, pero la había descartado enseguida.

No por ser una locura —que lo era—, sino porque complicaría aún más las cosas.

Además, con mi dominio de la guitarra y mis gustos musicales, sería un desastre de proporciones épicas.

No, gracias… Ya tenía suficiente mierda encima como para añadir otro más a la larga lista de mis pecados.

Una de mis marcas de la casa era actuar sin pensar en las consecuencias; por suerte, aquella vez había sido diferente. Era un logro, porque mi temeridad me había metido en muchos líos a lo largo de mi vida.

Con el tiempo me había quedado claro que el sexo era, sin duda, uno de mis puntos débiles, como aquella vez que le envié fotos y vídeos bastante explícitos a una chica que conocí por una aplicación de citas, y ella los terminó subiendo a una página porno.

O aquella otra en la que me estuve acostando con tres chicos, amigos entre ellos, sin que ninguno supiera lo que hacía con los otros, hasta que coincidimos en la misma fiesta y me vieron liándome con una tía.

La noche terminó con los cinco metidos en una habitación, y yo viendo cómo todos pasaban de mí para centrarse en mi ligue femenino, a la que no le dejaron ni un orificio por rellenar.

Planazo, sin duda.

En cambio, lo más complicado había sido lo de Thiago.

La cosa con él empezó como cualquier rollo de una noche: alcohol, bailes y acabar follando en la playa detrás de una roca.

No sé dónde empezó a desviarse el asunto, porque desde el principio le dejé bastante claro que no quería nada serio.

Sin embargo, él encontraba la manera de darle la vuelta a todo, con esa labia y esa carita de niño bueno follador del averno con la que yo acababa cediendo a sus deseos.

Y lo peor era que, la mayoría de las veces, era yo la que volvía a buscarlo.

Desde lo del innombrable, era la primera vez que me veía atrapada en una situación que no sabía cómo manejar.

Aquel pelirrojo sabía exactamente qué botones apretar para hacerme dudar de mis propias decisiones, aunque después, cuando me quedaba a solas, me daba cuenta de que tenía que salir de ahí cagando leches.

Cortar de raíz era lo mejor que podía hacer si quería seguir manteniendo la poca cordura que me quedaba, aunque la realidad era que no tenía fuerzas para hacerlo yo sola.

Lo había intentado, por supuesto, pero empezar una cita diciéndole a un tío que lo vuestro se ha terminado, y acabar permitiendo que su cara se cuele entre tus piernas, no resulta demasiado efectivo, al parecer.

Mis intentos no eran serios, era consciente, pero me negaba a abrirme y exponer mis sentimientos, pues eso le daría poder sobre mí.

Solo de pensarlo se me revolvían las tripas.

Por eso le pedí ayuda a la única persona en la que había confiado.

Así, mientras Emma se encargaba de romper con él con su habitual diplomacia, yo podía seguir adelante y dejar de cagarla durante un rato.

Esa era la teoría, claro. En la práctica, no habían pasado ni veinticuatro horas cuando ya la había vuelto a liar con Rachel…

Me pasé la mano por la cara, intentando despejarme.

Sabía que había cometido un error que no debía repetir si quería mantener las cosas bajo control. Poner tierra de por medio parecía mi mejor opción, pero antes tenía que solucionar un tema más con ella.

Saqué el teléfono, miré de nuevo su foto de perfil con ese pañuelo de colores volando en el cielo azul y empecé a escribirle un mensaje.

Tenía que pensar algo que justificara la ausencia de Emma al día siguiente y sonar convincente para no levantar sospechas; al fin y al cabo, me la había zampado de cena, sin cubiertos ni modales, y no me había mostrado enferma en ningún momento.

Después de darle mil vueltas y, por primera vez en el fin de semana, pensar y actuar como mi gemela, lo leí una última vez, inspiré hondo y pulsé enviar.

Emma:

Francesa, he llegado a casa y me encuentro fatal. Creo que estoy enfermando por momentos. ¿Me puedes echar una mano y hablar por mí mañana en la escuela? Sé que puedo contar contigo, amiga. Gracias. Un beso.

Un peso invisible me presionó en el pecho cuando, al cabo de un par de minutos, el mensaje apareció como leído. Traté de tranquilizarme diciéndome que estaba ayudando a Emma, era lo menos que podía hacer después de haberla liado con su compañera.

Me senté en la cama y me repetí que aquello era lo correcto. Debía parar antes de que todo se me fuera de las manos.

Aparte de asistir a las clases de la uni, y trabajar con África en su página web, tenía que tratar de sobrevivir al momento en el que le contara a Emma lo que había hecho con su compañera. Además, necesitaba alejarme de Rachel y enfocarme en lo mío, que no era poca cosa.

El teléfono me vibró en la mano con el aviso de un mensaje entrante.

Rachel:

Siento que estés así. No te preocupes por nada, yo te cubro. Buenas noches, ma chatte . Espero que mañana te encuentres mejor. Bisous .

Lancé el teléfono al colchón, cerré los ojos y me dejé caer hacia atrás en la cama, suspirando con frustración.

No podía seguir cediendo a mis impulsos, por más tentadores y sexis que estos fueran.

Porque, si lo hacía, sabía que acabaría hundiéndome aún más en ese agujero del que no estaba segura de poder salir indemne.

Joder… ¿Por qué mi vida tenía que ser tan jodidamente complicada?