Morir por tu amor es la condena a mis mentiras (Gemelas 2) (Costa Serena 5) 9 – Francesa
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9 – Francesa

A veces, las buenas intenciones no son suficientes

—¿Tienes hambre? —me preguntó Rachel con los ojos brillantes cuando nos dimos una tregua para respirar.

—No. O sí… ¿A qué tipo de hambre te estás refiriendo exactamente?

Ella rio y me lanzó uno de los cojines del sofá al escapar de mis brazos y ponerse en pie.

—Ahora vuelvo. Tengo que ir al baño.

—¿Te acompaño?

Me miró horrorizada.

—¡No! —Solté una carcajada y le devolví el impacto con otro de los cojines. Ella lo trató de esquivar, pero terminó dándole en el muslo—. Tu es horrible…

—Hace un momento no te lo parecía —rebatí y cerró la puerta del baño.

Suspiré y me quedé ahí, tirada en el sofá, sintiendo el eco de su risa flotando en el aire. Me resultó imposible no sonreír; fue como si los músculos de mi cara se hubieran olvidado de hacer otra cosa.

Me llevé las manos detrás de la cabeza y cerré los ojos. Me sentía ligera, algo raro y bastante agradable si lo comparaba con la pesadez que me había consumido en los últimos tiempos. No me pasaba a menudo sentirme tan en paz, tan… bien.

Escuché el ruido del agua corriendo en el baño y me imaginé a Rachel allí dentro, lavándose las manos y mirándose en el espejo, preguntándose qué demonios estaba haciendo al dejar entrar en su ordenada existencia a una zumbada como yo.

La imagen me hizo sonreír. ¿Lo pensaría de verdad?

Quizá, pero me daba igual. Al fin y al cabo, no había mucho que pudiera hacer al respecto a aquellas alturas de mi vida.

Me giré hacia donde había dejado mi chaqueta tirada y se me escapó un suspiro.

Todo eso era nuevo para mí, emocionante, aunque también un poco aterrador.

Esa calma, tan frágil y etérea, comenzó a resquebrajarse conforme los minutos fueron pasando y el recuerdo de unos ojos hinchados por el llanto y una voz quebrada mandándome a la mierda volvió a mi mente.

Sí, Emma había llegado hecha polvo, y yo me había largado de casa, y en ese momento me estaba enrollando con su compañera de trabajo, quien además creía que yo era ella porque no me había molestado en corregirla.

—Joder.

Me levanté de golpe del sillón y me fui directa al baño. Me detuve frente a la puerta cerrada, respiré hondo y me obligué a centrarme en el presente, en la posibilidad de que algo bueno saliera de todo ese lío.

— Putain [10] ! —Se llevó una mano al corazón cuando abrió y me encontró allí—. ¿Qué haces ahí plantada? Me has asustado.

—Pasaba por aquí.

Rachel me miró como si acabara de desordenar su casa justo antes de una visita, con una expresión de perplejidad que no supe si me provocaba más risa o ternura. Me crucé de brazos y me apoyé en la pared frente a ella, intentando no soltar una carcajada.

—Pasabas por aquí, ¿eh? —repitió arqueando una ceja con escepticismo.

—Sí. Quería asegurarme de que no te habías escapado por la ventana del baño… Y, de paso, esperar mi turno para poder hacerlo yo misma y ver si la suerte me ayuda a caer de cabeza.

Ella negó con un gesto, algo confundida por mi tono serio, aunque se le escapó una risa disimulada cuando vio mi cara. Sentí una oleada de calor al distinguir el brillo en sus ojos mientras pasaba por mi lado hacia el salón. La detuve, agarrándola y atrayendo su cuerpo hacia mí.

—Eres imposible.

—Suelen decírmelo a menudo —le contesté.

—¿Te das cuenta de lo loca que estás? —dijo en un susurro sin poder reprimir una sonrisa.

—No es locura, es… ¿supervivencia?

Elevó ambas cejas.

—Supervivencia —repitió, se acercó un poco más y pegó sus pequeños pechos a los míos—. ¿Y a qué estás intentando sobrevivir exactement ?

Nuestras miradas chocaron, intensas, expectantes.

—¿Ahora mismo? A ti, por supuesto.

—No soy tan peligrosa…

—Eso dices tú —murmuré y le puse las manos en la cintura—. ¿Qué tal si dejamos de hablar y nos entretenemos en otras cosas más agradables?

— D’accord . Comamos entonces, tengo hambre.

—¡¿En la primera cita?! —fingí escandalizarme—. ¿No vas un poquito rápido? Ahora entiendo por qué al sexo oral se le llama hacer un francés. ¿Es una especie de tradición de tu país o algo así?

—Sí, claro —me siguió el rollo.

—¿Y cómo va? ¿En vez de saludaros con un apretón de manos o un par de besos, vais haciendo cunnilingus a las amigas?

Rachel soltó una carcajada y me di cuenta de que me estaba divirtiendo de verdad. Y eso, en sí mismo, ya era todo un pequeño milagro.

Me encantaba cómo sonaba su risa, tan despreocupada y libre, y no pude evitar besarla. Mi pulso se aceleró cuando los sonidos de su garganta cambiaron a unos gemidos muy sensuales, y por un segundo me planteé llevarla a la cama y devorarla entera.

«No, Diana. No sigas por ahí, vas a complicar más las cosas y…».

—Vamos a mi habitación —rogó interrumpiendo mis pensamientos.

«… a la mierda las buenas intenciones».

Me dejé llevar por el calor del momento y le devolví la mirada con deseo, notando cómo mis propias defensas empezaban a caer.

Cuando entrelazó los dedos con los míos, y tiró con suavidad, no hice nada por resistirme.

Permití que me guiara y, en cuanto entramos, me empujó contra la pared y atrapó mi cuerpo con el suyo.

El movimiento fue tan repentino que mis reflejos se activaron al instante. Sin pensarlo, me moví y nos giré, cambiando nuestras posiciones para dejarla a ella contra la pared y a mí con todo el control de la situación.

La miré fijamente, intentando poner en orden mis pensamientos mientras mis manos recorrían su cuerpo sin prisa.

—Para que me quede claro y no haya equivocaciones —comencé, y ella me observó con atención—. ¿Me has traído al dormitorio para que practiquemos el típico saludo galo o es que quieres que te haga la cucharita y dormir un rato?

—Dormir es lo último que se me pasa por la mente ahora mismo —respondió sin titubear.

Deslizó los ojos de forma deliberada hasta mi boca, dejando claro lo que sí quería. Su tono era descarado y atrevido, y me miraba como si me estuviera retando a contradecirla.

Por supuesto, no lo hice.

—Vale…, pues, siendo así, no seré yo la que falte a las reglas francesas, no vaya a ser que la Inquisición me escuche.

—¿Sabes? —dijo rozándome la boca con los labios—. Se me ocurren unas cuantas tradiciones más que podríamos explorar juntas.

—Ah, ¿sí? —Incliné la cabeza con exagerada curiosidad—. ¿Debería preocuparme?

—Tal vez.

El hoyuelo.

Aquel maldito y perfecto hoyuelo me cegó cuando me sonrió con picardía.

—Es curioso cómo algo tan simple como una mudanza puede llegar a ser tan revelador.

—¿A qué te refieres? —Me miró con atención, y le acaricié los labios con la punta de la lengua.

—A que la vida a veces te sorprende y te pone por delante cosas que ni te esperas —le susurré respirando cerca de su boca y disfrutando de su aliento.

Nos contemplamos en silencio durante un largo segundo.

—Eso suena bastante bien —susurró con una sonrisa juguetona.

—Más que bien —afirmé y, con ganas de pasar a la acción, me incliné hacia ella para continuar con lo que en realidad nos había llevado hasta allí.

Hice que su espalda se arqueara contra la pared cuando le acaricié los costados con las manos, explorando con calma hasta llegar a sus pechos.

Me apoderé de sus labios por fin, y el beso se volvió intenso y urgente en cuestión de segundos.

Ambas parecíamos intentar memorizar cada segundo, perdiéndonos en la sensación de piel contra piel y en la humedad de nuestros labios al encontrarse.

Rachel gimió contra mi boca cuando enredé los dedos en su pelo y tiré con suavidad de su cabeza hacia atrás para explorar mejor su cuello.

—Hueles de puta madre —le dije, fascinada.

—Me encanta que hagas eso… —susurró de forma entrecortada, y la manera en la que lo dijo me hizo la boca agua.

Repetí el movimiento de los dientes contra la sensible piel del lateral de su cuello, y sentí que perdía el control mientras mis manos le recorrían el cuerpo con glotonería hasta llegar a su cintura.

La miré a los ojos, deseando que viera lo mucho que me estaba afectando todo aquello a la vez que arrastraba la parte superior del pijama. Cuando tuve acceso a su pecho, me eché hacia atrás para admirar su cuerpo desnudo y gemí con deseo.

—No sabes lo mucho que me pones, francesa —mascullé sin apartar la mirada de ella.

Disfruté del escalofrío que le recorrió el cuerpo. Rachel llevó las manos a mi cabeza, acercándome aún más, hasta presionar mi cara contra sus tetas. No titubeé cuando me metí uno de sus duros y oscuros pezones en la boca.

— Mon Dieu … —jadeó, entregada.

No me hizo falta traducción, la respuesta de su cuerpo fue clara.

Me deleité con su sabor, con la textura de su piel suave y tierna bajo mi lengua, mientras con la otra mano exploraba el otro pecho, trazando círculos lentos y juguetones alrededor del pezón antes de pellizcarlo con algo más de fuerza.

Sus gemidos se hicieron más intensos conforme succionaba y jugaba con mi boca, lo que me puso todavía más caliente. Se movió inquieta y supe lo que necesitaba. Levanté la cabeza y la observé unos segundos; tenía los ojos vidriosos y la boca entreabierta, y movía las caderas de forma errática.

—¿Todo bien? —le pregunté mientras la seguía acariciando.

Su pecho subía y bajaba con cada inhalación rápida y desesperada, y la mirada le ardía entre la súplica y el deseo.

Rachel soltó un sollozo bajo y los labios le temblaron mientras intentaba responder. La vi luchar por encontrar las palabras; el placer parecía haberle nublado la mente.

—No… —empezó a decir, pero su voz se quebró cuando le pellizqué los dos pezones al mismo tiempo. Gimió desinhibida y se arqueó contra mí—. Quiero más…

Su petición cargada de necesidad, me hizo sonreír. Me acerqué para rozarle los labios, aunque me separé cuando intentó introducirme la lengua en la boca. No la perdí de vista mientras le quitaba la parte superior del pijama, y me incliné hacia ella para susurrarle al oído:

—Túmbate en la cama.

Ella no dudó ni un segundo. Con movimientos elegantes y calculados se separó de la pared y caminó hacia la cama, donde se dejó caer con una expresión que me secó la boca. La seguí, disfrutando de la ondulación de sus caderas mientras se acomodaba y extendía el pelo sobre la almohada.

Sublime…

La luz suave que se colaba por el pasillo iluminaba su piel desnuda, realzaba cada curva y hacía que se viera aún más increíble. ¿Podía haber algo más excitante y bonito que una mujer completamente entregada ante ti? No, no lo había.

Me incliné y avancé con cuidado hasta ponerme sobre ella, sin tocarla, pero acercándome lo suficiente como para que pudiera sentir el calor de mi respiración.

Con la nariz tracé un camino desde su cuello, explorándole la piel hasta llegar a sus pechos y un poco más abajo.

Succioné el área bajo su ombligo y, con las manos, deslicé un poco más el pantalón para revelar sus rizos oscuros.

—No te muevas —susurré mientras bajaba la cabeza un poco más.

Le lamí la cadera y noté cómo inhalaba con fuerza.

Disfruté cada una de sus reacciones: cómo su respiración se aceleraba y el leve temblor de su piel cada vez que mi boca exploraba un nuevo rincón.

Cada gemido y contracción de su cuerpo eran las respuestas que me guiaban, y no me detuve hasta tenerla completamente desnuda frente a mí.

La miré a los ojos antes de dar el siguiente paso, y esa mirada, cargada de deseo, me dijo todo lo que necesitaba saber.

Con tranquilidad, me incliné para besarle la ingle. Ella abrió las piernas en una invitación clara y desesperada, y sonreí.

— Tu es aussi gourmande qu’un chatonne [11] —dijo y, cuando la miré desde el vértice de sus piernas, sonrió con una expresión sibilina.

—Francesa…

— Emmène-moi au paradis, ma chatte [12] —continuó e intensificó mi particular tortura con un guiño.

Por si eso fuera poco, llevó una mano a su muslo y comenzó a acariciarse hasta encontrar su clítoris. Observé cómo sus dedos, pequeños y delicados, jugueteaban con sus pliegues mientras las uñas rojas le brillaban al deslizarse por su piel.

—¿Te diviertes? —le pregunté con un tono entre curioso y desafiante.

Rachel me regaló un gemido más intenso. Sus movimientos se volvieron más deliberados mientras mantenía los ojos fijos en los míos.

—Sí, mucho…

Me mordí el labio inferior y me incliné hacia ella, acercando mi cara para que pudiera sentir el calor de mi respiración. Saqué la lengua y exploré con lentitud el contorno de su ingle, lo que hizo que dejara un rastro húmedo que la hizo estremecer.

Continué el camino hasta su clítoris hinchado y brillante, y lo lamí con glotonería. Gemí cuando su sabor intenso y profundo se hizo dueño de mi boca, y una enorme hoguera se prendió en la unión entre mis muslos.

Las caderas se le levantaron del colchón en un acto reflejo; buscó algo a lo que sujetarse mientras se dejaba hacer, y se aferró a la sábana como si temiese caer de la cama.

Sonreí satisfecha y seguí con mi exploración, utilizando la lengua y los labios para darle placer.

Cuando sentí que el ritmo de mi boca no era suficiente, añadí el toque de mis dedos.

Los deslicé con cuidado en su interior, sintiendo el calor y la humedad a medida que me movía dentro de ella.

Sus paredes se ajustaban y contraían alrededor de mí, y combiné el ritmo de mi boca y mi mano para intensificar sus sensaciones.

Me sentía arder de deseo; mi propio clítoris palpitaba anhelante, y mi respiración ya hacía rato que se había desacompasado al ritmo de cada gemido que me escapaba de los labios.

La sensación de su carne contra mi boca me tenía desquiciada; la humedad, la suavidad… Todo aquello era nuevo para mí, porque, pese a haber practicado sexo oral con otras chicas, nunca lo había disfrutado tanto, jamás me había recreado de esa forma.

Aquella mujer me estaba volviendo loca en todos los sentidos, aunque ni siquiera eso me hizo detenerme hasta hacer que sus gemidos se volvieran más profundos y desesperados.

La vi cerrar los ojos, perderse en el placer y moverse tensa en busca del orgasmo que estaba a punto de alcanzar.

Cada contracción de su cuerpo me hacía sentir más viva, más conectada a ella.

Su interior se apretó violentamente alrededor de mis dedos cuando finalmente comenzó a correrse, y los gemidos se le transformaron en gritos de placer entrecortados.

El cuerpo le temblaba y se le mecía en ondas a medida que las olas de su orgasmo la arrastraban, pero no paré.

Continué sin reducir el ritmo, sin detenerme, sin dejar de mover la lengua mientras los espasmos la sacudían.

Y, cuando al fin todo acabó y posó una mano en mi pelo, le di un último beso en su carne hinchada y levanté la cabeza con una sonrisa.

Y el gesto se me congeló en la cara cuando nuestros ojos se encontraron y su mirada me traspasó de dentro hacia afuera, haciéndose dueña y señora de mi podrida alma.