8 – Arder #2
—Te ha salido bien solo porque me has pillado con la guardia baja —le aseguré, y ella se encogió de hombros con una mirada traviesa—. Además, yo no ronco.
—Sí que lo haces —insistió con tono burlón y movió los dedos en sentido ascendente sobre mi muslo. «Joder…»—. Pero no es nada con lo que no pueda lidiar en la cama.
Sus palabras y el calor de su mano, que traspasó la tela de mi pantalón, me aceleraron el pulso.
La observé en silencio mientras el aire entre nosotras se hacía más denso, más cargado de algo que ni siquiera me atreví a definir.
Tuve la sensación de que, si me movía, si hacía el más mínimo gesto, el momento se transformaría en algo completamente diferente.
Las bromas quedaron olvidadas cuando el espacio entre nosotras se cargó de una corriente eléctrica que me recorrió la columna vertebral. Me estremecí, y supe que Rachel notó el temblor porque la sonrisa se le desvaneció mientras sus ojos permanecían fijos en los míos, profundos, serios.
La distancia entre nosotras se volvió casi imposible; todo lo que podía escuchar era el ruido de mi propia respiración, un poco más rápida, un poco más desesperada, y el latido sordo de mi corazón que me golpeaba con fuerza en los oídos.
«No te va a besar a ti… Ella cree que eres Emma, ¿recuerdas?».
Algo muy feo y viscoso siseó detrás de mí, listo para estrangularme con sus garras.
Quise correr, pero al mismo tiempo sentí la tentación de dejarme atrapar, como si no hubiera otra opción.
Aun así, mi cerebro no reaccionaba ni enviaba ninguna orden.
Tenerla tan cerca me tenía aturdida y me sentía incapaz de pensar con claridad.
—Rachel… —murmuré sin estar segura de qué quería decirle en realidad.
No sabía si quería confesar, detenerla o pasar de todo y dejarme llevar.
Ella no contestó. En lugar de eso, deslizó la mano lentamente por mi pierna y me la rozó con una suavidad que me hizo contener la respiración.
No cruzó ninguna línea, pero me tocó lo bastante cerca como para que el aire se me quedara atascado a medio camino de los pulmones.
Sentí un calor intenso extendérseme por todo el cuerpo.
—Esto… —dijo con la voz cargada del mismo deseo que me invadía a mí—. ¿Esto es lo que buscabas ayer en el probador?
No pude contestar de inmediato. La pregunta, directa y sin rodeos, me dejó sin aliento.
Jamás hubiese pensado que, de las dos, ella sería la que se lanzaría primero.
Jamás.
«Esto es insoportable», me dije cerrando un segundo los ojos. Una no podía ser una chica decente con semejante mujer tan cerca.
Cuando volví a mirarla, me limité a asentir.
Observé cómo los labios se le curvaban en una sonrisa suave y cargada de promesas.
Se inclinó un poco más hacia mí, y yo me incorporé para acercarme a ella.
Nos detuvimos cuando la distancia entre nuestros labios era tan pequeña que podía notar el calor de su respiración como si fuese mío.
Mantuve los ojos abiertos y esperé con ansia aquel primer contacto, ese chispazo que lo encendería todo.
En otros momentos, con otras personas, me había lanzado sin pensarlo, sin darme tiempo siquiera a sentir la espera ni a cuestionar nada más.
Pero con Rachel era diferente; había una intensidad, una sensación de estar al borde de la puñetera cima del mundo, que no había sentido antes y que me provocaba una mezcla de ansiedad e incertidumbre.
—Y esto es lo que hubiera pasado ayer si no te hubieses marchado, ¿verdad?
—No lo sé, dímelo tú.
Me bebí su aliento cuando soltó una risa silenciosa, un sonido bajo que hizo que el calor en la habitación se intensificara.
—¿Qué tal fue tu cita?
—No hubo cita —susurré obviando el desafío de su voz—. Nunca hubo ninguna cita.
Su nariz, pequeña y respingona, se arrugó.
—¿Y el vestido? —inquirió en voz baja. Yo elevé ambas cejas y sonreí culpable—. No necesitabas un vestido.
Me mordí el labio, ansiosa por besarla.
—No necesitaba un vestido —confirmé y la atraje hacia mí cuando ella intentó poner distancia entre nosotras—. Necesitaba tenerte cerca.
—¿Para qué? —preguntó con un hilo de voz.
—Para saber si lo que yo siento cuando te miro es recíproco.
Me fijé en que sus iris tenían pequeñas motitas doradas, como constelaciones.
—Y ¿qué sientes? —susurró. Me acerqué a su cuello e inspiré hondo embebiéndome de ese olor que le pertenecía solo a ella.
Rocé deliberadamente la nariz contra su piel y sentí cómo ella contenía el aire.
Me permití sonreír al percibir el temblor en su cuerpo—.
¿Qué sientes? —repitió con la voz entrecortada.
—Fuego.
Rachel inhaló profundo y exhaló despacio.
—¿Y qué quieres hacer con eso? —preguntó de nuevo.
—No, no —me quejé—. Ahora me toca preguntar a mí. ¿Qué sientes tú?
Dejó escapar un pequeño lamento y sus labios se curvaron en una sonrisa que parecía ser la respuesta a todas mis preguntas. Sin dejar de mirarme, deslizó de nuevo una mano desde mi muslo hasta la cintura y tiró de mí hacia ella.
—Creo que ya lo sabes —respondió con una seguridad demasiado atrayente.
—Quiero escucharlo.
Ella no respondió con palabras. En lugar de eso, me agarró por la nuca y redujo el espacio entre nosotras hasta que nuestras bocas se encontraron.
Sus labios eran suaves y cálidos, y el beso empezó con una ternura que me desarmó.
La dejé hacer hasta que no pude soportarlo más; me moví en el sofá y la tumbé boca arriba, con un movimiento lento pero firme, y me coloqué encima.
La miré a los ojos antes de devorarla entera.
—¿Sabes lo que creo? —le pregunté mientras el beso aún vibraba en mi boca.
Me miró con curiosidad.
—¿Qué?
—Que no sientes lo mismo que yo.
—Ah, ¿sí? —curioseó con tono provocador y arqueó una ceja—. Pourquoi ça?
Cerré los ojos y hundí la cara en su cuello.
—No hables en francés —le rogué contra su piel.
Noté cómo su pecho se movía, por lo que deduje que se estaba riendo en silencio.
— Pourquoi ça? —repitió con un matiz burlón.
—Porque… —empecé a decir y levanté la cabeza para mirarla a los ojos—. ¿Quieres la verdad o la versión light ?
Frunció el ceño y me miró confundida.
—La verdad, siempre.
—«Siempre» es demasiada responsabilidad —me quejé, y ella se revolvió debajo de mí.
—Deja de irte por las ramas y contesta de una vez.
—¿A qué? Haces demasiadas preguntas, francesa…
—Hundió la mano en mi cuello y me tiró de los pelos de la nuca—.
Está bien, está bien. Qué poco aguante… —la piqué con una sonrisa provocativa—.
¿Quieres verdades? Pues aquí van dos: creo que no sientes lo mismo que yo porque, si te quemase viva el mismo fuego que a mí, no me habrías besado de una manera tan dulce e inocente.
Y no quiero que me hables en francés porque me pone muy cachonda.
Y cuando estoy cachonda hago cosas sin pensar en las conse…
Me silenció con su boca, y esta vez su contacto fue profundo y ardiente.
Gemí complacida y el sonido pareció animarla, porque imprimió una urgencia a sus movimientos que me hizo sentir mucho más viva y deseada.
—Rachel —murmuré y cerré los ojos al sentir el mordisco en mi labio inferior—. Por el amor de Dios…
—¿Crees que no me gustas? —inquirió con voz ronca y balanceó las caderas para que nuestros cuerpos se rozaran.
Yo aún no me había atrevido a moverme demasiado, pues sentía que estaba al borde de perder la cordura.
—Empiezo a dudar.
Me borró la sonrisa burlona cuando puso ambas manos en mi culo y me pegó a ella con una fuerza que me sorprendió.
—¿Quieres tú otra verdad? —preguntó con la mirada fija en la mía.
—No soy tan exigente, pero si insistes.
—No sabía que te interesaba de esta forma. De haberlo sabido…
Se quedó callada, y la miré con interés.
—¿Qué?
—Si lo hubiese sabido, no habría salido de ese probador tan rápido. Ni tú tampoco.
Gemí y me lancé de nuevo a devorar su boca, absorbiendo cualquier rastro de duda que pudiera quedarle y encendiendo un deseo que me hizo olvidarlo todo.
El mundo se desvaneció y solo existió el calor entre nosotras, un fuego que ardía con una intensidad inhumana en cada célula de mi cuerpo, un deseo que ninguna de las dos parecía dispuesta a ignorar.
No había lugar para dudas ni para remordimientos, tampoco cabían los recuerdos, tan solo quedaba espacio para el impulso incontrolable de satisfacer lo que sentíamos.
Y, en ese instante, nada más importó.
Ni siquiera las consecuencias tan devastadoras que traería a mi vida el hecho de besar a Rachel Dubois.