Morir por tu amor es la condena a mis mentiras (Gemelas 2) (Costa Serena 5) 8 – Arder
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8 – Arder

Dame veneno que quiero morir

Llegué al edificio de Rachel con una sola idea en mente: escapar.

No quería darle más vueltas a lo que había pasado con Emma, a esa maldita culpa que me comía por dentro desde que salí de casa. Estaba harta de pensar, de sentirme atrapada en esa maraña de remordimientos y de la constante presión de la mirada inquisitiva de mi padre.

Necesitaba un respiro, algo que me arrancara de ese pozo de mierda en el que me estaba hundiendo.

Subí las escaleras casi sin pensar, como si mis pies supieran mejor el camino que mi cabeza.

No me importaba que fuera domingo por la tarde ni lo inesperada que resultaría mi visita para Rachel.

No me molesté en mirar la hora ni en pensar en lo que iba a decir o hacer, lo único que sabía era que no podía volver a casa y tampoco podía soportar la idea de quedarme sola con mis propios pensamientos.

Toqué a la puerta con los nudillos, tres golpes rápidos, sin darle tiempo a mi mente a analizar lo que hacía, porque sabía que, si me detenía a pensarlo, si me permitía siquiera un segundo de duda, acabaría huyendo de allí también.

La puerta se abrió y lo primero que vi fue su ropa: un pijama celeste suave y esponjoso, de esos tan cómodos que no te los quieres quitar en todo el día, y una toalla a modo de turbante en la cabeza. Me llegó un olor dulzón que me impregnó las fosas nasales y me resultó familiar.

—Emma —dijo sorprendida—. ¿Qué haces aquí? No te esperaba…

Por un segundo, dudé. Era muy posible que estuviese a punto de empeorar la situación con mi hermana, haciéndome pasar por ella de nuevo e involucrando a Rachel en todo eso.

Di un paso atrás por instinto, con la absurda idea en la cabeza de marcharme de allí antes de que todo se me fuera de las manos.

Aunque no tuve tiempo de retroceder un paso: al sentir su mano agarrar la mía, me detuve en seco.

—Yo no…

—Ey. —Enroscó los dedos alrededor de los míos, como si supiera exactamente lo que estaba a punto de hacer y quisiera impedirlo—. Entra, estás helada.

Mi cuerpo le dio la razón cuando se estremeció, pero yo sabía que no era solo por el contraste con el frío que traía de fuera, sino por su contacto y por la sensación de que, por primera vez en todo el día —en mucho tiempo—, alguien me entendía.

Su tono fue tan tranquilo y comprensivo que solo asentí sin fuerzas y la dejé guiarme hacia dentro.

El calor de su apartamento me envolvió como un abrazo que no sabía cuánto necesitaba, y el silencio, solo roto por el lejano zumbido de algún electrodoméstico, me resultó casi reconfortante. «Casi», porque el motivo por el que estaba allí volvió a mí de golpe, como un puñetazo en pleno estómago.

Tragué saliva y me forcé a hablar, tratando de sonar lo más neutral posible.

—He tenido problemas en casa y no podía quedarme allí.

Se detuvo y me miró con preocupación.

—¿Estás bien?

—No.

Esa respuesta, tan directa y sincera, salió antes de que pudiera enmascararla con alguna de mis típicas mentiras.

Rachel frunció el ceño, digiriendo lo que acababa de decir.

—Lo siento —murmuró, y en sus ojos vi una compasión que me hizo sentir más vulnerable de lo que quería admitir.

Por un segundo la necesidad de huir volvió fuerte, como una ola de pánico que quería arrastrarme de vuelta al embrollo que había dejado atrás; pero algo en su mirada me ancló al suelo y me hizo recordar que lo que me esperaba afuera sería aún peor.

Estaba cansada de huir y de evitarme. Quizá podría intentar quedarme quieta por una vez y ver qué pasaba…

—¿Te importa si me quedo aquí un rato?

Rachel me miró fijamente con esos ojos penetrantes que me volvían loca incluso en sueños. Después de lo que me pareció una eternidad, asintió y me agarró de nuevo de la mano para llevarme al salón.

—Puedes quedarte todo el tiempo que necesites —respondió con una naturalidad que me pilló desprevenida.

«No tienes ni idea de lo que estás diciendo», pensé siguiéndola sin atreverme a hablar mucho más. No estaba lista para admitir cuánto significaban aquellas palabras para mí.

—Gracias.

—No tienes que darlas —respondió con su habitual calma.

Me flipaba esa serenidad. Parecía como si nada pudiera alterarla realmente, como si recibir a una amiga descarriada en un estado lamentable un domingo por la tarde fuera parte de su meticuloso plan para el fin de semana.

Me soltó la mano cuando llegamos al sofá, y traté de ignorar la sensación de vacío que me quedó.

—¿Te importa si termino? Estaba viendo algo en la tele mientras me hacía las uñas —dijo señalando la mesita de centro llena de esmaltes, limas y demás trastos.

La facilidad con la que me había aceptado, sin hacer preguntas e incluyéndome en sus planes mundanos y cotidianos, me dejó un poco descolocada. La Diana de siempre, la de las respuestas rápidas y que nunca dejaba que los sentimientos le complicaran la vida, salió a flote y respondí en automático.

—Claro. Siéntete como en tu casa.

Sonreí de medio lado cuando me miró con una ceja alzada y negó ante mi comentario ridículo. Observé cómo se sentaba entre un par de cojines, con una pierna bajo el trasero, y me apresuré a ayudarla cuando movió la mesita con cuidado para no desordenar el chiringuito que tenía montado en ella.

— Oh, merde . No te he ofrecido nada. ¿Quieres algo de beber? —Hizo el intento de levantarse, pero la detuve con un movimiento de la mano.

—No, tranquila. Estoy bien.

—¿Seguro?

—Seguro —confirmé—. Y, si me apetece, sé dónde está la nevera. De verdad, sigue con lo tuyo. Haz como si yo no te hubiera interrumpido, por favor.

Me miró un momento más, como si quisiera asegurarse de que lo decía en serio. No sé qué vio en mi cara, pero asintió, reanudó la emisión de una serie en francés que apenas se escuchaba y se relajó de nuevo en el sofá.

Me senté a su lado, en el cojín a su izquierda, y noté cómo siguió mis movimientos por el rabillo del ojo.

Durante un rato, me quedé absorta en el vaivén hipnótico de su mano moviendo la lima y en el sonido del roce con sus uñas.

El ambiente se había vuelto extrañamente cómodo, casi familiar, como si el mundo exterior con sus complicaciones se hubiera esfumado al cruzar el umbral de su puerta.

Y por primera vez en todo el día sentí que podía relajarme un poco.

Puede que no estuviese todo perdido. Tal vez no siempre tomaba malas decisiones. Y quizá, solo quizá, había hecho lo correcto al buscar refugio en su casa.

Me permití observarla con más detalle. La luz cálida de la lamparita a su lado le iluminaba la cara; estaba concentrada, tenía los labios entreabiertos y las largas pestañas le proyectaban sombras sobre las mejillas. Su ceño fruncido me hizo preguntarme en qué estaría pensando en ese momento.

Rachel no solo me parecía bonita, me parecía inalcanzable; como si formara parte de otra liga de la que yo solo podía ser espectadora.

—Eres preciosa —murmuré incapaz de contener el comentario.

Ella se quedó inmóvil con la mano suspendida en el aire. Cuando nuestros ojos se encontraron, vi que mi halago la había pillado con la guardia baja.

—Gracias. ¿Quieres contarme lo que ha pasado?

« Touché », pensé.

Me lo merecía…

Suspiré; no sabía por dónde empezar. Apoyé la cabeza en el respaldo del sofá, porque tenía un montón de cosas en la mente, pero ninguna parecía la adecuada para poner en voz alta en ese momento. No quería parecer una víctima, aunque tampoco podía fingir que todo estaba bien.

—Anoche, cuando me fui casi sin despedirme, no fue porque llegase tarde a la cita que te comenté en el centro comercial. Es que había olvidado algo importante a lo que me había comprometido con mi familia. Y hoy, entre otras cosas, han llegado las consecuencias —me limité a decir.

Rachel se quedó en silencio un par de segundos.

—Entiendo —murmuró al final y supe que no tenía nada más que decir.

Su respuesta me alivió más de lo que esperaba. Sabía que no entendía del todo lo que estaba pasando, pero aceptaba mi explicación sin hacer preguntas. Y aquello, el no tener que enfrentarme a más expectativas ni demandas de nadie, fue como quitarme un enorme peso de encima.

Me acomodé mejor en el sofá, dejé que el calor del ambiente se filtrara hasta mis huesos y, con los ojos cerrados, me concentré en los sonidos que hacía Rachel mientras retomaba la manicura.

Debí de quedarme dormida en algún momento, porque cuando abrí los ojos ya no se escuchaba nada a mi alrededor, solo permanecía ese olor dulce y femenino, mucho más intenso que antes.

—Hola —me dijo Rachel con una sonrisa cuando abrí los ojos.

Estaba cerca, mucho más cerca de lo que recordaba. Fue entonces cuando la intimidad que habíamos compartido el día anterior volvió como por arte de magia.

—Hola —respondí con la voz pastosa y todavía medio adormecida—. Disculpa.

Me incorporé un poco en el sofá, parpadeando para despejar la visión borrosa y dándole tiempo a mi cerebro para coger velocidad.

¿De verdad me había quedado dormida?

Miré a Rachel y me fijé en que ya no llevaba la toalla en la cabeza. En su lugar, el pelo le caía seco y liso alrededor de la cara, y tenía las mejillas sonrojadas.

—¿Cuánto tiempo he dormido? —pregunté estirándome un poco.

—Un ratito —respondió con un gesto amable—. ¿Te ha sentado bien?

Asentí, y era la verdad. Me sentía mucho más descansada.

—No sé qué me ha pasado…

—No te preocupes —dijo colocando una mano en mi muslo. Desvié la vista hacia el lugar exacto en el que nuestros cuerpos se unían—. Parecía que lo necesitabas y a mí no me molesta.

—¿He roncado? —bromeé intentando aligerar el ambiente y mantener a raya esa necesidad que se estaba despertando con el calor de su contacto.

Ella ensanchó la sonrisa.

—No mucho. En Francia solía ir de acampada y, como dormía rodeada de osos pardos, apenas lo he notado.

La miré con el ceño fruncido, y ella no pudo contenerse más. Su risa, ligera y contagiosa, llenó la habitación y sonreí al darme cuenta de que me había tomado el pelo.