7 – Emma
Que la paz sea conmigo…
Giré la cabeza al escuchar la cerradura y la vi en la entrada, detrás de mi hermano Bruno.
Emma.
Había llegado Emma.
El pellizco en el pecho se aflojó al instante al saber que estaba de vuelta.
«Una preocupación menos», pensé y, sin meditarlo, salí corriendo hacia ella.
Mi mente, saturada por lo que había pasado en las últimas setenta y dos horas con Rachel y con mis padres, se enfocó en la necesidad de saber que todo había ido bien en Barcelona, y en que, por fin, podría tachar una de las grandes incógnitas de mi lista.
—¿Has visto a Thiago? Por favor, dime que ha servido de algo toda la ansiedad que he pasado mientras estabas allí y que por fin soy libre —le solté de golpe sin darle tiempo siquiera a abrir la boca para saludar.
Pero la reacción de Emma me pilló completamente desprevenida. Porque, sin amilanarse y con la mirada fija en mí, me soltó un «Vete a la mierda, Diana» que me paralizó.
El impacto de sus palabras fue como un guantazo directo a la cara que me dejó en shock mientras se daba la vuelta y subía las escaleras a toda prisa.
Nunca la había visto así; nunca me había hablado así. No solo me sorprendió lo que dijo, sino cómo lo dijo, con una frialdad que jamás había visto en ella. Esa no era Emma o al menos no la Emma que yo conocía. Y aquello no era un simple enfado, era algo más profundo que no lograba entender.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó mi padre, igual de alucinado que yo, e hizo un gesto como para ir tras ella.
Mamá lo frenó poniéndole una mano en el pecho.
—Dejémosle un poco de espacio —sugirió con tranquilidad.
Mi padre asintió, pero luego se giró y clavó los ojos en mí.
No habíamos vuelto a hablar desde el momento en la piscina, así que esquivé su mirada y me centré en mi hermano Bruno. Craso error, porque su chica se le acercó, y él le susurró algo que me hizo sentirme aún peor.
—Se ha pasado todo el viaje de vuelta llorando.
Algo dentro de mí crujió. Me di cuenta de que no había visto a mi hermana, no de verdad.
Me había centrado tanto en mis propias movidas, en cómo todo esto me afectaba a mí, que no había notado el dolor evidente en su cara.
Y sí, Emma tenía las mejillas marcadas por las lágrimas, los ojos rojos y una expresión que mostraba un sufrimiento que ni siquiera me había molestado en advertir.
La culpa se apoderó de mí y me apretó con fuerza.
Supe que no podía enfrentarme a nadie en ese momento, ni siquiera a mí misma.
Me di la vuelta y caminé hacia la puerta principal. Tenía que escapar de todo, aunque no tenía ni idea de a dónde ir. Solo sabía que mi mente pesaba más de lo normal y el frío del exterior no bastaba para aliviar ese embotamiento que sentía.
Caminé sin rumbo durante un buen rato, tratando de no pensar, de evitar que mi cerebro siguiera torturándome con las mismas mierdas y no me diera un maldito respiro. Pero, por supuesto, no sirvió de nada. ¿En qué clase de persona me había convertido? Desde luego, no en una buena.
«Asúmelo, papá, os ha salido una hija defectuosa».
Defectuosa… Así me sentía exactamente. Hacía tiempo que mi mente se había vuelto en mi contra y no me dejaba nunca en paz.
Por eso siempre estaba en movimiento, buscando algo, cualquier cosa, para mantenerme ocupada.
Porque si paraba, si me detenía y dejaba que fuese a su aire, los pensamientos empezaban a zumbar en mi cabeza como moscas cojoneras imposibles de ignorar.
Por más vueltas que le daba, no lograba entender qué me estaba pasando.
Siempre había sido fuerte y decidida; una tía que no se quedaba atrapada en su mierda, que luchaba hasta romperse las uñas para salir a la superficie.
Pero en ese momento… todo parecía diferente.
Era como si algo dentro de mí estuviera cambiando, desplazándose, y no tenía ni puta idea de cómo manejarlo.
El silencio del callejón por el que estaba pasando se volvió insoportable y por un momento deseé con todas mis fuerzas poder apagar mi cerebro, aunque solo fuera por un rato. Algo absurdo, lo sabía. Era imposible encontrar esa paz mental que tanto…
«Un momento. ¡Paz!», pensé de repente con una chispa de esperanza.
Sí que podía conseguir algo así. El poco tiempo que había pasado con cierta francesa todo se había vuelto un poco más fácil y más… silencioso. Silencioso de verdad, sin ruido de fondo.
—Eso es, joder —murmuré mientras me detenía en medio de la calle. No podía seguir así, pero con Rachel… tal vez no tenía que hacerlo.
Sonreí cuando mi mente empezó a hilar posibilidades y, sin darme cuenta, había retomado el rumbo hacia su barrio.
La decisión ya la había tomado antes siquiera de ser consciente de a dónde me estaba dirigiendo y, mientras caminaba, supe que estaba a punto de cruzar una línea de la que no habría vuelta atrás.
Porque sí, con ella me sentía en paz, aunque también recordé la sensación de mi cuerpo pegado al suyo en la moto, esa conexión instantánea y visceral que había sentido desde el primer minuto.
Y supe que, si me abría la puerta, era posible que todo cambiase entre nosotras, porque había muchas posibilidades de que no pudiera frenar lo que despertaba en mí.
No quería detenerme.
No iba a detenerme.