6 – Paz
Una persona no es menos fuerte por aceptar ayuda cuando la necesita
Después de despertarme con el pie de mi sobrina clavado en una costilla, y el chupete de Salva pegado en el cuello, las cosas solo podían mejorar.
O eso pensé durante toda la mañana hasta que, una de las veces que bajé las escaleras, me topé con la persona que había estado evitando desde que me levanté: mi padre.
—Diana Remo Delgado —recitó al ver que hacía un nuevo intento por escapar.
—Uh… Parece que alguien se ha metido en problemas y esta vez no he sido yo —dijo Guille sentado en el taburete de la cocina, en pijama, mientras se comía unos cereales a la una y cuarto del mediodía.
Lo miré con una ceja levantada desde donde estaba.
—¿Y tú por qué estás aquí? ¿No te habías independizado ya?
—Ventajas de vivir en el garaje —canturreó y se metió una nueva cucharada en la boca.
—En cuatro años es mío, así que no te acomodes mucho —le respondió Zahara, que estaba recogiendo los cacharros del lavavajillas.
—Ya veremos, piojo.
En otra ocasión, me habría unido a uno de los dos bandos, seguramente al que iba en contra de Guille, pero en ese momento me venía de perlas que se pusieran a discutir entre ellos para que mi padre cambiase de objetivo y se olvidara de mí.
No funcionó.
Cuando crucé una mirada con él, me hizo un gesto para que saliera al jardín y su expresión no dio lugar a réplica. Suspiré y comencé a andar hacia la puerta trasera con la misma energía que alguien que marcha hacia la horca.
—Suerte —me dijo Fabiola desde el sofá con una mezcla de lástima y preocupación.
Le sonreí para restarle importancia al asunto.
—Nos vemos en la otra vida —me dijo mi hermana Zahara, llevándose una mano al corazón como si estuviera a punto de llorar.
Guille se unió al teatro.
—¡Recuerda quién eres y lucha con honor!
Rodé los ojos hacia el techo, aunque no pude evitar esbozar una sonrisa.
—Si no vuelvo en quince minutos, repartíos mis cosas —les dije con una voz dramática, siguiéndoles el juego mientras abría la puerta.
Zahara soltó una risita, y Guille hizo un gesto exagerado de quitarse el sombrero que no llevaba puesto.
—Que los dioses te protejan en esta ardua batalla, hermana —proclamó con falsa solemnidad.
Negué con diversión cuando ambos se echaron a reír, pero mi sonrisa se desvaneció en cuanto vi a mi padre en el borde de la piscina. Tenía las manos en los bolsillos de los pantalones deportivos y me miraba fijamente.
Me acerqué a él y me coloqué a su lado. Miré el agua y esperé a que él rompiera el silencio, ya que estaba claro que tenía mucho más que decir que yo.
—Hay algo que necesito que entiendas —empezó con tono firme, aun así, mucho menos hostil de lo que había imaginado; parecía…
agotado—. Cuando me casé con tu madre le prometí muchas cosas, como proteger a nuestros hijos con mi vida si era necesario o dejarme la piel en conseguir la estabilidad económica con la que vivís ahora.
—Lo miré de reojo, tratando de entender a dónde quería llegar con todo eso.
Estaba alucinada, porque mi padre no era un hombre de grandes discursos emocionales, al menos no conmigo, así que escucharle hablar así me inquietaba aún más—.
Pero también le prometí otra cosa. Quizá la más importante de todas.
Se quedó en silencio más tiempo del que esperaba, así que me vi obligada a preguntar:
—¿Cuál?
—Cuidar de ella —prosiguió—. Y es lo que llevo haciendo desde hace más de treinta años.
—Lo sé.
—¿Sí? —Se giró para enfrentarme—. ¿De verdad lo sabes, Diana?
Fruncí el ceño ante su tono y la acusación implícita.
—Sí —respondí a la defensiva.
—Anoche se pasó toda la cena preocupada por ti. Una cena que ciertamente no habría tenido lugar de no haberte ofrecido a quedarte con los niños y a la que casi no llegamos porque «se te complicó el asunto».
—Y es la verdad.
—¿No pudiste avisar?
—No. —Me encaré a él—. No pude.
Su respuesta fue una mirada que me hizo bufar. Me fijé en cómo apretaba los labios, conteniéndose. Un momento después respiró hondo y suavizó el tono.
—No fue capaz de disfrutar ni un solo bocado…
—¿Y por qué se supone que tengo yo la culpa?, ¿porque llegué un poco justa a haceros un favor? Menudo drama… No es para tanto, papá.
—Cree que no estás bien —dijo, y yo levanté una ceja—. Llámalo intuición maternal, por lo que está convencida de que algo te pasa, algo que tiene que ver con Emma.
—Estoy bien.
No respondió de inmediato. En vez de eso, suspiró, bajó la cabeza y frunció el ceño. Fue un gesto casi imperceptible, un vistazo breve que me dejó claro que no me creía.
—Sé que eres fuerte, hija. Y que puedes con todo lo que se te ponga por delante.
Siempre has podido. Pero tu madre… Ella siente cada cosa que os pasa con más intensidad que si le ocurriera a ella misma.
Y no va a decirlo en voz alta, porque no quiere entrometerse en vuestra vida.
Siempre hemos permitido que deis el primer paso, y ahora más que nunca, porque la mayoría de vosotros sois adultos.
Aun así, eso no significa que no nos preocupemos. Ya deberías saberlo.
Sus palabras me golpearon con fuerza.
—¿Y qué más tengo que hacer? —respondí sintiendo cómo la presión en el pecho empezaba a mutar a una rabia más conocida y manejable—. Os pedí perdón anoche, fui a ayudar a alguien y no pude llegar antes. Lo siento, ¿vale?
—Ya.
—Mira, lamento no hacerlo todo bien ni ser generosa, dulce o tener en cuenta lo que sienten los demás cada maldito segundo de mi vida.
—Diana…
—Es una pena —continué, destructiva—, aunque tampoco es como si no tuvierais más hijos de los que presumir. Asúmelo, papá, os ha salido una hija defectuosa. Una de ocho no es una mala cifra, ¿no?
Mi padre me observó en silencio. Su mirada, por primera vez, no estaba cargada de desaprobación, sino de tristeza. Y yo no sabía lidiar con eso. ¿Por qué narices no se enfadaba sin más? ¿No se daba cuenta de que estaba hurgando en la llaga y haciéndome daño?
—No eres defectuosa ni quiero que te comportes como alguien que no eres —me aclaró con suavidad, como si intentara calmar el fuego que sabía que ardía dentro de mí—.
Solo te estoy pidiendo que recuerdes que te queremos y que nos preocupamos por ti.
No estás sola, Diana. No voy a decirte cómo tienes que vivir tu vida, pero quiero que sepas que, si alguna vez necesitas ayuda, puedes contar con nosotros.
Solté una única risa amarga.
—Claro que sí… Un discurso precioso —respondí con un deje de sarcasmo que ni siquiera intenté ocultar.
Rehuí su mirada—. Verás, papá, no necesito que os preocupéis por mí, ¿vale?
Estoy segura de que alguno de mis hermanos os necesitará más que yo.
A fin de cuentas, como tú has dicho, siempre he podido con todo.
El silencio se instaló entre nosotros, pesado, opresivo… Aquella conversación solo estaba alimentando más a los demonios que llevaba dentro. Mi padre frunció el ceño y noté cómo sus labios se apretaban en una fina línea.
—No estás siendo justa. Ni con nosotros ni contigo misma.
—Y, sin embargo, aquí estamos —respondí con ironía, sintiendo el amargo sabor de la realidad en cada una de sus palabras—. ¿Qué más da si es justo o no? La vida no siempre lo es, ¿verdad, papá?
Él se dio la vuelta un segundo y aproveché ese momento para empujar hacia abajo el enorme nudo que sentía en la garganta, ese que me impedía respirar hondo y pensar con claridad.
No me podía permitir mostrarme vulnerable, no cuando me había pasado tantos años construyendo aquel muro a mi alrededor.
Un muro alto de piedra y cemento… No, era un muro hecho de putos diamantes bien pulidos y brillantes, capaces de cegar a mis enemigos y con la fuerza suficiente para defenderme de cualquier ataque.
Había trabajado en él, pieza por pieza, hasta que su fuerza se convirtió en mi escudo.
Pero ¿y si todo ese trabajo no había sido suficiente?
Las palabras de mi padre fueron como pequeñas bolas de demolición que, aunque casi invisibles, habían abierto fisuras en esa muralla.
Y no podía dejar que todo mi esfuerzo se fuera a la mierda de repente.
No por un discurso ridículamente emotivo y poco oportuno.
—Con los años he aprendido que una persona no es menos fuerte por aceptar ayuda cuando la necesita.
Sus palabras fueron ese último cañonazo lanzado a la desesperada, cuando todos los arqueros habían sido abatidos y los soldados yacían cubiertos de sangre en el suelo. Era casi doloroso ver cómo intentaba llegar a mí y romper mis barreras, como si no entendiera que era demasiado tarde para eso.
Me aferré con uñas y dientes a mis últimas defensas en pie.
—Si tú lo dices… —musité sabiendo quién era el verdadero ganador de aquella batalla.
Me pareció que iba a decir algo más, pero se quedó en silencio y, al fin, asintió. Se frotó las manos y se giró hacia la casa.
—Hace frío, será mejor que volvamos dentro.
—Me quedaré un poco más —rechacé su oferta, y él no respondió.
Un momento después, escuché el sonido de la puerta al cerrarse y supe que me había quedado sola.
Por fin.
Apreté la mandíbula e inspiré hondo mientras mi mente iba a mil por hora; mis pensamientos eran un caos, un torbellino de emociones reprimidas en el que me daba pánico entrar.
Aunque intenté convencerme de que había logrado mantener el control, sabía que no había sido así.
Las fisuras estaban ahí, por pequeñas que fueran.
El verdadero problema no era que hubiera intentado ayudarme, sino que había llegado tarde; ocho años tarde, para ser más exacta.
Porque esas frases quedaban geniales en una taza regalada por Navidad, pero en la vida real, en mi vida real, no se aplicaban.
Porque cuando había dejado de lado mi orgullo y decidí pedirle ayuda, su respuesta fue un: «Espera, Diana.
Emma me necesita» que me dejó claras sus prioridades.
Y ese rencor, ese dolor, era lo que hacía que las palabras de mi padre resonaran vacías, como el eco en una habitación sin muebles.