Morir por tu amor es la condena a mis mentiras (Gemelas 2) (Costa Serena 5) 5 – Mierda
24%

5 – Mierda

Aunque no quieras, la vida sigue su jodido curso

—¡Mierda!

La buena noticia era que había encontrado el teléfono de mi hermana al subir al apartamento de Rachel. La mala: me había topado con ocho llamadas perdidas de mi padre y varios mensajes sin leer.

Joder, joder, joder. ¿Cómo se me había podido ir la cabeza de esa manera?

Cerré los ojos con frustración y me di una bofetada mental. Rachel asomó la cabeza desde su dormitorio con una expresión preocupada y un zapato a medio quitar.

—¿Qué ocurre?

—Tengo que irme —anuncié mientras recogía mi bolsa con el vestido a toda prisa—. Llego tarde. Joder, llego tardísimo...

No podía quedarme a analizar su expresión; tenía que salir de allí ya si no quería acabar formando parte del abono para los árboles del final del jardín de mis padres.

—Vale…

—¡Lo siento! —me disculpé y cerré la puerta tras de mí.

No esperé el ascensor; bajé las escaleras tratando de mantener la calma, pero conduje como si estuviera en una película apocalíptica en la que el mundo se estuviera acabando, y yo fuera la última esperanza para salvar a la humanidad.

Cuando llegué a casa, inspiré hondo y abrí la puerta.

Me detuve un momento con la llave aún en la cerradura y agudicé el oído.

Confirmado: la planta baja estaba en silencio.

Di unos pasos hacia dentro y me quedé parada en seco.

Mi padre estaba sentado en el sofá con una de las expresiones más serias y aterradoras que le había visto nunca.

—Hola, jefe —lo saludé forzando un tono natural y despreocupado—. Ya estoy aqu…

Me interrumpió con un gesto de la mano y se levantó con calma.

Al verlo sacudirse las arrugas del pantalón de vestir, un escalofrío me recorrió la espalda.

Era gemela muerta… La forma en la que se acercaba, sin prisa, pero con una intensidad que ponía los pelos de punta, hizo que el estómago se me retorciera aún más.

Cada uno de sus pasos parecía medido y decidido, como si estuviera planeando meticulosamente cada detalle de cómo me iba a enterrar viva debajo del roble.

—¿Seguimos contando contigo para quedarte con los niños?

—Sí, claro. Verás, yo…

—Bien —me cortó con un tono que no dejaba lugar a discusión—.

Hablaremos mañana. Zahara se queda esta noche en casa de tía Alicia.

Tu madre está durmiendo a los mayores, y los gemelos están en tu habitación, en la cuna de viaje; fueron los primeros en caer después de que tu hermana Fabiola nos echase una mano.

Su mirada me dejó claro que no estaba dispuesto a escuchar excusas, así que me limité a asentir.

—Lo siento —murmuré.

—Hazme un favor. Dile a tu madre que la espero en el coche.

Asentí de nuevo, aunque la culpa me había nublado tanto la mente que me costaba seguir la conversación. Mi padre se marchó, dejando tras de sí el aroma de su perfume masculino, uno que solía reservar para ocasiones especiales. Al cerrar la puerta, solté el aire que había estado conteniendo.

Subí las escaleras y me dirigí al primer piso.

La puerta de la antigua habitación de Guille estaba entreabierta y el suave resplandor de una lamparita proyectaba sombras en las paredes del pasillo.

Me asomé despacio, sin hacer ruido, y observé a los niños acurrucados en las camitas que mi hermano Bruno y mi padre les habían montado unos días atrás, cuando Guille terminó de desalojar la habitación para mudarse al apartamento del garaje.

Mi madre estaba allí dentro, sentada a los pies de la cama de Kay, acariciándole una de las piernecitas. Estaba radiante, con su maquillaje aún intacto y ese vestido lila que le sentaba como un guante.

Cuando giró la cabeza, y me vio, el alivio le cruzó la cara. Después de asegurarse de que los niños estaban bien dormidos, se levantó con cuidado, recogió los zapatos de tacón que había dejado en la alfombra y se acercó a la puerta. Yo me eché a un lado para dejarla pasar.

—Mamá…

—¿Estás bien? —me preguntó, y la preocupación en su voz me hizo sentir aún más culpable. Sentí un escozor incómodo en los ojos que me hizo parpadear varias veces.

—Sí, mamá. Perdona, se me complicó la tarde.

—No pasa nada —dijo ella, pero la desilusión en su voz me dolió como un pinchazo en pleno corazón—. Nos tenías preocupados. No cogías el teléfono…

Sentí la niebla espesa que tanto temía acercándose y, en un impulso, me lancé a abrazar a mi madre, sorprendiéndonos a ambas con el gesto.

—Lo siento. Estuve ayudando a alguien —«a mí»— y se me complicó el asunto. No pude venir antes. Papá ha ido a arrancar el coche. No volverá a ocurrir, de verdad —susurré dejando que las palabras salieran atropelladas.

Ella me devolvió el abrazo y me acarició la espalda.

—Tranquila. Hablaremos mañana, ¿vale? —dijo separándome un poco para mirarme a los ojos—. ¿Estás bien de verdad?

—Sí. Pasadlo bien.

Me observó unos segundos y, al final, me dio un beso en la mejilla antes de asentir y marcharse. Me quedé en el pasillo, escuchando el eco de sus tacones hasta que se perdió fuera de la casa.

Suspiré y, apoyando la espalda en la pared, me dejé caer en el suelo del pasillo.

—Joder… —mascullé.

Cerré los ojos y empecé a golpearme la cabeza suavemente contra la pared. Con un poco de suerte, podría despejar un poco la niebla y encontrar algo de claridad en aquella oscuridad aplastante. O, al menos, aniquilar unas cuantas neuronas… Tanto me daba. Lo que fuera necesario para no sentir.

No sé cuánto tiempo pasé allí sentada, perdida en mis pensamientos; tal vez minutos o quizás horas. Un par de toquecitos en el hombro me sacaron del trance y abrí los ojos de golpe, asustada.

—¿Qué haces ahí? —me preguntó mi hermana Fabiola con voz adormilada y el pelo oscuro revuelto.

Aunque solo era cuatro años menor que yo, seguía viéndola como la pequeña Pato, esa niña sensible y asustadiza que había sido, a pesar de que ya me superaba por unos cuantos centímetros de altura.

—Estaba pensando.

Se quedó en silencio un par de segundos, luego me miró con cariño.

—Vale —aceptó en un susurro—. ¿Quieres que te haga compañía mientras piensas?

Negué con una sonrisa. Fabiola siempre había sido la antítesis de mi caos interno. Tímida, tranquila, pacífica… Era el tipo de persona que siempre se preocupaba por ayudar en silencio, sin juzgar, solo estando ahí.

—Gracias, Fabi —le dije intentando transmitirle mi agradecimiento con una sonrisa—. Pero deberías volver a la cama. Yo me encargo.

—¿Segura?

Asentí, forzando una mueca que ella me devolvió antes de marcharse de nuevo a su habitación. La observé alejarse y con ella se fue también ese calorcito reconfortante que había sentido en el pecho durante nuestro breve encuentro.

Me levanté y un pinchazo de dolor me recorrió la espalda. Las piernas no habían corrido mejor suerte; las sentía entumecidas por la inactividad… Quizá sí que había pasado demasiado tiempo en ese suelo.

Cuando fui capaz de caminar, di una vuelta por la habitación de Guille para asegurarme de que los niños seguían bien y luego me fui a mi cuarto, a pesar de saber que no podría dormir todavía con la mente tan hecha papilla.

Me tumbé en la cama y miré a Salva y Bruno.

Los gemelos, con sus rizos oscuros enredados y las manitas apretadas, dormían tranquilos en la misma posición.

Parecían estar en sintonía desde antes de nacer, igual que lo habíamos estado Emma y yo.

Sus respiraciones eran rítmicas, casi hipnóticas, y por un momento me dejé llevar por la calma que transmitían.

Los envidié un poco, durmiendo tan a gusto, sin complicaciones ni rollos raros en sus cabecitas.

Fue difícil no pensar en mi gemela; en cómo, cuando éramos pequeñas, dormíamos de la misma forma, codo con codo, compartiendo más que un colchón, pues éramos cómplices de risas, miedos y secretos que en aquel entonces parecían gigantescos.

Ella siempre había sido más reservada que yo en algunos temas, aun así, nos entendíamos sin necesidad de palabras.

Pero eso había cambiado en algún momento, y el tiempo había transformado nuestra relación de maneras que nunca habríamos imaginado de niñas; cuando ella me seguía en cada una de mis fechorías, y yo me desvivía por protegerla a mi manera.

Era irónico, en realidad. Yo, la que siempre había sido la fuerte ante los demás, hacía tiempo que me sentía como un castillo de arena a punto de desmoronarse. Intentaba arreglarlo, cubrirlo con arena seca y apretar, aunque no servía de nada…

En cambio, ahí estaba ella, mi gemela, que era todo lo que yo no lograba ser: estable, organizada, con un plan claro, un propósito en el trabajo y responsable con sus decisiones.

Como si, con el tiempo, ella hubiera conseguido mantener su vida en equilibrio, mientras la mía se tambaleaba cada vez más.

Y claro que me fastidiaba, porque Emma era una de las razones por las que todo se había ido al carajo.

Ella me había metido en la boca del lobo, consciente o no, y yo había pagado un precio que ella jamás comprendería.

Y me dolía aún más sentirme culpable por haberla mandado a cortar con Thiago, porque solo le estaba pidiendo que cumpliera con su jodido turno de hacer algo por mí, después de todo lo que yo había soportado por ella, sin embargo, no podía dejar de sentirme igual de vacía y rota.

No importaba cuánto intentara arreglar las cosas. Nada, absolutamente nada, iba a cambiar lo que había pasado, y lo peor de todo era que no podía dejar de culparla por ser la que iniciara todo el desastre, la primera ola que comenzó a arrastrarlo todo consigo.

En algún momento de la noche me dormí, agotada de escucharme.

De repente, un sonido agudo y desquiciante rompió la tranquilidad de la noche.

Parpadeé varias veces, desorientada, y traté de identificar de dónde venía.

Me desperté de golpe y, al incorporarme, me di cuenta de que eran Salva y Bruno, que estaban despiertos y lloraban desconsolados con sus caritas arrugadas.

—Shh, shh… Tranquilos —les susurré tambaleándome al ponerme en pie para acercarme a la cuna. Bruno aceptó el chupete y lo chupó con fuerza, mientras Salva se frotaba los ojos con sus diminutos puños sin dejar de llorar—. ¿No lo quieres? ¿Por qué no lo quieres? Venga, tío, no me hagas esto…

—Tata Di…

Cerré los ojos y dejé caer la cabeza hacia atrás, frustrada.

—Hola, peque —saludé a una más que somnolienta Abril y le sonreí al girarme. Salva continuaba a lo suyo—. ¿Qué haces levantada? ¿Te han despertado Pavarotti y su corista?

Me acerqué y me agaché para cogerla en brazos.

—No. Han siro ellos. —Señaló la cuna de los gemelos y se me escapó una risa que traté de contener.

—Ya. No me preguntes por qué, pero me lo imaginaba.

—¿ Tene caca? —me preguntó cuando me senté en el borde del colchón con ella en mi regazo y la acuné contra mí—. Papá rice que es un cagón.

Apreté los labios para no reírme.

—No lo sé. ¿Te metes en mi cama mientras lo compruebo? —Asintió y reptó por ella hasta apoyar la cabecita rubia en la almohada. Yo me giré hacia la cuna de nuevo y saqué al gemelo llorón, que se calló en el acto—. ¿En serio? ¿Ya no se va a acabar el mundo?

Después de comprobar que el pañal seguía limpio y seco, le ofrecí de nuevo el chupete, y esa vez sí que lo aceptó. Aunque, después de un segundo amago de llanto al intentar acostarlo, me quedó claro que la cuna no era una opción.

—Eres un caradura. ¿Tú también quieres unirte a la fiesta de pijamas?

—le susurré para no despertar a Bruno, que se había vuelto a dormir—.

Está bien… Nada de quedarse charlando hasta las tantas, ¿eh?

Que os conozco y de ahí a poner la música a todo volumen y despertar a los vecinos hay un parpadeo.

Me tumbé con él en la cama y el plan pareció convencerlo, porque levantó las piernecitas y gorjeó contento.

—Salva, a rormir —le regañó su hermana mayor.

—Eso es, enano. —Tiré del cojín de los pies de la cama y lo puse en el borde para evitar que se cayera—. A dormir.

Abril, obediente, empezó a relajar su cuerpecito contra mí.

Cuando sentí que su respiración se volvía más lenta y regular, supe que ya estaba dormida.

Salva aún luchaba contra el sueño, pero cuando empecé a acariciarle la cabeza se fue relajando también, y una sonrisa tierna se extendió por mi cara.

Me quedé allí, inmóvil, respirando despacio y notando el calorcito que desprendían sus pequeños cuerpos.

—No crezcáis, que el mundo es una porquería… —murmuré en un hilo de voz justo antes de cerrar los ojos—. Os quiero, peques.

El peso de mis propias preocupaciones se desvaneció, aunque solo fuera de manera temporal, mientras estaba allí con ellos. Pero, como siempre, la vida no tardaría en recordarme que las treguas nunca duran demasiado.