4 – Retour #3
Asintió, y terminamos de comer en silencio.
La Diana de mi mente estuvo ansiosa el resto de la comida y, al entrar en la tienda, se frotó las manos mientras buscaba la prenda adecuada para llevar a cabo el plan. Quince minutos después, encontré justo lo que necesitaba.
—¿Qué te parece este? —le pregunté a Rachel, mostrándole un vestido rojo, ajustado en la parte superior con un cuello alto y combinado con una falda con vuelo. No era para nada mi estilo, pero eso era lo de menos. Era perfecto para analizar su reacción.
—No sé…
—Tendré que probármelo también para que estemos seguras —contesté añadiéndolo a los demás que colgaban de mi brazo—. Lo siento, te estoy volviendo loca.
—¡Qué va! —le restó importancia y continuó mirando perchas—. Si me encanta ir de compras.
«Y a mí me encanta ese hoyuelo que parece decir “pecado”».
Le sonreí y, unos minutos después, nos dirigimos juntas al pasillo en el otro extremo de la tienda.
Como era de esperar, ella me indicó que se quedaría fuera, así que empecé a probarme todas las demás prendas, dejando el que realmente quería para el final.
Con cada una de ellas salía, hacía algunos movimientos y poses para que lo evaluase y volvía al probador.
Hasta que le llegó el turno a la joya de la corona.
«Vamos allá».
—Rachel —la llamé—. ¿Puedes venir?
Asomé la cabeza por la cortina y la busqué con la mirada. Al escucharme, se acercó solícita y me sonrió.
—¿Necesitas otra talla?
—No…
Me mordí el labio, compungida un segundo antes de entreabrir la cortina y darme la vuelta. Por supuesto, tenía toda la espalda al aire y el vestido se me abría en la zona de la falda, donde se encontraba la cremallera.
Mis escuetas bragas brasileñas fueron lo primero con lo que se topó.
— Ah, merde, désolée [9] —masculló bajito y no necesité traducción para interpretar sus palabras.
—¿Podrías ayudarme con esto? No consigo abrochar la parte de la falda y los botones del cuello son diminutos…
Se escucharon voces en el pasillo, y Rachel entró al probador, cerrando tras ella. Inspiré hondo. La observé por el espejo y pude ver cómo me repasaba la espalda desnuda y luego miraba de reojo el sujetador colgado de la percha.
—Ten cuidado con el pelo —murmuró, y yo lo eché a un lado.
Al comenzar a subirme la cremallera me rozó la piel del trasero con los dedos y el agradable cosquilleo me erizó los pezones.
—Gracias —susurré, y ella asintió.
Una vez hubo acabado de abrochar los botoncitos que mantenían la parte superior agarrada, me giré. Me fijé en que sus ojos se deslizaron por mi figura, deteniéndose un poco más de lo necesario en algunos puntos centrales, antes de encontrarse nuevamente con los míos.
—Te queda perfecto —dijo con una voz que apenas era un susurro.
—¿Sí? —insistí girándome a un lado y otro, mirándome desde todos los ángulos—. ¿La espalda al aire no es demasiado? No puedo llevar sujetador…
—No lo necesitas —dijo mientras seguía revisando los demás vestidos colgados en la percha.
Lo que de verdad no necesitaba era probarme nada más, entre otras cosas porque no me hacía falta ningún maldito vestido. Le sonreí como si no estuviera sintiendo los latidos de mi corazón resonando por todo el cuerpo. Todo. Entero.
—Llevas razón —admití, aunque volví a dudar—. ¿Y el color rojo no está muy visto en San Valentín?
—El color rojo siempre es un acierto.
Me acerqué a ella mientras la tensión se hacía casi palpable entre nosotras. Su respiración se volvió más pesada a medida que la distancia se reducía y tragó saliva con dificultad cuando tan solo nos separaban unos centímetros.
Clavó la mirada en mí, intensa y expectante, sin dejarse intimidar. No me paré a recrearme en cuánto me gustó esa actitud.
—¿Te puedo contar un secreto? —pregunté con un susurro cargado de intención.
—Puedes —respondió sin parar de observarme.
Asentí y, sin apartar la vista de ella, dejé escapar la confesión con la que le lanzaría el último anzuelo:
—Mi cita es con una mujer.
Los ojos se le abrieron un poco más tras mi revelación.
Su mirada bajó un par de segundos a mis labios antes de regresar a mis ojos, y yo me aguanté las ganas de devorarla entera.
Entreabrió la boca, como si estuviera a punto de decir algo, pero, en lugar de eso, me regaló una sonrisa fugaz y un asentimiento casi imperceptible.
—Entonces, has encontrado el vestido perfecto —murmuró con una calma calculada, antes de girarse y salir del probador, dejando la cortina abierta tras de sí.
Cuando me quedé sola, cerré los ojos y me apoyé en la pared. Necesitaba un momento para recuperar el aliento y la compostura antes de salir de allí como si nada.
Llegué a dos conclusiones. Primero: la reacción de Rachel, tan sutil, pero cargada de significado, me dejó claro que allí ocurrían más cosas de las que ella misma parecía dispuesta a admitir. Y segundo: como buena tauro que soy, me había empeñado en jugar con fuego y casi me había quemado.
Lo que no podía imaginarme era que, al final de la partida, la que acabaría más tocada y hundida sería yo.