4 – Retour #2
Apoyó la mano izquierda en mi rodilla y apretó en respuesta, y su toque me provocó un cosquilleo que me hizo removerme en el asiento. Era posible que, si me lo proponía, no hiciera falta ninguna costura, al fin y al cabo.
Rachel se acercó a un estacionamiento y, con la misma gracia y elegancia que parecía tener para todo, aparcó la moto con una precisión impecable. La maniobra fue tan suave que casi ni noté el cambio de ritmo y, cuando el motor se apagó, el silencio que siguió fue un alivio.
Liberé mi agarre de su cuerpo cuando se quitó el casco con agilidad y tardé unos segundos en comprender que debía imitarla y bajarme.
—¿Estás bien? —me preguntó con una sonrisa al ver mis pasos inestables.
—Como Bambi recién parido —solté sin pensar.
Ella rio a la vez que descendía de la moto.
—¿Ha sido tu primera vez?
Me pidió el casco con un gesto para guardarlo en el portaequipajes, y se lo devolví.
—Hacía demasiado tiempo que no escuchaba esa pregunta —bromeé, y ella negó con diversión—. No sé tú, pero yo necesito comer antes de enfrentarme a eso.
Señalé el bullicioso centro comercial, y ella aceptó el plan.
Caminamos juntas hasta la zona de restauración. La gente iba de un lado para el otro con bolsas y prisas; estaba claro que se les había echado el tiempo encima con la celebración de San Valentín. Decidimos entrar en una cadena de comida rápida, pues todo estaba lleno, e hicimos nuestros pedidos.
Encontramos una mesa junto a la ventana.
—¿Vas a decirme ya la verdad? —me preguntó Rachel tras abrir nuestros envases de cartón.
Levanté la cabeza de golpe.
Mierda. ¿Ya había adivinado que no era Emma? Bueno, tampoco hacía falta ser Sherlock Holmes para descubrirlo; no es que estuviera haciendo mucho por ocultar las diferencias entre mi hermana y yo. Mi ropa y mis modales lo decían todo.
—Te has dado cuenta —afirmé.
Le di un trago a mi cerveza, y ella se recostó contra el respaldo de la silla.
—Sí. ¿Tan mal están las cosas en tu casa como para preferir pasar el fin de semana conmigo? —Fruncí el ceño, pues aquella no era la pregunta que había esperado recibir—. Tranquila. Está claro que tendrás tus motivos para querer escapar un rato, y yo no soy quién para juzgarte.
Se comió una de mis patatas, que se había caído del envase a la bandeja, y yo la maldije fuertemente por ser capaz de hacerme bajar la guardia con tanta facilidad.
¿Era por el acento?, ¿o por esa mirada desamparada y a la vez fuerte?
Me tenía muy desconcertada.
—No. No es eso —negué desviando la vista hacia la mesa contigua.
Me llevé la mano al pecho, justo sobre el corazón, y presioné suavemente mientras trataba de encontrar las palabras adecuadas—.
Es solo que a veces me resulta insoportable ser yo misma y aguantarme durante mucho rato seguido.
Es como si hubiera una especie de ruido de fondo constante y molesto en mi cabeza.
—Necesitabas un poco de paz —resumió de manera muy acertada, captando mi atención.
La observé remover su ensalada como si nada.
—Necesitaba un poco de «tu» paz —la corregí.
Sentí sus ojos fijos en mí y se la devolví mientras la energía chisporroteaba entre nosotras y me encogía hasta los dedos de los pies. Dejé de escuchar el ruido de los demás clientes a nuestro alrededor, pues allí solo había lugar para el silencio. Y para Rachel.
Al final, asintió con lentitud y, para mi completa consternación, se pasó la lengua por el labio inferior.
Estoy segura de que tuvo que darse cuenta de a dónde se dirigieron mis ojos y de cómo me la comí con la mirada, porque un ligero rubor le cubrió las mejillas y desvió la vista al panel de información del restaurante.
Deduje que la había hecho sentir incómoda y me reprendí mentalmente por ello. ¿Tendría que pedir un taxi para la vuelta?
—Es curioso —murmuró sin establecer contacto visual—. Puede que sea porque es la primera vez que nos vemos fuera de la escuela, pero desde ayer te noto diferente.
«Díselo».
—¿Sí?
Regresó su atención a nuestra mesa y entrecerró los ojos, clavando la mirada en mí.
—No me malinterpretes, creo que en las distancias cortas eres mucho más auténtica.
Solté una risa nasal, empujé la bandeja y apoyé los antebrazos en la mesa.
—¿En las distancias cortas?
«Díselo. Ya», volví a escuchar en mi mente.
Rachel sonrió con complicidad y se inclinó hacia delante, reduciendo la distancia entre nosotras. La miré sin amilanarme; si pensaba que mis pulsaciones disparadas y al borde de la taquicardia iban a hacerme retroceder, es que no me conocía en absoluto.
De hecho, no me conocía en absoluto.
—¿Quién eres en realidad? —murmuró—. ¿La Emma del trabajo o esta nueva versión?
«Se merece saber la verdad y te lo está poniendo en bandeja».
«Maldita sea. ¡¿Te quieres callar?!».
Apreté la mandíbula y me esforcé por sonreír.
—¿Cuál te gusta más?
—¿Ambas? —preguntó a su vez, echándose hacia atrás en el asiento—. ¿Es una opción?
Su respuesta me pilló por sorpresa y no pude evitar soltar una carcajada. Ella me observó con picardía mientras bebía de su agua con gas.
—Creo que no soy la única que tiene dos caras por aquí. —Me tiré al río sin flotador ni colchoneta—. Tú tampoco eres como en el trabajo.
Arqueó una ceja.
—Lo sé —respondió jugando con la servilleta entre los dedos—. Allí tengo que mantener la fama de la guillotine .
—¿La guillotina? —Alcé ambas cejas—. ¿En serio?
Frunció el ceño.
—Como si no lo supieras. Me lo contaste tú…
«Alerta roja. Alerta roja. Abortar misión. Puedes ir pidiendo el taxi…».
—Me refería a que ahora te siento más atrevida —me aventuré dando por hecho que ninguno de sus alumnos sabría que conducía una Kawasaki Ninja 300.
—«Atrevida» —repitió, como si la idea le divirtiera. Cuando me contestó, lo hizo mirándome fijamente—. Puede ser. Supongo que todos tenemos varias caras y mostramos la que mejor nos viene en cada momento.
Cualquiera que hubiera escuchado nuestra conversación habría captado el doble sentido, como si ambas estuviéramos explorando las posibilidades y a dónde podíamos o no llegar con la otra.
«¿De qué palo vas, francesa?», me pregunté.
Tenía que descubrir si el rollo que llevábamos, con miraditas y sonrisas insinuantes, era solo una broma entre amigas o si, en realidad, esa preciosidad estaba de algún modo interesada en mí.
No me costó mucho encontrar la forma más directa de averiguarlo, la bolsa de una de nuestras vecinas de mesa me ofreció la solución.
«Lo siento, Emma. Le diré la verdad antes de que vuelvas, pero déjame disfrutar un poco más de ser tú, libre de mierdas y recuerdos por una vez en mi jodida vida, por favor», le pedí mentalmente a mi gemela.
—¿Sabes, francesa? En realidad, sí que te he acompañado por una razón —le solté dejando caer la primera miguita de pan en el camino—. Necesito ayuda femenina.
—¿Para qué? —me preguntó con curiosidad mientras se comía un trozo de lechuga.
—Me han invitado a cenar esta noche —mentí sin apartar la mirada de ella, pues necesitaba ver todas sus reacciones—. Y no estoy segura de si sabré estar a la altura de la ocasión con lo que tengo en el armario.
¡Bingo!
La forma en la que se le tensaron los hombros, aunque luego intentó disimularlo, me dejó claro que algo había pasado.
—¿Una cena formal?
—Sí. Íntima y formal —contesté intentando sonar relajada.
—¿Quieres que te preste un vestido? —me ofreció con duda—. No estoy segura de que te sirva, no tenemos la misma talla.
Reí, y ella me observó confundida.
La idea de meterme en un vestido de Rachel, por mucho que yo misma no fuese gran cosa con mi metro sesenta y cinco, era del todo ridícula e imposible, empezando por la zona de las tetas.
—No.
—¿Entonces? —insistió.
«Eso es». Sonreí mentalmente. La tenía justo donde quería.
—Pues había pensado que podíamos comprar algo en alguna tienda de por aquí —sugerí, metida en mi papel—. Será rápido, te lo prometo.
Junté ambas manos frente a mí y puse cara de pena.
—Claro —asintió al fin y removió un poco más su ensalada—. Seguro que encontramos algo apropiado para esa cita.
—¡Perfecto, gracias!