4 – Retour
Vísteme despacio, que te tengo ganas
De un manotazo encendí la radio y pulsé varios botones hasta encontrar la canción que necesitaba de la lista de reproducción.
Me negaba a seguir dándole vueltas ni un segundo más a lo que podría pasar cuando llegara a casa de Rachel, así que, en el momento en que los primeros acordes de No one knows , de Queens of the Stone Age, empezaron a resonar por el sistema de sonido de mi coche, respiré hondo y asentí satisfecha.
Esa canción, con sus guitarras distorsionadas y ese ritmo frenético tan pegadizo, siempre había sido mi refugio. Era como una inyección de energía que barría mis pensamientos más oscuros, el remedio perfecto para esos días en los que el silencio se convertía en mi peor enemigo.
Subí el volumen, permití que la música me invadiera y me dejé llevar por la adrenalina que me corría por las venas, moviendo la cabeza al ritmo. Al llegar al estribillo grité a todo pulmón, y sentí cómo cada palabra y cada acorde me liberaban un poco más de mis dudas y recuerdos.
El estruendo de la batería y las guitarras eléctricas era tan intenso que casi ni escuchaba el motor del coche, como si el mundo exterior hubiera desaparecido dejándome sola con la música y la sensación de ser la única dueña de mi vida.
Era justo lo que necesitaba en ese momento: una distracción que me apartara de toda la mierda que se me colaba en la mente.
Pero, como si de repente me despertara de un sueño muy movido, la carretera se terminó y me adentré en la zona pija: el territorio de Rachel.
El nudo en el estómago se me apretó un poco más, así que respiré hondo y bajé el volumen, dejando para luego mi particular terapia de caos y ruido. La música seguía ahí, como un murmullo de fondo que me acompañó unos minutos más, hasta que entré a su calle.
El universo había decidido ponerse de mi lado por una jodida vez, pues llegué justo a tiempo para verla salir del portal con su ya conocida expresión concentrada.
Iba vestida de manera simple y, siendo sincera, con una combinación de colores un poco sosa.
Sin embargo, incluso así, con esa chaqueta marrón y los pantalones y jersey negros, me pareció que destacaría en cualquier lugar lleno de gente.
Aquel perturbador cosquilleo se hizo más intenso, casi insoportable, y no pude evitar que se me escapara una sonrisa al tiempo que me daba prisa por aparcar e interceptarla.
—¡Ey! —la llamé a unos metros de distancia.
Rachel se giró al escucharme y, al reconocerme, elevó las cejas y me devolvió la sonrisa; fue una de las que me encogían las entrañas y me aceleraban el pulso.
—¿Vienes a por tu segunda tanda de gougères o es que no tuviste suficiente tortura ayer con la mudanza? —me preguntó con esos ojitos llenos de malicia.
Sí, había elegido la palabra acertada, porque la sola idea de pasar tiempo a su lado, sin poder tenerla, era una deliciosa y agónica tortura solo apta para las luchadoras más curtidas.
—¿Cuela si te digo que solo pasaba por aquí? —respondí tratando de sonar casual, mientras intentaba controlar la plaga de hormigas que me hacía cosquillas como si estuvieran huyendo de su hormiguero: mi cuerpo.
—¿La verdad? No.
Me perdí en su sonrisa cuando comenzó a caminar.
Sus botas de tacón retumbaban en el suelo con la misma intensidad que los latidos de mi corazón.
Por supuesto, la seguí como si fuera lo más natural del mundo, aunque en realidad sentía que me estaba lanzando a ciegas por un puente sin conocer la profundidad del agua o si había algún carrito de la compra hundido en el fondo con el que me estamparía y me mataría en el acto.
—No encontraba mi teléfono —le expliqué.
Ella se detuvo un segundo y se giró para mirarme. Su expresión cambió a una que no supe descifrar de inmediato; noté que echaba un vistazo a mi elección de ropa y se le escapaba media sonrisa.
—¿Lo has perdido?
Negué con la cabeza.
—Creo que está en tu casa —respondí, y ella alzó ambas cejas—. Lo dejé encima de una de las cajas del salón.
—¿Quieres subir a buscarlo antes de que me marche? —me ofreció.
Volví a negar y me di cuenta de que, en ese momento, mi única opción era ser honesta, aunque solo fuera un poco.
—Lo cierto es que se me caía la casa encima —admití tratando de sonar despreocupada. Fallé estrepitosamente—. No podía seguir allí encerrada ni un minuto más.
Rachel asintió lentamente y esa pequeña sonrisa volvió a aparecer en sus labios.
—Así que decidiste usar la excusa del móvil para escaparte —dijo, más como una afirmación que como una pregunta.
Me dio la sensación de que volvía a adoptar el rol de profesora, en esa ocasión regañando a su alumna más rebelde.
Me encogí de hombros, fingiendo desinterés.
—¿Y si te digo que también quería verte?
Rachel soltó una pequeña carcajada y el sonido me insufló el mismo oxígeno que si hubiese metido la cabeza de golpe en un túnel de lavado en el momento de secado.
La tensión que se me había instalado en los hombros se esfumó como por arte de magia.
—Me parece una razón válida —aceptó y se puso a rebuscar en el bolso—. Y nunca se puede desaprovechar la oportunidad de ir acompañada cuando se sale de compras. ¿Vas en tu coche o te vienes conmigo?
Dudé por un momento al recordar mi planazo para esa noche, pero dejé esos pensamientos a un lado; aún tenía tiempo y la idea de ir juntas me tentaba demasiado.
¿Cómo podía resultarme tan irresistible esa vena mandona?
—Contigo, por supuesto. —Levantó la cabeza y compuse mi cara más angelical—. No es necesario contaminar de más con dos vehículos.
Rodó los ojos y dejó escapar un resoplido que me hizo sonreír. El brillo en su mirada me dejó claro que había entendido exactamente a qué jugaba con ese descarado coqueteo, y no pareció importarle ni un poco.
—Dame un momento —me pidió y se dirigió hacia un coche aparcado a unos metros de nosotras.
Era un Peugeot pequeñito, plateado y que brillaba reluciente bajo la luz del sol de mediodía.
Se me escapó una sonrisa al verlo; le pegaba tanto, con ese aire funcional y eficiente, y a la vez elegante.
Y con esas curvas tan bien definidas… En cambio, para mi total asombro, en lugar de montarse en él se fue directamente al maletero y sacó dos cascos de moto.
Me tendió uno y mis cejas se dispararon.
—¿Tan mal conduces que el cinturón no es suficiente y necesito protección extra? —le dije con burla al agarrarlo.
—Culpable —admitió y se echó a andar de nuevo.
¿Por qué tenía la sensación de que no paraba de ir tras ella desde que la había conocido, en todos los sentidos de la palabra?
La seguí hasta la acera de enfrente y parpadeé un par de veces al ver dónde había apoyado el casco. Incliné la cabeza a un lado, incrédula.
—¿En serio? —logré preguntar tratando de procesar la idea de que aquella máquina impresionante y poderosa le perteneciera.
Delante de mí había una flamante moto de un negro eléctrico que brillaba como una piedra preciosa.
Tenía un aspecto tan atrevido y deportivo que chocaba con la imagen que me había hecho de ella.
Me la imaginé montada en la moto, y la escena me pareció tan surrealista como excitante; era como ver a un elegante cisne intentando domar a un caballo salvaje.
Me terminé de poner cachonda en cuanto metió la llave y el motor despertó con un ronco ronroneo.
— Oui —me respondió con un tono tan provocativo y juguetón que se me licuó la sangre—. Hay muchas cosas que aún no sabes de mí.
«Virgen de los moluscos descarriados, esta mujer quiere matarme».
Se echó la trenza hacia un lado y se colocó el casco ante mi mirada alucinada.
—¿Y las compras? —pregunté, atónita al ver la facilidad con la que se montaba y la sujetaba entre sus piernas.
—Me las traerán a domicilio. Lo urgente lo meteré ahí —aclaró y señaló el maletero trasero—. ¿Vamos? Me muero de hambre.
—Y yo —murmuré con doble sentido.
Mi asombro no tenía límites. Aquella mujer era tan contradictoria como fascinante, y me había dejado sin palabras con la sorpresa de aquel bicho negro como la noche que parecía rugir como una intimidante pantera al lado de su dueña.
Me coloqué el casco con un poco de torpeza, e intenté concentrarme en mis movimientos al montar mientras el vestido tipo sudadera se me subía y dejaba al descubierto la mayor parte de mis medias negras.
«Mala elección de ropa», pensé al acomodarme con las piernas abiertas, aunque la verdad era que poco me importaba lo que los demás pudieran pensar.
Rachel aguardó con paciencia mientras yo luchaba por encontrar el equilibrio tras ella.
Una vez lista, cuando mi cuerpo se fundió con su espalda y la moto se puso en movimiento, todos los pensamientos que había tratado de acallar sobre cómo sería estar tan cerca de ella —literalmente pegada a su espalda— se materializaron.
La cintura estrecha y firme de Rachel me vibraba bajo las manos con cada retumbar del motor, y su chaqueta de cuero, junto con su fragancia personal, desprendían un aroma exótico y cautivador que me estaba volviendo loca.
El resto de factores tampoco ayudaron: cada pequeño movimiento de su cuerpo, los cambios de velocidad o las curvas hacían que se me erizara la piel y la respiración se volviera más rápida.
En un momento dado, aceleró al tomar la carretera, y yo pegué un poco más el pecho contra su espalda.
Aseguré el agarre en la parte baja de su abdomen y sentí cómo la vibración constante de la moto pasó de ella a mí, despertando cada célula de mi cuerpo y enviando oleadas de sensaciones que se intensificaban en cada curva en la que nos inclinábamos juntas.
Andaba pensando que sería capaz de correrme si en lugar de un vestido hubiera elegido un pantalón con costura interior, cuando Rachel disminuyó la velocidad para adaptarla a la zona residencial en la que habíamos entrado y giró la cabeza para preguntarme por encima del hombro:
—¿Todo bien?
Mi mente gimió en respuesta.
—¡Perfecto! —grité sobre el rugido del motor.