Morir por tu amor es la condena a mis mentiras (Gemelas 2) (Costa Serena 5) 3 – San Valentín #2
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3 – San Valentín #2

—Joder… —murmuré con el corazón todavía agitado.

Cerré la ducha y me sequé a toda prisa, decidida a dejar atrás los recuerdos.

Cuando llegué a la planta baja con el pelo todavía húmedo, y me encontré a mi madre tirada en el sofá, aproveché la oportunidad para distraerme.

—¿Mamá? ¿Estás bien?

No se movió.

—Cinco minutos —fue todo lo que dijo.

Me acerqué hasta ella, preocupada.

—¿Dónde está papá?

—Ha ido a casa de tía Alicia a por comida. Se ha llevado a los niños —aclaró sin mover el brazo que tenía sobre los ojos—. Yo necesitaba un poco de silencio.

Alcé ambas cejas.

—Y ¿dónde están los padres de las criaturas?

Mi madre suspiró y, por fin, liberó sus ojos. Me miró y pude ver que, efectivamente, parecía agotada.

—Preparándose para una noche romántica. —Se encogió de hombros cuando reí incrédula—. Hans y Bruno estuvieron hablando delante de tu padre sobre cómo podían sorprender a las chicas por el día de los enamorados.

—Y él se ofreció a quedarse con los niños —deduje.

Mi madre asintió.

—Por supuesto. —Suspiró y se sentó en el sofá. Me hizo un gesto para que me uniera a ella y, cuando lo hice, no despegó los ojos de mí—. ¿Estás bien, cielo?

—Claro —respondí mecánica—. ¿Hasta cuándo se quedan los enanos?

—Hasta mañana al mediodía.

—¿Los cuatro?

Asintió, apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos.

—No me molestan ni mucho menos, aunque esos gemelos tienen la misma energía que vosotros ocho juntos. En momentos así agradezco haberos tenido tan joven.

Tenía listo un comentario mordaz sobre el tema, pero, en lugar de eso, lo que salió de mi boca fueron unas palabras totalmente diferentes e inesperadas.

—Yo puedo quedármelos esta noche.

«¡¿Qué?!».

—¿Cómo? —Frunció el ceño, confundida, y no se lo tuve en cuenta. La primera sorprendida era yo—. ¿De verdad?

Me encogí de hombros.

—No veo a ningún otro Remo Delgado por aquí del que tirar —repliqué con sorna—. Vosotros también os merecéis una cena de San Valentín decente, no rodeados de cacas, babas y mocos, pero si no quieres…

«Que no quiera. Que no quiera».

—¡Claro que quiero! —«Mierda. Eso te pasa por bocas»—. Aunque, ¿estás segura?

«No».

—Sí.

Se incorporó en el sofá con ánimos renovados.

—Trataré de que no hagan demasiada siesta para que no te den mucho la lata y se duerman pronto —explicó y se levantó tras calzarse—. Voy a llamar a tu padre para decírselo, espero que no sea demasiado tarde para encontrar algún lugar que todavía tenga mesas libres.

«Nota mental: rezar a todos los entes divinos para que medien por mí en este despropósito y me pueda librar de mi propio castigo. Seré lerda…».

—Seguro que sí.

—Ay, gracias, hija. —Se me acercó para darme un beso en la mejilla y forcé una sonrisa—. Este primer año de los gemelos ha sido intenso y nos hace falta recargar pilas para seguir ayudando a tus hermanos.

—No es nada —le resté importancia, y ella se marchó sin mirar atrás.

Hizo bien. Si me lo hubiera preguntado de nuevo, habría terminado retractándome de mis palabras.

Solté el aire que había estado reteniendo en un suspiro y tanteé el bolsillo trasero de mis pantalones.

Esperaba toparme con el familiar tacto del teléfono, sin embargo, no estaba allí.

Sentí una punzada de ansiedad en el pecho al darme cuenta de que no lo tenía.

Fruncí el ceño y corrí a mi habitación. Nada, ni rastro.

Rebusqué en el baño, revolví toallas y las cosas de tocador. Incluso volví a examinar la ropa que me había quitado hacía solo un momento, sacudiéndola con frustración.

¿Dónde demonios lo había metido?

La sensación de vacío en el estómago se intensificó mientras bajaba las escaleras y me dirigía al coche. Esperaba tener más suerte allí, pero después de inspeccionar cada rincón del asiento, las guanteras y el suelo, y darme cuenta de que el maldito aparato seguía sin aparecer, me desinflé.

Apoyé la cabeza en el volante, frustrada, y cerré los ojos.

Traté de hacer memoria. La verdad era que hacía mucho que no le prestaba atención al teléfono de Emma, justo desde que una francesa en apuros, con un hoyuelo demasiado tentador y la sonrisa más alucinante que había visto en mi vida, se cruzó en mi camino.

¡Bingo!

Me acordaba de haberlo dejado encima de una de las cajas de la mudanza de Rachel y después no tenía ni idea de qué había pasado con él. Así que la conclusión era clara: lo había olvidado allí.

«Un nuevo giro de los acontecimientos», pensé.

La idea de volver a su casa me provocó un cosquilleo de anticipación muy agradable. ¿A eso se refería la gente cuando hablaba de las señales del universo? ¿Me estaba sirviendo en bandeja una nueva oportunidad con Rachel?

Tenía que averiguarlo.

Me mordí el labio, conteniendo una sonrisa de anticipación. Tenía en mis manos la excusa perfecta para verla otra vez. Pero, antes de dejarme llevar por la emoción, un regusto a culpa se me deslizó por la garganta hasta colarse en mis pensamientos.

No había revisado el teléfono en horas, por lo que no sabía cómo estaba Emma ni si habría podido hablar con Thiago y todo había salido según lo previsto. ¿Podría considerarme ya una mujer del todo libre?

Rogué porque así fuera y para que todo hubiera ido bien.

Volví a entrar en casa para vestirme a conciencia, y también para explicarle a mi madre que tenía que salir a solucionar algo, aunque regresaría a tiempo para que pudieran irse a cenar.

Tenía que tranquilizarme y centrarme en el plan: recuperar el teléfono y, de paso, averiguar si Rachel había pensado en mí tanto como yo en ella durante esas pocas horas.

Pero, antes que nada, tenía que manejar esa absurda e ilógica emoción que me nacía en el inicio de la columna y que se me extendía por todo el cuerpo ante la posibilidad de verla de nuevo.