Morir por tu amor es la condena a mis mentiras (Gemelas 2) (Costa Serena 5) 3 – San Valentín
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3 – San Valentín

Las francesas deberían venir con un libro de advertencias bajo el brazo

Cuando abrí los ojos, tenía medio cuerpo sobre el suelo y la manta se me había enrollado en una de las piernas como un torniquete. Me moví, tratando de escapar del enredo, y el colchón hinchable rechinó bajo mi peso. Una vez libre, me senté en él con la boca pastosa y miré a mi alrededor.

Rachel había insistido en que me quedara a dormir con ella la noche anterior, ya que su cama era la única decente de la casa.

Rechacé su oferta y me refugié en aquella habitación de invitados, pues no era buena compañía de noche si no me mantenía ocupada en ciertas actividades lúdicas, y de haber aceptado habría acabado metiendo la pata.

Busqué el teléfono para mirar la hora y no di con él.

Me estiré, me levanté y, en cuanto mis pies descalzos tocaron las frías losas del suelo, me recorrió un escalofrío.

Tuve que sortear varias cajas y trastos sin ubicar que invadían la habitación, pero nada me iba a detener: el estómago vacío y la vejiga llena exigían mi atención.

Primero me ocupé de esa segunda necesidad vital y, tras lavarme las manos, localicé a Rachel en la cocina, con las suyas ocupadas en sacar y colocar chismes de las cajas.

Volvía a tener el cabello recogido en un moño alto y estaba preciosa con aquel jersey blanco que destacaba el tono dorado de su piel.

Al verme, dejó lo que estaba haciendo, me dirigió una sonrisa de buenos días, y sus bonitos ojos verdes, felinos y brillantes, capturaron toda mi atención.

— Bonjour —me saludó—. ¿Cómo has dormido?

La vista se me fue a una bandeja con algunos cruasanes y se me terminó de hacer la boca agua.

—No me puedo quejar —respondí endulzando la verdad—. Ese colchón tiene carácter, pero cuando le clavé las garras y lo domestiqué no me dio mayores problemas.

Rachel rio y se acercó a la cafetera.

—¿Café?

—Sí, por favor. ¿Los has hecho tú? —le pregunté señalando con la cabeza los dulces al mirarme confusa.

—No, qué va. He bajado a la panadería. —Acercó el plato a la mesa que habíamos montado juntas el día anterior y me invitó a sentarme—. No son difíciles de hacer, pero no tenía los ingredientes adecuados. Aún tengo que ir a hacer la compra para llenar la despensa.

—¿Desde qué hora llevas despierta? —Tomé asiento y elegí mejor mi pregunta—. ¿Qué hora es?

El hoyuelo hizo su aparición estelar.

—Las diez menos cuarto —aclaró mientras me llenaba la taza—. Bajé a por los croissants cuando amaneció, a eso de las siete y media. Si llegas a tardar un poco más no te hubiese esperado.

La miré asombrada y rechacé la leche al mostrármela.

—¿Llevas más de dos horas levantada y no has desayunado?

—En realidad, llevo casi tres —me corrigió—. Me tomé un café.

—Pues siéntate y come.

—¿Es una orden? —preguntó con una sonrisa mordaz.

—Anoche apenas cenaste un par de bolitas de queso —le recordé, y ella pareció asombrada. «Sí, francesa, no me perdí ni uno de tus movimientos», añadí con la mirada—. No sé de dónde sacas tanta energía si apenas te alimentas.

—Soy pequeña.

—Pero matona —acabé su discurso. Le tendí uno de los dulces y sonreí satisfecha cuando aceptó y le dio un bocado—. ¿En qué puedo ayudarte hoy?

Rachel me observó con una expresión confusa y se apresuró a tragar.

— Absolument pas! [8] —exclamó con la mano frente a la boca—. Tienes que volver a casa y disfrutar del fin de semana.

—¿Es una orden? —repetí sus propias palabras y la miré con intención.

Tras beber un sorbo de café, negó con una expresión más suave.

—Es una petición. Colocaré alguna caja más y luego iré a hacer la compra —enumeró su, al parecer, más que organizado plan del día.

Estuve a punto de contestar, aunque me pregunté de dónde rayos me salía tanta generosidad y ganas de trabajar. Normalmente, prefería escapar de los compromisos, pero desde su mensaje de ayuda me estaba comportando de manera diferente. ¿Por qué?

Tal vez sí que me había intoxicado con el pegamento o estaba incubando algo.

Me encontré atrapada entre querer quedarme un rato más o alejarme antes de que se notaran mis debilidades.

La fuerza que tiraba de mí hacia Rachel estaba haciendo de las suyas con mi frágil equilibrio y no podía negar que pasar la noche bajo el mismo techo que ella había aumentado esa maldita conexión que intentaba controlar a toda costa.

Asentí. Le dije que me vendría bien darme una ducha y cambiarme de ropa, y ella aceptó mi decisión sin añadir nada más.

Cuando terminamos de desayunar, y me disponía a irme, se me acercó para despedirse con dos besos.

Al sentir su cercanía, cerré los ojos y aguanté la respiración, intentando contenerme y no cagarla mientras nuestras mejillas se rozaban.

El contacto terminó antes de lo que me hubiera gustado y, al separarnos, me regaló una última sonrisa que le devolví sabiendo que, de algún modo, nuestros caminos se cruzarían de nuevo, tarde o temprano.

Una ráfaga de aire gélido me recibió en la calle, junto a un cielo que amenazaba tormenta.

Las lluvias en Costa Serena eran raras, y mis padres decían que, cuando llegaban, traían buena suerte.

Por supuesto, nunca me creí ni una palabra de aquella pantomima para turistas y pueblerinos, ya que jamás me había funcionado.

A pesar del frío, me detuve un momento a observar las nubes grises.

Tal vez, si fuera más dada a buscar señales del universo, las habría tomado como una pista de lo que estaba por venir y de todos los cambios que ocurrirían en mi vida en los próximos días.

En lugar de eso, sacudí la cabeza, resoplé para despejarme el pelo de la cara, apuré el paso hacia el coche y conduje de vuelta a casa.

Cuando llegué, mi hermano Guille me dio la bienvenida por todo lo alto, pues estaba besando a una chica con tal intensidad que parecía como si su boca fuera el último refugio en el que podría tener metida la lengua.

Me detuve para no interrumpir su momento despedida y, cuando la muchacha se dio la vuelta, se cerró el abrigo y comenzó a alejarse, él reparó en mí.

Me saludó con un movimiento de cabeza e intercambiamos una breve sonrisa cómplice en la distancia.

Se encogió de hombros con un gesto travieso un segundo antes de sacudirse por el frío y meterse dentro de su apartamento, y yo observé cómo se cerraba la puerta tras él.

En el fondo, aunque le llevaba casi siete años, nos parecíamos bastante.

Ambos vivíamos el momento sin preocuparnos demasiado por el futuro.

Mientras cruzaba el jardín, y me acercaba a la casa, pensé que, en su caso, era lo que se esperaba de un chico a punto de cumplir la mayoría de edad.

Sin embargo, en mí, esa actitud parecía ser un poco más cuestionable.

Quizá por eso mis padres me daban tanto la tabarra con que comenzase a asentarme un poco.

¿Yo?, ¿sin haber cumplido veinticuatro? No, gracias. Estaba mucho mejor en movimiento, ¿dónde iba a parar…? Si me quedaba quieta solo conseguiría que se me durmiera el culo.

Cuando entré me envolvió el silencio, así que aproveché la ocasión, subí con sigilo y me encerré en el baño para recrearme bajo el chorro de agua caliente durante un buen rato, un lujo que no nos podíamos permitir a menudo al ser el ciento y la madre en casa.

A medida que el agua me despejaba también se me despertó la mente y no pude evitar darle vueltas a lo que había ocurrido el día anterior.

La verdad era que estaba confundida por lo mucho que me atraía Rachel.

Era fácil admitir que me gustaba; toda ella era magnética y preciosa.

Tenía un cuerpo pequeñito, pero perfecto, moldeado para volverme loca, y era tan expresiva que me flipaba observarla.

No es que no hubiera sentido algo parecido por otras personas antes, esos flechazos con los que solo buscaba saciar una necesidad física básica.

Aunque lo que sentía por la francesa me daba la impresión de que era otro rollo completamente diferente.

Algo que tiraba de mí más allá, a un lugar más profundo, más trascendental.

Más acojonante.

En esas pocas horas que habíamos pasado juntas me había sentido en paz, de algún modo comprendida y valorada; como si ella pudiera ver más allá de las capas que normalmente mantenía bien protegidas.

Y eso no podía ser. Bajo ningún concepto.

No me podía permitir mostrarme vulnerable ante nadie.

No podía bajar las defensas y considerar la posibilidad de abrirme a otra persona.

Si lo hacía, corría el riesgo de perderme de nuevo, y no estaba dispuesta a hacerlo.

Haber cedido el control de mi vida una vez fue suficiente para aprender la lección.

Me apoyé contra los azulejos fríos de la ducha y cerré los ojos, dejando que el agua arrastrara no solo la suciedad física, sino también la mental.

No sirvió.

De repente, los recuerdos regresaron con una brutalidad implacable.

Esos asquerosos labios secos cubriendo mi boca, susurrando barbaridades, sonriendo con malicia mientras hacían lo que querían.

Sentí su presencia asfixiante y su respiración en la nuca mientras me embestía una y otra y otra vez, y mi cuerpo se tensó mientras luchaba por librarme de esas imágenes que me torturaban y me hundían en el abismo una vez más.

La angustia me envolvió con una fuerza brutal y me doblé en dos cuando me sobrevino una arcada seca.

—No está. —Inspiré hondo varias veces, tratando de calmarme—. Él ya no está… Le diste su merecido…

Apreté la mandíbula, decidida a no llorar, y me obligué a pensar en un momento más agradable, como había hecho tantas otras veces.

Sin embargo, esa vez la visión fue muy diferente: la imagen de Rachel sonriendo y hablando con ese maldito y elegante acento, suave y melodioso, apareció ante mí.

La vi cantando con esas erres susurradas que flotaban en el aire y concentrada mientras revisaba su perfecto orden.

Se me escapó una sonrisa temblorosa y respiré un poco más tranquila cuando la tormenta empezó a amainar.