2 – Hola #2
Sonreí entretenida. Al llegar a la cocina me ofrecí a ayudarla. Ella se negó rotunda, así que me senté sobre una de las cajas más grandes con un encogimiento de hombros y me dediqué a mi nuevo pasatiempo favorito: observarla.
Sacó algunos ingredientes básicos como huevos, leche, queso y mantequilla del frigorífico casi vacío y, con una habilidad que me sorprendió, calentó, mezcló y agregó cosas a un bol.
Nunca había estado tan embobada viendo a alguien cocinar y eso que mi tía era chef profesional.
Pero había algo en la forma en la que Rachel se movía por la cocina, con gracia y energía, que me tenía hipnotizada.
No supe cómo interpretar ese cosquilleo en el estómago, así que traté de ignorarlo.
—¿Qué estás preparando? —pregunté cuando empezó a llenar una manga pastelera con la mezcla.
— Gougères —respondió mientras movía la muñeca para asentar la masa.
Comenzó a extenderla por la bandeja en pequeñas montañitas—.
Es un aperitivo típico de Borgoña, y se cree que se remonta a la época de Catalina de Medici, la reina de Francia del siglo XVI.
Catalina era una refinada gourmet y, al casarse con Enrique II, trajo consigo muchas recetas y costumbres italianas que revolucionaron la cocina francesa.
—Vaya —dije sintiéndome como una niña que recibe una lección de su profesora. Si hubiera tenido una maestra así en Lengua y Literatura, no me habría dormido en clase ni un solo día. Ni uno.
Me acerqué a ella cuando le añadió queso rallado por encima en pequeños y controlados montoncitos y curioseé por encima de su hombro.
—Ya casi están.
—Tienen muy buena pinta —admití.
—Cuando se terminen estarán mucho mejor —me prometió.
Metió la bandeja en el horno y, tras limpiar un poco de masa que había caído en la encimera, se giró hacia mí.
—¿Siempre eres tan meticulosa? —le pregunté sin poder contenerme.
—¿Meticulosa? —repitió, confusa.
—Organizada, perfeccionista, disciplinada… —enumeré para que entendiera a qué me refería.
—Bueno. Me gusta que las cosas estén en su lugar y se hagan bien, si es a eso a lo que te refieres —respondió con humildad.
—Creo que mi idea de hacerlo bien es mucho más flexible que la tuya —reconocí.
— Comment? [5]
Rachel me miró con atención, como si tratara de descifrar lo que quería decir. Sentí una extraña e inquietante necesidad de abrirle un pequeño agujero al muro que había levantado años atrás para protegerme de cualquier tipo de ataque.
—Mi vida es menos ordenada y más… fluida —dije buscando las palabras adecuadas—. Crecí en una familia numerosa, rodeada de gente, así que aprendí a adaptarme, a reclamar mi hueco e improvisar muy pronto. El caos, de alguna manera, suele formar parte de mi vida.
Ella asintió con lentitud y se mostró pensativa un momento antes de responder.
—No siempre he tenido todo bajo control —admitió con un susurro y un pequeño rastro de dolor cruzó su rostro, tan rápido que pensé que lo había imaginado—.
Aunque supongo que desde niña he sido así.
Je ne sais pas [6] . —Se encogió de hombros—.
Encuentro paz en hacer las cosas bien, me ayuda a sentirme en equilibrio.
La sinceridad en su voz llegó a algún rincón escondido dentro de mí y sentí una calidez inesperada en el pecho.
La conexión que surgió entre nosotras parecía ir más allá de todas nuestras aparentes diferencias, y por un momento me pregunté si me había poseído el espíritu de Emma y estaba sobreanalizando todo o me habría intoxicado con la cola que había utilizado para pegar uno de los armarios del baño.
Bajé la mirada hacia la pulsera que ella misma había tocado horas antes y la giré entre mis dedos.
—Es curioso, pero creo que soy capaz de sentirlo. —Me miró dubitativa, y le aclaré—: Tu equilibrio y paz. No sé, puede que te parezca absurdo lo que voy a decir: hay algo en la serenidad que desprendes que me parece revitalizante.
—¿Sí?
—¿Tiene sentido? —dije exagerando un gesto de duda.
Rachel asintió con comprensión, como si entendiera mejor que yo lo que quería decir.
—Lo tiene —respondió con seguridad—. Y me alegro de que seamos amigas.
—Yo también —añadí y sentí que esas dos palabras significaban más de lo que deberían.
Rachel sonrió, y su gesto cálido y familiar encendió una chispa de intimidad y comprensión entre nosotras.
Mientras el aroma a queso llenaba la cocina, se acercó, apoyó con confianza una mano tibia y suave en mi antebrazo, y yo experimenté una mezcla de vulnerabilidad y apoyo demasiado desconcertante.
—Gracias por venir a ayudarme. De verdad, no sé qué habría hecho sin ti.
—Gracias a ti. Siento que estoy exactamente donde tengo que estar.
«¿Qué demonios ha sido eso, Diana?», me reprendí mentalmente. No estaba acostumbrada a abrirme con tanta facilidad, y la calidez de Rachel me estaba desarmando de una forma que no entendía.
Ella debió de notar mi incomodidad, porque su expresión se suavizó antes de girarse y dirigirse hacia el frigorífico.
—Eso lo dices porque te he dado una excusa perfecta para librarte del plan familiar por el que te pediste el día libre…
¿Qué te parece si abrimos el champán? —me preguntó con tono casual, y se me escapó un suspiro de alivio al notar el espacio que se abría entre nosotras—.
Es el acompañamiento perfecto para los gougères , y creo que nos lo hemos ganado.
—Oh, sí… Ahora sí que empezamos a hablar el mismo idioma.
Rachel soltó una carcajada discreta que me hizo cosquillas en el estómago. Fue una risa genuina, sin pretensiones ni dobleces. Bonita, como ella.
Me levanté y cogí el par de copas sobre el fregadero mientras ella abría la botella. Se las tendí y me concentré en el sonido del líquido pasando de un recipiente a otro.
Cuando terminó, me miró, y ambas sonreímos.
—Por la amistad y los cambios —brindó y levantó la copa señalando a su alrededor.
—Por la amistad y los cambios —repetí alzando la mía.
La burbujeante bebida se me deslizó por la garganta y sentí cómo se llevaba consigo la inseguridad y la incomodidad que había sentido momentos antes.
Justo en ese instante, el horno pitó anunciando que nuestro tentempié estaba listo. Rachel se disculpó, dejó la copa sobre la encimera y comenzó a sacar la comida con cuidado para ponerla en un plato.
— Bon appétit [7] —dijo, y me acerqué—. No te quemes.
«Tarde», contestó mi mente traicionera utilizando la advertencia a su favor.
La ignoré de manera intencionada y tomé una de las doradas bolitas.
Un gemido de placer se me escapó de los labios cuando aquella masa, crujiente por fuera y ligera y aireada por dentro, con el delicioso sabor del queso fundido, se deshizo en mi boca y me llenó las papilas gustativas.
—Dios mío —exclamé soltando sonidos de puro goce—. ¡Qué maravilla!
Rachel me observó atentamente y me dedicó una inclinación de cabeza.
— Merci .
—¿Estás segura de que no te quieres replantear tu carrera? Esto está de muerte.
—Tengo más habilidades ocultas…
«Calla, francesa, o te como la boca junto con los buñuelos».
—¿Me preparas otro par de docenas para llevar?
Rachel rio, halagada por el cumplido.
—Solo si te quedas a dormir —contestó con naturalidad.
Un trozo de masa se me fue por otro lado y estuve a punto de acabar la noche en el tanatorio, ocupando el ataúd de emergencias reservado para mujeres pecadoras, de lenguas rápidas y pensamientos impuros.
Tosí tan fuerte que me hice daño en la garganta.
—Joder… —me quejé cuando por fin pude coger aire. Mi voz sonó entrecortada—. Sí que está de muerte, sí. Por poco no lo cuento.
—¿Estás bien? —me preguntó preocupada.
Tosí de nuevo y asentí.
—¿Quieres que…? —Carraspeé, todavía afectada en todos los niveles posibles e imaginables—. ¿Quieres que me quede?
Rachel me miró con una expresión que oscilaba entre la vergüenza y la pena.
¿Era coña? Mierda, era coña. Me había troleado.
— Non —mintió. Su tono y la rapidez con la que lo dijo me lo dejó claro.
—Dubois…
Rachel me observó con esos ojos verdes, que, aunque a veces mostraban tristeza, en ese instante revelaban nerviosismo. Su sonrisa se volvió un poco tímida, y me di cuenta de que había hablado sin pensar.
—No quiero abusar de tu generosidad —dijo finalmente, un poco más seria—. Si quieres quedarte, sería un placer; me da algo de miedo pasar la primera noche aquí sola. Pero no quiero que te sientas obligada, por favor.
Me incliné hacia ella, dejé mi copa de champán a un lado y le puse la mano sobre el hombro.
—No tienes que pedírmelo dos veces. Me quedo —acepté. Sí, al parecer mi entrepierna no era la única débil allí—. Aunque solo si me pagas con otra increíble comida francesa.
«Mierda, Diana, si es que no debías despertar al diablo…».
Rachel sonrió aliviada, y yo sentí unas ganas locas de abrazarla con fuerza. Sobre los gougères calientes.
—¿De verdad? —me preguntó esperanzada.
—De la buena.
—Ay, eres la mejor. —Me apretó con cariño el antebrazo.
«No, Rachel. no. No lo soy ni de cerca».
No pude hacer otra cosa que asentir, respirar hondo y rezar a todos los santos que conocía para no meter más la pata. Me temía que se avecinaba una larga noche más de insomnio, sin embargo, el motivo esta vez sería diferente y tendría acento francés.