Morir por tu amor es la condena a mis mentiras (Gemelas 2) (Costa Serena 5) 2 – Hola
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2 – Hola

Cierra la boca y abre los ojos

Miré el teléfono para comprobar que estaba tomando el desvío correcto hacia la dirección que me había facilitado la señora francesa en apuros y, al observar cómo se acercaba el punto rojo que anunciaba mi destino, me planteé si no estaría metiéndome en otra de mis locuras.

A ver, ayudar a alguien a mudarse no era nada del otro mundo, aunque tampoco era mi pasatiempo favorito; de hecho, me había escaqueado a base de bien en los traslados de mis hermanos mayores a sus respectivas casas.

Pero, con el nudo que sentía en el estómago con lo que estaba ocurriendo a más de ochocientos kilómetros, necesitaba tener la mente en otra cosa, y aquel plan inesperado me había parecido tan bueno como cualquier otro.

Mejor que quedarme en casa, por supuesto.

Flipé mientras disminuía la velocidad y observaba las elegantes casas que flanqueaban la calle. Estaba en la parte más nueva de Costa Serena: la zona de los pijos, y las edificaciones, tan ordenadas, perfectas e idénticas, parecían sacadas de un programa de Netflix sobre viviendas de lujo.

Al llegar al número indicado, un bloque no demasiado alto de estilo moderno, con fachada blanca inmaculada y terrazas de cristal reluciente, aparqué y lo observé a través de la luna delantera.

—Qué nivel, Maribel… —dije tras silbar sorprendida.

Me bajé del coche, cerré la puerta sin demasiada delicadeza y sentí cómo una ráfaga de aire fresco me envolvía. Eché en falta mi chaqueta de cuero preferida, pero me consolé pensando que, seguramente, a Emma le estaría haciendo más falta en su viaje a Barcelona.

Avancé para refugiarme en el bloque de pisos y, cuando estuve frente a él, utilicé la cristalera de la entrada para acomodarme el pelo suelto hacia un lado y echar un rápido vistazo a mi reflejo.

Confirmado, aquella camiseta negra ancha y descolgada sobre un hombro, con el eslogan estampado de una calavera rodeada de flores góticas, no pegaba ni con cola en aquel refinado lugar.

Sonreí con malicia y presioné el botón del interfono. Un zumbido metálico fue toda la respuesta que recibí y, con un leve empujón, estuve dentro.

La recepción era tan moderna y elegante como cabía esperar, y mis zapatillas crujieron sobre el suelo de mármol cuando me dirigí al ascensor. Una vez dentro, aproveché esos segundos de trayecto para limpiarme el exceso de lápiz negro del lagrimal.

Cuando me encontré frente a una puerta de madera clara con un pequeño timbre dorado me santigüé irónica antes de presionarlo y recé para que a aquella señora, de aspecto impecable y sofisticado que mi mente había recreado, no le diese un ictus al abrir o se empeñara en darme una lección sobre etiqueta con el extra de «cómo no entrar en una casa de bien con las zapatillas sucias».

La sonrisa se me congeló en la cara cuando la puerta se abrió y me encontré de frente con alguien completamente diferente a mi Rachel imaginaria.

Alguien que estaba como un puto queso.

—¡Hola! —exclamó con un ligero acento y voz suave. Me sonrió y una oleada de calor me recorrió el cuerpo cuando sus ojos, grandes, rasgados y de color verde oscuro, brillaron con una energía que me dejó sin palabras—. ¡Qué bien que tuvieras un hueco! Estoy desesperada…

Me quedé mirándola como una panoli, procesando el hecho de que aquella chica, que no debía de ser mucho mayor que yo, pequeñita y con un moño despeinado en lo alto de la cabeza, fuera la compañera de mi hermana.

Jo-der.

Su belleza exótica, y a la vez natural y delicada, junto con ese hoyuelo que se le marcaba al sonreír eran una combinación de lo más interesante.

«Hola, Rachel Dubois, profesora de Francés. ¿Me das unas cuantas clases particulares de lengua extranjera?», le respondió mi instinto depredador con ganas de salir a cazar.

Me costó unos segundos despertar del trance y recordar que debía responder, por lo que tragué saliva, intenté recuperar la compostura y recobrar el movimiento de los músculos faciales para componer una sonrisa, y dije:

—Aquí estoy.

Rachel hizo un gesto para que entrara y se dio la vuelta. No pude evitar desviar los ojos hacia la parte baja de su espalda, donde un pequeño y respingón culo se movía con gracia dentro de unos pantalones de deporte ajustados, mientras apartaba unas cuantas cajas de nuestro camino.

—Gracias por venir, de verdad —dijo sin mirarme—. No sabes lo mucho que te lo agradezco. Y perdona por el desorden, por favor, no me lo tengas en cuenta.

Aquel maldito acento francés… ¿Cómo podía conseguir que se me erizara la piel solo con su voz? Fruncí el ceño y me froté los brazos.

—No importa —respondí escueta, y ella se giró para observarme con una expresión curiosa.

—Emma, ¿estás bien?

Por absurdo que pudiera parecer, no fui consciente hasta ese mismo momento de que Rachel daba por hecho que yo era mi hermana.

Mierda, ¿cómo no se me había pasado antes por la cabeza? Ni siquiera me había vestido pensando en hacerlo como mi gemela…

Desvié la mirada, considerando si debía corregirla o no, pero, cuando se acercó y agarró una de mis pulseras para observarla con detenimiento, sufrí un cortocircuito neuronal por su cercanía y decidí dejar pasar aquel pequeño detalle por el momento.

—Me gusta tu estilo —comentó con los ojos aún fijos en la baratija—. Es más… atrevido de lo que sueles llevar en la escuela.

—Y tanto…

Su pelo, justo al alcance de mi nariz, me obligó a inspirar hondo. De repente, todo lo que había ido a hacer se desvaneció de mi mente, reemplazado por la imagen de un campo de lavanda recién florecido al amanecer: fresco, limpio y dulce.

Sacudí la cabeza y abrí los ojos para salir de aquella ensoñación absurda.

— Trés belle, oui [3] —susurró y elevó la suya para salvar los diez centímetros que nos separaban.

«No, joder. No me hables en francés», supliqué mientras me obligaba a sonreírle de nuevo. Estaba sintiendo demasiadas cosas en muchas partes de mi cuerpo, y no todas eran erógenas.

Emma. Yo era Emma, y estaba allí para hacer mi buena acción del año y ayudarla con la mudanza mientras mi gemela me salvaba el culo con Thiago haciéndose pasar por mí.

No podía olvidarlo.

Carraspeé y me llamé al orden.

— Grazie —le dije dándole una patada al mapa al equivocarme de idioma. «Basta, Diana. Eres ridícula»—. ¿Empezamos?

Rachel asintió.

—Sí, disculpa. —Se giró de nuevo y comenzó a caminar diligente hacia dentro de la casa.

La seguí unos pasos por detrás—. Por cierto, no sé si te has enterado, pero hoy nos hemos librado de una buena.

Los de tercero han hecho sonar la alarma contraincendios y han perdido media mañana entre evacuar y encontrar a los culpables. Blanc-becs [4] …

—No. No lo sabía —respondí e intenté memorizar esas últimas palabras, que habían sonado algo despectivas, para poder buscar el significado después en el traductor—. ¿Te ayudo?

Ella asintió y compuso un gesto de pesar al darse cuenta de que no iba a poder mover aquella enorme caja ella sola. Normal, debía de pesar más que ella.

—Sí, por favor. La mudanza está siendo una locura —se excusó mientras me acercaba y, entre las dos, la desplazamos hacia una de las esquinas—. Mis compañeras del anterior piso me han ayudado a traerlo todo, pero tenían cosas que hacer. Cuando me he quedado sola me he estresado un poco.

Sus labios, tan exquisitos, se arrugaron en un gesto encantador y desvalido, y casi no pude evitar la tentación de mordérselos para calmar su angustia.

—Pues para eso estoy yo aquí. —«Eso es. Grábatelo a fuego y recuérdaselo también a tu almeja débil, bonita», me dije—. Tú mandas. ¿Por dónde quieres empezar?

Y aquellas parecieron ser las palabras mágicas, porque Rachel se puso en modo Napoleón y empezó a desatar su propia revolución, dando órdenes y tomando decisiones con una energía que ni un general dirigiendo una operación militar. Yo era el soldado raso, claro.

Estuvimos entretenidas durante un rato mientras lo organizaba todo y se movía de un lado al otro, ordenando cajas según su contenido e indicándome lo que tenía que hacer en cada momento. Para cuando me quise dar cuenta, se nos había pasado la hora del almuerzo y casi la de la merienda.

La busqué con la mirada y me quedé enganchada observando cómo movía las cosas mientras tomaba un libro de una caja cercana.

Lo miró con atención unos segundos y luego lo colocó en la estantería con una precisión casi obsesiva, mientras tarareaba una canción que se escuchaba bajito desde un altavoz conectado a su teléfono.

Me sorprendió ver su capacidad de concentración y me desconcertó darme cuenta de que mi mundo, siempre tan lleno de ruido, se había acallado al observarla.

Cuando terminó la tarea, y rasgó el precinto de una nueva caja, decidí que el modo voyeur había acabado. Por el momento.

—Rachel —la llamé, y ella giró la cabeza para mirarme.

El moño medio desecho le cayó a un lado, lo que hizo que algunos mechones sueltos le resbalasen por el cuello, brillante por el sudor.

Noté un cosquilleo incómodo en el estómago.

— Oui?

—Son casi las seis.

Se detuvo de inmediato, giró la muñeca para mirar el reloj y las mejillas se le tiñeron de un vivo color rosado.

— Oh, non! ¡Qué horror! —Soltó el libro en la caja de nuevo, se incorporó y se limpió las manos en el pantalón—. Lo siento mucho, soy una anfitriona pésima.

—Créeme, yo soy peor. —Le sonreí para quitarle hierro al asunto, pues parecía estar pasándolo mal—. Una vez me olvidé de invitar a mis amigos a mi propia fiesta de cumpleaños.

Ella soltó una ligera risita y, un segundo después, se obligó a ponerse seria y a componer un gesto de preocupación.

—Dame un momento, prepararé algo rápido para ti. Estoy segura de que estarás muerta de hambre. —Comenzó a caminar hacia la cocina y murmuró—. Quelle honte…

Aproveché que me daba la espalda para buscar en el traductor el significado: «Qué vergüenza».