1 - Adiós #2
Mi propio nombre apareció en la pantalla, y contesté inmediatamente, ansiosa por saber si todo estaba saliendo según lo previsto en Barcelona y mis planes no se habían torcido.
—Te mato, Diana —fue su saludo al descolgar.
Alcé las cejas con atención.
—¿De qué se me acusa esta vez?
—Acabo de besar a su hermano creyendo que era Thiago. —Dejó ir un suspiro y murmuró—. ¿Por qué no me dijiste que tenía un hermano?
—Porque no sé mucho sobre él —me excusé—. No solemos hablar demasiado. Mantenemos las bocas ocupadas en otras tareas más satisfactorias. —Solté una carcajada por su resoplido—. ¿Son gemelos?
—No, Jaime es mayor, pero se parecen mucho —aclaró—. Ha sido muy amable y me ha traído hasta la masía. Y ahora estoy encerrada en el baño de una casa enorme en medio de una montaña nevada y con la maleta en la habitación de tu novio a la espera de que se digne a venir.
—¿Es en serio?
Resopló.
—¡Que sí! Se supone que Thiago no tardará o al menos es lo que pone en su mensaje.
Captó todo mi interés e indagué un poco más.
Sabía cómo solían ser los mensajes de Thiago y de qué iban acompañados el noventa y cinco coma nueve por ciento de las veces.
Le encantaba la fotografía artística al muchacho.
Capté la mentira en el tono de mi hermana cuando le pregunté directamente por si le había enviado alguna foto y reí con malicia al aconsejarle que no curioseara la conversación si no quería encontrarse con cosas que perturbarían su recatada mente.
—No sé cómo no te casas con él, sois tal para cual —gruñó en un susurro y continuó hablando, pero no la escuché, pues mi mente se quedó anclada en el final de la frase: «Sois tal para cual».
Sus palabras me hicieron sentir incómoda, pues reflejaban una verdad agridulce.
Thiago y yo éramos algo así como el complemento disfuncional del otro.
Yo nunca había querido ir más allá del juego físico; el chico tenía ciertos atributos muy reseñables y sabía utilizarlos bastante bien, aunque el juego parecía estar cambiando de su lado, y ese era parte del problema que me había llevado a enviar a Emma a terminar con aquello de una vez por todas.
Devolví la atención a mi gemela, que continuaba parloteando.
—… no me gustaría cortar con tu novio estando él delante. Ha sido muy amable y sería raro.
Forcé una carcajada.
—Sé de personas que aprovecharían la situación para montarse un trío con los dos.
—Ella gruñó, y mi risa salió mucho más espontánea.
Me encantaba escandalizarla, pero en aquella ocasión no lo hacía por eso, sino porque podía sentir sus nervios desde la otra punta del país y estaba tratando de distraerla.
Sin embargo, cuando le pregunté por cómo besaba el chico, y ella, tras unos segundos de silencio, soltó un sonido parecido a un gemido, mis ojos se abrieron por la sorpresa—. ¿Em? ¿Acabas de gemir?
—Tengo que colgar —dijo con prisas—. Te aviso cuando esté hecho.
—No se te ocurra, Em… —Fui a replicar cuando el silencio al otro lado me dejó claro que había colgado.
¿Qué puñetas acababa de pasar?
Moví el brazo para ponerme el teléfono frente a la cara y justo en aquel momento, como si el cosmos quisiera evitar que me quedara mirando el techo de mi habitación sintiéndome como una idiota ansiosa y trastornada, el aviso de un mensaje entrante captó mi atención.
Rachel:
Salut, ça va? [1] Espero que tus planes familiares estén yendo bien. Yo estoy muriendo entre cajas y muebles por montar. Si quieres escaparte un rato, y apiadarte de una compañera en apuros, no diré que no a un poco de ayuda. Tengo champán.
Observé la foto de perfil, donde un colorido pañuelo de seda volaba alto en un cielo despejado. Justo al lado aparecía el nombre con el que mi hermana la había grabado en su teléfono: Rachel Dubois (profesora de Francés).
No puedo decir qué me impulsó a responder.
Quizá fuera el aburrimiento, la promesa de alcohol gratis o la simple necesidad de evitar el bullicio de mi mente.
Yo era así, a veces sentía un deseo inexplicable de hacer algo ilógico y espontáneo, así que me senté en la cama, escribí mi respuesta en el traductor y copié el texto en su conversación.
Emma:
Miam… Vous avez dit champagne? [2]
El sonido de unos nudillos en mi puerta me sobresaltó.
—Vamos a pedir comida a domicilio. ¿Cuento contigo? —preguntó mi madre al otro lado de la madera.
Observé la pantalla del teléfono y vi que Rachel estaba escribiendo.
La curiosidad me picó con fuerza; ¿cómo sería?
Podría tratarse de cualquier tipo de persona, aunque yo me la imaginé como una mujer madura con pendientes de perla, pelo perfectamente peinado hacia atrás y un traje sobrio y elegante de dos piezas.
Sopesé mis opciones y sonreí cuando me dije a mí misma que no había nada de malo en hacer un pequeño acto de bondad de vez en cuando. Puede que ayudar a una compañera de mi hermana en apuros pudiera contar como mi buena acción del año, ¿no? Además, así escapaba de la locura familiar por un rato.
—No, mamá. Tengo planes…
Y con esas cuatro palabras firmé mi propia sentencia, como si hubiera vendido mi alma en un pacto insensato, pues me daría cuenta de que las decisiones más simples pueden conducirnos por senderos intransitables.
Adiós, hija pródiga. Hola, nueva hija del pecado y la oscuridad.